Recomiendo:
0

‘El político’: la película ‘why’

Fuentes: Diagonal

Robert Rossen desguazó en ‘El político’ el fenotipo de uno de los elementos de todo paisaje democrático.

 

Fue a finales del siglo XIX cuando algunas mentes iluminadas de la ciencia asociaron mediante una obligada relación causal el crimen con la genética. La forma de tu cráneo, ya fuese bien redondeada, ya fuese bien puntiaguda, marcaba de por vida tu inclinación a las perversiones morales. Esta genética determinista trasladada al cine daría lugar al rostro de Bro­derick Crawford como protagonista de El político. ¿Quién si no él, un actor de jeta tosca como un azadón, encarnaría mejor a Willie Stark, ese político rudo que, salido del pozo de la miseria, alcanza la cumbre del poder desplegando todas las tretas sucias imaginables? Su rostro simboliza el rostro atemporal de la corrupción, la de antes y la de ahora. Parece como si lo hubiese pintado el mismo Arcim­boldo, sólo que, en vez de utilizar para el retrato un collage de frutas y verduras, hubiese optado por una suma de facciones groseras de politicastros españoles: el mentón arrogante de Bárcenas, la sonrisa ladina de Rato, la frente intimidatoria de Pujol… El añorado Javier To­meo estudió criminología para documentar y poder escribir mejor sus bestiarios. Robert Rossen no se molestó tanto. Le bastó con asomarse a la calle para filmar sus películas de degradación de la naturaleza del ser humano. Porque en las concurridas avenidas de Estados Unidos, como en las de España, abundan los rostros caciquiles y ambiciosos como el de Willie Stark. Sus miradas cenagosas están llenas de interrogantes. El principal de ellos apela a su integridad moral: ¿me puedo o no me puedo fiar de esos caretos? Se puede analizar El político como una respuesta en imágenes a esta pregunta tan electoral. Si hubiese que catalogar esta película, formaría parte de un nuevo género: el género why (en inglés, por qué). Las películas why son aquellas películas de naturaleza periodística pero que trascienden el periodismo. 
 
No parece casual que el mejor amigo de Willie Stark sea un buen periodista que, como les sucede a tantos buenos periodistas, se deja seducir por los cantos de sirena del poder. El fracaso del periodismo conlleva, aquí y en todas partes, el éxito de la corrupción. Por eso, el why de este filme va más allá de un mero líder y se adentra en el territorio de la antropología. Su punto de mira se dirige a desvelar de dónde narices nace ese instinto universal llamado ambición que afecta a todo hijo de vecino, incluido el espíritu más inmaculado. La fuerza como personaje de Willie Stark, un abogado made in USA, es decir, hecho (y deshecho) a sí mismo, arranca de su inicial honradez. Hasta el más cínico de los espectadores estaría dispuesto a confiar en él de primeras. Lo que sucede es que la honradez necesita el entrenamiento diario de un maratonista para que no se atrofie el músculo. En cuanto te descuidas en los estiramientos, te salen unos michelines en la conciencia de espanto. Willie Stark debería haber contratado en su séquito de aduladores un coach algo escéptico, estilo Juan de Mairena, que le recordase cada mañana al despertarse su condición de mortal. No lo hizo. Nadie de ahí arriba lo hace. Y así les va. Y así nos va: el bien y el mal en las manos asépticas de unos megalomaníacos.
 

Esta película se rodó durante los convulsos años cuarenta. Supone la antítesis de la visión redentora de los filmes lacrimógenos de Capra. El pesimista Rossen es bastante más turbio a la hora de proponer modelos humanos. Su mesías salvador acaba degenerando en un dictador sin escrúpulos. El asesinato final de Willie Stark en las escaleras gubernamentales se asemeja al tiranicidio de un emperador romano. A esta cinta la titularon originalmente Todos los hombres del rey. En España prefirieron El político. Aunque el cambio restó boato al título, adquirió, a su vez, un punto de modernidad. Sería la película perfecta para celebrar un cine fórum carcelario con políticos corruptos.

Fuente: https://www.diagonalperiodico.net/culturas/26236-pelicula-why.html