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Reseña de Los grandes cementerios bajo la luna, de Georges Bernanos

El monárquico y fascista que denunció los crímenes de sus colegas y espera que se haga justicia

Fuentes: Rebelión

Los grandes cementerios bajo la luna se acaba de reeditar. Es el ensayo en el que Georges Bernanos, escritor católico que muere en 1948, dejó aparecer su repudio de lo que había visto y oído entre los franquistas tras el golpe contra la República y durante la guerra contra los trabajadores. Si ese ha sido […]

Los grandes cementerios bajo la luna se acaba de reeditar. Es el ensayo en el que Georges Bernanos, escritor católico que muere en 1948, dejó aparecer su repudio de lo que había visto y oído entre los franquistas tras el golpe contra la República y durante la guerra contra los trabajadores. Si ese ha sido el aspecto más conocido del libro -el repudio que le causó ver los actos criminales que llevaron a cabo, y lo oído a esos mismos colegas suyos- es muy importante lo que presentaba como su concepción del mundo, aquella de la que participaba, y las contradicciones que le llevaron a escribir. Empecemos por su manera de entender la vida.

Bernanos era monárquico, y se presenta como miembro «de la clase alta»; también se denominaba patriota de la Francia Imperial, católico, y argumentaba su discurso con versículos de la Biblia , y con ella explicaba y defendía la vida del mito de Cristo; vinculado a Falange por identificación con su dirigente, encuadró a su hijo de 17 años en las filas de ésta; además defendía a ultranza el estado social preindustrial, en él los monárquicos gobernaban estableciendo un orden bajo el cual la única división era la separación entre la clase alta, monárquicos, y el pueblo, y ese pueblo debería obedecer absolutamente la Ley y el Orden establecidos.

Para Bernanos la Mallorca en la que vivió hasta el golpe era una isla de pacíficos labriegos, respetuosos con los de su clase, y habitantes de su propio mundo sin estridencias. El golpe fascista lo trastocó todo, pero teniendo que tomar partido él sabía cual era su lugar. Lo que ocurrió es que la barbarie de sus acólitos le superó y en pro de su creencia, superado por los acontecimientos escribió «Los grandes cementerios bajo la luna».

Comienza su libro diciendo: «La ira de los imbéciles siempre me dio tristeza, pero hoy más bien me espantaría. En todo el mundo retumba esa ira. …El imbécil, de entrada es un ser de costumbres e ideas preconcebidas.» «Vuestro profundo error es creer que la tontería es inofensiva, o por lo menos que hay formas inofensivas de tontería. La tontería … cuando se pone en movimiento arrambla con todo. ¿Cómo es posible, si ninguno de vosotros ignora de lo que es capaz el odio paciente y vigilante de los mediocres, que disperséis su semilla a los cuatro vientos?» «… ellos (los imbéciles) no inventaron el hierro, ni el fuego, ni los gases,, pero utilizan a la perfección todo lo que les evita el único esfuerzo del que son realmente incapaces, el de pensar por sí mismos. ¡Prefieren matar a tener que pensar, eso es lo malo!» «Si no es así ¿cómo me explicáis por qué arte de magia se ha vuelto tan fácil convertir a un tendero, un pasante de agente de bolsa, un abogado o un cura en un soldado?».

Parece sonar a denuncia progresista ¿verdad?, pero cuidado con el lenguaje, Bernanos se refiere a que antes, el «antes» está indicando el medievo, se formaban como soldados, no la infantería, que eran gentes cuyo beneficio de la guerra se hallaba en el saqueo, él se refiere diciendo «soldados» a quienes tenían formación y mando militar y/o religiosa, caballeros cruzados y otras sociedades militares a las que accedían individuos de sectores reducidos de la sociedad medieval. De ahí su odio a esos sectores pequeñoburgueses que conforman la nueva sociedad que deja atrás la sociedad antigua.. Pero continua así: » … el mundo conoció un tiempo en que la vocación militar era la más respetada después de la del sacerdote, y apenas le iba a la zaga en dignidad. Vuestra civilización capitalista (y aquí Bernanos pisa a fondo) no se distingue precisamente por alentar el sacrificio, da prioridad absoluta a lo económico; y no deja de ser extraño que, en estas condiciones, disponga de tantos hombres de guerra como uniformes puedan proveer sus fábricas…» Bernanos añora la etapa anterior al capitalismo y desprecia el mundo producido por éste, no conoce, no comprende, no pasan por su conciencia los cambios históricos, la dialéctica de la historia, de ahí su estatismo, su falta de receptividad de las nuevas condiciones sociales, por eso generaliza en su discurso. Sostiene que el capitalismo es un derivado del marxismo, tesis falangista. Volvemos a leer: «Pero el mundo conoció un tiempo en que la vocación militar era la más respetada después de la de sacerdote, y apenas le iba a la zaga en dignidad.» «Ellos no inventaron el hierro, ni el fuego, ni los gases,…» con lo que indica que sólo considera trabajo la aportación excepcional, y la laboriosidad de los siervos no está para ser considerada.

