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La vida sin libros

Fuentes: Rebelión

Y al principio fueron los tebeos. Yo debía andar por los siete años más o menos. No recuerdo muy bien cómo pero un día uno de ellos cayó en mis manos. Y yo caí en sus redes. Los tebeos me atraparon por completo. Mis personajes favoritos eran Mortadelo y Filemón, Pepe Gotera y Otilio, Zipi […]

Y al principio fueron los tebeos. Yo debía andar por los siete años más o menos. No recuerdo muy bien cómo pero un día uno de ellos cayó en mis manos. Y yo caí en sus redes. Los tebeos me atraparon por completo. Mis personajes favoritos eran Mortadelo y Filemón, Pepe Gotera y Otilio, Zipi y Zape, El Capitán Trueno, Anacleto, agente secreto, Súper López, y los excéntricos personajes del edificio de la Rue del Percebe, 13. Pero no le hacía ascos a nada. Cada nuevo ejemplar que llegaba a mis manos se convertía en una fiesta. Lo leía con avidez, lo devoraba. Me encerraba en mi habitación y allí pasaba horas y horas, leyendo, releyendo, partiéndome de risa.

El paso siguiente, estaba cantado, eran los libros. A los once años leí Estudio en escarlata, de Sir Arthur Conan Doyle. Fue la primera vez que tuve conciencia de lo maravilloso que podía ser un libro. Sherlock Holmes y el Doctor Watson me tuvieron, durante unos días, completamente absorto. En esas páginas, que habían sido escritas casi un siglo antes, fui consciente de que se podían conocer otros mundos sin salir de las cuatro paredes de mi habitación. Y mi enfermedad se hizo incurable. Y vinieron otros libros. El misterio del cuarto amarillo y El tapón de cristal, de Gaston Leroux los recuerdo de manera muy especial. En esos días leía, como no puede ser de otra manera, sin orden ni concierto. Pasaba de un autor a otro, de una época a otra, de un estilo a otro, sin solución de continuidad. Y casi todo servía. Y seguía con los tebeos.

A los diecinueve años descubrí a Bukowski. La senda del perdedor llevaba un par de años deambulando por mi casa y un día de finales de septiembre, buscando algo que leer, decidí que era el turno de aquella novela. Ah, el viejo Bukowski fue como una descarga eléctrica, como una tormenta de verano. O un regalo de los dioses. Aquel libro me dejó noqueado. Las andanzas del joven Chinaski, con su rostro masacrado por el peor caso de acné vulgaris que jamás se había visto en el Hospital del Condado de Los Ángeles, con sus borracheras diarias y sus deseos irrefrenables de ser escritor, con sus broncas con el cabrón de su padre, me fascinaron. Me fui comprando todos y cada uno de los libros del escritor americano: Factótum, Se busca una mujer, Cartero, Música de cañerías, etc. Y Bukowski me llevó a otros: Fante, Hemingway, Steinbeck, Kerouac, Carson McCullers. Porque esa es una de las cosas apasionantes de la literatura, de los libros. Te van llevando de un lugar a otro sin miedo a perderte. Un autor te remitirá, sin remedio, a otro. Y ese otro, a otro más, y así sucesivamente.

Y luego están todos esos personajes que ya forman parte de mi vida. Don Quijote y Sancho. La Celestina y el Lazarillo. El Inspector Méndez y Pepe Carvalho. Madame Bovary y la Señorita Havisham. Bevilacqua y Chamorro. Fortunata y Jacinta. Lestat el vampiro y Frankesntein. Ataúd Ed Johnson y Sepulturero Jones. Y Harry Bosch. Y Sierva María de Todos los Ángeles. Y el Azarías. Y Bernarda Alba. Y Heathcliff. Y Puck. Y Philip Marlowe. Y Maigret. Y el Capitán Ahab. Y el Pijoaparte. Y también Ignatius J. Reilli, Hortensia Romero, Arturo Bandini, Tom Ripley, Young Sánchez, Tess de los D’Urbervilles, el Conde de Montecristo, Max Estrella, Hercules Poirot, Ana Karenina, el Coronel Kurtz, Pascual Duarte, Paul Bäumer, Joe Bonham, Horacio Oliveira, Ana Ozores y muchos otros que, a veces, muchas veces, son más reales que la propia gente que te rodea.

Y todos esos poemas maravillosos, los que te estremecen y te arrancan un suspiro, los que te atrapan y no te abandonan durante días, los que encierran una imagen mágica, los que cantan al amor y al dolor, los que recuerdan la muerte de la madre o del padre o del hijo, los que te transportan a tierras lejanas y exóticas, los que hablan del exilio, los que denuncian la barbarie de la guerra, los que invocan a Dios, los que lo niegan, los que te hacen reír, los que dibujan el mar o la estepa siberiana, los de Whitman, los de Lord Byron, los de Gloria Fuertes, los de José Agustín Goytisolo, los de Federico García Lorca, los de Rafael Alberti, los de Garcilaso de la Vega, los de Rosalía de Castro, los de Mario Benedetti, los de Antonio Gamoneda, los de Cesare Pavese, los de Marina Tsvetáyeva, los de Rilke, los de Pablo Neruda, los de Langston Hughes, los de Omar Kayán, los de Miguel Hernández, los de Antonio Machado, poemas hechos con versos que encierran la verdad, que fueron escritos desde la desolación o la felicidad, que mantuvieron viva la llama de la esperanza, que denunciaron a los tiranos y les plantaron cara. Poemas y versos que han sido, durante siglos, alimento para el espíritu.

Y en esas sigo, con mi adicción a cuestas, comprando, regalando, escribiendo, criticando, leyendo, amando, necesitando los libros como necesito la comida o el oxígeno. Porque para mí, como para otras muchas personas, la vida sin libros sería un disparate.

Blog del autor: Http://mimargenizquierda.blogspot.com

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.