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Por qué hablar de decrecimiento estará prohibido

Decrecer es decrecer (II)

Fuentes: Rebelión

Corren malos tiempos para la verdad, y cuando hablamos de verdad no nos referimos a esa verdad que se difunde al servicio del poder sino la que habla por sí misma de manera sincera y elocuente.

Lo sabemos desde hace mucho tiempo: los límites del crecimiento tienen fecha de caducidad, si no se revisan y corrigen a tiempo nos situaremos en un punto de no retorno, y ya no habrá manera humana de rectificar pues no dispondremos de herramientas para contrarrestar los efectos de los fenómenos de destrucción masiva que podrían desatarse. Hay suficientes evidencias científicas de la desmesura de la actividad humana en el planeta y de las consecuencias de la actual depredación, teniendo en cuenta que esa actualidad de la que hablamos no es el ahora inmediato sino que abarca un período de tiempo breve para la historia de la Tierra pero que podría haber sido iniciado con el acontecimiento mismo de la fundación de civilizaciones.

No es preciso remontarse al conocido informe publicado en 1972 por el Club de Roma, titulado «Los límites al crecimiento», para comprender que el consumo de recursos no solo es finito sino que tiene consecuencias insostenibles de continuar su curva exponencial. La percepción de que la actividad humana podía provocar cambios en el medio, y que estos acabarán por afectarnos, estuvo siempre presente en la historia de las civilizaciones, y como prueba de ello podríamos citar a Teofrasto y su libro Sobre las causas de las plantas (De Causis Plantarum), donde habla de cómo la tala de bosques cerca de Filipos fue capaz de calentar el clima local. 

Cierto que Teofrasto se limitó a documentar hechos —no fue el único pensador de su época en hacerlo— y que esto no evitó que los bosques siguieran esquilmándose, incluso hasta convertir la deforestación en el mayor problema medioambiental en la antigua Grecia, debido sobre todo a la erosión de los suelos y al consiguiente descenso de la capacidad agrícola. Pero aún así, la traslación es inevitable: pese a las advertencias —también Platón critica la deforestación en Ática en su diálogo Critias—, los griegos siguieron talando bosques para la consecución de madera para la construcción de barcos o para la obtención de más tierras de cultivo, incluso soportando las evidencias en tiempo real de estas prácticas nefastas. J. Donald Hughes en su libro Pan’s Travail: Environmental Problems of the Ancient Greeks and Romans [1] sostiene que es determinante la explotación desmesurada del entorno natural para comprender el declive de las civilizaciones griega y romana.

El peligro es inminente, y al igual que en todas las civilizaciones antiguas, el crecimiento viene asociado a una extracción de recursos naturales y a un deterioro del medio, una realidad que de forma clara actúa en contra de nuestra propia civilización del presente, llámese esta como quiera llamarse, pero definida, en todo caso, por términos muy familiares: capitalismo, globalización, consumismo, extractivismo, etc.

Por todo esto, y siendo plenamente conscientes de las consecuencias del continuo crecimiento, resulta paradójico, y en gran medida desalentador, que el decrecimiento no sea motivo habitual de discusión política, que sepamos, en ningún país del mundo. Más bien al contrario, la caída del crecimiento económico, que para 2026 se prevé se reduzca unas décimas pero que se situará, en todo caso, alrededor del 2,7%, se ve en la ONU como un motivo de preocupación. En su informe «Situación y Perspectivas para la Economía Mundial»[2], publicado en enero de 2026, se recomienda abiertamente «sostener el crecimiento y limitar la fragmentación en una economía global cada vez más incierta». 

Es decir, la verdad oficial (que los sistemas financieros imponen desde todos y cada uno de los organismos que controlan) eleva su voz sobre la verdad natural e histórica de los acontecimientos, la cual sigue insistiendo inmutable en el error de la ecuación principal pues el crecimiento económico, tal y como se está produciendo en la actualidad, solo conduce al colapso de los propios sistemas que lo amparan, además de provocar una desestabilización general en el clima, en los ecosistemas y en la vida en general en este planeta llamado Tierra.

