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Crítica literaria. Por una ética ecofeminista del cuidado, la compasión y la no violencia.

La ternura como brújula ética

Fuentes: Nueva Tribuna [Foto: Angelica Velasco en el IFS-CSIC]

En Ternura a lo bestia se desarrolla una ética con sensibilidad ecofeminista que, como señala el subtítulo, clama por cultivar la compasión y oponerse a cualquier tipo de violencia contra la humanidad o su entorno natural en un sentido amplio

La cubierta de Ternura a lo bestia: Por una ética ecofeminista del cuidado, la compasión y la no violencia es muy gustosa visualmente, pero también al tacto. Es la que merece un libro escrito en primera persona, una perspectiva que le da un valor añadido, porque rezuma esa ternura elegida para titular esta reflexión sobre una filosofía moral inspirada por la mejor vertiente del ser humano, quien cuenta con sentimientos nobles que pueden contraponerse a su codicia supremacista.

Su autora es Angelica Velasco que, al cumplir los cuarenta este mismo año, hace balance de una exitosa trayectoria profesional en Valladolid. La escalada es una de sus aficiones y por eso su libro nos plantea conquistar una cima. Esta “cumbre no puede ser otra que la justicia social, la igualdad entre todas las personas, la compasión por los demás animales, el respeto por el conjunto de la naturaleza y una convivencia pacífica basada en la aceptación de nuestra vulnerabilidad, nuestra interdependencia y nuestra ecodependencia. La meta por alcanzar es el desarrollo de una ética ecofeminista del cuidado que sirve de fundamento a una coeducación y una pedagogía nuevas” (p. 17). Como programa no está nada mal y además resume bien lo tratado en sus trescientas páginas. 

Ensalzar la falta de compasión y cooperación, premiando la frialdad y la competitividad, solo puede beneficiar a los más desalmados, pero perjudica desde luego a una inmensa mayoría

El cuidado debe comenzar por uno mismo, porque difícilmente se puede cuidar o querer sin profesarnos un mínimo cariño para consigo. Descuidarse y tenerse manía impide hacer lo contrario con los demás. Predicando con el ejemplo, Angelica Velasco se incluye al final de su propia dedicatoria con estas palabras: “Y a mí misma, por haberme atrevido, por fin, a poner unos límites y saltarme otros”. Platón, Rousseau y Kant dicen, cada uno a su manera, que solo se alcanza un talante moral cuando cruzamos el umbral de la cuarentena. De algún modo, se suscribe aquí esta tendencia y esto me hace reparar en que yo mismo debí hacer otro tanto al publicar con esa edad La Quimera del Rey Filósofo: Los Dilemas del Poder, o el frustrado idilio entre la Ética y lo Político. Ciertamente, nos encontramos ante una obra de madurez bien editada, donde se pretende conservar la ilusión de antaño y luchar por la esperanza reprimiendo los zarpazos del pesimismo. Para ello se combate “una forma de pensar y habitar el mundo basada en el androcentrismo, el antropocentrismo, el racismo, el colonialismo, la exaltación del neoliberalismo individual descarnado y la lógica de la dominación” (p. 28).

El sendero hacia la cumbre fijada exige un cambio radical de cosmovisión y de prácticas vitales, porque comparto que solo cambiando de hábitos podemos generar una convivencia distinta sin dejarnos tutelar por quienes lo hacen con sumo gusto y mucha habilidad. Angelica Velasco se declara “ecofeminista, defensora de los animales, ecologista, antimilitarista, antirracista, antifascista, anticapitalista, que detesta cualquier tipo de opresión, supremacismo o de violencia” (p. 41). El primer capítulo se titula “Sobre fantasías antropocéntricas y realidades incomodas”. En él se filia en las vivencias personales los estudios elegidos. El amor por la naturaleza y los otros animales, llevaba pareja una repulsa por la violencia contra los más débiles y vulnerables. Ahí se fraguó un interés por la ética y unas determinadas lecturas que sintonizaran con sus preocupaciones vitales. Emulando las Confesiones de Rousseau, se van entrelazando primorosamente las anécdotas personales con el itinerario intelectual. Tras descartar estudiar Biología o Veterinaria, como parecía más obvio, Alicia Puleo le hizo descubrir que la ética podía ser aplicada (p. 44), si bien a mi juicio siempre ha de serlo con arreglo a la divisa leibniziana teoría cum praxi que Kant hizo suya en su Teoría y práctica.

