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Entrevista a Joaquín Miras Albarrán sobre Praxis política y estado republicano. Crítica del republicanismo liberal

«El autodesarrollo práxico mediante la actividad es el origen del placer y de la felicidad»

Fuentes: Rebelión

Entre otras muchas cosas, algunas de ellas recordadas y comentadas en anteriores conversaciones aquí publicadas, Joaquín Miras Albarrán es miembro fundador de Espai Marx y autor de Repensar la política y Praxis política y Estado republicano. *** Nos habíamos quedado aquí, en este punto de la segunda parte de tu libro cuando afirmas que el […]

Entre otras muchas cosas, algunas de ellas recordadas y comentadas en anteriores conversaciones aquí publicadas, Joaquín Miras Albarrán es miembro fundador de Espai Marx y autor de Repensar la política y Praxis política y Estado republicano.

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Nos habíamos quedado aquí, en este punto de la segunda parte de tu libro cuando afirmas que el fin de la política, de nuevo según Aristóteles, es el buen vivir, que es lo mismo que ser feliz. ¿La comunidad humana existe entonces para que seamos felices? ¿Cuándo lo somos, cuándo podemos serlo?

La polis tiene como finalidad el vivir bien, la buena vida; Buen Vivir: eú zen -εῦ ζῆν-. Solo la comunidad social genera la vida humana y a la par crea la antropología, la individualidad y las necesidades humanas. A comenzar por los recursos materiales y espirituales, imprescindibles para nuestra socialización, sin todo lo cual no hay posibilidad de vida humana. O sea la vida humana, la buena vida, es consecuencia inmediata y solo posible gracias a -o debido a- la actividad de la comunidad social. La felicidad de cada individuo tiene esa precondición, no puede existir sin la misma. Pero la noción de felicidad aristotélica se basa en el autodesarrollo de cada individuo que no es posible sin su voluntad de hacer, de auto elegirse en este o aquel hacer, y en aplicarse a esa praxis. La felicidad es una sensación inherente a la actividad que genera en sí el individuo activo, el individuo cuya característica ontoantropológica exige que pueda hacer, cuya antropología individual como ser humano solo se genera a medida que aprende a hacer y pone en obra su hacer: el hacer es la autogénesis de cada sujeto individual, y su auto desarrollo como tal.

Hablas de actividad…

Debemos entender por actividad todo uso -toda génesis y todo uso- de todas y cada una de las facultades intelectuales humanas, y esto incluye también a las que ponemos en obra ante el arte o en el estudio de las ciencias y demás saberes; pero no solo esas. En la Ética Nicomáquea Aristóteles reflexiona sobre este asunto del placer, y de la felicidad. Muy especialmente en el libro X. El placer es generado por la actividad, esto es, por el desarrollo activo de cada una de las facultades y capacidades humanas. La felicidad, por ello, es inherente a toda actividad desarrollada conforme al saber hacer previamente elaborado por la comunidad, del que nos hemos apropiado previamente y cuya apropiación nos ha desarrollado las correspondientes capacidades y facultades -las dynameis-. Ese saber hacer incluye el conocimiento práxico que garantiza la pericia y el conocimiento de las normas que orientan la actividad para el bien de la comunidad. La felicidad depende del ethos, que es el que nos posibilita el desarrollo de nuestras capacidades, cuando nos lo apropiamos y ponemos en obra protagónicamente, autodeterminadamente, pero este ethos incluye. a la vez, ethos como saber hacer y ethos como norma ética o norma moral. Podemos aceptar claramente que el autodesarrollo práxico mediante la actividad es el origen del placer y de la felicidad. Es una axiología de valor de la felicidad nada pasiva, nada basada en el fin del consumo/consumismo, sino en la creatividad, que es imposible si no es en común. Y es una axiología potente y válida. Más procelosa es la justificación de que el bien moral nos causa felicidad.

Es una idea hermosa…

Es una idea hermosa, pero hemos visto que en las sociedades divididas en clases, hay quienes se autodesarrollan plenamente con independencia de los demás, y disponen de los medios que posibilitan su actividad autodesarrollada debido al sufrimiento o explotación de los demás.

Perdona que insista. Cuando afirmas que el desarrollo de cada individuo como género homo depende de la comunidad social, ¿no estás subvalorando la libertad de los seres humanos y poniendo en primer plano el conjunto de la comunidad? ¿No puede derivarse de esa prioridad un aplastamiento de seres humanos concretos que la comunidad puede considerar disidentes, antisociales o conflictivos, enemigos del bien común, del buen vivir, de la vida feliz de la que hablábamos?

Es importante que plantees esta pregunta, cuya respuesta conoces mejor que yo, pero que me permite salir al paso de uno de los prejuicios ideológicos que el liberalismo moviliza contra la noción de prioridad ontológica de la sociedad sobre el individuo y, por tanto, contra toda alternativa de orden social que trate de oponerse al existente.

El tema, el asunto es importante.

El ser humano, puede ser considerado consecuencia o resultado de la sociedad, o resultado de su propia inherente, y previa a la sociedad y la socialización, naturaleza. De ser así, el hacer humano sería una etología más, como la de los animales, gobernada por instintos naturales. Sería inmodificable. No habría en consecuencia libertad alguna, excepto la de cumplir con la propia innata naturaleza biológica, y los impulsos e instintos naturales, ni habría por lo tanto, lugar al debate sobre lo que sea la libertad. Es ridículo plantearse la libertad respecto de los anélidos, las lombrices, los tiburones, etcétera. Son así, y basta, nadie puede decirles que ejerzan autodominio, que «repriman su fiera condición», para expresarlo con Calderón de la Barca, con una de las frases, dirigida a Segismundo sobre la libertad humana, que hay en La Vida es Sueño.

