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Entrevista a Stephen E. Bronner sobre la Ilustración y sus críticos

Fuentes: El viejo topo

Stephen E. Bronner (1949) es profesor de filosofía política y germanística en la Universidad Rutgers (Nueva Jersey, EE.UU.). Miembro de Democratic Socialists of America (Socialistas Democráticos de America), la federación de partidos y organizaciones socialistas, socialdemócratas y laboristas más importante de Estados Unidos, Bronner es autor, entre otros, de Reivindicación de la Ilustración. Hacia una política de compromiso radical (Laetoli, 2007) y Un rumor sobre los judíos. Antisemitismo, conspiración y los Protocolos de los sabios de Sión (Laetoli, 2008), ambos traducidos al castellano por José Luis Gil de Aristu. Lejos de ser un cadáver literario, la Ilustración, sostiene Bronner, sigue muy viva y su legado puede revigorizar los valores de libertad política, justicia social y cosmopolitismo en el presente, refutando a quienes querrían congelar su radicalismo y despojarlo de su carácter de protesta.

    Acaso sea importante antes de comenzar cualquier discusión sobre la Ilustración aclarar ciertos malentendidos, por desgracia demasiado generalizados, en torno a una serie de conceptos clave. ¿Qué significaba para los philosophes términos como «Ilustración», «razón», «verdad» o «progreso»?

    El término Ilustración tiene una connotación ligeramente diferente en alemán -‘Aufklärung‘ connota clarificación- de la que tiene, por ejemplo, en español o francés. Pero todo esto no son más que matices. ‘Ilustración’ (Enlightenment): yo lo tomo literalmente como el intento de llevar las preguntas a la luz. Alexander Pope entendió ciertamente el término de este modo, y creo que la mayoría de philosophes se mostraron de acuerdo con él. A todos ellos les preocupaba llevar reivindicaciones mayoritarias y largo tiempo aplazadas bajo la luz del discurso público o de la opinión pública, y promover un ethos o una actitud en la cual la razón o el mejor argumento prevaleciese. Lo que aún permanece del legado ilustrado es su contestación a las condiciones en las que el discurso está limitado por diversas instituciones -ya se trate del estado o el capital- que se sirven de los prejuicios, la coerción y la fe para legitimar su poder hegemónico.

    El progreso puede implicar el descubrimiento científico y la innovación tecnológica. Pero el progreso social se basa en erradicar los obstáculos materiales e ideológicos a la participación en la búsqueda de la verdad. Verdad tiene, por descontado, un significado y un carácter diferente dependiendo de la materia bajo consideración: ciencia o naturaleza, metafísica o ética, revelación religiosa o goce estético. Diferentes ámbitos del conocimiento requieren diferentes modos de análisis: la clave es ser claro -o ilustrado- en lo que se está discutiendo y qué métodos son los apropiados: las creencias religiosas no deberían entrometerse en la investigación científica, la ciencia tiene poco que decir sobre las decisiones éticas, y ninguna de las dos tiene mucho que decir sobre la intensidad de la experiencia religiosa o el juicio de una obra de arte. Los pensadores ilustrados obviamente estaban resueltos a proteger la investigación científica y ética del dogmatismo religioso. Ésta sigue siendo una preocupación importante si tenemos en cuenta los ataques que el dogmatismo religioso aún lanza a la teoría de la evolución, el matrimonio homosexual, la investigación con células madre, el derecho al suicidio y quién sabe qué más. Pero también es importante proteger la ética y la fe personal de las ambiciones imperializantes de la ciencia y la estética. En cualquier caso, para los mejores philosophes se trataba de una cuestión de defender la búsqueda de la verdad del dogmatismo y de los zelotes que trataban de aislarse a sí mismos y a sus instituciones de la crítica y el discurso público. Gotthold Lessing (uno de mis ilustrados preferidos) entendió esta conexión entre verdad y progreso. Escribió: «si Dios sostuviera la verdad en su mano derecha y en su izquierda la búsqueda de ésta, y en ella se contuviesen todos mis errores futuros, y entonces me diese a escoger, señalaría la izquierda y humildemente diría: «¡Concédemela, padre! La verdad pura te pertenece a ti solamente.»

    El legado ilustrado generó el liberalismo político y la reforma socioeconómica que después recogería el socialismo. ¿Hasta dónde se extiende su influencia?

