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Entrevista a Gorka García y Olatz Iglesias Coordinador de Etxerat y familiar de un preso politico vasco

«Están naciendo niños cuyo abuelo sigue todavía en la cárcel; esto no es normal»

Fuentes: Naiz

Olatz Iglesias Mujika ya no es ‘niña de la mochila’ pero sigue abocada a convivir con la prisión, y ya van 30 años, toda su vida. Gorka García destaca con otros ejemplos cómo afecta la excepcionalidad que algunos quieren perpetuar. Ambos subrayan que evitarlo pasa por movilizarse el sábado en Bilbo.

Aquellas comparecencias masivas de familiares primero con Senideak y luego con Etxerat, la angustia semanal de los viajes, los dramas de los accidentes o las muertes en prisión han dado paso a otra situación menos cruda y, en la misma medida, más invisible, más desapercibida. Sin embargo, hay datos que no mienten: este 2026 se cumplen quince años del fin de la acción armada de ETA y sigue habiendo más de 100 personas en prisión por ello, algunas de ellas tienen más de 70 años, un gran porcentaje lleva más de dos décadas entre rejas, y si no hay cambios legales el problema seguirá hasta mitad de siglo. El caso de Olatz Iglesias Mujika resulta más que revelador. El coordinador de Etxerat, Gorka García, ayuda a completar el cuadro de situación.

En el pasado junio Olatz Iglesias estuvo en el Parlamento Europeo dando su testimonio como hija de presos vascos. Es difícil resumirlo, pero ¿cómo ha marcado su vida la prisión?

Olatz IGLESIAS: Más que por la prisión, siento que mi vida está marcada por la separación. Nací en México en 1995, tengo ahora 30 años. Cuando tenía nueve meses veníamos desde allí y en París detienen a mi madre, me arrancan materialmente de sus brazos. Lógicamente, no nos habíamos separado hasta aquel día. En aquellos primeros años paso una semana al mes en la cárcel con ella y el resto estoy fuera con mis abuelos. Mi madre valoró que la prisión era un sitio muy hostil para una niña tan pequeña. Cuando tenía cinco años, detienen a mi aita en el Estado francés y a mi ama la extraditan al español.

¿Cómo se las apañaban, en plena dispersión?

O.I: Haciendo miles y miles de kilómetros. Al principio con amama y aitita. Luego ya no pueden desplazarse tanto por cuestiones de edad y voy con mis tíos. Son viajes siempre un poco ‘camuflados’, aparentando que eran minivacaciones para intentar de algún modo quitarle ese peso de encima a una niña: vamos a Disneyland París, a ver la Torre Eiffel, esas cosas… Cuando tengo ya 13 años mi madre sale de prisión, sale con mi hermana de un año, que nace en la cárcel y vive un año allí con ella. A partir de ahí siguen las visitas a mi padre. ¿A qué cárceles? No podría hacer toda la lista, imposible: Fleury, Fresnes, Villena, Picassent, Palencia…

¿Cómo se sobrelleva esto en la infancia y la adolescencia, fases vitales ya complicadas de por sí?

O.I: En los primeros años, está todo muy integrado, demasiado normalizado. Cuando pasas la infancia ya vienen muchos porqués, muchos quién, muchos qué… Te das cuenta de que esto no es normal, que genera mucho sufrimiento, que es inhumano. En la adolescencia aparece el estigma de la prisión, empiezas a hacerte preguntas dicotómicas: bueno-malo, quién tiene el poder y quién no…

Tengo un recuerdo muy nítido de entrar a una visita, en la que te cierran por dentro la puerta y tienes un timbre de emergencia, y te preguntas, ‘¿qué lugar es este para estar con mis padres, un lugar del que no puedo salir?’ Las comunicaciones estaban siempre reducidas e intervenidas, ‘¿por qué no tengo derecho a intimidad, a decirles ‘maite zaitut’ sin que escuche otra persona o quede grabado? ¿Por qué se intervienen las palabras de una menor?’ Y otra cosa: la visita no terminaba ahí, sino en la llamada del día siguiente, cuando te telefoneaban para ver si habíamos llegado a casa bien.

Afortunadamente, esa fase ha pasado, pero ¿qué queda, qué huellas deja?

O.I: En mi caso, la certeza de que la separación por la cárcel me ha atravesado la vida desde muy pequeña. Y la convicción de que mientras quede un solo preso con sus respectivas familias y entornos, no podemos dejar de salir a la calle. Hoy día sigue habiendo niños y niñas, sin mochila pero atravesados por la cárcel.

G. G.: Estamos en un momento en que diferentes generaciones están sufriendo la política penitenciaria, pese a un contexto social y político que ha cambiado radicalmente, y eso ocurre porque hay una excepcionalidad que se mantiene. Incluso en este contexto en que se ha producido la transferencia y están en cárceles vascas, se sigue aplicando una excepcionalidad. La Audiencia Nacional lo mira todo con una lupa.

¿En qué se plasma?

G.G: Para empezar hay una persona que lleva 35 años en la cárcel, eso es algo que nunca ha ocurrido en el Estado español [se refiere a Unai Parot, en prisión desde 1990]. Y más allá de ese caso concreto, se retrasa el acceso a los derechos penitenciarios con unas medidas de excepción que, no lo olvidemos, están diseñadas solo para estos presos y presas.

