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«Desadultocentrar» las relaciones para seguir tejiendo el pluriverso de saberes

Fuentes: Rebelión

La construcción de un sistema de dominación adultocéntrico, al igual que el androcéntrico y antropocéntrico, puede situarse históricamente al nacimiento de las primeras grandes civilizaciones neolíticas del planeta (Mesopotamia, Israel, India, China, Egipto), las cuales construyeron diferentes jerarquías de poder para controlar a los territorios, sostenerse con el paso de los siglos e imponer así […]

La construcción de un sistema de dominación adultocéntrico, al igual que el androcéntrico y antropocéntrico, puede situarse históricamente al nacimiento de las primeras grandes civilizaciones neolíticas del planeta (Mesopotamia, Israel, India, China, Egipto), las cuales construyeron diferentes jerarquías de poder para controlar a los territorios, sostenerse con el paso de los siglos e imponer así lógicas clasificatorias, en donde algunos grupos humanos se han sentido con el derecho de estar por encima de otras y otros, ya sea en nombre de dios, la razón, la humanidad, el progreso, el desarrollo, la revolución, etc.

Es así como la idea de adultez, al igual que la de masculinidad y cultura, puede entenderse como parte de un proceso de construcción de un nuevo sujeto histórico hegemónico, que necesitó dividir a los grupos humanos por edades, para así justificar un autoritarismo etario que ha sido reforzado y se ha ido retroalimentado en las diferentes instituciones que se han creado a lo largo de los años (iglesias, partidos políticos, gobiernos, grandes medios de información, escuelas, universidades, sindicatos, hospitales, empresas, familias, fundaciones, etc.).

Un adultismo que en los casos de la iglesia, la familia, la escuela y los grandes medios de información, han sido sus grandes impulsores y difusores mediante procesos de socialización verticales, en donde se han difundido nociones profundamente discriminatorias sobre grupos catalogados arbitrariamente como niños, jóvenes y ancianos, los cuales han estado por debajo de un adulto entre 30-60 años, quien no hace más que reforzar otras identidades hegemónicas (hombre-blanco-cuerdo-heterosexual-emprendedor).

Es el caso de la infancia, que se ha entendido históricamente por ser sujetos más irracionales, salvajes y por tanto cercanos a la naturaleza, ya que desde el discurso adultocéntrico, los niños representan humanos incompletos, que deben ser guiados, a la fuerza o no, por un adulto, quien tiene el monopolio de la responsabilidad, la prudencia y el juicio correcto. De ahí que se les permita solo el juego y no tengan ninguna injerencia en la toma de decisiones en el núcleo familiar.

En lo que refiere a la juventud desde el punto de vista adultocéntrico, es el sujeto más peligroso para el orden existente, ya que es cuando se transita entre la cultura y la naturaleza, entre la razón y la emoción, por lo que su identidad debe ser definida lo antes posible. Es aquí cuando instituciones como la escuela y la universidad tienen un protagonismo mayor, ya que el joven debe llenarse de contenidos y dejar el juego atrás, al estar en una etapa preadulta. Además de esa forma se puede controlar una mirada crítica y rebelde por transformar las cosas, lo que es siempre peligroso para el poder imperante.

En cuanto a la adultez mayor, es otra etapa descrita por el discurso adultocéntrico como de declive de la curva evolutiva de la vida humana, y por tanto de vuelta a cercanía a la naturaleza, por la enorme cantidad de enfermedades diagnosticadas por la medicina moderna. De ahí que el anciano sea el principio del fin del individuo moderno, ya que su envejecimiento pone en jaque su pánico a la muerte existente, por lo que hará todo lo posible por retrasarla. Por consiguiente, el discurso adultocéntrico busca a toda costa la inmortalidad, a pesar de vivir en un planeta con límites finitos, reforzando así el discurso antropocéntrico.

A partir de lo anterior, se desprende como el discurso adultocéntrico no es capaz de verse a sí mismo, ya que habla desde un supuesto punto de vista universal, neutral y objetivo, como si la adultez no se construyera también. No es casualidad por tanto que existan una gran cantidad de proyectos de investigaciones y programas de intervención focalizados para infancia, jóvenes y adultos mayores, pero no para adultos. Asimismo, no es coincidencia que se hable de los derechos de los niños, jóvenes y de los adultos mayores, pero no de los adultos, ya que es en ese rango de edad (30-60) cuando se ostenta el poder político, económico e intelectual en el mundo.