    La crítica -como una empresa que se sostiene y se justifica por derecho propio- es un legado de la Ilustración. Todas las figuras importantes de la Ilustración hubiesen estado de acuerdo con eso. Todas ellas hubieran estado de acuerdo en que la verdad siempre está abierta a revisión a la luz de un nuevo conocimiento. Proteger la posibilidad de una revisión tal está entre las contribuciones más importantes de la Ilustración. Esta preocupación se traduce inmediatamente en otra por la tolerancia y el pensamiento crítico, las libertades civiles, la responsabilidad de las instituciones y las asunciones universales que sostienen al imperio de la ley, que a su vez posibilita su ejercicio. Jürgen Habermas estaba en lo cierto al observar cómo el pensamiento ilustrado y sus ideales fomentaron la creación de una esfera pública y una nueva forma de opinión pública. En la medida en la que la socialdemocracia heredó esa visión republicana tras el desplome del liberalismo europeo en las revoluciones de 1848 abrazó, también, la Ilustración. Su esfera pública proletaria, su énfasis en la responsabilidad institucional y en la democracia, sus intentos por promover el internacionalismo y su preocupación pedagógica en la construcción de una mayor conciencia de las masas son una evidencia de sus raíces ilustradas. He intentado explicar esta cuestión en Socialism Unbound -y en Moments of Decision algunos de casos concretos más complejos en los que la teoría se escindió de la práctica. La desigualdad económica obviamente socava la habilidad para ejercer los derechos democráticos y la falta de derechos democráticos -la ausencia de un estado de derecho- socava la capacidad de ejercer la propia individualidad y las opiniones políticas. Establecer la conexión entre liberalismo político y socialismo ha sido siempre decisivo para el destino de la clase trabajadora. La historia justifica esta afirmación. Georg Lukács dijo en una ocasión que «la peor forma de socialismo es mejor que la mejor forma de capitalismo.» Ernst Bloch respondió observando que «la peor forma de socialismo no es de ningún modo socialismo.»

    ¿Cómo se tradujo a la instancia política el proyecto ilustrado? ¿Qué influencia tuvo a corto plazo en la Revolución americana de 1776 y en la Revolución francesa de 1789?

    La Ilustración fue en mi opinión la expresión ideológica de lo que el gran historiador norteamericano R.R. Palmer denominó «la época de la revolución democrática», que se extendió aproximadamente de 1688 a 1776 y 1789 y luego hasta comienzos del siglo XIX. Nótese que Palmer habla de «revolución», en singular, más que de «revoluciones», en plural. La razón de ello estriba en que aquellas revoluciones fueron (al margen de las obvias diferencias entre ellas) llevadas a cabo con los mismos ideales y para la creación de las mismas instituciones, apoyadas por las mismas fuerzas y opuestas por los mismos enemigos. La Ilustración implicó en todos sitios un asalto intelectual contra los pilares institucionales del feudalismo y las ideas que éste empleaba para justificar su dominio. Aquellos pilares, por supuesto, fueron una aristocracia cuya posición se justificaba por orden divino y una iglesia cuyos derechos eran inalienables por definición. La aristocracia y la iglesia constituían dos de los tres estados. El «Tercer estado» -como el Abbe Sieyès pondría de relevancia en su panfleto revolucionario homónimo- era «el pueblo», en cuyo nombre hablaban, en última instancia, los philosophes. Beaumarchais cristalizó el proyecto político de la Ilustración en Las bodas de Figaro en lo que se ha llegado a conocer como «el clarín de la revolución», cuando Figaro se dirige al Duque: «¡Qué has hecho para merecer tus privilegios además de haber nacido!» Entendámonos: muchos de los pensadores ilustrados y muchas de las revoluciones burguesas sin ninguna duda retuvieron elementos de eurocentrismo, patriarcado y racismo. Confrontar estos prejuicios pre-capitalistas y pre-modernos es algo que se resuelve inicialmente empleando la lógica de Figaro. La barrera para esa lógica no es la intolerancia, o incluso la injusticia social, sino la clase.

    Ud. sostiene, como el filósofo canadiense James Tully, que el legado de John Locke ha sido malinterpretado por la izquierda, al considerarlo un mero representante de los intereses capitalistas. ¿Qué contribuciones destacaría de la obra de Locke, especialmente en el campo del derecho?

