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El primo de zumosol

Fuentes: Estrella digital

La teleAguirre informa de la manifestación de Madrid a favor de la paz en el Líbano, y de forma subliminal deja caer que se celebra en contra del único país democrático de la zona. A continuación, nos obsequia con una entrevista con el embajador israelí, a quien le parece inconcebible que se manifiesten en contra […]

La teleAguirre informa de la manifestación de Madrid a favor de la paz en el Líbano, y de forma subliminal deja caer que se celebra en contra del único país democrático de la zona. A continuación, nos obsequia con una entrevista con el embajador israelí, a quien le parece inconcebible que se manifiesten en contra de su país, ahora que están luchando contra dos organizaciones terroristas. Israel ha aprendido la lección de EEUU -o EEUU la de Israel, nunca se sabe-: todos los terrorismos son iguales, y contra el terrorismo todo está permitido.

Pues bien, me parece que ninguna de las dos cosas son ciertas. Todos los terrorismos no son iguales. El terrorismo de Estado es mucho más grave que todos los demás, ya que se suele ejercer con impunidad, sin nada que arriesgar, y abusando de la situación de fuerza de quien posee el monopolio legal de la violencia. Contra el terrorismo no está permitido todo, pues precisamente cuando un Estado traspasa la línea de la legalidad y de lo ético se transforma en Estado terrorista, mil veces peor que el terrorismo que dice combatir. Eso es lo que le lleva pasando desde hace mucho tiempo a Israel, que para combatir el terrorismo ha aplicado y aplica métodos terroristas. Convendría, además, que el señor embajador recordase, antes de anatematizar a nadie con el epíteto de terrorista, el origen del Estado de Israel, algo tuvo que ver el terrorismo en su creación.

La contienda del Próximo Oriente se ha trasladado también a la política española. Hay a quienes parece que más que preocuparles lo que ocurre en el Líbano se ocupan de las reacciones del Gobierno, a ver si pueden censurarle y ganar así rentabilidad electoral. Por otra parte, se resisten a condenar las atrocidades que está cometiendo Israel y se pierden en todo tipo de consideraciones y en la complejidad del problema, queriendo indicar que quienes las reprueban es por simplicidad e ignorancia. Nos ilustran con toda clase de derivaciones y de antecedentes históricos, distinciones y más distinciones, pretenden así ocultar lo evidente: que la ofensiva de Israel en el Líbano es una salvajada. Nada, absolutamente nada, puede justificar la destrucción de un país, el bombardeo de civiles -las víctimas son en mucho mayor número civiles que militares- y la diáspora de medio millón de personas aterrorizadas. Hamas será una organización terrorista, las milicias de Hezbollah también, pero quien en estos momentos está sembrando como nadie el terror es el Estado de Israel. Para entender esto no se precisa estar en posesión de ningún máster en geopolítica de Oriente Próximo.

Israel exige, para detener su ofensiva sobre el Líbano, que se cumpla la resolución de la ONU 1.559, de mayo del 2000, que requería el desarme de Hezbollah, su retirada de la zona meridional limítrofe con Israel y la sustitución por el ejército regular libanés. No deja de ser curioso que tal exigencia venga de un país que desprecia de forma ostensible y pública a las Naciones Unidas, que ha incumplido 46 de sus resoluciones y que en otras cincuenta ocasiones ha recurrido al poder de veto de EEUU -el primo de Zumosol- para impedir que el Consejo de Seguridad condenase sus actuaciones. Habrá que recordar la resolución 242 que exige la retirada de Israel de los territorios ocupados, condición necesaria para la paz en Oriente Próximo; y la 194, reiterada en la 3.236, exigiendo a Israel que permita a los refugiados que lo deseen regresar a sus hogares y pagar indemnización a los restantes; y la 446 declarando ilegales y de grave obstáculo para la paz los asentamientos en los territorios palestinos y árabes ocupados; y la 471 declarando que Israel, potencia ocupante, no ha facilitado la protección adecuada a la población civil en los territorios ocupados; y, por último, la 2.443 estableciendo que Israel debe desistir de su política de destrucción de casas de la población civil árabe en las áreas ocupadas. La relación no termina, y serían muchas más las que se podrían citar.

