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Reseña de Vertical: the City from Satellites to Bunkers, de Stephen Graham, (Verso, Londres, 2016)

Del cielo al infierno: por una nueva geografía crítica

Fuentes: Rebelión

Al recorrer con los dedos y la mirada un planisferio o un globo terráqueo uno no siente ni un ápice de desnivel: las yemas de los dedos no notan las puntas de los rascacielos, con sus característicos «vanity height» -partes superiores inutilizables del rascacielo que sólo sirven para batir los records de altura y que […]

Al recorrer con los dedos y la mirada un planisferio o un globo terráqueo uno no siente ni un ápice de desnivel: las yemas de los dedos no notan las puntas de los rascacielos, con sus característicos «vanity height» -partes superiores inutilizables del rascacielo que sólo sirven para batir los records de altura y que suelen constituir un 20% del edificio-, ni se adentran en las entrañas de la tierra a través de las minas construídas a 3000 mil metros bajo tierra. Pura «planitud» («flatness») y superficies lisas, o medianamente rugosas simulando el desnivel natural producido por montañas y cordilleras, son lo único que uno logra hallar en el estudio geográfico de nuestro habitar el planeta y de las relaciones sociales que éste inaugura. ¿Qué nos dice esto? O mejor, ¿qué no nos dice? Hay toda una costelación de objetos, de paisajes, y de escenarios atravesados por la sangre y las leyes del Capital que son invisibilizados por la «planitud» de nuestro conocimiento y las representaciones estéticas que lo sustentan. El «mundo aplanado» bidimensional nos venda los ojos ante un espacio devastado desde arriba por las bombas, sobrevolado por drones, y colonizado por los «über-ricos». 

Ante esta situación, Stephen Graham, profesor en la Newcastle University’s School of Architecture, en su última obra «Vertical, The City from Satellites to Bunkers» (Verso, 2016), propone una transformación radical de los estudios geográficos y urbanísticos que supere la «mirada aplanadora» introduciendo el eje vertical en sus análisis para que el mundo emerja en sus tres dimensiones. Las razones son evidentes: el velo con el que esta perspectiva cubre y oculta realidades dramáticas produce ilusiones y fetichizaciones que las pueden legitimar nefastamente. Tómese por ejemplo el caso de las fronteras: «Sin ser de gran ayuda, el poderoso legado de dichas tradiciones de pensamiento «aplanantes» significa, demasiado a menudo -dice el autor-, que las fronteras siguen siendo abstraídas, como poco más que una línea bidimensional en un mapa. Esta perspectiva obvia la política tridimensional que se juega por encima, debajo y alrededor de las fronteras»¿Dónde están los muros carniceros, los túneles clandestinos y el control fronterizo aéreo?.

¿Qué significa estar arriba o abajo en un mundo que se urbaniza a velocidades vertiginosas?

Vertical es un auténtico manifiesto en favor de una nueva geografía crítica que se haga cargo de la tridimensionalidad de la existencia humana: del cielo al infierno, las relaciones sociales han adoptado cada vez más una dimensión vertical: satélites, drones, bombarderos, helicópteros, rascacielos, esmog, la superficie del suelo, minas, búnkeres, el alcantarillado y una miríada rapsódica de objetos pueblan nuestro mundo. Al observar el mundo de arriba a abajo, tanto un horizonte de realidades como aspectos esenciales de la estructura del mundo se nos desvelan. Las relaciones asimétricas y desiguales de poder, de acceso a bienes fundamentales y al disfrute de la tierra y del aire se encarnan en una disposición particular de nuestros cuerpos en un espacio que no se agota en la mera horizontalidad. Es más, nuestra vida se juega y está en juego por acciones y movimientos verticalizados: los ejércitos de las grandes potencias saben que las guerras se van a jugar con más frecuencia desde el plano cenital gracias la mirada «divina» que ofrecen cada vez más las nuevas tecnologías. El propio sustento material de nuestra contidianidad depende de la extracción de productos mineros sin los cuales no habría mundo edificado de ningún tipo. Por todo ello el libro comienza con la siguiente pregunta: ¿qué significa estar arriba o abajo en un mundo que se urbaniza a velocidades vertiginosas?

