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El violador eres tú, y quedará escrito a fuego

Fuentes: Píkara Magazine [Imagen: Paula Dacal]

Las narrativas en primera persona sobre violencias sexuales están tomando cada vez más protagonismo en el sector editorial y contribuyen a avanzar hacia una reparación que el sistema pocas veces provee.

En los últimos años, acompañando al aumento de la literatura escrita por mujeres e identidades no normativas, las narrativas en primera persona centradas en la violencia sexual han tomado un espacio de la industria editorial. Autobiografías, autoficciones y memorias han iniciado una convivencia habitual con otros formatos tradicionales como el ensayo o la novela, pero han emergido también géneros híbridos como investigaciones periodísticas y judiciales basadas en experiencias personales, crónicas de no-ficción o ensayos creativos. Géneros literarios que cruzan fronteras para contar lo atroz. Lo importante de todo ello es que permite configurar un corpus literario feminista conformado por esas historias que durante décadas quedaron relegadas al silencio. Lo que no se nombraba ya existía, pero solo en rincones oscuros que Virginie Despentes ya había empezado a alumbrar, primero desde la ficción con Fóllame (Random House) y después con su mítico ensayo Teoría King Kong. Quizá menos conocido, pero mucho anterior y con unas profundas implicaciones personales y políticas, tenemos Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado (Libros del Asteroide), una reconstrucción autobiográfica novelada de 1969 donde Maya Angelou cuenta su infancia marcada por su condición de negra en Estados Unidos y los abusos sexuales sufridos por parte de la pareja de su madre. Las consecuencias de lo que vivió permanecieron durante el resto de su vida, y así lo explica en el libro: “Mi mundo de niña de siete años quedó hecho pedazos, que nunca volverían a recomponerse”.

«No se puede regresar en el tiempo para modificar lo sucedido, pero sí se puede cambiar la manera en que se lo narra»

Que la literatura haya empezado a reflejar la realidad de agresiones y violaciones tiene varios efectos y quizá uno de los más importantes se basa en la capacidad de transformación del dolor a través del lenguaje. En el prólogo del libro Sobrevivientes. Crónicas de abuso sexual en la infanciaFabián Martínez Siccardi apunta en esa dirección: “Aunque no era la primera vez que escuchaba historias de abuso sexual en la infancia, esta vez fue distinto, radicalmente distinto. Rodeados de pares que habían pasado por situaciones equivalentes, en esa liturgia de contar y de escuchar, el dolor individual se volvía colectivo y los sobrevivientes parecían comprenderse sin lástima ni recelos. Y sucedió algo más: en ese coro de historias, muchas contadas acaso tantas veces, se hizo evidente el poder del acto de narrar. El abuso es un hecho, pero también es la narración de ese hecho. No se puede regresar en el tiempo para modificar lo sucedido, pero sí se puede cambiar la manera en que se lo narra, la forma en que lo contamos a los demás y a nosotros mismos”. Enlazando con esta ‘transmisión’, en el primer episodio del podcast Umbrales NarrativosElisa Coll habla sobre la reparación. “Reparar no significa lo mismo para todo el mundo. Puede ser dejar de sufrir, pero también abrir en canal una herida oculta. Reparar puede ser sinónimo de justicia, pero también de derecho al olvido, a la venganza o a la palabra. Reparar puede ser desenterrar un relato silenciado o recuperar las riendas de un relato negado”.

“La reparación de mis abusos no ha venido por la justicia, sino por la escritura”

Ante las violencias machistas, en muchas ocasiones el soporte institucional y familiar no es suficiente. El cuestionamiento, la falta de sensibilidad y de perspectiva feminista conducen frecuentemente a la revictimización. Y eso, lógicamente, nunca puede ser reparador. Cuando eso ocurre, necesitamos encontrar otras formas de elaborar un relato significativo más libre. Belén López Peiró denunció en 2014 los abusos sexuales que sufrió durante tres años de su adolescencia por parte de un familiar policía. En 2018, todavía esperando una sentencia, decidió contar su vivencia en Por qué volvías cada verano (Las Afueras). En una entrevista concedida a La Sexta, la autora lo dijo claro: “La reparación de mis abusos no ha venido por la justicia, sino por la escritura”. Centrado también en este tipo de desajustes de un sistema culpabilizador, en Por voluntad propia (Tránsito), Mathilde Forget escribió sobre las trabas y desafíos que se encuentra una mujer que denuncia una violación y a la que la sociedad acusa y aísla por no encajar en el modelo de ‘víctima perfecta’. Ella termina dudando de su propia percepción, y así lo reflejan sus palabras: “Soy lo que los demás piensan de mí. No. Soy lo que pienso que los demás piensan de mí. No. Soy lo que yo pienso de mí. Y no pienso nada bueno”.