Dime cómo tratas a los demás animales y te diré quién eres

Hay quien piensa que poner el acento en compadecerse de los animales equivale a relegar al ser humano y olvidarse de sus problemas. Este punto de vista se rebate con saña, haciendo ver que se da una estrecha interrelación entre las diferentes problemáticas. Al hablar de su primer congreso, se nos cuenta que la cena posterior fue cuando menos tan enriquecedora como las jornadas académicas, pues los ponentes compartieron las experiencias personales que latían bajo sus textos. Continuamente afloran recuerdos infantiles que se relacionan con lo argumentado en el discurso y esto ameniza mucho la lectura, sin que pierda rigor la exposición. Con ello se reivindica el papel de las emociones en la reflexión filosófica moral. Por añadidura conviene no menospreciar los aportes de otras culturas a las que solemos mirar por encima del hombro. El ser humano es un individuo carnal y emocional, interdependiente de la biosfera. 

“Con esta idea, sería más difícil legitimar las explotaciones sin límites del mundo natural. Mucho nos queda por aprender -leemos en este libro- de las sabidurías indígenas que entienden al resto de las especies como pueblos con los que relacionarse sobre la base de la reciprocidad y la gratitud, ya que son parte esencial del buen funcionamiento de la comunidad. Las cosmovisiones más biocéntricas y el trabajo de tantas mujeres indígenas en defensa de la Tierra pueden aportar mucho a nuestro paradigma androantropocentrico opresor y suicida, ese que coloniza cada vez más otras culturas. En la ‘democracia de las especies’, la humildad permite acercarse a las demás especies como maestras que nos enseñan y no como seres inferiores a los que explotar (p. 51).

El apoyo mutuo siempre triunfa sobre la competitividad y es un factor esencial en la evolución de las especies, incluida la nuestra por mucho que lo nieguen los dogmas del ultra-neoliberalismo, pero también un exacerbado antropocentrismo que ignora nuestra interdependencia con el ecosistema. Esto mismo vale para ese androcentrismo que desde siempre ha minusvalorado los valores asociados a la feminidad. “La devaluación androcéntrica de las virtudes del cuidado históricamente vinculadas con las mujeres y con el ámbito privado y la preponderancia de valores androcéntricos, como la competitividad o el distanciamiento emocional, impiden conseguir sociedades no violentas, igualitarias y sostenibles” (p. 54).

Ensalzar la falta de compasión y cooperación, premiando la frialdad y la competitividad, solo puede beneficiar a los más desalmados, pero perjudica desde luego a una inmensa mayoría, en la que por cierto vienen a incluirse al menos durante su infancia y vejez incluso los depredadores más implacables, igualmente menesterosos de solidaridad cuando vienen mal dadas, porque para eso vivimos en comunidad.

Angelica Velasco va desgranando el indigesto menú de la jerarquía patriarcal, “un menú compuesto por animalización de las mujeres, feminización e inferiorización de los demás animales, cosificación de las mujeres y de los demás animales, mayor animalización de las mujeres racializadas y/o con discapacidad, desprecio por la naturaleza, feminización de las mociones, ensalzamiento de los racional y de valores relacionados con el ámbito público y la masculinidad (competitividad, imposición, distanciamiento emocional…).

Es decir, antropocentrismo y androcentrismo están claramente interconectados” (p. 59). Seguidamente, se nos pone a Simone de Beauvoir como ejemplo del feminismo que pretendía conquistar los espacios masculinos, para resaltar con Celia Amorós que hay un paso posterior donde se cuenta con redefinir lo genéricamente humano, para desfeminizar los valores y actividades feminizadas, de suerte que los cuidados puedan asumirse con independencia del sexo que tenga la persona en cuestión, lo cual da pie a esa ética del cuidado a la que Victoria Camps ha dedicado su libro Tiempo de cuidados: Otra forma de estar en el mundo.