Para responder a una pregunta de este tipo, Stephen Graham es categórico: las tradiciones «planas» («flat traditions«) en geografía y urbanismo deben ser superadas. ¿Por qué no hacer una geografía multinivel, que tenga por objeto tanto los ascensores como las autopistas urbanas y los metros; una geografía que se ocupe del espacio aéreo, de drones y de satélites así como de la superficie terrestre? ¿Por qué no hacer una sociología o una historia de los búnkeres, de las torres destinadas a viviendas de lujo, de las nubes de contaminación y del transporte no terrestre? De este modo, el libro se organiza en una concatenación de capítulos, únicos en sí mismos y con análisis ricos en información, que estudian una dimensión o realidad de este eje vertical: comenzando con un capítulo dedicado a los satélites, Graham avanza descendiendo a los aviones, los drones, los helicópteros, las ciudades multinivel, los rascacielos, las favelas verticalizadas, las viviendas de lujo, la propia superficie, el aire que respiramos, los ascensores, la red de alcantarillado, los sótanos, búnkeres, y finalmente las minas.

A pesar de que cada capítulo analiza uno de los elementos de manera separada, buscando mostrar la riqueza que ofrece el estudio de esos espacios hasta ahora invisibilizados, hay tres ejes que atraviesan el conjunto del libro: el primero nos desvela los escenarios contemporáneos de la lucha de clases y en particular su configuración urbana; el segundo se hace cargo de la nueva dialéctica militar entre Estados, las direcciones aéreas que está adoptando, y las estéticas e imaginarios que la sustentan; finalmente, el tercer eje estudia la manufacturación del mundo, o dicho de otro modo, denuncia la ilusión de algo así como la existencia de una naturaleza: la superficie, el aire, y en general la Tierra han sido radicalmente mani-pulados y retransformados por el trabajo y la acción del Hombre.

Asaltar los cielos: mercantilización del aire y apropiación de las ciudades por las clases dominantes.

Uno de los elementos más llamativos del libro es la manera en la que se resalta la colonización de las ciudades por las élites económicas del mundo trayendo consigo transformaciones nefastas y urbanicidas para las clases populares (es decir, la inmensa mayoría de la población). El derecho a la ciudad y su disfrute se están viendo absolutamente comprometidos por fenómenos como la gentrificación, los desplazamientos, la destrucción de espacios de convivencia y el alejamiento de los espacios de disfrute real, no de simple ocio proletarizado. Una de las causas inmanentes a estos procesos es lo que puede ser identificado como la mercatilización del aire. La mercantilización del aire se produce de una multitud de formas que se van desarrollando a lo largo de libro. No obstante cabe destacar tres: las construcción de rascacielos, la construcción de torres de viviendas de lujo y la transformación de la ciudades en productos de consumo turístico (fenómenos que se intersectan constantemente e incluso se superponen).

