En este capítulo no vamos a argumentar que el feminismo es un invento nativo americano, como tampoco argumentamos que la democracia liberal lo es, ya que en ambos casos proceden de diferentes orígenes y tradiciones, algunas de las cuales son bastante diferentes como pueden serlo la democracia ateniense, la democracia esclavista de Estados Unidos y las democracias comunistas de los pueblos nativos.
Sí vamos a mostrar que, al igual que la democracia moderna, el feminismo moderno fue disparado por el descubrimiento de los ejemplos concretos y largamente establecidos en América de una relación de género radicalmente diferente a la europea y a las de Medio Oriente.
En “Indigenous Cosmology and Spanish Conquest” (2016) nos detuvimos en el significado de la mitología indoamericana y en el cambio del cosmos femenino (diosas pacíficas de la tierra) por el cosmos masculino (dioses guerreros del cielo).[i], [1] No volveremos a los detalles de este análisis, pero debemos recordar, brevemente, que el llamado “machismo mexicano” o “machismo latinoamericano”―acusación promovida por los europeos o las clases criollas blancas latinoamericanas y por el sentido de superioridad del imperialismo anglosajón―fue una importación de Europa a través de la brutalidad de la conquista y colonización de pueblos que, por lejos, eran menos machistas que los europeos; pueblos donde el patriarcado era mucho más débil y, en casos, inexistente. O existía un matriarcado, por lo general más pacífico y democrático. La paradoja radica en que esa crítica feminista moderna procede de una realidad, de una práctica, de un orden sociocultural (no de una teoría) nativo americana. En otras palabras, la conquista europea de América le impuso un patriarcado y luego lo criticó desde la perspectiva del feminismo que los nativos americanos le donaron de forma gratuita y sin recibir crédito alguno.
Las reinas europeas no contradijeron el rígido orden patriarcal ni su misoginia, como fue el mismo caso de escritoras como Santa Teresa. Ni las Isabel ni las Elizabeth representaron a la mujer sino al orden de clase nobiliario―un orden masculino que imponía la moralidad del honor del hombre, no de la mujer, a través de instituciones como la virginidad para ellas y la promiscuidad para ellos. Instituciones y valores vastamente desconocidos entre los pueblos nativos. También en las civilizaciones más verticales mesoamericanas hubo emperadoras o gobernantes mujeres. Un caso fue el de Lady K’abel (Serpiente Sagrada y jefa militar, con un rango superior al de su esposo), gobernante maya de la segunda mitad del siglo VII de El Perú-Waka, Guatemala.[ii] Incluso en sociedades más militarizadas y patriarcales como la azteca y la inca―la condena inca a la homosexualidad es otro signo de dominio patriarcal―, el rol de la mujer continuaba siendo de mayor importancia pública que en Europa.[2]
Ni la obligación de ser virgen o la condena a los homosexuales eran valores entre los pueblos democráticos de Norteamérica. En la vasta literatura de crónicas que dejaron los jesuitas en Norteamérica, abundan en el siglo XVII referencias escandalizadas por la libertad que ejercían las mujeres en las naciones nativas, dueñas de sus propios cuerpos y de sus propias vidas.[iii] Las mujeres tenían poder público y privado. En 1633, el padre Paul Le Jeune informaba: “Aquí las mujeres tienen mucho poder. Un hombre puede prometer algo, y si no cumple su promesa, se considera suficientemente excusado al decir que su esposa no quiso hacerlo. Le dije entonces que él era el amo, y que en Francia las mujeres no mandan a sus maridos”.[iv]
Para los siglos especialmente misóginos de la conquista en Europa, esta desviación de las salvajes era una razón más para convertirlas a la verdadera religión. Por entonces, Santa Teresa de Ávila escribía que las mujeres (europeas) son especialmente débiles y perversas, por lo cual había que extirpar cualquier indicio de libertad en ellas: “libertad llaman ya melancolía; y es ansí, que he pensado que en estas casas, y en todas las de religión, no se debía tomar este nombre en la boca (porque parece que trae consigo libertad) sino que se llame enfermedad grave y que se cure como tal. [Que las mujeres] no entiendan que han de salir con lo que quieren, puesto en término de que hayan de obedecer, que en sentir que tienen esta libertad está el daño […] y han de advertir, que el mayor remedio que tienen, es ocuparlas mucho en oficios, para que no tengan lugar de estar imaginando, que aquí está todo su mal. […] Téngase aviso que la flaqueza es natural y es muy flaca, en especial en las mujeres […] es menester que á cada cosita que se nos antoje, no pensemos luego es cosa de visión. […] No creo que hay cosa en el mundo, que tanto dañe a un prelado, como no ser temido, y que piensen los súbditos que puedan tratar con él, como con igual, en especial para mujeres, que si una vez entiende que hay en el perlado tanta blandura será dificultoso el gobernarlas”.[v]No por casualidad Santa Teresa fue canonizada santa y doctora por la Iglesia y no Sor Juana Inés de la Cruz, sino todo lo contrario, del otro lado del Atlántico. Sor Juana, la rebelde criada por indias en México.
