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Dos años después (XXV)

Francisco Fernández Buey: estudiante antifranquista y comunista democrático, profesor universitario, maestro de ciudadanos y ciudadanas

Fuentes: Rebelión

Para Paco Téllez y Joaquim Boix, con quienes compartió castigo y destierro en el Sáhara Son las respuestas de FFB a un cuestionario de Alejo Montoliu con motivo del 30 aniversario de la fundación del SEUD. Nos pueden ayudar a fijar ideas. Desconozco si la entrevista se publicó finalmente. Entre 1957 y 1965 la presión […]

Para Paco Téllez y Joaquim Boix, con quienes compartió castigo y destierro en el Sáhara

Son las respuestas de FFB a un cuestionario de Alejo Montoliu con motivo del 30 aniversario de la fundación del SEUD. Nos pueden ayudar a fijar ideas. Desconozco si la entrevista se publicó finalmente.

Entre 1957 y 1965 la presión de los estudiantes universitarios consiguió una cierta democratización interna del SEU [Sindicato Español Universitario] en las principales universidades (Madrid, Barcelona, Valencia), señala FFB, «de manera que, a mediados de la década de los sesenta se había logrado que todos las representaciones (particularmente en las Facultades y Escuelas Técnicas) fueran elegidas por los propios estudiantes, exceptuando los cargos superiores, que, hablando con propiedad eran extra-universitarios».

Los cargos superiores del SEU (jefe nacional, jefes de distrito universitario, etc.) seguían siendo designados entonces por las jerarquías de la Secretaría Nacional del Movimiento. Esta situación permitía que, para tratar ciertos temas (académicos o culturales), «pudieran ser convocadas asambleas que formalmente eran «del SEU», aunque la mayoría de los delegados «del SEU» en las facultades, en los primeros años sesenta, eran ya demócratas que no creían que hubiera que seguir manteniendo aquel sindicato de origen fascista». Las reuniones toleradas eran pocas. En el lenguaje de la época, las toleradas eran «reuniones»; las no toleradas, eran otra cosa, «asambleas».

Además del control de las actividades del SEU por arriba (o sea, a través de los jefes de distrito y regionales) existía entonces una férrea censura política. Se ejercía simultáneamente «a través de la policía político-social y de las autoridades académicas (rectores y decanos, que eran también de designación directa: nombrados por el Dictador a través del Ministro de Educación)». Todas aquellas asambleas en las que hubiera que tratar temas potencialmente conflictivos -solidaridad con obreros en huelga, ampliación del sistema de representación estudiantil, democratización de los órganos de la gestión de la universidad, apoyo a profesores represaliados por motivos políticos- tenían que ser convocadas al margen del SEU.

En la primera mitad de la década de los años sesenta había ya algunas «organizaciones democráticas de estudiantes (insisto: sobre todo en Barcelona, Madrid y Valencia) en la clandestinidad». Las constituían estudiantes que se definían como comunistas, socialistas, libertarios, nacionalistas, demócrata-cristianos, «todos ellos críticos, en mayor o menor medida, del franquismo. Existían incluso algunas formas de coordinación entre estas organizaciones por distritos universitarios y en toda España».

Eran estos estudiantes anti-franquistas los que convocaban y organizaban las otras asambleas. «Hacia 1965 estas otras asambleas eran ya más, y más frecuentes, que las reuniones del SEU, sobre todo en Barcelona. Se discutía en ellas preferentemente: 1º La autoorganización de los estudiantes fuera del SEU; 2º La solidaridad con sectores sociales represaliados por la Dictadura; 3º La configuración de una Universidad y de una cultura alternativas a la universidad y a la cultura franquistas, lo que incluía la organización de actividades culturales (o político-culturales) que chocaban con el estricto corsé que entonces imponía el régimen de Franco.»

(Ejemplos de esto último: representaciones de obras de Sartre; lecturas de poetas representativos de lo que había sido la cultura republicana en España;, edición de textos de autores prohibidos por la censura; películas que, como Viridiana de Buñuel, no podían verse entonces en los cines del país).

