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El océano avanza y comunidades costeras de Tanzania luchan en una batalla perdida

Fuentes: IPS

DAR ES SALAM – La primera vez que Jumanne Waziri probó sal en su té matutino, pensó que su esposa se había equivocado. «¿Por qué pusiste sal en lugar de azúcar?», preguntó, mientras alejaba su taza en su casa en Ununio, un tranquilo suburbio al norte de Dar es Salam, la ciudad más poblada de Tanzania.

Su esposa, Fatuma, frunció el ceño. «Yo no», dijo y dio un sorbo de su propia taza y su rostro se torció con sorpresa.

Ese fue el momento en que comprendieron que el océano los había alcanzado, no en olas rompientes, sino en silencio, arrastrándose hacia su pozo, filtrándose a través del suelo, elevándose dentro de su hogar.

Afuera, el océano Índico brillaba bajo el sol de la mañana, engañosamente tranquilo. Pero bajo la superficie, había estado avanzando, envenenando el suelo, derribando árboles, destruyendo hogares y contaminando el agua subterránea.

La familia Waziri había invertido los ahorros de toda su vida en la vivienda de sus sueños: una casa con azulejos pulidos y una vista impresionante del mar. Ahora, la sal cubría las paredes, su patio trasero se había convertido en un pantano y el agua de su pozo había dejado de ser potable.

«Todas las mañanas, me despierto y veo cómo el agua salada se acerca cada vez más. Lo hemos gastado todo en esta casa y ahora el océano se la está llevando. Es desgarrador», dice Waziri fuera de su vivienda en el suburbio de Dar es Salam, que además de ser la ciudad más poblada del país es también su sede de gobierno.

Una costa que desaparece

Desde Ununio, en el centro costero del país, hasta Pangani, en el norte de Tanga, la ciudad portuaria en el extremo norte del país, las familias cuentan la misma historia. La intrusión de agua salada, el desastre silencioso, está transformando barrios que antes eran prósperos en pueblos fantasmas.

Las casas frente a la playa, antes apreciadas por sus vistas, ahora están abandonadas, medio sumergidas en el agua. Los que se quedan libran una batalla que no pueden ganar contra la salinización, incluida la del agua.

«Cuando compré este terreno hace 25 años, pensaba que estaba construyendo un futuro», dice Rozalia Masawe, de 66 años, señalando su patio inundado. «Ahora, el mar se lo está tragando todo», lamenta.

Los manglares de Dar es Salam, la primera defensa de la naturaleza contra el océano, están desapareciendo rápidamente. Las barreras de hormigón se desmoronan. La costa ha retrocedido varios metros.

«Antes, caminaba 10 minutos hasta la orilla con mi red de pesca», dice Heri Mwinyi, un pescador de Kunduchi, otra zona costera a las afueras de Dar es Salam. «Ahora, apenas salgo a la calle antes de que el agua me llegue a los tobillos», añade con preocupación.

Una invasión lenta y mortal

La intrusión de agua salada se produce cuando el agua de mar se filtra en las reservas subterráneas de agua dulce, contaminando el agua potable y arruinando y salinizando el suelo.

A diferencia de los huracanes o las mareas, ocurre lentamente, sin que se perciba día a día, hasta que las casas se dañan, las cosechas se pierden o una familia se da cuenta de que el agua potable sabe a sal.

A medida que el cambio climático eleva el nivel del mar, el agua del océano se adentra más en el interior de la tierra.

Mientras tanto, la extracción excesiva de agua subterránea en Dar es Salam, impulsada por la demanda urbana y el empeoramiento de las sequías, hace descender el nivel freático, lo que permite que el agua de mar penetre aún más rápido.

La crisis no es exclusiva de Tanzania. Desde las ciudades de Miami, en la costa atlántica de Estados Unidos, hasta Yakarta, en Indonesia, desde Daca, en Bangladés, hasta Lagos, en Nigeria, las comunidades costeras ven cómo sus tierras desaparecen.

«El océano está avanzando gradualmente, lo que está provocando una grave crisis para los residentes de las zonas costeras», afirma Philip Mzava, hidrólogo del Instituto de Tecnología de Dar es Salam.