El señor embajador considera que las manifestaciones del jueves pasado son un premio al terrorismo islámico, sin tener en cuenta que Madrid ha sufrido como pocas ciudades en sus carnes ese terrorismo islámico; pero el dolor y los muertos no pueden ocultar otro dolor y otros muertos, ni borrar la responsabilidad de quienes los causan en este momento. El argumento es el de siempre. Condenar los crímenes del Gobierno de Israel es ser amigo de los terroristas, igual que se decía que censurar las masacres cometidas por los americanos o la OTAN en Iraq, Afganistán o Kosovo era ser partidario de Sadam Husein, de los talibanes o de Milosevic.

El señor embajador dice que las relaciones de Israel y España no pasan por su mejor momento. Debería preguntarse si lo que no está en su mejor momento es la consideración del Estado de Israel en la opinión pública mundial. Al margen de lo acertado que haya estado en sus gestos y manifestaciones el presidente del Gobierno, la calificación de antisemitismo a quien critica y censura los actos criminales cometidos en el Líbano por el Gobierno de Israel es un recurso demasiado fácil. Es como si a quien abomina de las atrocidades cometidas por el régimen nazi se le tildase de antigermánico. Israel no puede pretender mantenerse en el victimismo y considerar que la barbarie del Holocausto le da a su vez patente de corso para acometer nuevas barbaries. En el fondo, esa identificación entre las acciones de un Estado en un tiempo concreto y la nación, el pueblo, la religión y la raza, está dejando traslucir cierta ideología sionista, que fue considerada por la ONU ideología racista, aunque muchos años más tarde se retirase tal calificación ante la exigencia de Israel en las negociaciones de Madrid. Algunos remarcan y reprochan que Hezbollah significa partido de Dios, tienen razón para hacerlo, tal epíteto resulta peligroso y anuncio de todo tipo de dogmatismos, pero qué decir de los que como Israel se consideran el pueblo de Dios, o como Norteamérica, la nación elegida de Dios. El riesgo de nacionalismo zafio, cuando no de racismo, está presente. Mala cosa que dios ande entre los mísiles y las bombas.

Hablar de respuesta desproporcionada resulta ridículo. Nadie en su sano juicio puede pensar que existe una relación de causa y efecto entre el secuestro de dos soldados y la ola de destrucción desatada. Aquél sólo ha podido ser el pretexto de una decisión tomada y pactada mucho antes con el primo de Zumosol -EEUU-. Es indudable que Israel no emprende esta ofensiva sin tener el visto bueno de la Administración Bush. EEUU está vetando cualquier salida internacional a la crisis. Se trata de dar tiempo a Israel para que realice su labor destructora. Sólo cuando se considere que la tarea está concluida, la Administración norteamericana permitirá y liderará la paz, o tal vez la ocupación. ¿Qué se pretende? Existe un plan para devastar toda una zona del planeta. Primero fue Afganistán, después Iraq y ahora el Líbano, continuarán Siria e Irán; por cierto que la destrucción del Líbano le va a venir muy bien de rebote a la economía israelita, ya que ésta es competidora con la de aquel país en muchos sectores.

De nuevo, lo que queda en entredicho es la llamada legalidad internacional. Está claro que la única ley que rige es la del más fuerte. Israel puede hacer lo que quiera, mientras EEUU esté dispuesto a respaldarle y vetar cualquier proposición en su contra. Pero, ¿con qué legitimidad se habla luego de comunidad internacional, se interviene en otros países y se juzga a alguien de delitos contra la humanidad? ¿Por qué Irán no puede tener armamento atómico e Israel sí? Apliquemos la ley del más fuerte, pero al menos no vengamos luego con gazmoñerías e hipocresías predicando la democracia, la libertad y los derechos humanos. Aquí el único que tiene derechos es el primo de Zumosol.