La segunda respuesta: en octubre del 65 fueron «los mismos delegados elegidos por los estudiantes el año anterior, todavía dentro del SEU, los que, en Barcelona, convocamos las elecciones libremente, ya al margen del SEU y adelantándonos a lo que el sector tecnocrático del régimen empezaba a proponer en sustitución del SEU: las APE [Asociaciones Profesionales de Estudiantes]». Al iniciarse el curso 65-66, en la universidad barcelonesa se había creado una situación «de doble poder: una parte de los decanos de Facultades y directores de Escuelas hicieron la vista gorda ante la convocatoria de estas elecciones libres, pese a que formalmente se hicieron al margen de la legalidad» Las autoridades actuaban así porque sabían que quienes convocaban las elecciones eran «realmente los representantes de los estudiantes y tampoco encontraban ya estudiantes que quisieran organizar las elecciones oficiales. Así se creó el SDEUB».

La única razón para utilizar el término «sindicato» cuando se creó el SDEUB era la oposición y el contraste con el «sindicato» realmente existente el del régimen franquista: «frente a este sindicato, de origen fascista, antidemocrático, queríamos una organización libre y democrática, propia de los estudiantes». No hubo entonces ninguna discusión sobre el uso del término «sindicato».

Se tenía noticia, vaga y vaporosa, «de la existencia en la clandestinidad de algunas organizaciones estudiantiles de la época de la República, como la FUE o la FENEC, pero en las asambleas de 1965-1966 estas organizaciones apenas se manifestaron. La reivindicación democrática unitaria era: una organización libre y democrática, propia de los estudiantes. Y la concreción de eso: frente a SEU, SDE». Para un estudiante de entonces, lo mismo en Barcelona que en Madrid, el peso de la diferencia recaía en la «D», no en la «S». Tampoco se quería volver al pasado.

La tercera: laa elaboración de los Estatutos del SDEUB fue una cosa muy laboriosa. «Desde noviembre del 65 hasta marzo del 66 se hicieron decenas de asambleas para discutir, matizar y precisar estos Estatutos en casi todas las facultades y escuelas de Barcelona. Fue un proceso muy notable, dominado por el perfeccionismo y hasta por cierto formalismo. Se discutieron muchísimas enmiendas en las Facultades y, finalmente, se preparó un texto que las integraba y que fue el que se leyó en la Asamblea Constituyente del 9 de marzo celebrada en el Convento de los Capuchinos de Sarriá.» Los estudiantes y algunos profesores de Derecho jugaron un papel esencial en el proceso. «Tengo que decir, sin embargo, que la mayoría de los estudiantes activos en el SDEUB dábamos mucha más importancia al Manifiesto «Por una universidad democrática» y a la «Declaración de Principios» (que era una especie de síntesis de aquél) que a los Estatutos, cuyo futuro cumplimiento nos parecía muy difícil mientras no fuera legalizado el SDEUB».

Por entonces, desde luego, no había visos de legalización.

La cuarta: en los años que llevaba tratando con movimientos sociales, «que a estas alturas son ya más de 30», nunca había conocido «un proceso tan profundamente democrático como el que se produjo en Barcelona entre 1965 y 1967″. Profundamente democrático lo fue «por la amplísima participación de estudiantes y por el respeto con se discutían los diversos puntos de vista y se adoptaban las decisiones.» Por supuesto: «había una minoría más politizada que el resto. Ejemplo: el 80% de los delegados y subdelegados de facultad y escuela en el momento de la Asamblea Constituyente del 9 de marzo éramos del PSUC o muy próximos al PSUC». Lo importante era la gran mayoría de los delegados y subdelegados de Facultad y de los delegados y subdelegados de curso, más allá de su adscripción política, «se atenían por lo general a lo que decidían los participantes de las asambleas. Muchas veces los delegados nos quedamos en minoría con nuestras propuestas y se hizo lo que quería la mayoría».

Antes de 1968, aún no era habitual la distinción entre «vanguardia» y «los demás».

La quinta es breve: la redacción final de los estatutos la hicieron profesores y estudiantes de la Facultad de Derecho.