Graeber y Wengrow observaron que mientras los jesuitas hablaban de “la espantosa libertad de los salvajes” que impedía su sumisión al “yugo del Señor”, solo “la traducción de la palabra ‘Señor’, ‘mandatos’ y ‘obediencia’ tenían serios problemas en las lenguas nativas”.[vi]
Aunque muchas naciones indígenas en la América precolombina eran matrilineales, no todas eran democráticas e igualitarias como la Confederación iroquesa, entre otras. La civilización que los precedió sobre el río Misisipí, la Cahokia, construyó grandes ciudades y pirámides casi olvidada en lo que hoy es la frontera entre Misuri e Indiana. Desapareció en el siglo XII, más o menos cuando los iroqueses fundaron su Liga de la paz.
Las ideas feministas, con otros nombres, pueden rastrearse a los orígenes de la historia. Por no referirnos a la prehistoria, donde los sistemas matriarcales eran aún más comunes al tiempo que más difíciles de analizar por la escasez de las fuentes. El feminismo, como lo conocemos hoy, como una corriente de pensamiento crítico, surge o resurge con la Ilustración. Es razonable pensar que las nuevas ideas humanistas de libertad e igualdad, los derechos del hombre, inevitablemente tenían que conducir a una reflexión y reivindicación de los derechos de la mujer. Ahora, de la misma forma que argumentamos que la Ilustración europea fue influenciada por el humanismo y por el conocimiento de las sociedades indígenas de América, de igual forma debemos considerar la influencia de estas sociedades en lo que se refiere a las relaciones de género.
En 2009 publicamos algunos capítulos sobre la posible influencia de la por entonces rescatada heroína del feminismo, Sor Juana Inés de la Cruz: “¿por qué se ha estudiado hasta el hastío las lecturas de Sor Juana Inés de la Cruz, sus influencias provenientes del Siglo de Oro español, y no se ha estudiado las relaciones de la niña Juana Inés con sus criadas indias? ¿Cómo explicar el feminismo de la monja rebelde recurriendo al misoginismo de los escritores españoles del siglo XVI y XVII? Incluida a la misma Santa Teresa, defensora de la sumisión femenina al poder masculino citada por la misma Sor Juana, más por conveniencia política que por convicción ideológica. ¿Por qué desestimar que la llamada cultura machista de México no era tal o era mucho menos machista y misógina que la Europa de la Edad Media y del Renacimiento?”[vii] Está de más recordar que el Siglo de Oro español no solo fue el siglo del oro americano sino también el siglo de la misoginia española y europea. Basta con considerar los escritos de reconocidos intelectuales de la época, como Fray Luis de León (La perfecta Casada, 1583, calificada por algún prologuista como “casi feminista”), Juan de Zabaleta (Errores celebrados, 1653, Días de fiesta por la mañana, 1654), Santa Teresa (Fundaciones, 1573), Juan Huarte…[viii]
Uno de los más influyentes alegatos escritos de carácter feminista en la Europa de finales del siglo XVIII fue A Vindication of the Rights of Woman (Reivindicación de los derechos de la mujer, 1792) de Mary Wollstonecraft. Para entonces, ya habían pasado más de un siglo de crónicas, historias y obras de teatro sobre el mundo indígena del otro lado del Atlántico. Como casi todos sus contemporáneos masculinos, Wollstonecraft no cita ni menciona nada de esa reveladora y desafiante experiencia de los salvajes del otro lado del océano que circulaba en las tertulias de intelectuales―con más intensidad cultural a principios del mismo siglo. Tal vez porque no era consciente de ello o tal vez porque a la retórica filosófica del momento no necesitaba reconocer fuentes históricas de sus ideas. Le bastaba con las ideas más básicas, que de por sí eran defendibles sin sustento arqueológico: si la libertad y la igualdad depende de la razón de los individuos, y las mujeres son sujetos racionales, entonces son ciudadanas con derechos iguales. Su lógica no necesita de los orígenes de sus ideas, pero para este estudio sí es relevante. Las casualidades son demasiadas y no se explican sino por el contexto histórico del removedor “descubrimiento del nuevo mundo”. Por si fuese poco, algunas feministas más reconocidas de finales del siglo XIX reconocieron de forma directa su admiración por el sistema político y cultural nativo. Otras fueron absorbidas por el sistema europeo.