La construcción de inmensos rascacielos, símbolos fálicos del poder financiero de grandes corporaciones en sus orígenes en las ciudades de Chicago y Nueva York, y a día de hoy símbolos de la integración de ciudades o Estados en las reglas del juego mundial -piénsese en ciudades como Dubai, Hong Kong, Singapur,etc.- se elevan como enormes mastodontes con los que ya no se busca dar solución a los problemas habitacionales por problemas de superpoblación como pudo haber sucedido en las fantasías modernistas o de ciencia-ficción de inicios del siglo pasado, sino que responden a fines que no tienen nada que ver con hacer ciudades dignas de ser habitadas: es una forma de valorización del capital que produce pingües beneficios a los promotores de la construcción. Esto genera a su vez, si tenemos en consideración no ya el rascacielo en su unicidad, sino el rascacielo como inscrito en una retícula de múltiples rascacielos, skylines que se convierten en marcas distintivas de cada ciudad que será de grandísima utilidad para toda una industria paralela de ocio y merchandasing turístico (a pesar de que el producto final sea siempre muy similar entre ciudades). Por su parte, las torres de viviendas de lujo, muchas inhabitadas y empleadas como instrumento de blanqueamiento de dinero, proliferan a una velocidad nunca vista y ofrecen en su interior unas perspectivas visuales que permiten otear la ciudad desde la altura como vía de consumo visual arrogante y altivo del espacio urbano. Quizás, uno de los fenómenos que mejor expresan la fulgurante disolución de las ciudades como espacios de vida, alegría, jovialidad, encuentro, y como espacios políticos de discusión y poder ciudadano, es la reorientación absoluta de su diseño para fines de consumo turístico que prácticamente se configura como la contraparte del «ojo del demiurgo creador» que ofrecen las viviendas de lujo. Lo importante es conformar una silhueta llamativa y atrayente. Tal es el nivel de abstracción del contenido positivo de esa forma que se configura el fenómeno que Graham denomina «voyeurismo vertical»: se trata de la creación de teleféricos, o puntos privilegiados y «seguros» en las ciudades para contemplar como objeto de consumo las favelas que se construyen sobre los cerros de las ciudades, ofreciendo así una supuesta experiencia de «autenticidad» para los turistas.

Escenarios contrapuestos de desigualdad: lo que desvela el análisis geográfico vertical sobre la realidad de la lucha de clases contemporánea.  

Vertical puede ser leído como la presentación de este escenario de desigualdad por pares de oposiciones: el 432 de Park Avenue en Nueva York, el segundo rascacielos más alto de la ciudad en el que cada apartamento cuesta 95 millones de dólares, situado en el centro de Manhattan, dispuesto para admirar desde los cielos el skyline de la ciudad en un espíritu de calma, distancia y alejamiento del tumulto y la polvareda urbana de las aceras de la ciudad, se opone a la Torre David, un auténtico rascacielos «favelizado» en el centro de la ciudad de Caracas, que fue ocupado por familias -hasta su realojamiento en viviendas de protección oficial hace unos años- dando vida, caótica en apariencia pero con una organización interna espectacular en realidad, a un edificio ruinoso. Peluquerías, guarderías y hasta un servicio de motos (a falta de ascensores) se daban encuentro en un espacio atravesado por la más absoluta precariedad. Otro par en oposición se juega en los que Stephen Graham llama «aislamiento vertical»: si para las poblaciones adineradas de Guatemala, India o Vancouver significa que en el mismo edificio cuentan con todos los lugares de ocio necesarios para no tener ni que abandonar el inmueble y por tanto cruzarse con la miseria que les rodea, para los más vulnerables -y pensamos especialmente en el fenómeno de la pobreza entre la población anciana- puede significar el quedar recluido en su hogar -o fuera de él- por una avería en un ascensor. Graham insiste en que un problema en los sistemas de transporte vertical puede tener consecuencias más dramáticas, pero más invisibles, que los problemas tan notables y tangibles del transporte horizontal (vehículo personal, tren, autobús, etc.).