La sexta: el objetivo principal del SDEUB era la democratización de la universidad y de la sociedad españolas. «Este objetivo se afirma reiteradamente en la «Declaración de Principios» y se desarrolla con detalle en el «Manifiesto» (redactado por el profesor Manuel Sacristán, que en 1965 había sido expulsado por comunista de la Facultad de Económicas)».

Quería insistir en esto: «los documentos importantes para el proceso fueron la «Declaración de Principios» y el «Manifiesto» aprobados por aclamación en la Asamblea Constituyente del 9 de marzo. Los Estatutos daban por conocidos (y así era) los otros documentos.»

La séptima: los Estatutos sólo podían cumplirse muy parcialmente en la situación de ilegalidad a la que el régimen condenó al SDEUB. «Tenga usted en cuenta que ya en abril del 66 se empezó a abrir expedientes disciplinarios contra los representantes de los estudiantes, delegados y subdelegados, y que desde esa fecha se prohibió la celebración de asambleas y la policía político-social estaba entrando y saliendo constantemente de la universidad y deteniendo a estudiantes en sus casas y residencias».

Desde abril a junio del 66 las autoridades académicas franquistas y la policía político-social, la BPS, cerraron varias veces las facultades más conflictivas para que no pudieran celebrarse asambleas. «La mayoría de los delegados del SDEUB ya habíamos pasado por la cárcel Modelo tres o cuatro veces al iniciarse el curso siguiente, 66-67, y teníamos abierto varios sumarios en el Tribunal de Orden Público (TOP) por desafección a la dictadura y otros cargos. Todos los delegados y subdelegados de las facultades y escuelas fuimos expulsados de la Universidad por dos o tres años; a la mayoría de ellos se nos envió obligatoriamente a hacer el servicio militar a África después de pasar alguna temporada en la cárcel».

En esas condiciones es una broma pedir a alguien que redacte Reglamentos de Régimen Interior para una organización ilegalizada y clandestinizada, o que se atuviera formalmente a lo escrito en los Estatutos. «¿Dónde íbamos a atenernos a los Estatutos? ¿En la cárcel? ¿En el desierto del Sahara? Las preguntas que siguen en su cuestionario no tienen sentido: no podíamos ni planteárnoslas los estudiantes de entonces.»

La octava: Los estudiantes comunistas fueron los principales protagonistas del SDE «no sólo porque eran los únicos dispuestos a arriesgarse y porque estaban organizados». Al menos durante el período que va de 1965 a 1966 también lo fueron por otras dos razones: «1º porque, por lo general, eran los mejores estudiantes de cada Facultad (con expedientes académicos brillantísimos, como quedó de relieve en el juicio que se hizo en el TOP contra la Junta de Delegados de Barcelona, en Madrid, en mayo del 67) y esto les otorgaba la confianza de la mayoría (incluidos los profesores), y 2º por su comportamiento limpiamente democrático, respetuoso de lo que se decidía en las asambleas. Este segundo punto es muy importante y explica un hecho que hoy en día puede parecer difícil de explicar: el que a pesar de la feroz propaganda anticomunista del régimen de entonces, la mayoría de los estudiantes universitarios barceloneses de aquella época, con independencia de sus ideas políticas, identificara comunismo y lucha en favor de la democracia.»

La novena: la presidencia de la Asamblea Constituyente del SDEUB estuvo constituida por los delegados de casi todas las facultades y escuelas universitarias de Barcelona (Filosofía y Letras, Arquitectura, Ingeniería, Derecho, Económicas, Medicina, Ciencias, Farmacia, Peritos Industriales, Instituto Químico de Sarriá, ESADE) y profesores e intelectuales invitados por la Junta de Delegados: Manuel Sacristán, Jordi Rubió, Salvador Espriu, Pere Quart y Agustín García Calvo. «Los delegados componentes de la Junta habían sido elegidos previamente en cada una de sus facultades y escuelas. La decisión sobre los profesores e intelectuales invitados fue tomada por una comisión de la que formaban parte los delegados de Facultad del curso anterior y los delegados elegidos en el curso 65-66. Esta Comisión de delegados del 66 y delegados de los años anteriores tuvo un papel decisivo en el desarrollo de las movilizaciones. Desde el punto de vista de la organización fue una idea muy productiva para paliar uno de los principales problemas del movimiento estudiantil: la transmisión de experiencias.»

