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Los hombres huecos

Fuentes: El Norte de Castilla

«Me gustaría mucho hacer una excursión con un grupo de absolutamente nadie. Naturalmente, a la montaña; ¿adónde si no? ¡Cómo se apiñan esos brazos extendidos y entrelazados, todos esos pies con sus innúmeros pasitos! Por supuesto, todos están vestidos de etiqueta» -así empieza «La excursión a la montaña», el brevísimo texto de Kafka. Pensé en […]

«Me gustaría mucho hacer una excursión con un grupo de absolutamente nadie. Naturalmente, a la montaña; ¿adónde si no? ¡Cómo se apiñan esos brazos extendidos y entrelazados, todos esos pies con sus innúmeros pasitos! Por supuesto, todos están vestidos de etiqueta» -así empieza «La excursión a la montaña», el brevísimo texto de Kafka. Pensé en evocar algunas de estas excursiones contadas por escritores mientras leía En presencia de la ausencia, la autobiografía de Mahmud Darwix: cuando, tras un largo exilio, puede visitar los lugares de su infancia y juventud y, al irse acercando a ellos, repite para sí: «¿Por qué bajé del Monte Carmelo?», referencia literal a este monte, situado junto a Haifa, en la costa de Palestina, donde nació. Me preguntaba por el destino simbólico de las cosas -aquí, las montañas-, por su uso como términos de un vocabulario metafísico. Si los griegos compensaban la alta dignidad del Olimpo con la condena de Prometeo en el Cáucaso, la tradición judía tomó los montes como lugar de revelación divina y trasfiguración humana a su luz (Nebo, Tabor…).

Petrarca inicia esta línea narrativa moderna con su ascenso al Mont Ventoux en la primavera de 1336, que reconstruye en una epístola tardía; apenas cuenta nada del pelado monte provenzal, la cabeza del montañero se ocupa en sus meditaciones, encuentra en la excursión cauce adecuado para repasar la vida y hacer balance, convirtiendo la subida en proceso alegórico y moral que habla de la superación del pecado (y la torpeza de Petrarca para trepar o su retraso respecto a los acompañantes ya no serían datos realistas) y el perfeccionamiento espiritual. Solo dedica un momento a elogiar el maravilloso panorama que se divisa desde arriba.

Pensé como contrapartida en La doctrina del Sainte-Victoire, de Peter Handke, que recordaba dentro de un proyecto para salvar las cosas. Tras la estancia del geólogo Sorger en la Alaska de Lento regreso, Handke -ya sin interponer nombre de personaje- decide subir a esta otra montaña provenzal, la tantas veces pintada por Cézanne, buscando la huella del pintor a la vez que respuestas a su pregunta sobre la realidad; la Ética de Spinoza, llamado aquí «el Filósofo», es el libro de cabecera. Pero, releído a la luz de Petrarca, el relato de Handke se suma al mismo género de excursión metafísica; buena prueba es la dificultad del narrador para atender a su propio ascenso: preparativos, reflexiones paralelas van llenando las páginas; luego por fin emprende la excursión por tres veces: la primera, contornea la base del pequeño macizo; la segunda y la tercera, alcanza la cresta por distintas rutas; pero en ninguno de los tres casos hay descripción, encuentro con la materia de esa montaña tan conocida como imagen. Incluso él se reprocha: «No estés pensando siempre en comparaciones con el cielo cuando se trata de la belleza: mira la tierra. Habla de la tierra, o simplemente de las manchas de tierra que hay aquí. ‘Nómbrala’ con sus colores». En medio de la naturaleza, parece acelerarse la meditación sobre las contradicciones del yo, orientándose todo como búsqueda de un sentido, una esencia que de las cosas se transfiera a lo humano, se transponga en términos de su lengua, elementos de su repertorio ideológico. Handke es ciertamente un escritor con ojos, y el conflicto que le crea esta posesión de la mirada por lo metafísico queda al fin indeciso. Por un lado, el gozo de la subida a la montaña es de signo filosófico: «Y vi que se abría el Reino de las Palabras, con el ‘Gran Espíritu de las Formas’; con el velo de lo oculto; con el intermedio de la invulnerabilidad; para ‘la prosecución indeterminada de la existencia’, como definió el Filósofo la duración». Por otro, tras esta artillería pesada de proyectiles abstractos, el personaje abandona Provenza, aparece en Salzburgo, vuelto por fin a casa (lento regreso), pasea por el bosque que trepa las colinas de las afueras, y el libro concluye con una larga descripción, cuajada de detalles y matices, ajena a transferencias de sentido, calladas ya la analogía y su compañera, la moral.