    Locke y Kant eran pensadores del liberalismo político. Ellos se veían a sí mismos así, sus enemigos les veían así y la historia política los ha juzgado así. «Todos los hombres son creados iguales», reza la Declaración de Independencia (a pesar de la existencia continuada de la esclavitud). Su justificación para la resistencia a los británicos en su célebre divisa de defensa de la «vida, libertad y la persecución de la felicidad» procede de la insistencia de Locke de que un estado legítimo había de proteger la «vida, la libertad y la propiedad». En cuanto a Kant, según Marx, fue «el mayor pensador de la revolución burguesa.» Resulta absurdo negar que fueron políticamente liberales. La verdadera cuestión es si el liberalismo es reducible a los intereses capitalistas, como niega correctamente Tully, y en qué medida puede contribuir al socialismo. Las revoluciones burguesas no fueron libradas solamente por los burgueses más acaudalados, sino que pudieron llevarse a cabo en coaliciones con otras clases. El liberalismo era un proyecto notable para los intereses, tanto ideológicos como materiales, de la gente común en su énfasis en las libertades civiles, la tolerancia religiosa, la igualdad política e (incluso si sólo era en principio) la capacidad para juzgar sobre la propia vida. Locke y Kant hablan de estas preocupaciones. El liberalismo empieza por enfatizar la responsabilidad de las instituciones políticas y la libertad del individuo; el socialismo construye sobre esas nociones y las extiende al capital en un intento por abolir los obstáculos económicos al libre ejercicio del individualismo. Henry Patcher, que fue mi antiguo profesor y un socialista convencido durante toda su vida, afirmó en una ocasión que el socialismo debería ser entendido (en indirecta a Lenin) como «el estado más elevado del individualismo». Estoy de acuerdo.

    Aunque la reacción de la derecha al proyecto de la ilustración resulta comprensible, la así llamada izquierda posmoderna la ha atacado duramente y sus valores, en una suerte de segundo «asalto a la razón», por utilizar el título de una conocida obra de Lukács. Hay una conocida cita de Noam Chomsky: «los intelectuales de izquierdas», dijo, «participaron activamente en la animada vida de la cultura obrera. Los hubo que intentaron compensar el carácter clasista de las instituciones culturales con programas de educación de los obreros o con obras de divulgación -que conocieron el éxito- sobre matemáticas, ciencias y otros temas. Es sorprendente constatar que hoy en día sus herederos de izquierdas a menudo tratan de privar a los trabajadores de estos instrumentos de emancipación mientras nos informan que el ‘proyecto de los Enciclopedistas’ está muerto, que tenemos que abandonar las ‘ilusiones’ de la ciencia y de la racionalidad -un mensaje que alegrará el corazón a los poderosos, encantados de monopolizar estos instrumentos para su interés.» De hecho, todo el socialismo anterior al estalinismo y la mayoría (aunque no todo) del movimiento anarquista se consideraron a sí mismos herederos de la tradición racional e ilustrada. Ud. cita desde el socialdemócrata Eduard Bernstein a la socialista Rosa Luxemburg y los anarquistas Gustav Landauer, Victor Serge, Augustin Souchy y Murray Bookchin. ¿Cuáles son los principales argumentos de los críticos de izquierda hostiles al pensamiento ilustrado? ¿Cuáles de ellos son hasta cierto punto legítimos y cuáles no lo son en absoluto? ¿Cómo ha podido tener tanta difusión argumentos sin ninguna base textual, como el de que la Ilustración es el origen del totalitarismo moderno, o que era exclusivamente francesa, o exclusivamente masculina?

    En verdad hay algo de revelador en esa frase de Lukács. Pero en honor a la verdad: si Horkheimer y Adorno tomaron un punto de vista que les permitió contemplar confortablemente la tormenta, entonces el estalinismo defendido por Lukács en aquella época ayudó efectivamente a que éste se produjese. Mire: entiendo la frustración causada por esta tendencia de la teoría crítica. Entiendo también la frustración causada por el posmodernismo en general y sus expresiones filosóficas más radicales, particularmente el postestructuralismo. Pero es importante recordar que sus representantes intelectuales no son el enemigo principal, y que es un error sobrestimar su importancia. El enemigo principal es el conservadurismo organizado, sus instituciones, sus portavoces y sus fuentes de poder. Las otras son importantes solamente en la medida en que desvían la atención de los problemas reales y de la política reaccionaria. Son un fenómeno académico y la mayoría de defensores -o, al menos, los que yo conozco- son gente decente que, por lo habitual, termina dando apoyo a las causas progresistas. Son, por así decir, libertarios bohemios, anarquistas con muy poco sentido de la historia y de la política, pero con un profundo desprecio hacia cualquier cosa que pueda entrometerse en la experiencia individual. Esto es evidente en su postura filosófica. Su punto de vista empieza básicamente con la célebre afirmación de Nietzsche de que «el sujeto es una ficción.» Para ellos existe únicamente la experiencia individual, y ésta no es mensurable con las categorías universales o «esencialistas» que se utilizan para expresarla: términos como «humanidad» o conceptos como «estado de derecho» o «imperio de la ley» pierden en consecuencia para ellos su base epistemológica o privilegio intelectual. A menudo se refieren a ellos como «constructos sociales artificiales», que son útiles o no dependiendo del caso. Todas las narrativas, estructuras, derechos básicos y categorías universales que afirman ser algo más que esto, son para ellos, por definición, expresiones de dogma y poder en relación con la experiencia que excluyen o deniegan. Esto deja a la tradición posmoderna sin ningún criterio para realizar juicios entre movimientos políticos o instituciones. El pensamiento instrumental es visto como algo estrechamente conectado con la represión capitalista y burocrática, como algo que justifica intrínsecamente el trato al sujeto como un objeto, como algo que transforma inevitablemente las cuestiones cualitativas en cuantitativas. El pensamiento instrumental es visto, en pocas palabras, como algo que nos conduce a la situación en que se identifica al sujeto con un número tatuado en su antebrazo. El vínculo entre estos elementos de la razón con un totalitarismo resuelto a aplastar la subjetividad y celebrar su poder es la consecuencia lógica de ese argumento.