Nueve años después del Primer Congreso Anti-esclavista Femenino de Estados Unidos, en 1848, una asamblea de 68 mujeres y 30 hombres presidida por Elizabeth Cady Stanton y Lucretia Mott, aprobaron una declaración de derechos de la mujer al voto y a la participación política, luego conocida como «Declaración de Sentimientos y Resoluciones de Seneca Falls». Ese verano en la ciudad de Seneca Falls, Nueva York, Elizabeth Cady Stanton fue enfática en su crítica a la sociedad patriarcal: “Una mujer no es nadie. Una esposa lo es todo. Una chica guapa vale más que diez mil hombres, y una madre, después de Dios, es todopoderosa. Por lo tanto, las damas de Filadelfia, bajo la influencia de las más serias reflexiones, están decididas a defender sus derechos como esposas, bellezas, vírgenes y madres, y no como mujeres”.[ix]
Un testimonio reflexivo y significativo por demás fue el de Alice Fletcher. Nacida en Cuba en 1838 y estudiosa de las culturas indígenas americanas, Fletcher vivió en la región de los Grandes Lagos con los sioux por un tiempo. Fue amiga de Susette La Flesche, mujer Omaha conocida como Ojos Brillantes. A finales de marzo de 1888, en Washington DC, Fletcher se dirigió al Consejo Internacional de Mujeres, la primera reunión internacional de mujeres por el sufragio. En su discurso, recordó una visita que realizara a la Nación Omaha en Nebraska. En esa oportunidad, una mujer le regaló un caballo.
―¿Qué dirá su marido si se entera de que me acaba de regalar un caballo? ―preguntó Fletcher.
La mujer se rio a carcajadas y enseguida le contó la historia a los demás, reunidos en su vivienda, con la misma reacción.
―Mi explicación del control del hombre blanco sobre la propiedad de su esposa fue tomada con burla y desprecio ―dijo Fletcher.
Por entonces, y diferente a las culturas indígenas, las mujeres en Europa y Estados Unidos no solo tenían limitaciones en el acceso a un trabajo, sino que, una vez casadas, sus propiedades pasaban a pertenecer a sus maridos. Su sumisión estaba justificada por un supuesto deseo de Dios o por una maldición bíblica por algo que ellas no habían hecho, como comerse una fruta prohibida en el origen de los tiempos o algo por el estilo.
Las culturas indígenas no sólo significaron una inspiración de lucha para los activistas en favor de una democratización de las sociedades modernas y de los derechos de las mujeres, sino que, además, proveían de ejemplos concretos y reales, no meramente teóricos. Al mismo tiempo, las naciones indígenas continuaron perdiendo derechos, no solo a sus tierras sino a sus costumbres bajo la expansión violenta del hombre blanco que legisló e impuso una política de “christianize and civilize” (cristianiza y civiliza) a las naciones llamadas salvajes.
