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Historiar la Revolución y revolucionar la historia

Fuentes: Rebelión

Fue un 1 de enero de 1959 cuando se cristalizó aquel proceso de lucha que pasaría a la historia como la Revolución Cubana.

Por supuesto, esa no fue la primera ni única revolución; las hubo antes y después. Sin embargo, la gesta del pueblo cubano marcó para siempre la historia del continente y del mundo y se hizo inolvidable y paradigmática. Lo que las y los revolucionarios caribeños encabezados por Fidel plantearon fue poner al pueblo al frente de su propio gobierno, dirigiendo sus destinos. Se dio inicio a un nuevo sistema de gobierno, pero también al empeño por trasformar profundamente las relaciones de explotación que ancestralmente mantuvieron al pueblo oprimido. Hoy esa fecha nos parece muy lejana, la cálida y hermosa isla resuena para algunos solo como destino turístico y los nombres de aquellos hombres y mujeres que con heroísmo construyeron su libertad son para algunos apenas recuerdos. Sin embargo, hay algo que todavía se mantiene vigente para muchos. La conciencia clara de que solo el pueblo podrá liberar de la opresión al propio pueblo: eso resume el contenido de una revolución. El reconocimiento de que las fórmulas de los explotadores, no importa del color que estos pinten sus partidos políticos, o las banderas que juren defender, son siempre un engaño para mantener al pueblo servilmente oprimido. Esa lección de lucha de aquella época ha pasado a ser parte de la historia que pervive en nuestro presente. La llama encendida en aquel tiempo siguió resplandeciente; iluminando a los pueblos del mundo. Muchos de ellos hicieron sus revoluciones y nos enseñaron también que ese sueño de cambio que implica una revolución no se consigue de un día para otro, sino que hace falta un gran esfuerzo colectivo para construir ese otro mundo que queremos, donde poder vivir mejor sin que nos roben el fruto de nuestro trabajo. El influjo revolucionario cubano se esparció no solo por Latinoamérica, sino que llegó incluso hasta África y Asia. Miles de mujeres y hombres de todas las regiones del globo, hicieron eco de aquel enero de 1959 y emprendieron luchas que hoy siguen vivas.

Pero, más allá de todos esos ecos de continuidad que evidentemente podemos reconocer tras la Revolución Cubana, creemos relevante trazar también lazos de relacionamiento con procesos previos a aquella gesta. Aunque esos procesos previos no han sido usualmente reconocidos como ‘revoluciones’, muchos de ellos marcan indudablemente expresiones de lucha encabezadas por el pueblo oprimido y proyectadas hacia el objetivo de transformación de las condiciones de existencia presente y futura. Así, bien podríamos remontarnos a las múltiples manifestaciones de lucha y resistencia emprendidas por los pueblos indígenas desde el momento mismo de la invasión y conquista europea, o mencionar tantas y tantas luchas que desde entonces han sido encabezadas por la clase trabajadora. Cierto es que se trata de acontecimientos poco conocidos, o analizados de forma aislada y parcial. Los momentos en que los pueblos se levantan para disputar el direccionamiento de sus destinos son escasamente examinados por esa Historia oficial que se define desde las instancias de poder. Pero, a contrapelo de lo que suele imponerse en las academias, creemos que estudiar la historia latinoamericana en clave de los procesos revolucionarios vividos (aún si no son así llamados por la Historia oficial) tiene grandes potencialidades. Por una parte, resulta ser una perspectiva propicia para la articulación de premisas propias de la historia social que, deslindada de todo personalismo, habilita el reconocimiento del protagonismo histórico de los sectores sociales  tradicionalmente excluidos del formalismo académico. Por otra parte, y como consecuencia de lo primero, potencia lecturas de la historia que vinculan tales saberes con las construcciones políticas del presente y los proyectos a futuro; desembarazando al saber histórico de su lugar de pieza de museo o conocimiento erudito.

No obstante, este reconocimiento de las potencialidades del abordaje de la historia latinoamericana en clave de los procesos revolucionarios no puede hacernos perder de vista que una generalización en exceso ambigua sobre los objetivos y las potencialidades transformadoras de ciertos procesos de lucha social conduciría a una generalización analíticamente estéril. En otras palabras, no se debe caer en confundir tras todo escenario de disputas o conflictividad, un proceso revolucionario. Por ello, creo posible señalar que el carácter revolucionario de un proceso sociohistórico puede ser reconocido en la compleja integración de sus consecuencias posteriores y sus expresiones de época. La caracterización revolucionaria será útil en tanto y en cuanto le permita al lector del presente entender y clarificar las variables entramadas en el proceso social del caso. Los actores sociales, la estructura productiva, las relaciones de poder, las formas de representación y legitimación de estas son algunos elementos de las interacciones sociales que entran en tensión en un proceso revolucionario. Desde luego, de poco sirve limitar la caracterización revolucionaria a un supuesto modelo, normalmente de origen eurocéntrico, que delimitaría los ‘requisitos’ de existencia de una revolución. Pero tampoco tendría mucha utilidad una categoría que sea aplicada indiscriminadamente según el discurso de una época o el grado de afinidad política del o la investigadora frente a su objeto de estudio. En uno u otro caso se estaría idealizando el concepto, por ende, restándole su capacidad explicativa de los procesos sociales.

La caracterización de una revolución como tal, y la identificación de sus variables y particularidades, debe, en mi opinión, surgir de un análisis concreto de una situación concreta. En el siglo XX latinoamericano, esta concreción hace referencia a la inserción de los órdenes sociales estatales al modelo de explotación capitalista en su fase imperialista, y las consecuencias sociales que implicó tal reestructuración. La revolución, como cambio, implicaría un proceso de transformación social que apunte a modificar ese tipo de orden; es decir, a quebrar los dispositivos de dominación propios del sistema capitalista. Pero no puede ser cualquier tipo de cambio. La situación histórica concreta de la Latinoamérica de mediados del siglo XX evidencia que en aquel entonces se vivió un proceso de relevo del bloque dominante, a partir de la readecuación del modo de producción. Ese proceso trajo como consecuencia reformas políticas que efectivamente transformaron la cotidianidad de vastos sectores poblacionales. Muchos de ellos, alcanzaron formas organizativas y definieron reivindicaciones propias que impulsaron y tensionaron, incluso hasta límites inesperados, los ordenamientos sociales de varios países de nuestra región. Pero, como se sabe, esas reformas no alcanzaron siempre los mismos resultados, ni tampoco se proyectaron y defendieron las mismas reivindicaciones, así como tampoco participaron bajo las mismas condiciones de autonomía, organización y fuerza los sectores oprimidos y explotados (es decir, aquellos interesados en cambiar radicalmente el sistema). En síntesis, no se transformó, sino que se perfeccionó el esquema de explotación capitalista. Algunos autores han postulado las ideas de ‘revolución triunfante’ y ‘revolución derrotada’ para dar cuenta de esa dualidad entre transformación o reforma. Sin embargo, creo que más que a definir conceptualmente, la Historia debe intentar identificar las características de cada proceso en particular. Y, en consecuencia, lograr estructurar un abordaje histórico en clave de historización de los procesos revolucionarios, sin que ello implique catalogar como revolucionario a cualquier tipo de modelo reformista, ni tampoco negar los componentes revolucionarios de procesos que a la postre resultaren truncados.      

Dadas estas premisas, en lo que sigue propongo una lectura sobre la Revolución Cubana que abone en el reconocimiento de su carácter de proceso revolucionario, a partir de una distinción de su dimensión transformadora, y no simplemente de la evocación del carácter revolucionario como un sustantivo trillado y carente de contenido. Para este propósito (y continuando con la idea del análisis de la historia en clave revolucionaria) intentaré trazar un análisis comparativo con un proceso que le fue contemporáneo y el cual ha sido definido igualmente por la Historia como revolucionario: la Revolución Boliviana de 1952. El objetivo de esta comparación no apunta a establecer juicios de valor, sino más bien clarificar algunas de las complejidades que los caracterizaron, en aras de identificar las potencialidades de la ya citada clave revolucionaria para el estudio de nuestra historia latinoamericana y, en especial, para la extracción de conocimientos que nos ayuden a intervenir en nuestro presente y construir un futuro mejor.

La Revolución Boliviana (1952) y la Revolución Cubana (1959) son dos procesos que tienen aspectos en común, que se pueden reconocer desde el punto de vista temporal. Ambos se desarrollan a mediados del siglo XX, como parte de un contexto de procesos sociales inscriptos en el marco de la segunda postguerra mundial. Igualmente, ambos se inscriben como procesos de transformación política dentro de contextos dictatoriales. Además, las dictaduras derrotadas tanto en Bolivia como en Cuba tienen a su vez antecedentes en asunciones militares del poder desde los años 30´s para el caso boliviano y 20´s para el cubano. Una última relación de carácter histórico tiene que ver con que ambos procesos incorporan aspectos de luchas populares anteriores. La referencia es a la guerra de independencia cubana, centrada en el último quinquenio del siglo XX, y la llamada guerra del Chaco, de 1932 a 1935.

Otro aspecto que permite trazar lazos comparativos entre estos procesos es el referido a las relaciones internacionales o, más específicamente, con Estados Unidos. Tras la segunda guerra mundial, Estados Unidos consolidó y profundizó su papel imperialista, avanzando sobre las huellas de las otrora potencias colonialistas europeas. Particularmente en Latinoamérica, esto significó la articulación de la intervención política, auspiciando los mencionados regímenes dictatoriales, como correlato de la concreción de los intereses económicos de los sectores dominantes del gigante del norte. Con ello se definió lo que se da a conocer como economías de enclave. Esto hace referencia a la articulación de la producción económica de un país como proveedor directo de materias primas y recursos para la producción de otro país, que funge como centro económico, mientras que el otro es parte de su periferia de provisión. Esto, para el caso boliviano se evidencia en el reconocimiento del control norteamericano del sector de extracción minera. La gran burguesía boliviana se construyó en torno al estaño, como producto principal de exportación. Al mismo tiempo, este tipo de conformación de la matriz productiva, de alta concentración de la riqueza, amparó un régimen productivo en los espacios rurales que algunos autores han dado en reconocer como semi-feudal, en atención al tipo de explotación impuesta sobre las mayorías poblacionales campesinas. En síntesis, Estados Unidos, a través de la gran burguesía minera del estaño (que realmente actuaba como oligarquía tradicional) controlaba la economía boliviana, a partir de su papel dominante en el mercado mundial. Por su parte, en Cuba el sistema de intervención política estadounidense tuvo un mayor grado de evidencia desde la intervención norteamericana en la guerra contra España y la firma de la enmienda Platt a principios del siglo XX. Dicha relación política implicó el desarrollo de una economía de enclave fundamentalmente articulada en torno a la producción azucarera, lo que implicó, al igual que en Bolivia, la concentración de la riqueza en torno a una oligarquía terrateniente, objetivamente amparada en su rol de burguesía dependiente del mercado mundial. Sin embargo, para mediados del siglo XX ya se empezaban a producir ciertos cambios en este tipo de estructuras. Como señala Fernando Mires, ‘’es posible afirmar que durante los gobiernos democráticos de Grau San Martin y Prio Socarras tuvo lugar en Cuba una suerte de modernización de las relaciones de dependencia tradicionales (…). En Estados Unidos se perfilaban proyectos destinados a descongestionar las simples vinculaciones a través de los enclaves, a fin de desarrollar un tipo de vinculación económica que diese ciertas preferencias a inversiones en el área industrial. En países como Cuba esto significaba, lisa y llanamente, recomponer la estructura interna del bloque de dominación’’ (Mires, 1988: 295). En otras palabras,  si bien se perfilaba una tendencia hacia la modificación del modelo económico de enclave, esto no quiere decir que significara un deslinde del rol interventor norteamericano en la economía cubana.   

Fue dentro de ese escenario de tensión entre las estructuras económicas de enclave (que auspiciaron sectores de la gran burguesía local) y el interés norteamericano por propiciar ciertos y limitados proyectos de modernización industrial (que habilitaba la proyección de las pequeñas burguesías) que se dio el auge de la participación popular insurreccional, como otro elemento de coincidencia entre estos procesos. Así, en términos de la participación de las masas populares puede mencionarse para ambos procesos la relevancia de un sector obrero pequeño pero con importante experiencia organizativa, un sector de pequeña burguesía urbana altamente vinculado a las reivindicaciones de mayor participación política y transformación social (en Cuba, con importante protagonismo estudiantil) y sectores campesinos ampliamente mayoritarios pero vinculados mayormente a partir de la posibilidad de alcanzar la aspiración concreta de la titularización de tierras (con relevante importancia de la identidad étnica y la tradición comunal para el caso boliviano). 

Si bien se puede trazar esta similitud entre los sectores sociales participes en los procesos revolucionarios, hay una diferencia de tipo organizativo. En Cuba, aunque se articularon nociones de tipo nacionalista como ingrediente de las reivindicaciones de conquista de derechos políticos y sociales, lo que significó la confluencia de diversas formas organizativas y de partidos políticos de distintas tendencias, la dirección del movimiento (no siempre plenamente aceptada por sectores políticos) fue mantenida por una estructura guerrillera que, sin ser la única protagonista, fue marcando siempre las reivindicaciones de mayor avanzada para el movimiento revolucionario, a partir de su mayor grado de vinculación e inserción en el campesinado a través de la lucha armada. Primero, el ejército rebelde propició la derrota militar a la dictadura, luego la construcción del gobierno popular y finalmente las medidas de tipo socialista, con un claro y permanente protagonismo del pueblo trabajador. Por su parte, en Bolivia se vivió la configuración de un amplio movimiento (MNR) que también articuló distintos sectores. Sin embargo, no permitió que la dirección del movimiento fuera tomada por la organización obrera de los mineros, que tenían el programa de reivindicaciones más avanzado en términos de trasformaciones políticas y económicas, ni tampoco por parte de las distintas formas de organización campesinas, que contaban con la fuerza para derrotar al aparato represivo del poder dominante (pero no logró construir un poder alternativo). La dirección del MNR fue siempre cooptada por sectores de la pequeña burguesía urbana, quienes terminaron definiendo la agenda de medidas a tomar. En ese sentido, se dieron la nacionalización de las minas, la ampliación democrática del voto universal y la reforma agraria como las principales medidas del gobierno revolucionario boliviano. La particularidad de estas medidas, como queda comprobado por un examen histórico de las consecuencias del proceso postrevolucionario en el país andino, es que, sin dejar de ser muy importantes en su época, todas se articularon hacia la reacomodación del sistema capitalista en términos de su actualización y modernización. El Estado boliviano resultó dotado de los recursos otrora monopolizados por los llamados ‘’barones del estaño’’, pero no para propender por una redistribución, sino para fortalecer sus bases constitutivas como forma de dominación y andamiaje del sistema de explotación capitalista. La reforma agraria buscó incorporar al sistema a las mayorías campesinas con la pretensión de incentivar la explotación capitalista del sector agrícola, y la ampliación democrática aspiró a la mayor legitimación del régimen de explotación y a la incorporación de sectores poblacionales al margen del modelo de dominación moderno. En otras palabras, podría decirse que en Bolivia la derrota del proceso revolucionario fue al mismo tiempo el triunfo del proyecto nacionalista burgués, de reformismo, unidad nacional y ampliación democrática. Tal proyecto estuvo amparado en las posibilidades de desarrollar un programa económico de modernización y actualización del capitalismo en un escenario de explotación económica concentrada y primaria y un moderado desarrollo del mercado interno. Insertar estos elementos dentro del contexto de su desarrollo permite reconocer que, al menos en las economías del tercer mundo, es decir, aquellas que fueron incorporadas de forma subordinada al régimen de producción capitalista en un lugar periférico, los procesos de modernización del modelo capitalista (el deslinde de las formas no capitalistas de producción) fue la gran bandera de los programas nacionalistas, aunque en la práctica estaban amparados por el imperialismo norteamericano, lo que hace que, en términos económicos, no existiera margen para un ‘desarrollo nacional’ por fuera del modelo imperialista. Al respecto, René Zavaleta Mercado señala que, ‘’la nacionalización de las minas (…) significó la expropiación de casi todo el capital extranjero invertido en ese momento en el país. Pero el imperialismo, que seguía muy de cerca los hechos en Bolivia, no tardó en imponer indemnizaciones excesivas y, por lo demás, mantuvo el poder de los sectores clave de la minería impidiendo la instalación de las fundiciones, monopolizando el transporte, etc.’’ (Zavaleta, 1984: 103).     

Para el caso cubano, no puede decirse que no se desarrollaron reformas conducentes a la consolidación de los derechos políticos, es decir, las libertades democráticas. No obstante, la particularidad cubana fue el rápido avance que se dio desde las reivindicaciones nacionalistas a las medidas de tipo socialista. Por ejemplo, en términos de reforma agraria, la titularización individual de la tierra se efectivizó en aquellas regiones en donde se desarrollaba la producción de tabaco y café, que era realizada bajo formas atrasadas y por trabajadores que explotaban individualmente porciones de tierra de la que no eran dueños. Caso diferente a la explotación de la caña, el arroz o la ganadería, en donde trabajaba de forma conjunta el proletariado rural vinculado a través de un salario. En dichos casos se surtió la nacionalización de dichas tierras, es decir, su inserción a la economía social. También se limitó la extensión máxima de los predios de tenencia individual y se expropiaron sin indemnización las llamadas tierras ociosas o improductivas. Esto se empezó a implementar meses antes de la declaración oficial del carácter socialista de la revolución.  

Decir que el cubano fue un proceso de ampliación de las libertades burguesas y que solo como consecuencia de las medidas norteamericanas los y las líderes del movimiento se vieron prácticamente obligados a asumir el socialismo, o que lo hicieron de forma no premeditada, es desconocer las particularidades del caso cubano, y las formas en que se pueden articular las transformaciones políticas con la reestructuración del modo de producción económica. Asimismo, resumir el carácter revolucionario de este proceso en la validación de una categoría de uso científico no solo es simplificar los procesos sino desdibujar por completo el carácter específico del término. Aún existiendo similitudes, el contenido revolucionario de los procesos (casi coetáneos) desarrollados en Bolivia y Cuba dista de poder ser aunado como idéntico. Muy por el contrario, creemos que el aporte especifico de la historización del proceso cubano estriba en la absoluta necesidad de identificar, como parte del examen de un proceso revolucionario, la participación activa de las vastas mayorías poblacionales en términos de definir y construir la fuerza social para impulsar sus reivindicaciones específicas, propias de su condición de explotación dentro del sistema capitalista, y que esas reivindicaciones apunten a transformar las condiciones que permiten la explotación por parte de los sectores dominantes (internos y externos).

Abordar un problema histórico (tal como los procesos revolucionarios) implica no solo narrar o describir, sino que debe apuntar a explicar. Así, el enfoque de la historia latinoamericana en clave de lectura de los procesos revolucionarios no busca denominar a todos los movimientos o luchas como revoluciones, sino que enfatiza la necesidad de analizar la participación de los sectores oprimidos en la lucha social. En nuestra historia contemporánea no pocos procesos de claro protagonismo del pueblo trabajador han sido catalogados como meras revueltas o simples desmanes. Al tiempo, algunos modelos reformistas y plenamente articulados al mejoramiento del sistema resultaron analíticamente catapultados como paradigmas de una transformación revolucionaria que jamás buscaron. Recordar y reexaminar la historia de la Revolución Cubana debe servirnos para no confundirnos y para refrendar una historia que mire al pasado para intervenir en el presente.

Cada mes de enero, recordamos y conmemoramos aquella gesta, entendiendo que no se trata de añorar el pasado, sino de pensarlo para fortalecer el sentido del presente. La historia, desde aquel 1959 nos ha enseñado que no basta con deponer a los tiranos. Que no es suficiente con elegir gobiernos que nos apacigüen discursivamente mientras nos siguen explotando, o que crean que con darnos lo que nos merecemos nos hacen un favor.  Que las conquistas de los pueblos no las van a defender quienes no las alcanzaron. Que nunca todo está ganado hasta que no sea el pueblo el que mande. Que hoy más que nunca sigue vivo el sueño de la revolución… y que puede hacerse realidad si lo buscamos.

Referencias

Mires, Fernando. La rebelión permanente. México: Siglo XXI, 1988.

Zavaleta, Rene. ‘’Consideraciones generales sobre la historia de Bolivia’’, en: González Casanova, Pablo (coord.). América Latina: historia de medio siglo. México: Siglo XXI, 1984. 

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