Pero en su pensamiento católico juega un papel determinante la caridad y la existencia de los pobres; la limosna y la piedad son un distintivo de su clase y a la vez son escalones que llevan en «la otra vida» a cierto estatus. El peligro lo ve en el capitalismo, que reemplaza la sociedad que el defiende y lo convierte todo en comercio y beneficio, y lo rechaza dibujándolo con la anécdota siguiente: un periodista que acaba de visitar la fábrica pregunta al empresario norteamericano: «-¿Dónde demonios mete usted a los obreros viejos? Ninguno de los que he visto parecía tener más de cincuenta años…

El otro vacila un momento, apura su copa y dice:

-Coja un puro, vamos a dar una vuelta por el cementerio mientras echamos una calada.»

La frivolidad y la tragedia van juntas. Desde esa anécdota se lanza a argumentar contra el valor del capitalismo: «… el honor del dinero sería poca cosa sin vuestra complicidad» «… los hombres del dinero a menudo han disfrutado de los beneficios del poder, éste poder nunca le ha parecido legítimo a nadie. Nunca hubo, nunca habrá legitimidad del Dinero. En cuanto le preguntan se esconde, se agazapa, desaparece bajo tierra» «Hace poco Roosvelt recordaba que la cuarta parte de la fortuna estadounidense está en manos de sesenta familias, que en realidad, por el juego de las alianzas, se reducen a veinte». Desprecia a los nuevos ricos y su capacidad para dañar y, a su vez, evitar exponerse «ni siquiera a una leve sanción». En su discurso son constantes los términos amplios, indeterminados, con explicaciones desde la moral cristiana, apartando siempre la concreción del carácter de clase de los demás estatus sociales, por eso se refiere, cuando lo hace, al pueblo en general. Construye frases, párrafos que aislados llaman la atención por su ironía crítica que recuerda a Quevedo, leemos: «Admiro a los idiotas cultos, henchidos de cultura, devorados por los libros como los piojos, quienes afirman, levantando el meñique, que no pasa nada nuevo, que ya se ha visto todo». Aunque al continuar leyendo encontramos un lamento de aquel pasado al que se siente ligado, sigue el párrafo: «¿Qué sabrán ellos? El advenimiento de Cristo fue un hecho nuevo. La descristianización del mundo sería otro. Es evidente que nadie ha observado el segundo fenómeno ni puede hacerse una idea de sus consecuencias» «Los hombres de la Edad Media no eran lo bastante virtuosos como para despreciar el dinero, pero despreciaban a los hombres del dinero»; con «los hombres del dinero» denomina a los entonces judíos negociantes, no a quienes son poseedores por lo que el llamaría «derecho natural». Y sigue en otro párrafo: «A falta de abolir el sistema, se cubría de infamia. Una cosa es tolerar la prostitución y otra endiosar a las prostitutas, como hizo muchas veces la canalla mediterránea, cuya industria nacional fue siempre la venta de ganado perfumado. Es evidente que cuando unos niños armados de tronchos de col, podían correr hasta la entrada del gueto al capitalista más opulento, marcado por la insignia amarilla, el Dinero carecía de prestigio moral necesario para cumplir sus designios». Fijaos en la crítica, no se detiene a observar las causas sociales, las condiciones que producen la prostitución y cómo añade la metáfora «ganado perfumado». Después habla de los capitalistas que vivían en el «gueto», luego se refiere a los judíos, otra vez, y ese racismo le lleva exponer la persecución de los «niños», sin mencionar a los nazis ni sus propósitos de eliminación de ideologías y razas diferentes, más la eliminación de todo resistente y el mantenimiento clasista extremo del nazismo.

Como vemos, lo que en apariencia es crítico resulta que alienta una especie de trágico despecho y un lamento por la falta de implantación de una sociedad que no ofrezca fisuras por las que se desvirtúe su visión católica medieval, en términos cristianos: ricos y pobres. Y alcanzado este punto declara: «Señores, ha llegado el momento de reaccionar. En nombre de las clases dirigentes claudicantes, a las que tengo el honor de representar, empezad inmediatamente una sonora campaña a favor del general Franco, que hace exactamente lo que dicen que queremos hacer nosotros».

Bernanos, antes de que le salten a la cara sus contradicciones, despreciaba la democracia alegando que disuelve las clases y favorece «a los charlatanes. El que charla en el tajo es un holgazán». Así estaba de seguro antes de encontrarse con la implantación de su pensamiento; después reconocerá: «… en principio no tenía nada que objetar a un golpe de estado falangista o requeté». ¿Y cómo llegó la contradicción a su vida para que se viese necesitado de escribir «Los grandes cementerios…», y en él, mostrar, en medio de tanta declaración fascista, lo que le horrorizó de su aplicación. Sus palabras al respecto son claras: «Allá en Mallorca vi pasar por la Rambla unos camiones repletos de hombres … los sacaban todas las noches de los caseríos perdidos, cuando volvían del campo; partían para su último viaje, con la camisa pegada a los hombros por el sudor, los brazos aún cargados del trabajo del día, dejando la sopa servida en la mesa…» «… nunca me cansaré de repetir que esas personas no habían matado ni herido a nadie.» «… acababan de tenerla, su república -¡viva la República!-, que todavía la noche del 18 de julio de 1936, era el régimen legal reconocido por todos.»