Pero en el texto con que dialogamos aquí se añade un matiz importante. Veámoslo: “La ética del cuidado ecofeminista puede reconectarnos con esas partes que hemos tendido a ocultar, a rechazar, a convertir en pecaminosas. El cuerpo, las emociones, la ternura, el contacto físico, el erotismo, nuestra propia animalidad…” (p. 67). Aunque al principio, se planteó distinguir etapas en el ascenso a la cumbre, su autora descubrió luego que le parecía poco práctico llevar a cabo esa compartimentación, porque los temas iban saltando a escena como si de una danza se tratase. Fue un acierto hacerlo así.

Citando a Concha Roldán se constata que: “El patriarcado vuelve y vuelve siempre con sus consignas, más o menos explicitas, pero con una pregnante viscosidad, como un ‘Alien’ que se resiste a ser aniquilado y, lo que es mucho peor, acaba por germinar dentro de nosotras/os mismas/os colonizándonos y destruyéndonos desde dentro” (p. 80). A esto se suman las observaciones hechas por Ana de Miguel sobre la prostitución “como una escuela de desigualdad humana, de egolatría y prepotencia y la negación de toda empatía, donde priman sus deseos y no importan en absoluto lo que vivan y sientan las mujeres prostituidas” (p. 81). La prostitución es, junto al narcotráfico y la industria del armamento, uno de los tres negocios más lucrativos del mundo, que debería ser abolido junto a los otros dos, aunque sea utópico rebelarse contra esos tres colosos de la explotación y aniquilación violenta del ser humano. En aras de una coeducación que muestre otros valores no meramente pecuniarios ni anejos al poder hegemónico, alejando especialmente a los niños de la competitividad y del individualismo agresivos, “la ética del cuidado viene a poner en valor la interdependencia, la contextualización y los valores, como la atención respetuosa y amorosa, silenciados y despreciados por el pensamiento androcéntrico” (p. 95).

El título del segundo capítulo tampoco tiene desperdicio: “Hermana, yo sí te creo; Madre Tierra, yo sí te creo: por qué el ecofeminismo”. Uno de los lemas, firmado por Marta Tafalla, nos recuerda que “la obsesión antropocéntrica por dominar la tierra nos ha llevado a domesticar todas las formas de vida. La vida salvaje trabaja realizando funciones que benefician a todo el ecosistema, a la comunidad multiespecie, pero nosotros la domesticamos para que trabaje exclusivamente para la especie humana” (p. 104). Aquí se abre una reflexión sobre si debe primarse la brújula moral interior o nos conviene plegarnos a las directrices de una sociedad patriarcal. En realidad, se plantea el debate sobre los límites de una obediencia debida y el valor que requiere desobedecer cuanto consideremos injusto e inicuo, tal como propone hacer Javier Muguerza con su por otra parte muy kantiano imperativo del disenso. Lo más cómodo es plegarse, sobre todo si se tiene una conciencia tan laxa como la esgrimida por Eichmann y que tanto escandalizó a Hannah Arendt. Pero la única forma de contribuir a cambiar las cosas es dejarse guiar por la brújula ética que nos brinda nuestra conciencia moral, sin atender a los inconvenientes que tal decisión pueda granjearnos. Después de todo, los códigos y las normas deben adaptarse a nuestras necesidades, en lugar de oficiar como lechos de Procusto que amputen o hagan más laxas nuestras convicciones morales, porque con ello renunciamos a nuestra responsabilidad y por lo tanto dejamos de ser personas en sentido kantiano.