La décima: los aproximadamente 500 delegados que asistieron a la Asamblea Constituyente habían discutido en asambleas (hasta la extenuación) los Estatutos y la Declaración de Principios. El «Manifiesto por una Universidad Democrática» se leyó allí y se pidió «su aprobación en la asamblea para que luego fuera discutido y, si había lugar, ratificado en las asambleas de Facultad que tenían que celebrarse posteriormente». Después de la Asamblea Constituyente se hizo una edición multicopiada del Manifiesto que circuló profusamente por las Facultades universitarias. «Pero en la Asamblea misma no había copias. Hay que tener en cuenta que aquellos papeles eran «ilegales»: llevarlos encima era un peligro. Como usted sabe, la policía rodeó el edificio de los Capuchinos de Sarriá al poco de iniciarse la Asamblea y detuvo a un buen número de personas que asistían a ella.»

Varios de los delegados estudiantiles pagaron con meses de cárcel el que la policía político-social encontrara papeles así en las casas al hacer registros. «Y papeles como esos constituyeron pruebas para expulsar de la universidad a otros. Conviene saber que por entonces la posesión de una multicopista (cosa nada fácil), o el simple contacto con alguien que la tuviera, le hacía a uno sospechoso de desafecto al Régimen.»

La décimo primera: «tiene usted una lista completa de los represaliados (profesores, estudiantes, intelectuales) en el libro de JM Colomer sobre el movimiento universitario catalán bajo el franquismo que está publicado en Edicions 62.»

La décimo segunda: la represión ejercida por la Dictadura contra estudiantes, profesores e intelectuales demócratas de diferentes tendencias y orientaciones «fue la causa principal de la desaparición del SDEUB. No me cabe la más mínima duda de ello». Pero, por otra parte, «como suele ocurrir con todos los movimientos sociales, ni el nacimiento ni la muerte del SDEUB se pueden explicar por una sola causa. Siempre hay más cosas, aunque sólo sea por ese hecho tan conocido de que la represión ejercida desde el poder tiene por objeto dividir a la oposición, a los críticos.»

También la división entre los estudiantes anti-franquistas contó en este caso. «La unidad en un movimiento social se hace siempre de diversidades respetuosamente toleradas. Nunca hay unidad en el sentido de unanimidad de criterio en un movimiento social.» Sería un cementerio y el SDEUB fue, mientras existió, un organismo muy vivo. «En ese sentido tampoco podía haber unanimidad en el SDEUB. Le puedo asegurar que la mayoría de los estudiantes no aspirábamos a la comunión de los santos, sino sólo a unir fuerzas (lo que en aquellas condiciones ya era cosa difícil) en favor de una universidad y una sociedad democráticas en la que se superaran las barreras de todo tipo (autoritarias y clasistas) entonces existentes.»

La décimo tercera: «entre 1965 y 1967 el partido por antonomasia (y así se decía en broma y en serio) en Barcelona era el PSUC» Había, en todo caso, otras organizaciones en la Universidad. «Entre las que tuvieron algún papel en el origen o en el desarrollo del SDEUB recuerdo tres: el FOC, vinculado en el Estado español al FLP (formado por personas que se consideraban socialistas revolucionarios, próximos al castrismo), el MSC (socialdemócratas en el sentido riguroso que entonces tenía esta palabra) y grupos cristianos catalanistas varios cuyas siglas iban cambiando por entonces y a los que se podría calificar de parapolíticos.»