«En Mallorca, como no hubo actos criminales, solo pudo ser una depuración selectiva, un exterminio sistemático de sospechosos» «… habían sacado de la cama en medio de la noche a doscientos vecinos de este pueblo cercano a Manacor, considerados sospechosos, les habían llevado por hornadas al cementerio, les habían ejecutado con un tiro en la cabeza y habían quemados los montones de cadáveres cerca de allí. El … obispo había mandado al lugar a uno de sus curas que, chapoteando entre la sangre, impartía absoluciones entre descarga y descarga.» «Cuando ya casi había terminado la depuración casa por casa, hubo que pensar en las cárceles. Estaban llenas, imaginaos. Llenos también los campos de concentración. Llenos los barcos desarmados, los siniestros pontones vigilados día y noche, sobre los que, por exceso de precaución, al caer la noche, pasaba una y otra vez el lúgubre pincel de un foco que yo veía, ay, desde mi cama. Entonces empezó la segunda fase, la depuración de las cárceles» «A primeros de marzo de 1937, al cabo de siete meses de guerra civil, estos asesinatos ascendían a tres mil. Siete meses son doscientos diez días, es decir, un promedio de quince ejecuciones diarias. Me permito recordar que la islita se puede recorrer fácilmente en un par de horas, de punta a punta.»

Bernanos se remueve en su cama sabiendo que el foco criminal repasa a los inocentes prisioneros, y una vez sensibilizado , sin renunciar a sus creencias, conoce con horror las denuncias de, él mismo dice, «beatas»; otras personas le comunican las detenciones de gentes de su misma condición; cuenta casos en los que delatores y responsables de fusilamientos regalan los objetos más íntimos de los fusilados; le enteran del engaño a los que hacen salir de la cárcel diciéndoles que son puestos en libertad, y…; señala como una de las causas para tales asesinatos la no asistencia a los oficios religiosos; y cuenta al lector, él que está en ese ambiente lo ha sabido, los datos finales obtenidos en una reunión de párrocos con el obispo: «sólo el 14% de los habitantes de la isla asistían a misa». Entonces, de acuerdo con los fascistas «se hizo un censo de fieles. A cada persona en edad de cumplir con su deber pascual se le dio un formulario»; la obligación que impusieron fue la de entregarlo al párroco que le correspondiese habiéndose escrito en él los datos personales, y poniendo a qué parroquia se ha asistido.

Desde el día siguiente las iglesias se llenaron, y en los confesionarios los sacerdotes se hacían cargo de las delaciones. Para la persona que fuese detenida quedaba la comparecencia ante el «tribunal militar», la burla fascista de el concepto Justicia, y Bernanos, escandalizado, cuenta al respecto lo que le dijo un miembro de esos autodenominados tribunales: «Al salir de la Academia Militar nos destinan a Artillería, Caballería o Infantería … Ahora nos meten en la Justicia. Desde luego, como arma es un poco rara, pero mientras la cosa quede entre nosotros, no se pierde mucho.» ¿Puede el gobierno dar por válidas las sentencias de semejantes tribunales?

El escritor que se sentía y era de la clase en el poder, que había celebrado el golpe de estado fascista, se vio desbordado, su conciencia no pudo soportar tanto crimen, tanto atropello, tanta barbarie, y decidió marcharse de Mallorca. Ya en Francia dio a conocer por medio de este libro lo que había visto, lo que había sabido. Se pregunta en algún momento si tanta injusticia se juzgará alguna vez, si se reconocerá la memoria de los republicanos a los que los golpistas y sus colaboradores les quitaron la vida.

Expresándose entre contradicciones ideológicas, su denuncia choca hoy con los postulados de quienes haciéndose pasar por contrarios al fascismo, ante la responsabilidad histórica que les toca, trabajan para dar por intocable el pasado cubriendo el expediente con una Ley de la Memoria con la que pretenden disolver la historia del régimen criminal como un azucarillo en agua, que no se vea aunque ahí esté, Ley de la Memoria con la que pretenden hacer de cada republicano fusilado, de cada republicano encarcelado, hasta los últimos días de la muerte de Franco y aún después, hacer, decía, un caso particular, separado de los demás, de cada republicano asesinado y encarcelado, como si fuese un asunto personal y el golpe militar no hubiese interferido en el curso de la Historia, como si la reposición del capitalismo fascista y de la monarquía no hubiese sido forzada a sangre y fuego, como si no hubiesen forzado las condiciones de vida de los trabajadores y el curso de la Historia, como si no hubiesen asesinado la legalidad e impuesto un régimen de opresión que hasta el mismo Bernanos esperaba se juzgase algún día.

Título: Los grandes cementerios bajo la luna
Autor: Georges Bernanos
Editorial: Lumen.