Tras los sucesos de Ceuta, «lo más terrible, lo que más va a costar revertir, es la abyecta normalización del racismo», escribe Patricia Simón. «La comunidad marroquí-española está soportando una avalancha de odio».
«A una que tocó a la puerta mientras estaba pasando consulta la eché. Yo ya tengo una edad y no tengo por qué aguantar a maleducados», me espetó, este jueves, el doctor antes de que me diera tiempo a sentarme frente a su escritorio. Le respondí que me parecía estupendo que nos dedicase el tiempo que necesitásemos y que por esa razón suelo acudir a mis citas médicas con el ordenador, para poder trabajar si tengo que esperar. Aparentemente satisfecho con mi respuesta, abrió mi historial y comprobó que habían pasado tres años desde mi última visita a ese hospital privado, cuando un colega suyo me diagnosticó intolerancia a la lactosa. Sin que yo hubiese revelado aún el motivo de mi consulta, comenzó a exponer que había que ver si era una intolerancia primaria o secundaria, lo que podría ser resultado de una infección o de alguna enfermedad, como varias que enumeró hasta nombrar una sobre la que apostilló: «Pero esa no existe aquí. Existe allí, en Marruecos, donde están los que nos están invadiendo». Lo dijo moviendo la mano en dirección al sur, a los 90 kilómetros de Mediterráneo que nos separaban en línea recta del continente africano. Durante unas milésimas de segundo repasé mentalmente si aquel hombre, de unos sesenta años, me acababa de decir lo que acababa de escuchar. Respondí: «Perdone, pero no voy a aceptar comentarios racistas». Lejos de rectificar, él insistió: «¿Cómo? Eso no es racista. Nos están invadiendo. Mire Ceuta». Mientras me levantaba, le expuse el motivo: «Igual que usted no tolera atender a pacientes maleducadas, yo tampoco tolero ser tratada por un médico racista». Él farfulló: «Pero si yo tengo amigos marro…». No terminó la frase. Entonces yo le recordé: «Los marroquíes no están invadiendo nada. Son nuestros vecinos. Allí –dije señalando al país vecino– y aquí –señalando la tierra que teníamos bajo los pies–. Y lo que está diciendo va en contra de los derechos humanos».
Unos minutos después estaba poniendo una reclamación en un habitáculo acristalado con el rótulo de «Experiencia del paciente». Allí le describí lo ocurrido a una trabajadora. Cuando comencé a explicarle que exigía una disculpa pública porque no se pueden admitir ni normalizar los discursos de odio, me tembló la voz. La joven me respondió con los ojos acuosos: «Gracias, porque yo soy marroquí y me duele. Yo tampoco estoy de acuerdo con lo que ha ocurrido en Ceuta, pero ¿qué tendrá que ver eso? No somos invasores ni traemos enfermedades».
Al salir, he llamado a una persona cercana para contarle lo ocurrido. «Lo peor es que si en lugar de ella te hubiese tocado un español, no hubiese sido extraño que te tratase de exagerada», me ha dicho. Y he pensado que eso es lo más terrible, lo que más va a costar revertir de todo esto: la más abyecta normalización del racismo.
Desde que comenzó la crisis humanitaria de Ceuta no puedo dejar de pensar en nuestros vecinos y vecinas marroquíes. La comunidad marroquí es la más importante entre las de origen extranjero en España: casi un millón de personas. Hombres y mujeres que a la vez que sufrían y sufren las políticas criminales y criminalizadoras antiimigración, contribuyen de manera determinante al crecimiento y desarrollo de nuestro país; personas que, además de sacar adelante a sus hijos e hijas –españoles, por si algún M. Rajoy lo cuestiona–, se desloman para enviar unas remesas cruciales para la supervivencia de sus familias y para la economía marroquí; personas que estos días de dolor inenarrable en Ceuta han sufrido viendo a su gente huyendo a nado de su país, de las batidas ciudadanas, pasando hambre durante días a la intemperie o morir ahogada; personas que una vez más tienen que ser testigos de cómo la élite marroquí usa a su población como fichas de usar y tirar en los juegos del hambre de la geopolítica, a la vez que la derecha ultra y la ultraderecha españolas los deshumaniza hasta convertir incluso a sus niños y niñas en una amenaza, en deportables, en seres desechables.
Nada de todo lo que están viviendo sería posible, ni siquiera imaginable, si estas personas fuesen blancas, europeas, estadounidenses, canadienses o israelíes. En tal caso, estaríamos dando el pésame a nuestros vecinos y vecinas marroquíes, preguntándoles cómo lo están viviendo, organizando minutos en silencio para acompañar su duelo, diciéndoles «lo siento». Acabamos de asistir a una de las tragedias con mayor número de víctimas de la democracia española: 141 muertos –hasta el momento de la publicación de este artículo–. Y apenas si sabemos el nombre de un par de ellos. Por el contrario, estos días, la comunidad marroquí-española está soportando una avalancha de odio que les asalta a través de programas de televisión, de agitadores en las redes sociales, de insultos de clientes en sus propios negocios, de comentarios por parte de sus empleadores, de padres y madres en los chats del colegio…
El supremacismo blanco, macerado durante los más de 30 años en los que la UE y los sucesivos gobiernos de España han respondido a los movimientos migratorios con unas políticas securitarias, externalización de las fronteras y leyes de extranjería racistas, ha estallado estos días también de manera impúdica en las conversaciones familiares, en los grupos de amigos, en las pausas para el café con los compañeros de trabajo… Acabemos con su impunidad. Digamos «no», «no en nuestro nombre», seamos rebeldes, como nos enseñó Albert Camus, y conservemos la dignidad diciendo «no» contra todo aquello que atente contra la dignidad de los demás. Digamos «no», no seamos cómplices con nuestro silencio, hagamos que ser racista vuelva a dar vergüenza, alcemos la voz contra su odio, es lo mínimo que podemos hacer por nuestros vecinos y vecinas, quienes sufren la violencia racista estrellarse, cada día, contra sus cuerpos, mientras ven cómo en esta guerra que se libra contra la humanidad son ellos los que ponen los muertos: los que ahora se amontonan en la morgue ceutí y los que desde hace décadas matan nuestras fronteras y desaparecen en los océanos. Digamos «no», aunque sea para salvarnos y no hundirnos por su peso en nuestras conciencias.
Fuente: https://www.lamarea.com/2026/08/07/ceuta-invasion-racistas/