Y es que no olvidemos que cuando hablamos de crecimiento económico no estamos hablando de un desarrollo de la economía basada en recursos humanos o medioambientales sino en una economía que tiene como motor primario el consumo de fuentes de energía y de materias primas, mucho más grave que la provocada en la Antigüedad, pues ya no solo es el consumo de los bosques o de la propia tierra cultivable lo que puede provocar el colapso, es, sobre todo, aquello que mueve el comercio desde la revolución industrial: los fósiles.

Si tratamos de definir el crecimiento económico dentro del sistema vigente llamado capitalismo, no podemos dejar de hablar de un creciente consumo de todo aquello que lo sostiene, una variable que es clave para comprender cómo el crecimiento tiende a progresar indefinidamente al tiempo que se retroalimenta de todo aquello que lo convierte en insostenible.

No estamos afirmando nada novedoso ni nada que no pueda sostenerse científicamente (o históricamente), y sin embargo, decirlo a viva voz no es tan sencillo.

Hay una verdad que es ocultada sistemáticamente, tal vez porque su asunción significa poner en entredicho los paradigmas que sostiene el sistema de valores vigente: la propiedad privada, el dinero, la tecnología como bien de consumo, etc. para a su vez, y de manera indefinida (¿hasta cuándo?) validar otra verdad, esta última construida artificialmente y que asocia sin discusión el bienestar social al crecimiento económico, sin preguntarse si es posible conseguir un bienestar mucho más justo y respetuoso con el medio mediante la redefinición de bienes necesarios, y en consecuencia, mediante otra práctica en el intercambio de estos bienes.

Pero esta ocultación no puede durar mucho tiempo. La propia configuración de la información a través de redes al alcance de la población en general impedirá que la palabra decrecimiento siga lastrada a ocupar los márgenes del sistema que se esfuerza por ignorarla. A medida que los acontecimientos climáticos y de extinción masiva de ecosistemas y especies adquieran mayor gravedad, es lógico que esta palabra se desvele como única alternativa de certidumbre.

Es posible, sin embargo, que el sistema no pueda soportarlo, y que los poderes económicos —ante el peligro de derrumbe inminente—, prefieran establecer la ley del silencio. ¿Se prohibirá la palabra decrecimiento?

En 1962, el libro de Rachel Carson, Primavera silenciosa (Silent Spring), catalizó la movilización que consiguió que el Departamento de Agricultura de Estados Unidos revisara su política sobre pesticidas, para que finalmente el DDT fuera prohibido. ¿No podría suceder en la actualidad algo semejante con el asunto del crecimiento?

Es obvio que en este último caso, la comparación resulta desmesurada: si en la década de los 60 del XX se entreveía un remplazo para el DDT, lo cierto es que, hoy por hoy, no parece que el sistema económico vigente pueda reemplazar la idea del crecimiento económico fundamentado en principios acordes con el capitalismo.

Se mantiene, sin embargo, la esperanza de que en un futuro próximo la verdad salga a la luz con tanta fuerza que no haya modo de no mirarla de frente.

Notas:

[1] 1996. Hughes, J. Donald. Pan’s Travail: Environmental Problems of the Ancient Greeks and Romans. Johns Hopkins University Press, Baltimore.

[2] https://unctad.org/es/publication/situacion-y-perspectivas-de-la-economia-mundial-2026

[3] 2016. Carson, Rachel. Primavera silenciosa. Crítica. Barcelona.

Otras fuentes:

2018. BaGGini, J. Breve historia de la verdad. Ático de los libros, Barcelona.

1981. Hughes, J. Donald. La ecología en las civilizaciones antiguas. Ciudad de México. Fondo de Cultura Económico, México. 

1992. Meadows, Donella H. & Meadows, Dennis. Más allá de los límites del crecimiento. [https://inep.org/images/2025/TXT/1994-Meadows-Crecimiento.pdf.] Aguilar. Madrid.

Primera parte: https://rebelion.org/decrecer-es-decrecer-i/

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.