El individualismo antropológico es un determinismo biológico que, ese sí, excluye toda libertad humana posible

¿Por qué?

Porque convierte el asunto de la libertad en un sin sentido. Libertad sería dejar libre a la necesidad natural. Dejar a la naturaleza hacer su curso, por ser vano y loco tratar de domeñarla.

Que el individuo depende, incluso en su génesis individual, no de la naturaleza, sino de la sociedad, sin embargo, es la tesis que se abre a la libertad. La misma sociedad, posterior al individuo, surge como resultado de la praxis en común. y posibilita a su vez, una nueva actividad, un nuevo nivel de hacer, que es el que otorga libertad. Todo hacer decidido en grupo, genera economía de tiempo, al inventar tareas nuevas. Si un solo animal o un grupo muy reducido de individuos tiene que asumir las tareas imprescindibles para la subsistencia, hace las cosas de otro modo; el «posterior» modo social. Cada posterior modo social de cada posterior nivel de comunidad mayor tiene que ser traído a la realidad -inveniat, invento-. Junto al aumento de tiempo libre, que posibilita a su vez la creación o invento de nuevas acciones. El tiempo libre es lo que posibilita la auto interpelación, interpela a cada sujeto sobre qué hacer en ese tiempo. La diversidad de quehaceres interpela a la reflexión sobre posibilidad de elección, sobre qué hacer, cómo autoelegirse. El carácter social del hacer común exige el aprendizaje de ese saber hacer nuevo, y esto, plantea un nuevo nivel de desarrollo auto gobernado de la personalidad social: el que es inherente a la exigencia de que cada individuo ponga en obra ese saber hacer, cosa que exige que ese saber hacer que yace en nuestra consciencia sea operado protagónicamente cada caso, y eso exige, por tanto, protagonismo libre, como el desarrollo, previo, generado por cada saber hacer nuevo, de las nuevas capacidades y facultades correspondientes, en cada individuo que interioriza ese saber. La subjetividad y la libertad son creación, construcción derivada de esa previa, ontológicamente, construcción social, construcción en sociedad, de la propia praxis social y de la propia comunidad social activa.

La sociedad, la comunidad es la matriz generadora de la individualidad y de su necesidad de auto dirigirse y de ser libre.

Remarco lo que acabas de señalar. Disuelve un falso (e interesado) problema sobre la sociedad y el individuo.

La libertad por tanto es comunitaria, es fruto de la comunidad, porque la comunidad es autogénesis, no es natural ni posee etología natural. El ser humano que sí es comunitario y que sí es un ser que se autocrea mediante una actividad que se denomina praxis, es libre porque la praxis carece de patrón de saber hacer apriorísticamente definido por la naturaleza. Ese saber hacer debe ser creado en cada caso por cada comunidad. Ese ser en común, ser intersubjetivo, que dispone de capacidad de hacer, no dispone ontológicamente de saber hacer inherente. Lo debe crear, somos una subjetividad en común sin proyecto, pero necesitamos de uno que oriente nuestra praxis -fines, objetivos, saber hacer- para poder subsistir. Somos una nada que puede serlo todo, y eso es lo que nos hace libres ab origo, Legibus solutus, como el rey absoluto, por naturaleza. La libertad es consecuencia del orden social del que nos dotemos, pero este no es natural, sino social, histórico, autogenerado.

Tu reflexión, en mi opinión, tiene mucho interés. Abuso un poco más. Aristóteles, señala, lo citas tú mismo, que todo es obra de la filia, de la amistad, que la elección de la vida en común presupone amistad. Pero ¿es eso posible en comunidades grandes, enormes y complejas como las nuestras? ¿Cómo podemos sentir amistad por gentes que no conocemos ni conoceremos seguramente a lo largo de nuestra vida?

Recuerdo un hermoso ejemplo que debo a Cornelius Castoriadis.

Un autor muy estudiado por uno de nuestros compañeros, por Jordi Torrent Bestit.

Sí, efectivamente. Él, Cornelius, decía que su abuelo, ya muy mayor, se había puesto a plantar olivos. Olivos que él sabía que no iba a disfrutar él. Y sin conocer quién acabaría disfrutando. Este es un hecho empírico.

Aparte de eso, todos nos sabemos miembros de comunidades, y las comunidades sociales nos transmiten -paideia- la solidaridad. Una catástrofe nos conmueve y si nos hallamos próximos, tratamos de ayudar, como podemos. La percepción de copertenencia a una sociedad y a la especie humana nos induce a comportamientos sociales solidarios, no por utilitarismo sino por reversibilidad de consciencia: no espero nada a cambio de lo que hago, pero hago lo que quisiera que se hiciera conmigo, con los míos, lo hago porque son mis iguales.

Mis iguales, en efecto.

Porque me parece que no es justo que teniendo yo para comer haya quién no pueda comer, puesto que es mi igual; no seré yo quien se ría de quien aporta unos alimentos a un centro de reparto.

Yo tampoco, pienso que es una blasfemia hacerlo.

No es mala consciencia, pero incluso si aceptáramos esa ofensa: por qué de la misma. Es la ideología del individualismo antropológico liberal la que hace apología del aislamiento. Pero la experiencia de que toda actividad nuestra es en común, es inmediata…Y además, la creación de instrumentos para la organización política que nos permita intervenir en la sociedad, nos crea mayor consciencia de ello.

De acuerdo, tienes razón en lo que señalas. Lo dejamos aquí por ahora.

 

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.