    A la pregunta de cómo hemos llegado a esta situación, Ud. escribe -de un modo parecido al de Antoni Domènech en su Diálogo con un estudiante mexicano de filosofía– que probablemente hayamos de encontrar el origen de estos argumentos en la Dialéctica de la Ilustración escrita por Theodor W. Adorno y Max Horkheimer, y su errónea comprensión de la Ilustración que condujo a una comprensión aún más errónea en sus epígonos. ¿Por qué no pudieron sus autores escribir la proyectada Reivindicación de la Ilustración para enmendar sus errores pasados?

    Aprecio el cumplido. Dialéctica de la Ilustración es un libro que descansa en un argumento bastante simple. Sus autores, Adorno y Horkheimer, entienden la Ilustración en términos de una forma instrumental o matemática de la racionalidad que, por así decir, elimina la subjetividad de la ecuación. Este tipo de racionalidad neutral y objetiva se identifica con la Ilustración porque es la que mejor asegura el dominio del hombre sobre la naturaleza, incluso si también permite rectificar asunciones mal entendidas y responder prejuicios infundados. La Ilustración retiene así para sí un carácter antropológico y se convierte a la vez en una referencia al movimiento moderno que usualmente identificamos con el término. Pensadores como Kant puede que estuviesen preocupados más que nada en proteger la «razón pura» de la intrusión de la fe religiosa en el nombre de los valores liberales y la experimentación libre. La Dialéctica de la Ilustración sugiere, sin embargo, que esta forma de racionalidad tuvo una dinámica propia por la que se volvió contra todos los preceptos no científicos y afirmaciones normativas. Éstas incluyeron los valores éticos por los que veló cuidadosamente la Ilustración, como el ejercicio de la conciencia moral y la autonomía individual. O, por decirlo de otro modo, la racionalidad científica destruyó los impulsos éticos que había generado. La naturaleza fue reducida a sus componentes empíricos, la sociedad fue cada vez más definida por la forma-mercancía, el estado liberal generó una burocracia impersonal y la reificación se hizo identificable con el progreso. El punto final de la civilización se convierte en la «sociedad totalmente administrada» y, puesto que la posibilidad de una resistencia organizada necesariamente emplea los mismos métodos que busca abolir, la movilización política se convierte en una derrota anunciada. La Ilustración se convierte así en una «racionalidad de la dominación» incluso cuando las creencias irracionales que originalmente buscaba destruir reaparecen como un producto suyo en el nazismo, pongamos por caso. La Ilustración cristaliza la «ontología de las falsas condiciones». No hay en última instancia modo político o histórico alguno de contestar a esta dinámica reificadora de la Ilustración: todo lo que queda a la resistencia es suscitar el «deseo por lo totalmente otro» (Horkheimer) o una «dialéctica negativa» basada en la afirmación de subjetividad metafísica y estética (Adorno). ¿Por qué no pudieron Horkheimer y Adorno escribir su planeada secuela? Creo que fue por la Dialéctica de la Ilustración les dejó finalmente con nada positivo que decir.

¿Cuáles son los principales argumentos de los críticos de izquierda hostiles al pensamiento ilustrado? ¿Cuáles de ellos son hasta cierto punto legítimos y cuáles no lo son en absoluto?