Fletcher continuó:
―Cada vez que les explicaba nuestras leyes a las mujeres indias, recibía siempre la misma respuesta: ‘Como mujer india, yo era libre. Era dueña de mi casa, de mi persona, del trabajo de mis manos, y mis hijos nunca me olvidaban. Yo vivía mejor como india que bajo la ley blanca’.[x]
En un artículo publicado por el New York Evening Post en 1875, Matilda Gage describió las reglas sociales y matrimoniales de las sociedades indígenas, las cuales se parecían, por lejos, mucho más a las actuales relaciones modernas que a las sociedades occidentales de la época: “La división del poder entre los sexos en esta república india es prácticamente igualitaria… Si por cualquier razón el marido y la mujer iroqueses se separan, la mujer se llevaba consigo todos los bienes que había traído al wigwam. Los hijos también acompañaban a la madre, cuyo derecho sobre ellos es reconocido como algo indiscutible”.[xi]
Un par de décadas más tarde, las feministas desafiaron insultos y calumnias adoptando la bicicleta como forma de independencia. La sufragista Elizabeth Cady Stanton, escribió que la bicicleta “La bicicleta inspirará a las mujeres más coraje, respeto por sí mismas y confianza en sí mismas…” Su amiga y también líder por el derecho al voto de las mujeres, Susan Anthony, dijo: “Me pongo de pie y me regocijo cada vez que veo a una mujer pasar sobre una rueda… la imagen de la feminidad libre y sin restricciones”.[xii]
Como anotábamos antes, no faltaron las referencias directas al ejemplo nativo como modelo político ni las frustraciones por el secuestro de la causa feminista. Fue el caso de Matilda Joslyn Gage, una de las activistas más notables por los derechos de las mujeres y el sufragio universal. Gage fue encarcelada por apoyar el movimiento abolicionista y por asistir a esclavos fugitivos, algo ilegal según la Ley de Esclavos Fugitivos de 1850. Luego de un período de luchas feministas, Matilda Gage renunció a liderar el National Woman Suffrage Association debido a la trasformación conservadora de esta asociación.
En su voluminoso y admirable libro de 1893, La mujer, la iglesia y el Estado, Gage describió la desaparición del matriarcado debido al cristianismo, lo cual le valió enemigas incluso dentro de su grupo sufragista.[xiii] El libro fue prohibido en 1913 por blasfemo. Es decir, aparte de su exclusión de la política por ser mujer, fue castigada con otras dos violaciones a la ley nativa: la defensa del Estado a la esclavitud y su censura a un individuo por sus ideas.
Matilda Gage escribió en detalle y con un conocimiento enciclopédico sobre la Confederación iroquesa, entre otros sistemas matriarcales. Según Gage, “nunca la justicia fue más perfecta; nunca la civilización fue más elevada”. En su capítulo sobre el matriarcado, escribió: “En los Archivos Estatales de Albany, Nueva York, se conservan tratados firmados por los ‘Sachems y Mujeres Principales de las Seis Naciones’. Las mujeres también poseían el poder de veto en cuestiones de guerra. Sir William Johnston menciona un caso en el que mujeres mohawk prohibieron a los jóvenes guerreros emprender el camino de la guerra. Las relaciones familiares entre los iroqueses demostraban la superioridad del poder de la mujer. […] Si, por cualquier motivo, el esposo y la esposa iroqueses se separaban, la mujer se llevaba consigo todas las propiedades que había aportado al wigwam; los hijos también acompañaban a la madre, cuyo derecho sobre ellos era reconocido como supremo. Tan plenamente se computa hasta el día de hoy la descendencia a través de la madre, que los niños de ojos azules y cabello rubio, hijos de padres blancos, son contados como miembros de la tribu”. [xiv] Recordemos que, en Estados Unidos, los hijos de esclavistas blancos con esclavas negras o mulatas eran considerados esclavos, no pertenecientes a la familia. Incluso hoy, como es el caso del expresidente Obama, son considerados negros, aunque tengan cuatro veces más genes de Europa que de África.
La violencia que surge de la invención de la propiedad privada también fue precedida por un patriarcado radicalizado. La profesora Sally Roesch Wagner, directora de la Fundación Matilda Joslyn Gage y del Centro para el Diálogo por la Justicia Social de Nueva York, lo resumió de la siguiente forma: “Según la mayoría de los relatos, las violaciones y otros actos de violencia contra las mujeres eran poco frecuentes en las sociedades indígenas antes del contacto europeo. Cuando ocurrían, se castigaban con dureza. Las mujeres blancas que pasaban tiempo en las reservas de los nativos americanos comentaban habitualmente el grado de seguridad que sentían y la libertad de moverse a su propia voluntad y discreción. Un cartero de finales del siglo XIX le dijo a un periodista del New York Herald que visitaba la Nación Seneca: ‘Una mujer blanca puede andar sola entre ellos o por los caminos más desolados con total seguridad. Prefiero que mi esposa o mi hija anden solas de noche en esta reserva que en el pueblo en el que vivo’. Una maestra de escuela dijo lo mismo: ‘Allí es el único lugar en el que he enseñado y en el que nunca me han insultado… He oído lo mismo de todas las maestras que conozco en la reserva’”. [xv], [xvi]
Exactamente lo mismo que yo solía escuchar de las mujeres blancas viviendo en Mozambique, en 1997.