Ante el aire que respiramos también nos topamos con un espejo invertido: frente al ascenso del calentamiento global, la generación de gases tóxicos -que han invadido las ciudades asiáticas-, y las temperaturas notablemente superiores en los espacios urbanos frente a los rurales (fenómeno nombrado como «urban heat islands«), se dan dos situaciones. Si para las clases populares verdaderos derechos fundamentales como son la mera supervivencia se están viendo comprometidos -podemos destacar varios ejemplos: en la ola de calor que atravesó Europa en 2003, sólo en París murieron 4800 personas de manera prematura y como consecuencia directa de las altas temperaturas, bautizadas como «los Olvidados» por la prensa francesa, por no tener acceso a sistemas de climatización privados, y al vivir confinados en espacios asfixiantes y minúsculos; otro ejemplo es el verdadero «airepocalipsis» que sufren los millones de habitantes en Beijing que están al origen de numerosísimas enfermedades, problemas respiratorios y muertes prematuras-, una pequeñísima minoría, en cambio, se está dando a sí mismo soluciones para escapar al veneno que flota encima de nuestras cabezas, «enburbujándose» literalmente. Stephen Graham afirma que «ejemplos como los centros comerciales y resorts de ski gigantes de Dubai, los colegios para estudiantes internacionales de Beijing y una miríada de plazas privatizadas por corporaciones y las torres residenciales de los «mega-ricos» están cuidadósamente organizadas para permitir que las poderosas élites se acordonen frente a los peores efectos de la vida urbana exterior cada vez más deteriorada». Es más, Graham afirma de manera rotunda que lo que a primera vista pueden parecer desastres naturales (como los ejemplos que estamos comentando) son productos de un tipo de relación social, y son primordialmente problemas políticos. En este sentido, con respecto al ejemplo de las altas temperaturas, las soluciones individualistas que se ofrecen a través del mercado no sólo no da solución al problema en su conjunto, sino que empeoran la situación ya que los sistemas de climatización, si bien enfrían en el interior, calientan el exterior provocando una subida de las temperaturas.

Por último, otro contraste que desvela el análisis del eje vertical, es el hecho de que ese mundo de rascacielos que se está edificando frente a nuestro ojos, depende de la explotación, casi siempre cruel, de miles de trabajadores en minas cada vez más profundas. Hay una realidad oculta a nuestros ojos, pero esencial en la composición de nuestro mundo: el mundo se construye con minerales y necesita energía para hacer funcionar a las máquinas. Por ejemplo, para construir el Burj Khalifa han hecho falta 55000 toneladas de acero, 250000 toneladas de cemento de «alto-rendimiento», 700 toneladas de aluminio y 85000 metros cuadrados de vidrio. Este símbolo de la gloria del capitalismo contemporáneo, en el que Tiger Woods nos pudo deleitar jugando al golf desde el helipad de la torre, verdadera joya de la corona del consumo, el ocio, y el blingbling, condensación material de todas las virtudes del capital, reposa no sólo sobre el trabajo de miles de trabajadores en condiciones deplorables sino en la sangre de mineros a través de todo el globo, que descienden diariamente hasta 4000 metros de altura bajo el nivel del mar, en el peor de los casos.

Evidentemente el libro contiene una multitud de ejemplos, informaciones y datos interesantes de la que no podemos hacernos cargo. No obstante, hay dos preguntas clave que recorren el libro. La primera está formulada explicitamente: ¿pueden un conjunto de «derechos ontológicos», como por ejemplo respirar, desafiar o incluso desplazar el modelo económico actual? La segunda es ¿cómo recuperar el control democrático del tipo de ciudad que queremos habitar? En definitiva, ¿quién ordena la ciudad? ¿Qué intereses se están viendo plasmados en la reestructuración de las urbes por todo el globo? ¿Queremos realmente las ciudades que habitamos?

¿Quién es el enemigo? Sobre los nuevos imaginarios militares.