Las consecuencias de la violencia sexual también han encontrado su lugar en los libros. En Mala onda (Tránsito), a través de un relato fragmentado, Myriam Gurba narra el proceso de su propia violación como mujer chicana queer en Estados Unidos. Habla de las consecuencias secuelas, del estrés postraumático y de la capacidad de superación. “Si entras dentro de tu dolor en lugar de dejarlo entrar en ti, puedes comerlo hasta que desaparezca”. La artista multidisciplinar Jana Leo también contó en primera persona el momento en que un hombre entró en su apartamento en Harlem, Estados Unidos, y la violó. Desde el primer momento, tomó consciencia de que no pararía hasta que el violador entrara en la cárcel, lo que ocurrió en 2007, seis años después del delito. El inicio de su libro Violación en Nueva York (Libros del Lince) impacta tanto por su rotundidad como por su consciencia: “Inmediatamente después de la violación, hice una foto de las arrugas que quedaron en las sábanas sobre las que me violaron. Recogí pruebas de la saliva del agresor: un vaso de plástico, colillas. Al día siguiente, frente el espejo del baño, y asustada por los cambios que vi en mi rostro, me tomé una fotografía que mostraba el estado de alienación que reflejaba mi cara tras la violación. Volví al edificio en el que me violaron y fotografié el posible recorrido del violador desde la azotea hasta mi cama. En los años siguientes, recopilé información sobre las investigaciones y archivé todos los documentos relacionados con la violación. Durante las dos horas que estuve secuestrada, e incluso mientras me violaba, memoricé cada detalle de la fisionomía del violador. En las semanas posteriores, como temía que el violador pudiera volver, diseccioné esas dos horas minuto a minuto, analicé cada una de sus palabras, movimientos y cambios en su tono de voz para anticiparme a sus acciones, tanto para protegerme a mí misma como para facilitar su captura”.

“Sé que a través de la escritura busco el origen de su sufrimiento»

Nada se opone a la noche (Anagrama), de Delphine de Vigan, y Triste tigre (Anagrama), de Neige Sinno, son dos libros que se suman a la lista de narrativas sobre la violencia sexual. Libros crudos, difíciles, volcánicos. En el primero, a raíz del suicidio de Lucile –su madre–, De Vigan emprende una investigación para reconstruir la historia de su familia, principalmente la de su madre y su abuela, y gracias a su honestidad nos permite ser testigos de dolores arraigados, miedos profundos, sufrimiento psíquico e incesto. Al mismo tiempo, reflexiona sobre los motivos para emprender esa búsqueda. “Sé que a través de la escritura busco el origen de su sufrimiento –del de su madre–, como si existiese un momento preciso en el que el núcleo de su persona hubiese sido mellado de forma definitiva e irreparable, y no puedo ignorar hasta qué punto esta búsqueda, no contenta con ser difícil, es vana”. El impactante Triste tigre, por su parte, es un testimonio de una adulta que en su infancia sufrió años de abusos sexuales por parte de su padrastro. Neige Sinno logra un ejercicio magistral de introspección y análisis social, un cruce entre ensayo y autobiografía de mirada incisiva. “Por eso es tan difícil escribir este libro. No porque me lleve de nuevo a momentos dolorosos (una persona de la que han abusado en la infancia no necesita un libro para recordar momentos dolorosos, se levanta cada mañana con su mochila hecha), sino porque esta obra, en la que quien escribe pone todo su esfuerzo, su buena voluntad, sus años de lectura, su corazón y su alma, es, otra vez, un proyecto del abusador, donde él está en el centro, y que casi predijo y deseó”. Entre otras referencias, la autora menciona a Christine Angot y El viaje al este (Anagrama), también sobre los abusos infantiles, en este caso de su propio padre.

«Pienso en las víctimas no reconocidas, cuyas historias permanecen a menudo en la sombra. Quiero que sepan que compartimos el mismo combate», decía Gisèle Pelicot cuando su  marido recibió la sentencia de veinte años de cárcel por haberla drogado y violado junto a decenas de hombres que él mismo convocaba. Ahora Pelicot tiene en proyecto la publicación de su libro de memorias, Un himno a la vida. Gracias a ella y a todas las que han necesitado y se han atrevido a poner palabras a esta barbarie patriarcal, contamos con narrativas con las que arroparnos, sostenernos y reconocernos. Libros que reflejan realidades y procesos atroces, pero en los que el engranaje lingüístico, la organización del relato y la belleza estética abren túneles en nuestro cuerpo, lo nutren y lo transforman. Libros que nos invitan a pensar en las posibilidades restaurativas de la literatura.

Fuente: https://www.pikaramagazine.com/2025/12/el-violador-eres-tu-y-quedara-escrito-a-fuego/