Capítulo del libro Tawíscara. El secuestro de la democracia (2026)
Notas:
[1] Uno de estos ejemplos de quiebre cósmico es el mismo mito del dios de la guerra, Huitzilopochtli, nacido de la diosa de la fertilidad o Madre Tierra, Coatlicue, la que vestía una falda de serpientes y fue embarazada por una bola de plumas caída del cielo para disgusto de sus hijas mujeres que quisieron matarlo para ocultar la infidelidad de su madre con el dios Sol (cielo). La diosa o semidiosa Coatlicue moraba en el Monte de las Serpientes y tuvo un hijo Colibrí (ave, cielo).
[2] Ver Luis Vitale, La mitad invisible de la historia. El protagonismo social de la mujer iberoamericana. Buenos Aires: Sudamericana-Planeta, 1987 y Manuel Burga, Nacimiento de una utopía. Muerte y resurrección de los incas. Lima: Instituto de apoyo agrario, 1988.
[i] The Routledge History of Latin American Culture. United Kingdom, Taylor & Francis, 2017.
[ii] Owen, James. “Tomb of Maya Queen Found. ‘Lady Snake Lord’ Ruled Centipede Kingdom.” National Geographic, 4 Oct. 2012.
[iii] The Jesuit Relations and Allied Documents: Travels and Explorations of the Jesuit Missionaries in New France, 1610-1791; the Original French, Latin, and Italian Texts, with English Translations and Notes. United States, Burrows Bros. Company, 1898.
[iv] Paul Le Jeune. The Jesuit Relations and Allied Documents: Travels and Explorations of the Jesuit Missionaries in New France, 1610-1791; the Original French, Latin, and Italian Texts, with English Translations and Notes. United States, Burrows Bros. Company, 1898, p. 181.
[v] Jesús, Santa Teresa de. Obras de Santa Teresa de Jesús. [1573] Barcelona: Juan Olivares, 1847, pp. 45-47, 239.
[vi] Graeber, David y Wengrow, David. The Dawn of Everything: A New History of Humanity. United States, Farrar, Straus and Giroux, 2021, p. 44.
[vii] Majfud, Jorge. “El Insospechado Universo de Amerindia (I).” América Latina en Movimiento, 13 de mayo de 2010, www.alainet.org/es/active/38159.
[viii] Majfud, Jorge. “The Imperfect Sex: Why Is Sor Juana Not a Saint? [El sexo imperfecto. ¿Por qué Sor Juana no es Santa?]. Monthly Review Online, 25 de febrero de 2007, mronline.org/2007/02/25/majfud250207-html/
[ix] Aliano, Kelly. “Declaration of Rights and Sentiments.” Women & the American Story, 4 de abril de 2023, wams.nyhistory.org/expansions-and-inequalities/politics-and-society/declaration-of-rights-and-sentiments/.
[x] “How Native American Women Inspired the Women’s Rights Movement (U.S. National Park Service).” Nps.gov, 2020, www.nps.gov/articles/000/how-native-american-women-inspired-the-women-s-rights-movement.htm.
[xi] Wolfe, James, and Moehn, Heather. Understanding the Iroquois Constitution. United States, Enslow Publishing, 2015, p. 81.
[xii] “Pedaling the Path to Freedom.” National Women’s History Museum, 27 June 2017.
[xiii] Gage, Matilda Joslyn. Woman, Church and State: A Historical Account of the Status of Woman Through the Christian Ages: with Reminiscences of Matriarchate. United States, C.H. Kerr, 1893, pp. 11-28.
[xiv] Gage, Matilda Joslyn. Woman, Church and State: A Historical Account of the Status of Woman Through the Christian Ages: with Reminiscences of Matriarchate. United States, C.H. Kerr, 1893, pp. 11-28.
[xv] “How Native American Women Inspired the Women’s Rights Movement (U.S. National Park Service).” Nps.gov, 2020.
[xvi] Roesch Wagner, Sally. We Want Equal Rights: How Suffragists Were Influenced by Haudenosaunee Women. United States, 7th Generation, 2020.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