    Los críticos de la Ilustración se atienen a la llamativa disyunción entre teoría y práctica: Locke discriminó a los católicos y a los ateos, Kant mostró puntos de vista racistas e incluso, en una ocasión, fue crítico con los intentos de prohibir la esclavitud, Voltaire fue antisemita, Rosseau sexista, etcétera. También escriben que las mujeres y las personas de color fueron excluidas del contrato social. Todo esto es cierto e inexcusable. Cada pensador es hijo de su tiempo, pero incluso en aquella época hubo figuras importantes (e ilustradas) como Lessing, Lichtenberg o Montesquieu que no padecían de estos prejuicios -o, al menos, no tan seriamente. Pero no tiene mucho sentido reducir la validez de una teoría a los prejuicios personales de su autor: Aristóteles no podía imaginarse una sociedad sin esclavos y tampoco Marx fue inmune a la intolerancia. La cuestión es si la lógica de un punto de vista filosófico puede cuestionar las asunciones erróneas o quienes las practican. Incluso Horkheimer y Adorno entendieron su empresa como una crítica de la Ilustración desde el punto de vista de la Ilustración misma.

    Cualquier concepto puede ser manipulado: de nuevo, sin embargo, se trata de una cuestión de si ese concepto -o el discurso en el que está inscrito- retiene un elemento crítico que sea capaz de contestar esa manipulación. Resulta interesante, por ejemplo, que las primeras y más incisivas críticas de la Revolución soviética procediesen de Karl Kautsky y Rosa Luxemburg, que emplearon la teoría marxista para desafiar una cierta forma de práctica marxista. Gramsci, de hecho, habló en 1917 de una «revolución contra Das Kapital«. ¿Pueden emplearse las ideas del liberalismo político para justificar el imperialismo? Por supuesto: se utilizaron para justificar la invasión de Irak. No hay nada erróneo en esas ideas, sino en la manera guerrera y dogmática en que se emplearon para implementarlas. No hubo, en pocas palabras, una conexión posible entre la teoría y su práctica. Cualquier crítica progresista al imperialismo que se precie siempre retorna al derecho universal de las naciones a su propia autodeterminación y otros derechos humanos. Del mismo modo, la cuestión real para los pensadores posmodernos y post-estructuralistas es si de hecho tiene sentido hablar de un ejercicio multicultural de la identidad y la diferencia -o más sencillamente, de pluralismo- sin hacer referencia alguna a los principios universales ni al estado constitucional de derecho. Sin ninguna referencia en ese sentido el énfasis en la identidad y en la diferencia se vuelve de manera concreta en poco más que un prejuicio cuyo refuerzo implica coerción.

    Fue el imperio de la ley y el estado de derecho los que generaron la noción de derechos humanos. Por supuesto, los Frentes Populares que se enfrentaron los totalitarismos en tiempos pasados, los veteranos que se manifestaron con Martin Luther King Jr. en los cincuenta y sesenta o los participantes en las revoluciones constitucionales de 1989 en Europa oriental. Pregúntele a los socialistas y liberales iraníes que están ahora en las calles protestando contra la encarnación del «rojo y el negro» de Stendhal, los pilares habituales de la reacción anti-ilustrada: el ejército y la iglesia (o la mezquita).

    ¿Qué hizo popular a esta crítica? ¿Qué tiene qué ofrecer?