Este final abierto me llevó a El Monte Análogo, la «novela de aventuras alpinas no euclidianas y simbólicamente auténticas», que dejó inacabada al morir, en 1944, René Daumal. Se trataba de encontrar «la montaña simbólica por excelencia» y su autor -alma del grupo surrealista disidente de la revista Le Grand Jeu– solo tuvo tiempo de contar la indagación, científica y esotérica, para situar en el mapa el pico desconocido; la formación del grupo expedicionario; la llegada a la isla donde se levanta el monte, y apenas el comienzo del camino, el encuentro con los habitantes, extraña sociedad entre utópica y borgiana. Si el relato, fresco y sugerente, extrema el papel espiritual de las altas cumbres, su negativo está en las páginas que dedica a la leyenda de «los hombres huecos». En coincidencia con Eliot -«somos los hombres huecos / somos hombres de trapo / unos en otros apoyados / con cabezas de paja»- compone una intensa figura: «Los hombres huecos viven en la piedra, se pasean por ella como cavernas móviles. Se pasean sobre el hielo como burbujas de forma humana. El vacío es su único alimento, comen la forma de los cadáveres y se embriagan de palabras huecas». Es un mito de la montaña, dice Daumal. Y antes el narrador había explicado el miedo «a la muerte que experimento a cada instante, a la muerte de esa voz que también a mí desde el fondo de mi infancia me pregunta ‘¿Qué soy?’ Cuando esa voz calla, me convierto en un armazón hueco, un cadáver que se agita». Es la angustia de la identidad: vacío y muerte, fantasía de hombres huecos. La montaña -abierta a la trascendencia celeste- ofrecería acceso al sentido, redención para esa amenaza de oquedad.

Pero suena la canción de Kafka. Su alegre escena fantasmal parodia este conflicto y el empeño que genera; se ríe, hace un gesto de extrañeza, celebra, siempre con lucidez sin semejanza: «Vamos tan contentos; el viento se cuela por los intersticios del grupo y de nuestros cuerpos. En la montaña nuestras gargantas se sienten libres. Es asombroso que no cantemos».

 

Lecturas.-

Franz Kafka, «La excursión a la montaña», en: La condena. Traducción de J.R.Wilcok. Madrid, Alianza, 1986.

Mahmud Darwix, En presencia de la ausencia. Traducción de Luz Gómez García. Valencia, Pre-Textos, 2011.

Francesco Petrarca, Subida al Monte Ventoso. Traducción de Plácido de Prada. Palma de Mallorca, Olañeta, 2011.

Peter Handke, La doctrina del Sainte-Victoire. Traducción de Eustaquio Barjau. Madrid, Alianza, 1985.

Lento regreso. Traducción de Eustaquio Barjau. Madrid, Alianza, 1985.

René Daumal, El monte Análogo. Traducción de María Teresa Gallego. Girona, Atalanta, 2006.

T.S.Eliot, «Los hombres huecos», traducción de Jordi Doce, en: La tierra baldía, Cuatro cuartetos y otros poemas. Edición de Juan Malpartida y Jordi Doce. Barcelona, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2001.

 

Fuente: Este texto ha sido publicado en «La sombra del ciprés», suplemento del diario El Norte de Castilla.