Ciertamente, hemos acabado con la dispersión usando como ariete el debate del Colectivo, en un contexto en que ETA ha desaparecido y aquella política ya carecía de cualquier sentido. Las cosas ahora son mucho más llevaderas, pero estamos en 2026 y todavía nos quedan 105 presos y 17 exiliados, con edades avanzadas porque el tiempo pasa. Sin esa excepcionalidad, todos estarían hoy pisando la calle. 

Abundando en el tema de la edad, Harrera [la asociación que apoya a las y los ex presos políticos vasco] está haciendo un trabajo muy importante, pero es una labor complicada, porque a las dificultades que tiene la adaptación al salir de prisión hay que sumarle que no es lo mismo hacerlo con 47 años que con 70, cuando estás casi al final del ciclo de una vida. Y respecto al exilio, las consecuencias las hemos visto este mismo año con el fallecimiento de Martin San Sebastian, todavía en Venezuela tras 46 años. Me llama la atención a menudo ver el tratamiento que dan algunos medios a estas personas, como si fueran las mismas de hace 20-25-30 años, usando las fotos policiales de entonces… Pues no, son personas que hoy tienen 60 ó 70 años y sobre todo que ya han cumplido y deberían estar en la calle.

Si la ley 7/2003 o las decisiones posteriores que elevaron el cumplimiento efectivo a 40 años no se corrigen, podría haber presos todavía allá por 2048, o incluso más si hay nuevas condenas…

O.I: Como menciona Gorka, estamos en un escenario sociopolítico totalmente diferente, y ahí yo me pregunto: ¿Esta política es proporcional? ¿Encaja en este escenario? ¿Les sirve para algo? Y no; no es proporcional, no se corresponde al escenario que vivimos en Euskal Herria, tampoco es algo humano… Y además de todo eso, es que no es útil, no tiene un objetivo concreto.

G.G: Hay que ponerle final ya, entre otras cosas, para que no afecte a nuevas generaciones. Ya no solo son hijos e hijas de presos, ¡es que hoy día están naciendo niños cuyo abuelo sigue en la cárcel! Creo que cualquiera entiende que eso no normal. El fondo de la cuestión es que hay sectores políticos y mediáticos que quieren seguir perpetuando esto por sed de venganza, y frente a ello no queda otra que mantener la tensión y seguir movilizándonos.

¿El fin del alejamiento y los avances por la vía legal no han difuminado la situación? Habrá muchos que piensen que las soluciones ya están encarriladas…

O.I: Veo un malentendido general en quienes piensan que no hay obstáculo a las progresiones de grado. Nada más lejos de la realidad. Hay mucha frustración en cada permiso que se deniega o en cada progresión de grado que se recurre, y no digamos ya cuando alguien sale a la calle y luego es devuelto a la cárcel. La realidad no se ajusta a la imagen que se quiere vender.  

Cuando habla con personas de su generación, ¿entienden este problema y lo sienten como algo propio o les queda muy lejos?

O.I: Las de mi generación sí se sorprenden cuando les das detalles, porque creo que perciben esa realidad distorsionada, piensan que esto está avanzando de manera totalmente diferente a como es en realidad. La mayoría de los medios no está haciendo su labor de informar de la realidad. En edades más jóvenes no se oye hablar…

G.G: …Y tiene su lógica seguramente. Yo creo que les parece algo propio de Marte que haya personas presas por delitos de tiempos en los que no habían nacido. No tienen la vivencia directa que hemos tenido nosotros.

Entonces, ¿hay un riesgo de que esta cuestión se vaya diluyendo e incluso invisibilizando? Pongamos que pasan cinco años y sigue habiendo 40-50 personas en prisión…

G.G: Es que en cinco años no debería haber presos; ese es el reto. En cualquier caso, yo no creo que ocurriría eso porque Euskal Herria siempre ha tenido connotaciones propias, hay un tejido especial, lo hemos visto con Palestina. Recuerdo especialmente a gente que siempre ha estado ahí en la brecha, como Gloria Rekarte, fallecida este año. Pero es cierto que es más difícil mantener la tensión cuando estás en la última txanpa.

O.I: La sociedad vasca va siempre por delante de las instituciones, eso está claro. Creo que la clave para mantener la tensión es entender que esto no se puede estirar más, que ya ha sido demasiado. Estamos hablando de vidas y la vida no espera. Alargar indebidamente un día de cárcel ya es grave.

Más allá de la manifestación del día 10, ¿miran con el rabillo del ojo a un posible, o probable, cambio de gobierno en Madrid? ¿Hay peligro de regresión o los avances que se han logrado están blindados de algún modo?

O.I: Yo diría que hay riesgo de regresión general, en todo lo que afecta a derechos. Hay miradas que generan al mundo más sufrimiento y otras que no. Y recordaría que hay consecuencias de la política penitenciaria que son irreversibles, vidas que no van a volver; a Peru del Hoyo nadie le va a devolver a su aita.

G.G: Hay una preocupación al respecto, evidentemente. No es solo nuestra, sino compartida con otros muchos agentes. Pero pase lo que pase Euskal Herria siempre ha mostrado voluntad de luchar por los derechos de los presos y Etxerat seguirá trabajando hasta que no quede uno solo.

Fuente: https://www.naiz.eus/es/info/noticia/20260105/estan-naciendo-ninos-cuyo-abuelo-sigue-todavia-en-la-carcel-esto-no-es-normal