En lo que respecta a como el adultocentrismo y su vínculo con otros procesos de opresión en los últimos 500 años (racismo, clasismo, racionalismo), es claro el nexo, ya que desde la colonización de Abya Yala hasta nuestros días, los llamados indígenas han sido vistos como niños, al ser seres más naturales, desde el punto de vista occidental, por lo que deben ser civilizados, desarrollados e integrados a una sociedad moderna en donde el individuo emprendedor es el ideal a seguir. Además ese racismo se expresa en la exclusión de manera etnocida de cualquier concepción de lo etario alternativa a la occidental, ya que serían miradas primitivas e irracionales.

Sobre la relación entre adultocentrismo y androcentrismo, las mujeres también han sido tratadas como niñas históricamente, por ende sin derechos frente a los hombres, lo que se traduce en infantilizar y desacreditar sus tomas de posición de manera no muy diferentes a como se hace con los diagnosticados con desorden mental desde el racionalismo imperante. Incluso la naturaleza misma se ha infantilizado desde el adultismo, lo que trae como consecuencia que necesite una autoridad que pueda cuidarla o someterla, siendo por supuesto el hombre adulto el responsable de hacerlo.

A su vez, los diferentes movimientos políticos críticos (feministas, anticoloniales, antipsiquiátricos, ecologistas) son siempre denostados por el poder conservador de izquierda y de derecha, infantilizando su acción y cuestionando así su capacidad para generar cambios. Es así como la descalificación tradicional de «jóvenes idealistas y románticos», no hace más que esconder un profundo discurso adultocéntrico de fondo, funcional a la producción y consumo capitalista como soportes del sistema mundo global.

Si bien han existido ciertos procesos de obtención de derechos, precisamente gracias a la presión de esos movimientos hacia los estados modernos, la crítica al adultocentrismo se hace imprescindible para seguir construyendo nuevas formas de relacionarnos, mucho más horizontales, ya que si no se realiza, termina siendo funcional a la construcción de individuos competitivos y de recursos humanos finalmente. La crítica hacia la psicología del desarrollo por ejemplo, que divide la experiencia humana en rangos de edad, se hace necesario desmontarla políticamente, ya que detrás hay una mirada evolucionista del ser humano, que plantea que los niños son seres subdesarrollados.

En consecuencia, el discurso colonial del desarrollo se aplica no solo a nivel económico sino también a nivel psicológico, a través de aquellos grupos definidos por el poder global como vulnerables (locos, mujeres, ancianos, indígenas, negros, queer, niños, pobres, migrantes), los cuales terminan siendo objetos de investigación e intervención por las políticas públicas. La concepción adultocentrica de la edad por tanto, no es más que una entre muchas otras concepciones impuestas unilateralmente en el mundo, las cuales se nos presentan como verdades únicas incuestionables.

Por suerte, existen experiencias educativas alternativas, comunitarias, abiertas y críticas al adultismo imperante en todo el mundo, como pueden ser Pedagogías Feministas, Populares, Interculturales, Decoloniales, Feministas, Montessori, Waldorf, Cossettini, Libertarias y muchas otras situadas en los territorios, las cuales cuestionan abiertamente lógicas verticales y autoritarias para el proceso de aprendizaje, así como las distintas formas de dominación planteadas anteriormente (antropocentrismo, racismo, clasismo, extractivismo, androcentrismo, adultocentrismo).

Los planteamientos de personas como Paulo Freire, Frantz Fanon, Catherine Walsh, Bruno Baronnet, Claudia Korol, Gunther Dietz, Norma Michi, Iván Illich, Henry Giroux, Rudolf Steiner, Gustavo Esteva, León Tolstoi, Claudio Naranjo, Roseli Caldart y tantas otras y otros pedagogos, nos muestra que la maquinaria escolar moderna no es más que una construcción histórica, hegemónica aún, pero que se puede deconstruir y desplazar su lógica autoritaria de manera colectiva, desde los territorios.

Andrés Kogan Valderramaes sociólogo y editor del Observatorio Plurinacional de Aguas

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.