    Las tendencias críticas con la Ilustración nacieron al calor de la creencia de que el «progreso» se había convertido en su opuesto, y que por lo tanto que el proyecto liberal había fracaso. La Escuela de Frankfurt alertó sobre la emergencia de la «sociedad completamente administrada» en los treinta y el descubrimiento del universo concentracionario -y particularmente Auschwitz- podía solamente concebirse como algo traumático. Esto ocurrió en primer lugar durante los treinta, con la «sociedad completamente administrada», y se fue afianzando con el reconocimiento gradual del universo concentracionario. El totalitarismo fue, además, un fenómeno que se dio tanto en la derecha como en la izquierda. El comunismo perdió su credibilidad como alternativa mientras el liberalismo y la socialdemocracia parecían haber sido integradas en el status quo capitalista. La reificación parecía la clave para comprender este desarrollo y en consecuencia la resistencia comenzó a identificarse con el cultivo de la subjetividad. La crítica filosófica y antropológica se convirtió en un sustituto del análisis histórico y político. Pocos consideraron que el fascismo encontraba su base de masas en aquellos más amenazados por la modernidad -como el campesinado y la pequeña burguesía- o que el desarrollo bárbaro de la URSS se encontraba en sus condiciones pre-modernas. Las teorías posmodernas y la popularidad de la deconstrucción y las teorías de la identidad, mientras tanto, reflejaron el desplome del movimiento por los derechos civiles, la rebelión checa de 1968, el gobierno de Allende en Chile y otras formas de movilización de masas con ideales universales. Teniendo en cuenta el rechazo posmoderno por la narrativa y la tradición, por supuesto, nada de todo esto podía tenerse en cuenta. Los críticos de la Ilustración y sus políticas en principio disímiles se encontraron en la «noche en la que todos los gatos son pardos» de Hegel. En un período en el que las humanidades tienen una crisis de intención, la tendencia metafísica y estética de la Teoría crítica ha proporcionado a los críticos culturales la sensación de estar siendo políticos sin necesidad de tener que hacer nada. El asalto posmoderno a las categorías universales está, de modo similar, justificado por el rechazo radical a construir programas e identificarse con determinadas instituciones en un orden de prioridades. Si la abdicación del juicio se convierte en un principio del juicio, se desarrolla un ethos donde cada cual puede verse a sí mismo legítimamente resistiendo al status quo sin necesidad de tener un referente organizativo o institucional objetivo. Marx se quedó corto en al menos un punto: los filósofos a la moda de hoy ya no parecen preocupados en interpretar el mundo, y no digamos ya en cambiarlo.

    Lo que determinada izquierda académica posmoderna desconoce es que sus argumentos «de izquierda» contra la Ilustración fueron, en realidad, acuñados por la reacción anti-ilustrada, lo que Ud. llama en su libro Contrailustración, cuyos inicios fija en Termidor y la Restauración de 1815 y de forman parte desde Edmund Burke y Joseph de Maistre hasta Houston Stewart Chamberlain y Oswald Spengler. Es más, algunos de ellos -como Mircea Eliade, a quien Ud. califica justamente de «fascista auténtico»- militaron en movimientos fascistas -«una sublevación contra la razón en nombre de los sentimientos»- y antisemitas, o, al menos, irracionalistas y neorrománticos. ¿Podría especificar de qué argumentos se trata?

    ¡Cuidado! Fue Adorno quien introdujo este argumento, creo, en Minima Moralia y luego en su famoso ensayo sobre Spengler. Pero lo cierto es que las principales influencias de Adorno no fueron figuras identificadas fundamentalmente con la reacción, sino Kant, Kierkegaard, Hegel, Marx y Nietzsche. Hemos de ser cuidadosos. Todos los intelectuales reaccionarios no están cortados por el mismo patrón: hay una profunda diferencia entre Edmund Burke o Carl Schmitt y, pongamos por caso, Johann Georg Hamann o Russell Kirk. La grandeza filosófica no es patrimonio de la izquierda: yo personalmente he aprendido mucho leyendo a Martin Heidegger. Es importante recordar que el mismo pensador puede ser políticamente conservador y culturalmente radical, como T.S. Eliot o, al contrario, políticamente radical y conservador en sus gustos culturales, como Rosa Luxemburg. Los intelectuales de derechas pueden tener análisis penetrantes. El juicio no debería estar basado en quién hace tal afirmación que un intelectual progresista emplea, sino en la calidad del argumento.

    ¿Conoce Imposturas intelectuales, el libro de Alan Sokal y Jean Bricmont? ¿Qué acogida tuvo el libro en los Estados Unidos y especialmente en el mundo académico?

    Sí, de hecho conozco personalmente a Sokal. Su ensayo de 1996 «Transgredir las fronteras» para la revista Social Text -yo estuve en su consejo editorial y lo abandoné muchos años antes del escándalo- se convirtió en un éxito. Sokal mostró no solamente el peligro de deconstruir o sociologizar la ciencia, sino de ignorar la importancia de la experiencia en una disciplina en nombre de pretensiones interdisciplinarias. Borrar la línea entre ciencias naturales y sociales se ha convertido en un pasatiempo popular. Karl Korsch -una figura importante, aunque olvidada, de la Teoría crítica- comprendió que una cosa es para un sociólogo o un historiador explicar el contexto en que se realizó un descubrimiento científico, y otra muy diferente es juzgar su verdad o validez. Básicamente todo esto dice poco más que los intelectuales poseen muy poco conocimiento anterior a las afirmaciones que realizan. Los argumentos realizados por los críticos de Sokal de que su falsificación (hoax) cohíbe la investigación o pone las cosas difíciles a los académicos progresistas son, en mi opinión, absurdas. Los autores deberían de ser responsables de su investigación y la idea de que la crítica de la izquierda por parte de sus propios correligionarios desalienta la solidaridad recuerda al modo en que los comunistas gustaban afirmar que toda crítica hacia ellos constituía una «apología objetiva» de la reacción. Para quienes estén interesados, les recomendaría que le echasen un vistazo a la soberbia entrevista con Sokal y a otra con Bruce Robbins (que editaba Social Text por aquel entonces) en Science, Culture, and the Politics of Knowledge, editado por Edward Ramsamy (Lexington Books).