La décimos cuarta: FFB seguía pensando que el orden de importancia de los factores que influyeron en el nacimiento y desarrollo del SDEUB era el siguiente: «1º la voluntad democrática de la mayoría de los estudiantes, 2º la práctica realmente democrática de estudiantes y delegados, y 3º el espíritu de sacrificio de una minoría de estudiantes y profesores universitarios comunistas. Invertir este orden es dar una importancia excesiva en los hechos a los estudiantes que entonces nos considerábamos comunistas, cuyo número pudo oscilar, en la Universidad de Barcelona, entre 50 (al principio del proceso) y 200 (en el mejor momento: entre el otoño del 66 y la primavera del 67)»

La décimo quinta: no hay paralelismo posible entre los acontecimientos del 65-66 y los que se produjeron a mediados de la década de los 70. «El movimiento estudiantil entra en crisis a partir de la derrota del 68. Pero entre 1967 y 1970 hubo grandes diferencias entre universidades: mientras en Barcelona el movimiento estudiantil se iba atomizando cada vez más, en otros lugares (Madrid, Santiago, Bilbao, Valladolid, Granada) crecía. Desde 1973 el movimiento de los PNN, con su reivindicación de un contrato laboral y su propuesta de universidad alternativa, fue quitando poco a poco protagonismo al movimiento estudiantil.»

II

Para los jóvenes investigadores, brindando por sus futuras tesis

Conviene finalizar esta aproximación parcial a los desarrollos temáticos de Por Universidad Democrática. Con palabras del propio autor desde luego.

Las siguientes son las «Palabras del autor acerca de su libro «Por una universidad Democrática» (se guardan entre su documentación, la depositada en la Biblioteca de la UPF) en la presentación del ensayo en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, el 26 de noviembre de 2009.

Se iniciaban así:

«He juntado aquí recuerdos de acontecimientos, movilizaciones y luchas vividas durante cuarenta y tantos años en la universidad con el análisis y la valoración crítica de algunos de esos acontecimientos, hechos a partir de lecturas de muchos libros que proponían su interpretación.»

Era un libro escrito desde dentro de los movimientos críticos y alternativos que durante esos años habían existido en las universidades españolas, especialmente en la barcelonesa. Estaba escrito con la intención de ser útil a los estudiantes y profesores activos y comprometidos que en aquellos momentos, también ahora, siguen levantando su voz frente a las políticas universitarias en curso, de marchamo cava vez más antidemocrático e impíamente neoliberal

«De hecho no habría publicado este libro si no fuera porque la universidad vuelve a moverse por abajo, si no fuera porque vuelve a haber un movimiento universitario activo y crítico con propuestas alternativas al llamado proceso de Bolonia.»

No era su intención imponer a otros su propia memoria de los acontecimientos ocurridos en la universidad desde 1966 hasta 2009. Entre otras cosas, porque eran demasiados años -«los míos y los años de los que trata el libro»- y porque desconfiaba mucho de las memorias, empezando por la suya, una idea esencial en casi todas sus aproximaciones a estas temáticas.

«Pero esto que estoy diciendo ahora tampoco se debe entender en el sentido de que haya pretendido hacer aquí la historia objetiva de lo que ha sido la universidad durante estos cuarenta y tantos años, y aún menos la interpretación historiográfica definitiva de lo que fue el Sindicato Democrático de Estudiantes en 1966-1967 o los movimientos estudiantiles del 68 o el movimiento no profesores no numerarios en la década de los setenta o las protestas estudiantiles de los últimos veinticinco años.»

En el libro se formulaban varias hipótesis interpretativas de esos hechos, pero FFB sabía perfectamente que muchas personas que los vivieron no estarían de acuerdo con la interpretación que proponía. «Por ejemplo, del final de los sindicatos democráticos de estudiantes, de los movimientos estudiantiles del 68 o de la evolución del movimiento de profesores no-numerarios.»

Por una universidad democrática no era un libro que hubiera escrito seguido, «como se escriben los libros». Tampoco era un libro escrito con la distancia que se supone exigible en el historiador. Era más bien una recopilación de artículos redactados en diferentes momentos: seguramente se notaba que en algunas cosas había ido cambiando de opinión.

«Para decirlo en pocas palabras y como si no lo hubiera hecho yo: creo que es un libro discutidor y polémico desde el primer artículo hasta el último, pero que aspira, ay, a ser ecuánime incluso en la discusión y en la polémica con las lecturas y las interpretaciones de otros, que no me gustaron o que no me gustan ahora.»