A su juicio, «necesitamos soluciones a largo plazo (una mejor gestión del agua, barreras costeras y restauración de manglares) para proteger los hogares de las personas».

Los ricos también lloran

Mariam Suleiman, una acaudalada empresaria, recuerda el día en que probó por primera vez la sal en el agua que salía de uno de sus grifos.

«Pensé que algo andaba mal con las tuberías. La verdad era mucho peor», dice.

Eso fue hace tres años. Hoy, su mansión, que antes era inmaculada, se está cayendo a pedazos. La brisa salada que antes era refrescante ahora lleva el olor de la descomposición. Cuando sube la marea, el agua del mar se filtra por las grietas del suelo, debilitando los cimientos.

«Cada vez que entro, se me pegan los pies al suelo húmedo. Las paredes se están desmoronando. ¿Cómo se arregla una casa que se está ahogando?», pregunta con desazón.

Lo que antes era un refugio, su piscina, ahora es un pozo estancado.

«Solía sentarme allí con mis amigos, bebiendo vino», dice mientras sacude la cabeza. «Ahora, no me atrevería a meter el pie», asegura.

Durante años, Ununio y Mbezi Beach fueron símbolos de opulencia, enclaves exclusivos de lujo. en Dar es Saam. Ahora, el mar los está convirtiendo en terrenos baldíos.

«Gasté millones en esta casa», se lamenta Suleiman, mirando el muro perimetral que se derrumbaba. «Ahora, no sé si seguirá en pie dentro de diez años», reconoce.

Los valores inmmobiliarios, de hecho, se han desplomado en muchas zonas costeras de este país de África oriental, con unos 68 millones de habitantes.

«Solía vender terrenos frente a la playa como churros», dice Amani Mhando, promotora inmobiliaria. «Ahora, los compradores echan un vistazo a las inundaciones y se van. Ni siquiera los bancos financian ya propiedades aquí», se queja aún sorprendida.

Dar es Salaam en peligro

Dar es Salaa, hogar de seis millones de personas, siempre ha dependido del mar. Pero el mismo océano que construyó la ciudad ahora la está destruyendo.

El agua salada ha llegado hasta la playa de Mbezi, obligando a cerrar hoteles de lujo.

«Este lugar solía ser un paraíso», dice Faiza Khalid, que dirige una casa de huéspedes en Ununio. «Ahora, cuando llegan los visitantes, lo primero que preguntan es: ‘¿Qué es ese olor?’. Es el agua salada, la putrefacción, lo que está ahuyentando a la gente», explica.

Los negocios están luchando por salir adelante.

«Los visitantes ya no quieren quedarse aquí», reconoce mientras se pregunta que futuro habrá para la que fue una próspera área costera tanzana.

¿Un futuro bajo el agua?

El gobierno de Tanzania ha puesto en marcha proyectos para frenar el avance de los océanos: diques, replantación de manglares y sistemas de recarga de aguas subterráneas.

Pero el problema crece más rápido que las soluciones.

«El nivel del mar está subiendo», afirma Christina Mndeme, secretaria permanente de la Oficina del Vicepresidente para el Medio Ambiente. «El cambio climático está derritiendo los glaciares, empujando más agua hacia el océano y amenazando a nuestras comunidades costeras», puntualiza sobre el mal que las aqueja.

En Pangani, en la norteña región de Tanga, las antiguas y prósperas plantaciones de cocoteros son ahora tierras baldías.

«Solíamos cultivar de todo aquí», afirma el agricultor Said Rashid, pero «ahora, la tierra está demasiado salada».

Coincide con Jumanne Waziri, en el suburbio de Dar es Salaam, en que el futuro parece sombrío.

«Celebran reuniones, hablan de políticas, hacen promesas… pero mientras hablan, el océano sigue penetrando», dice Waziri.

Luego suspira, pasa sus dedos por la corteza de un cocotero caído. «Otro menos», susurra sin que se sepa si se refiere al árbol, a su hogar o a su esperanza.

Afuera, el océano sigue avanzando.

Puede leer aquí la versión en inglés de este artículo.

T: MF / ED: EG

Fuente: https://ipsnoticias.net/2025/03/el-oceano-avanza-y-comunidades-costeras-de-tanzania-luchan-en-una-batalla-perdida/