Compartiendo un parecer de Virginia Wolff, para quien cuando un tema es altamente controvertido, como sería el caso del sexo, lo que cabe hacer es mostrar cómo se llegó a formar la propia opinión, dejando que quienes nos escuchan saquen sus conclusiones, mientras observan las limitaciones, prejuicios y peculiaridades de quien habla (p. 108), Angelica Velasco hace otro tanto partiendo de su realidad situada y el sesgo de sus conocimientos. “Hubo que desarrollar planteamientos y vindicaciones feministas -nos dice- para poder fundamentar lo que, posteriormente, sería uno de los movimientos más potentes y transformadores de la historia. El feminismo es teoría, es militancia social y política, y es una práctica cotidiana o forma de entender y vivir la vida que supone un proceso individual de cambio personal” (p. 110). Respecto al tema de las cuotas, nos aclara que “las cuotas no regalan trabajos a personas sin capacitación. Lo que consiguen es sociedades más justas en las que las personas con capacitación no serán discriminadas por factores como el sexo, el color de la piel o la condición física o psicológica” (pp. 124-125). También se aborda otra cuestión de calado, al hilo del caso de la Manada con que tan comprensivo se mostró un juez -añado yo de mi cosecha: “Es espantoso constatar la realidad de la violencia sexual que se ejerce sistemáticamente contra las mujeres y la puesta en cuestión de estas víctimas de la misoginia y de la violencia patriarcal” (p. 126).

Según Angelica Velasco, “el ecofeminismo apuesta por creer lo que nos dicen nuestras hermanas y nuestra Madre Tierra. También atiende a lo que nos dicen los animales. De este modo se presenta como una bisagra entre los movimientos y teorías feminista, ecologista y animalista, tendiendo puentes entre ellos” (p. 141. Ahora bien, “las mujeres ni vamos a ser ahora las sacrificadas salvadoras del planeta ni las defensoras solitarias de las personas y de los seres vivos. Los valores del cuidado tienen que desarrollarse también en los hombres, y las prácticas y las actitudes cuidadosas deben ser implementadas de forma equitativa” (p. 154). Tras regalarnos algunas citas apreciables y alguna experiencia personal que ilustra en la praxis lo defendido teóricamente, se concluye con estas palabras este segundo capítulo: “Todavía queda mucho por hacer para que las mujeres sean realmente respetadas y tratadas como iguales y como sujetos con dignidad; que los cuidados son esenciales dada nuestra naturaleza frágil y ecodependiente, pero que no solo tienen que ser practicados por las mujeres; que ellas también tienen derecho al autocuidado; que justicia y cuidado se complementan; que el neoliberalismo amenaza con reducir los cuidados a bienes de compraventa, y que el androantropocentrismo unido al neoliberalismo, al racismo, al colonialismo, al fascismo y a la lógica de la dominación puede conducirnos al fin de toda esperanza” (p. 158).

La cita de Virginia Wolff que sirve como segundo lema del tercer capítulo me parece fascinante y no puedo dejar de transcribirla: “Durante todos estos siglos, las mujeres han servido de espejos dotados con el mágico y delicioso poder de reflejar la figura del hombre al doble de su tamaño natural” (p. 161). Ha llegado el momento de abrir expediente al neoliberalismo capitalista que produce pobreza y miseria para la mayoría, mientras enriquece a unos pocos, mediante un productivismo insaciable que destroza la naturaleza, premiando el individualismo y despreciando los cuidados, hasta conducirnos al colapso ambiental y civilizatorio. Pero sería un error, a juicio de Angelica Velasco, no reparar en que a su base sigue operando un pernicioso sedimento androantropocéntrico. Con todo, no es menos cierto que bajo la óptica neoliberal se privatizan y comercializan unos cuidados que deberían ser dispensados por la esfera pública. Los cuidados requieren una calidez que no pueden dispensar gente mal pagada o robots regidos por la IA. Desde liuego, al neoliberalismo le trae sin cuidado que precisemos cuidados por nuestra bendita interdependencia.