Si hubiera que subrayar el hilo polémico conductor de los escritos recogidos sobre la universidad, al menos en la intención el autor, este sería el siguiente: «destacar en cada caso sobre las cosas buenas y concretas que han dejado en la universidad pública las movilizaciones de estudiantes y de profesores», más allá de los fracasos, parciales o totales, y de las derrotas, totales o parciales, de todos y cada uno de los movimientos que ha habido en esos años.

«Esto vale para el SDE; vale también para el análisis para las rebeliones estudiantiles del 68; vale para lo que fue el movimiento de no-numerarios en las décadas de los setenta y los ochenta; vale para los movimientos de protesta contra la LRU y contra la LOU».

Y valdría, creía y esperaba, para el movimiento de protesta universitario actual. Un poco más sobre esto último añadía.

EL SDE fue derrotado bajo la dictadura de Franco (¿era posible otro resultado?) pero dejó en herencia una noción seria de lo que podía ser en España una universidad democrática en una sociedad democrática, en su opinión. Sin aquel movimiento no habría habido auto-organización estudiantil propiamente dicha como la que hubo posteriormente.

«Las rebeliones estudiantiles del 68 acabaron mal, como sabéis, pero dejaron una herencia que me parece muy positiva: contribuyeron a romper las barreras clasistas existentes antes en la universidad, a mitigar los autoritarismos impuestos y significaron una verdadera revolución cultural. Todas las reformas de la universidad han tenido ahí su origen.»

El movimiento de profesores no-numerarios no logró desterrar de la universidad la funcionarización, que era su o un de sus principales objetivos, como lo fue posteriormente en la federación de enseñanza de CC.OO, pero contribuyó a que mejorara sensiblemente la situación laboral del profesorado en formación, que hasta entonces no tenía ni los mínimos derechos sociales.

Como ahora básicamente. ¿O ando muy equivocado?

Que luego, señalaba FFB con toda razón, algunos (entre ellos, Mas-Colell: no es el autor quien habla) se convirtieran en nuevos mandarines no fue culpa del movimiento. En absoluto. Fue «culpa» de los «algunos».

«Y los movimientos de protesta contra LRU y contra la LOU de estas últimas décadas no habrán logrado detener el proceso de mercantilización y privatización de las universidades, tantas veces criticado, pero han contribuido, sin duda, a mejorar la financiación pública, a que haya más becas para los estudiantes que las necesitan, a que haya al menos en las universidades públicas normas que restringen la colonización de los departamentos de las universidades públicas por las empresas privadas y que se hayan impuesto, por ejemplo, restricciones a los contratos con empresas que se dedican a la fabricación de armas.»

Obviamente FFB hablaba, escribía, antes de los últimos acontecimientos, de los últimos hachazos contra todo lo público.

Decía lo anterior para salir al paso del pesimismo de la voluntad que muchas veces se imponía en los movimientos universitarios cuando eran derrotados o decaen y que se expresaba en una frase siempre repetida y que se oía también en aquel entonces: «Tanto esfuerzo y no conseguimos nada de lo que nos proponíamos».

Era verdad que a veces en esta historia había retrocesos y que impresionaba ver cómo, en ocasiones, se reprimía las protestas reivindicativas de los estudiantes con los mismos o parecidos métodos de antaño. Durante Bolonia vivimos varios ejemplos, con una policía dirigida por consellers del tripartido, un gobierno de «izquierdas y nacional». Aún así, «nada» no era la palabra adecuada para caracterizar la evolución de los movimientos.

«Una institución tan vieja y conservadora como la universidad necesita siempre la crítica y la protesta de los estudiantes más jóvenes para que las cosas se muevan en la buena dirección. Y, vista la cosa con detenimiento, hay que decir que de los movimientos universitarios de protesta que he conocido siempre quedaron dos cosas. Una: los vínculos emotivos y sentimentales entre los «protestantes» que se forman como ciudadanos en acciones y manifestaciones. Y dos: conquistas que casi siempre parecen a los protagonistas pequeñas, modestas y muy relativas, en comparación con sus ideales, pero que sin el movimiento en cuestión no habrían sido posibles.»