    En su libro combate la idea de que la Ilustración es algo exclusivamente europeo y cita ejemplos de China, India, el mundo arabomusulmán, así como la Haskallah judía. ¿Podría hablarnos un poco más de ello?

    Teniendo en cuenta el carácter internacional de la revolución burguesa, es lógico que el cosmopolitismo tomase cuerpo en la Ilustración desde sus comienzos. Y debería ser visto así. Sus miembros constituían una sedicente «República de las letras». Sus miembros leían los trabajos de los demás y se inspiraban mutuamente esfuerzos. Locke influyó a Jefferson, que había leído a Kant, que fue despertado de su «sueño filosófico» por Hume, que era amigo de Voltaire. Todo el mundo admiraba a Benjamin Franklin. Pero la Ilustración europea también inspiró el levantamiento de Haití encabezado por Touissant L’Ouverture, que tan vívidamente se describe en Los jacobinos negros de C.L.R. James, y también los movimientos antiimperialistas de Simón Bolívar y Bernardo O’Higgins en Latinoamérica. Ciro el Grande, que construyó Persépolis, Al Farabi, Avicena y Averroes, el legendario Akbar el Grande de India y muchísimas otras figuras no occidentales anticiparon todas las principales preocupaciones de la Ilustración europea. Su influencia se extendería hasta la Revolución constitucional persa de 1906 y hasta el Movimiento cuatro de mayo de Sun Yat-Sen en China y varios otros movimientos de nuestra época. Es sencillamente absurdo sugerir que la «religión» en abstracto permaneció de algún modo inmune a la Ilustración. Cada una de las religiones monoteístas principales respondió a la Ilustración y surgieron figuras como Ibn Khaldun, Moses Mendelsson y, más tarde, Paul Tillich. Los dogmatistas, por supuesto, siguieron siendo dogmáticos. Pero eso no cambia nada. Incluso un estado homogéneo con una sola religión debe lidiar con nuevas interpretaciones de la fe y siempre habrá quien insista en en que los supuestos disidentes y herejes sean tratados de acuerdo con los ideales liberales. Fomentar la responsabilidad institucional, la educación cosmopolita, el progreso científico, la tolerancia religiosa y las libertades civiles, así como abolir la tortura, la superstición y el subdesarrollo económico -apenas creo necesario añadir esto- no son meras cuestiones de importancia para los europeos burgueses y blancos.

    En su libro presenta el argumento, verdaderamente demoledor, de que ningún pensador ilustrado pudo ser asimilado por la derecha, y mucho menos por la extrema derecha fascista. Fue raro, escribe Ud., «que los movimientos políticos conservadores o fascistas respaldaran o adoptaran a pensadores ilustrados; resulta difícil imaginar un busto de Locke o de Voltaire sobre el escritorio de Mussolini. Los philosophes ejercieron su impacto más profundo sobre la izquierda: Locke y Kant influyeron en todo tipo de liberales, socialistas y anarquistas. Beccaria, Holbach y Adam Smith se comprometieron seriamente con el desarrollo moral y la reforma social. Thomas Paine es uno de los fundadores del internacionalismo moderno.»

    Mi argumento era que existía una «afinidad electiva» –una categoría que hizo famosa Max Weber– entre los movimientos de izquierda y las ideas de la Ilustración y que prácticamente puede decirse lo mismo con respecto a los movimientos de derecha y las ideas anti-ilustradas. No niego que algunos políticos de derechas puedan apreciar a un pensador ilustrado o viceversa. Pero por lo general este vínculo tiene sentido. Si los movimientos de derechas son antidemocráticos, anti-igualitaristas, nacionalistas y tradicionalistas, no hay ninguna razón por la que sus miembros deban defender a intelectuales comprometidos con la democracia, la igualdad, el cosmopolitismo y un punto de vista crítico y experimental -y nuevamente, con respecto a los movimientos de izquierda, viceversa. En mi opinión esto se hace particularmente evidente en el antisemitismo. Con su teoría de la conspiración y su privilegio de la intuición, su adherencia a la religión y al orden antidemocrático, su odio paranoico por la modernidad y por todos los ideales políticos ilustrados, el infame tratado conocido como Los protocolos de los sabios de Sión fue adoptado casi exclusivamente por movimientos reaccionarios cuyas ideas procedían de la Contrailustración. Cuanto mayor era el desdén hacia los ideales ilustrados, de hecho, más se apoyaba el movimiento en los Protocolos. He intentado explicar esta cuestión en Un rumor sobre los judíos. Ejemplos de apoyo al antisemitismo -más que de imperialismo, nacionalismo y otras ideologías reaccionarias- pueden encontrarse a lo largo de todo el espectro político. En lo fundamental, sin embargo, la historia indica la existencia de una afinidad electiva entre los ideales ilustrados y los grandes movimientos liberales y socialistas tanto como entre los ideales anti-ilustrados y los movimientos fascistas y conservadores. Considérese la trayectoria que va de las grandes revoluciones burguesas de 1848 al affaire Dreyfus o a la lucha encarnizada contra el fascismo europeo en el período de entreguerras, la caza de brujas y el movimiento por los derechos civiles, el ascenso del «poder popular» desde Filipinas a Irán y todos los conflictos que se están librando ahora mismo. Si lo que yo sugiero es el caso -o constituye lo que John Dewey habría llamado una «afirmación garantizada»- entonces que muy poco espacio para hablar sobre algún tipo de «dialéctica» de la Ilustración. Lo que queda, en mi opinión, es una batalla, cuyo resultado todavía no se ha resuelto, entre dos tradiciones políticas en competición de cuyo resultado, creo, depende nuestro futuro político.

La crisis financiera, la crisis ecológica y la crisis hegemónica del capitalismo marcan, según Terry Eagleton, el fin de la teoría posmoderna, que hoy ha basculado hacia la derecha o se ha encapsulado, incapaz completamente de ver el mundo tal cual es. ¿El legado de la Ilustración como una tarea política y una tradición política marcará el desarrollo de la oposición de la izquierda?

Los ideales de la Ilustración no son hegemónicos. Tampoco han sido olvidados. Lo que he intentado decir es que han sido incorporados en las luchas prácticas que han modelado -y continúan modelando- la modernidad. En este momento la gente de izquierdas debería hablar menos sobre ésta o esa crisis -pues siempre hay una crisis– que sobre la solidaridad y sus precondiciones. El progreso real ha sido realizado en Occidente por las personas de color y las mujeres en términos culturales. Las políticas basadas en la identidad han logrado el éxito: nadie lo duda. Pero ha producido una miríada de organizaciones que intentan privilegiar una clientela particular tanto en la teoría como en la práctica. El conjunto de la izquierda es ahora menos que la suma de sus partes. Sus divisiones la dejan poco preparada e incapaz de luchar efectivamente contra lo que en las últimas décadas se ha convertido en un asalto implacable contra el estado del bienestar y el mayor desplazamiento de la renta que los Estados Unidos hayan experimentado jamás. El progreso cultural y social, en pocas palabras, ha sido acompañado de una regresión económica y política. Superar esta contradicción, vinculando conceptualmente clase e identidad, se encuentra entre las tareas principales a las que se enfrentan los defensores de la herencia ilustrada. En Socialism Unbound introduje la noción de una idea de clase que lleve a políticas específicas que hablen de los intereses de la clase trabajadora en cada uno de todos estos nuevos movimientos sociales sin privilegiar la clientela particular de ninguna organización. Promover un ideal así es toda una llamada a trabajar en los movimientos y organizaciones existentes comprometidos con determinados objetivos progresistas más que imaginar algún tipo de organización ideal o movimiento ideológicamente puro dedicado a lanzar consignas abstractas. La ciencia y la tecnología pueden ayudarnos en ese empeño. Grupos como MoveOn en los Estados Unidos han empleado con éxito las nuevas tecnologías digitales en la campaña presidencial de Barack Obama. Insistir en una conexión plausible en los ideales ilustrados y su realización -o entre teoría y práctica- presupone tanto un conocimiento de la teoría como un interés en la práctica. Mi objetivo a la hora de escribir Reivindicación de la Ilustración no fue solamente despertar la admiración por el pasado, sino confrontar preocupaciones puramente académicas y revitalizar una perspectiva crítica con una intención política para el futuro. Hasta qué punto lo que he conseguido, no me corresponde a mí juzgarlo.