Otra cuestión a la que se da una capital importancia, como ya se anunció al comienzo, es la del autocuidado. “El autocuidado exige, como mínimo, nutrición e hidratación, descanso y ocio, ejercicio físico, contacto con la naturaleza y relaciones con seres queridos, humano y no humanos. Un autocuidado sin estos elementos (y algunos más) es un autocuidado incompleto” (p. 202). En líneas generales, el ser humano se ha visto reducido a ser un animal laborans. El capitalismo aplaza constantemente la gratificación al esfuerzo realizado, como si estuviéramos en una cinta rodante sin fin de la que no pudiéramos bajarnos. En muchos empleos, para más inri muy privilegiados, cada cual decide someterse a una explotación implacable para conseguir unos objetivos que nunca se colman, como esas vasijas de las Danaides mencionadas por Schopenhauer a propósito del deseo. Llegamos a pretender que nuestros ratos de ocio también sean productivos y en el mundo académico se hace muy difícil desconectar. Por eso se cita con entusiasmo el Elogio de la pereza de Bertrand Russell. Difícilmente podría estar más de acuerdo con estas consideraciones y, de hecho, hace muy poco escribí un artículo titulado: ¿Habría que abolir el trabajo? Allí recuerdo la reveladora etimología del término y que no se puede llamar empleo a contratos abusivos absolutamente precarios y con una remuneración de pacotilla. Justamente por hallarnos en una situación de privilegio, al haber conocido las bondades del ascensor social y el Estado del bienestar, podemos denunciar cuanto está mal, como Kant encomendó a las Facultades de Filosofía, destinadas en su opinión a ser el ala izquierda del parlamento universitario.

 “Dime cómo tratas a los demás animales y te diré quién eres”, así reza el título del último capítulo, donde se nos hace ver los tormentos que padecen aquellos animales destinados al consumo humano con sumo detalle y ejemplos concretos. También se nos traslada lo difícil que le resultó dejar de comer carne para ser coherente con sus ideas. Es cierto que todos rechazamos el mal con una pose casi estética, pero luego nos cuesta ser coherentes. Para ilustrar este punto se cita un impactante pasaje de Arendt, quien señala que nuestra conciencia nos dicta no matar, pero que Hitler impuso lo contrario como ley, lo cual hizo que los alemanes resistieran la tentación de no devenir cómplices por acción u omisión del Holocausto (pp. 240-241). Ese mismo Holocausto que, paradójicamente, invocan ahora en Israel quienes abrazan el sionismo para justificar el genocidio de Gaza y la colonización bíblica de los territorios adyacentes. Parece que también han aprendido a resistir la tentación de repudiar semejante violencia. Pues bien, recogiendo el pasaje de Wolff sobre las mujeres como espejo que duplican la imagen del varón, Angelica Velasco se pregunta cuánto aumenta el tamaño de las personas al compararse con los animales, “eso que no somos y que podemos utilizar para nuestro beneficio” (p. 242). Dicho sea de paso, el gas utilizado para exterminar a los judíos fue inventado para matar a las ratas, pero eso casaba muy bien con los atributos conferidos al chivo expiatorio nazi.

Para mantener un poco el suspense y porque a estas alturas estoy bastante agotado, dejaré sin comentar la segunda parte del último capítulo, para que los lectores puedan saborear las vivencias contadas en esas páginas. El epílogo se pregunta si hay esperanza y propone actuar como si la hubiese, al modo en que Kant nos recomendó hacer con su formalismo ético, donde todo está abierto y nos corresponde resolver los dilemas éticos a cada paso por nuestra cuenta, resultando eso sí más fácil esquivar la injusticia que dirimir lo justo. Angelica Velasco preferiría no haber escrito este libro, porque significaría que sus reivindicaciones no harían falta. Dado que no es así, debemos felicitarnos por poder disfrutar de su lectura. Está escrito con el corazón en la mano y eso se nota.

Me gustaría preguntarle qué la parece la serie Machos alfa de Laura Caballero y si no cree que su humor es catártico. Y comentarle cómo en mi generación, dentro de ciertos ambientes universitarios, no había que reivindicar la igualdad entre los géneros, porque se trataba de algo que se daba naturalmente, como si unos y otras lo lleváramos incorporado a priori, pese a que se nos había educado bajo la dictadura franquista y el trasfondo del nacionalcatolicismo. Siempre me ha resultado llamativo que se haya dado un claro retroceso en algunas generaciones posteriores, pese a haber sido educados con unas premisas que contemplaban ese tratamiento igualitario, al menos presuntamente.

Fuente: https://www.nuevatribuna.es/articulo/cultura—ocio/libros-ternura-brujula-etica-ecofminista-cuidado-compasion-no-violencia/20260525172127250335.html#google_vignette