FFB creía que políticamente era mejor tratar de ver cuáles habían sido esas conquistas, por pequeñas y modestas que fueran, y llamar la atención sobre ellas a las nuevas promociones, «que el pesimismo de la voluntad que a veces se impone cuando un movimiento decae y que con frecuencia conduce a echar la culpa del fracaso a otros actores en el movimiento», y más adelante, con el tiempo, «a contraponer lo activos que éramos nosotros antes a lo pasivos que son los universitarios de ahora». Una constante casi histórica. «No sé si se nota suficientemente -y porque no lo sé lo subrayo aquí- pero eso ha sido el hilo conductor del análisis de los movimientos universitarios en el libro.»

Un último apunte sobre el título, comentó FFB.

«Por una universidad democrática» podía parecer un título intempestivo en un país como éste y en una situación como la de aquellos momentos. Por supuesto, no ahora. ¿Acaso no teníamos ya (entonces) una universidad democrática? FFB apuntaba algo sobre esto para evitar equívocos.

«En primer lugar, ese título es un pequeño homenaje a los estudiantes del SDEUB: así se titulaba el Manifiesto, escrito por Manuel Sacristán y aprobado por aclamación en la asamblea constituyente de 1966, en el convento de los Capuchinos de Sarriá.».

Pero, además de ello, el autor quería recoger con ese título

«[…] una preocupación varias veces manifestada por los estudiantes críticos de ahora, quienes, a la vista de lo ocurrido durante el último curso, se preguntan si realmente la universidad que tenemos es democrática.»

Como había escrito otras veces, al referirse a la noción de democracia en general, para FFB la democracia no era un régimen, no era un sistema, no era un conjunto de normas procedimentales. No, nada de eso: era, es, un proceso en construcción.

«De la misma manera que se puede decir con razón que lo que hay socialmente es una democracia demediada, así también la universidad de hoy es democrática a medias, es una aproximación, todavía con muchos tics autoritarios y paternalistas.»

El carácter demediado de la democracia universitaria se ha incrementado desde luego y fuertemente en estos últimos años.

Para que se pudiera hablar con propiedad de universidad democrática había que seguir fomentando y potenciando la participación de todos los colectivos, de todos sin exclusión, que componen la comunidad universitaria, no limitarla;

«[…] hay que garantizar que los acuerdos aprobados por mayoría en los claustros se respetan; hay que garantizar la meritocracia en el acceso de los estudiantes y en la selección del profesorado; hay que escuchar y dar cauce a las opiniones disidentes de estudiantes, profesores y personal de la administración, aunque estas opiniones sean minoritarias o precisamente por ello; hay que potenciar la igualdad de género y, en consecuencia, tomar medidas para que la igualdad sea una realidad; hay que distinguir bien entre gestión y gobierno de la universidad y acabar con las tendencias al ordeno y mando en la gobernación…

No entro en la meritocracia que señala FFB.

Había que mejorar las relaciones entre profesores, profesoras y estudiantes, dentro y fuera de las aulas, tratando a estos últimos «como personas adultas» (una de sus constantes más sentidas), adultos que, como tales, «tienen mucho que decir sobre la mayoría de las medidas que configuran las políticas universitarias.»

Como el profesor, como el maestro, como el compañero crítico Francisco Fernández Buey hizo siempre. Fue su plan de trabajo para todos los días de su larga (y represaliada) carrera universitaria. Si estuviera entre nosotros, lo está de algún modo sin duda, pondría el grito el cielo ante lo que está pasando, ante la barbarie antidemocrática que algunos están protagonizando (en algún caso, antiguos compañeros suyos), gritos en el cielo, decía, y en la tierra abonaría y protagonizaría actos.

Como siempre hizo, dando calor a la justa y equitativa llama de siempre. Enseñándonos a todos, a todas.

En su honor, en su memoria, para que jamás habite en él nuestro olvido.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de los autores mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes