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La incierta transición cubana

Fuentes: The Conversation

El pasado mes de abril Raúl Castro hacía efectiva su retirada como primer secretario del Partido Comunista de Cuba (PCC). Era la última posición pública que conservaba, después de haber cedido la presidencia del país en 2018. En ambos cargos había sucedido previamente a Fidel, su hermano mayor. Las respectivas renuncias, justificadas por la edad, suponen la desaparición del apellido Castro de la primera línea política cubana.

Atrás quedan el fracasado asalto al cuartel Moncada en 1953 (incluyendo el famoso alegato «la historia me absolverá» y el posterior exilio mexicano), la lucha guerrillera a partir de 1956, la toma del poder en 1959, la adopción del marxismo revolucionario en 1961, su papel como peón de la Guerra Fría, sus mitos y sus crisis.

Documentación que acredita el espíritu de combate de las personas vinculadas a la Revolución Cubana (foto: Jaume Claret)
El peso del castrismo

La huella de seis décadas de castrismo es absoluta y ha condicionado –condiciona– la sociedad cubana de hoy, socializada, crecida y desarrollada dentro de las coordenadas oficiales. De hecho, cualquier relato personal pasa necesariamente por esta experiencia y por el posicionamiento individual respecto de los acontecimientos contemporáneos vividos en la isla caribeña.

Incluso, las nuevas generaciones más contestatarias construyen sus mensajes a partir de estos referentes, como en el caso de la exitosa canción «Patria o vida» de Yotuel Romero que, para exigir libertad, versiona –para desesperación de las autoridades– la clásica consigna castrista de «Patria o muerte».

También en el extranjero, tanto si esta salida responde a un exilio político o a una emigración económica. Sin insistir demasiado, ante las primeras preguntas sobre su país, una amiga cubana me regala anécdotas de su abuela, que justo acaba de cumplir los 103 años, fundadora del PCC y amiga de Camilo Cienfuegos, y me confía documentación diversa donde se mezclan consignas revolucionarias con diplomas acreditativos del espíritu combatiente.

Imagen del videoclip de «Patria y vida» de Yotuel Romero
Presente y futuro

La situación actual de país caribeño es inseparable de la herencia castrista. Este legado se concreta en una economía poco competitiva con amplias bolsas de pobreza y dependiente del mercado negro, el turismo y las remesas; en un sector estatal y militar poderoso, sobredimensionado y en parte reticente a los cambios; y en unos servicios educativos y sanitarios universales, pero precarizados por las dos circunstancias anteriores.

Esto provoca tensiones y contradicciones, como la convivencia de los buenos datos frente a la pandemia y el desarrollo de vacunas en fase de pruebas con la falta de suministros, alimentos y medicamentos básicos, o los discursos de las viejas glorias aún testigos de los años bajo el amparo soviético y la pugna contra el embargo estadounidense con el desencanto de unos jóvenes que, vía internet, saben que hay mundos más allá de la tramoya revolucionaria. En palabras del cómico y poeta Alexis Valdés, las nuevas generaciones «ya no tienen nada que perder«.

Evidentemente, la nostalgia respecto de la isla también se conjuga, entre los sectores más politizados y / o perjudicados, con un claro rechazo respecto de los Castro y de la continuidad del castrismo.

Este exilio de combate ha tendido a concentrarse en los Estados Unidos y, de manera significativa, en Florida. Con un importante ascendente sobre la política exterior de Washington, especialmente entre los republicanos –a diferencia del tradicional sesgo demócrata del votante de origen latinoamericano–, han construido un imaginario propio, a menudo incompatible y que se mueve entre el deseo de venganza y la voluntad de regeneración.

En su última y exitosa novela, el cubano Leonardo Padura recoge precisamente este amplio abanico interno y externo del post-castrismo, no exento de contradicciones personales e incompatibilidades de proyectos colectivos.

Con todo y como ha sucedido en la historia contemporánea de la isla, la economía y los intereses internacionales acabarán siendo los elementos decisivos para su futuro. En cuanto a las influencias extranjeras, Cuba ha perdido preeminencia en la agenda global, incluso para los Estados Unidos.

A diferencia de los republicanos que mantienen una fructífera simbiosis con el lobby isleño instalado en Florida, la administración de Joe Biden tiene otras patatas calientes tanto a nivel interno (Black Lives Matter, recuperación post-Covid, plan de infraestructuras. ..) como externo (Rusia, China, Venezuela …).

Además, como recuerda Juan González, uno de sus principales asesores, el actual presidente «no es Barack Obama» y la puerta abierta durante su mandato difícilmente se volverá a abrir. Aún más contundente es Peter Hakim, presidente emérito del Inter-American Dialogue, «Cuba, simple y llanamente, ya no es un gran problema para los Estados Unidos»

Leonardo Padura (foto: Eduardo Rodríguez/Vistar Magazine)
Próximos pasos

De hecho, para el futuro de Cuba sin duda resultará más capital la evolución económica y, de paso, sus derivadas políticas y sociales. Los dirigentes encabezados por el actual presidente Miguel Díaz-Canel están obligados a incrementar el actual ritmo de liberalización, tras cuatro años de estancamiento, con una contracción del 11% durante 2020. Como habría reconocido el primer ministro Manuel Marrero Cruz: “El pueblo no come planes”.

Pero esta apertura obligada necesita evitar los peligros de una fractura social, las posibles resistencias de la vieja guardia y, al mismo tiempo, atraer suficiente inversión extranjera con un cierto control sobre sus efectos económicos, sociales y medioambientales.

Prácticamente descartado un regreso masivo de la emigración cubana, con el gran vecino ocupado en sus propios asuntos y con unas organizaciones panamericanas demasiado debilitadas, la isla caribeña difícilmente puede llevar a cabo por sí sola las reformas e inversiones necesarias para incorporarse el mercado globalizado y no convertirse en un país fallido o sufrir involuciones dictatoriales.

Sin excluir un futuro interés chino que volvería a situar a Cuba como peón entre superpotencias, lo más plausible es augurar una terciarización intensa de su economía de la mano del turismo y, en darse las condiciones geopolíticas, de las segundas residencias, congresos, etc., siempre y cuando el mundo post-Covid lo permita.

Miguel Díaz-Canel con Raúl Castro al ser elegido presidente de Cuba en 2018 (foto: AFP)
Algunos intereses empresariales

Las grandes cadenas hoteleras pueden jugar un papel principal en esta apuesta turística. Hasta ahora, estas inversiones estaban condicionadas a las regulaciones del castrismo, con concesiones y porcentajes accionariales prefijados por el gobierno. Estos obstáculos no han impedido un alto rendimiento económico y un creciente compromiso empresarial.

En cierta medida, la continuidad y evolución del post-castrismo (sea en forma de dirigentes, sea en forma de determinadas políticas) dependerá de la capacidad para generar riqueza y bienestar entre amplias capas de la población. El exitoso capitalismo de estado chino, capaz de conjugar la modernización económica con el control político, es un referente tan tentador como poco útil para una isla que no cuenta ni con un mercado, ni con una industria, ni con unos recursos comparables a los del gigante asiático.

Pero poner todos los huevos en el cesto del turismo te expone a imprevistos climáticos, a disrupciones epidemiológicas, a la discrecionalidad de gustos y a la dependencia de unos pocos mayoristas. Y es que para hablar de la fragilidad de los países dependientes de sectores económicos basados en mano de obra masiva y poca cualificación y con estrategias turísticas centradas en la masificación y los precios bajos puede que no haya que ir hasta Cuba.

Fuente: The Conversation, 3 de mayo de 2021