Hasta ahora nos hemos centrado en todo lo relacionado con el análisis urbano, pero el libro contiene capítulos muy importantes acerca del desarrollo de nuevos instrumentos en el ámbito militar. Hace un balance de la importancia de los satélites en nuestras vidas cotidianas – cabe destacar que de ellos dependen cajeros, sistemas gps, desarrollo científico y telecomunicaciones entre otros, de manera que la destrucción de un satélite puede tener efectos críticos-, pero también comenta el rol que desempeñan como instrumentos de espionaje y control (por ejemplo el sistema de vigilancia PRISM). Permiten un tipo de visualización del planeta que es facilmente asimilable a la mirada de Dios todopoderoso, capaz de alcanzar los lugares más recónditos de la Tierra. No obstante, en su capítulo sobre los búnkeres y los túneles, Graham señala inteligentemente cómo esa mirada se detiene en la superficie. A causa de ello se están desarrollando misiles capaces de atravesar la superficie para adentrarse en las entrañas de la Tierra (misil MOP), y se está tratando, o por lo menos se coquetea con la idea, de desarrollar herramientas que sean capaces de «a través del suelo». Los drones también juegan un papel fundamental en la industria armamentística viéndose su producción aumentada de manera exponencial en la última década, y llegando a ser un arma tan significativa -y tristemente letal- en algunas zonas como el norte de Pakistán que se han desarrollado expresiones populares tales como «te voy a dronear». Los aviones bombarderos en general, y el acontencimiento de Hiroschima y Nagasaki en particular, también merecen cierta consideración en el libro, así como los helicópteros de guerra.

 Ahora bien, lo más destacable en las consideraciones de Graham es el estudio del imaginario que subyace a la proliferación de estos objetos: existe una constante de la que participan en mayor o menor medida las narrativas acerca de los satélites, los drones, los helicópteros y los bombarderos: son máquinas cuyo ángulo vertical de visión ofrecería una capacidad casi omnisciente y todopoderosa. Serían una suerte de artilugios divinos de destrucción. A sus pies no tienen más que un terreno infinito de objetivos, que serían perfectamente capaces de identificar y ejecutar en un instante. Sin negar un ápice la capacidad destructora de los miembros de la lista, hay que decir, en contra de la publicidad que las empresas armamentísticas hacen de sus productos, que estos aparatos no sólo no son omniscientes, sino que la identificación de objetivos y de enemigos depende de una definición social, siempre basada en perfiles racializados, llenos de prejuicios. Hay un contraste realmente llamativo entre la capacidad de identificar enemigos de manera sencilla y ágil que ofrecen estas máquinas, con la definición real del enemigo. Los ejércitos, y en particular el norteamericano -siempre a la vanguardia en desarrollo militar-, muestran lo absurdo de sus operaciones en la incapacidad de definir «quién es terrorista», «quién es el enemigo». En grabaciones publicadas en las que se escucha a militares norteamericanos operar con drones desde las bases de control, se pueden oír expresiones como «terroristas de tamaño divertido» para referirse a los niños pakistanís, o se puede apreciar cómo muchos militares viven entusiamados la experiencia visual tipo Call of Duty que ofrece la interfaz de control. Asimismo, la población adulta masculina no es contabilizada oficialmente entre las víctimas civiles, al ser el perfil de potencial terrorista. En definitiva, la definición política del enemigo se muestra ficticia, racista e inadecuada. Esto es cuanto menos preocupante sabiendo que drones con armas no-letales (pero quién sabe cuándo con armas letales) están siendo introducidos para operaciones policiales domésticas…

No obstante, Stephen Graham resalta la extrema fragilidad de todos los aparatos mencionados a pesar de las retóricas de poder titánico con las que se las publicita: no hay nada más fácil de derribar que un helicóptero o un avión, y como se ha dicho la destrucción de un satélite puede traer consecuencias catastróficas (por ello ya se están desarrollando sistemas de protección de satélites).  

En resumen, estamos ante un ensayo rico en contenido, que busca fundamentalmente mostrar la fertilidad del análisis tridimensional en geografía y urbanismo, y que nos obliga a formularnos las siguientes tres preguntas:

1) ¿Qué hacer para lograr un acceso democrático a la ciudad, acorde a nuestros cuerpos y necesidades, y no supeditada a los intereses de reproducción de una clase frente a otra?

2) ¿Cómo gestionar el hecho de haber desarrollado tecnología capaz de aniquilar al conjunto de la especie humana?

3) ¿Es posible, a estas alturas, derrotar a las clases dominantes? 

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.