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«Maestra, yo no soy racista, pero…»

Fuentes: La Marea

Ana Fernández explica, a partir de su experiencia como profesora en un instituto de Sevilla, cómo se está produciendo el proceso de polarización y derechización entre los jóvenes estudiantes.

No es ningún espóiler contar a estas alturas que Vecna, el malo de Strangers Things, intenta penetrar en las mentes de los niños al creer que son más débiles, y que podrá, de ese modo, ejecutar su plan de fusionar el mundo real con el abismo. Eso hace especialmente con el pequeño Will (Noah Schnapp), a quien su madre, extraordinariamente interpretada por Winona Ryder, no sabe cómo rescatar del mundo del revés. Siguiendo con el género de terror, eso hace también el payaso Pennywise con los niños y sus traumas en It. Y eso es lo que, en el fondo, hace en la realidad la ultraderecha: inocular sus discursos de odio a los más jóvenes, a los adolescentes, aprovechando la vulnerabilidad de un grupo que, como analiza la profesora Ana Fernández, está buscando su lugar en este mundo del derecho, y cada vez más derechas. 

«La adolescencia es una etapa de búsqueda de la identidad, de la pertenencia a un grupo, una edad de ‘soy rebelde porque el mundo me ha hecho así’, en la que cuentan con muy poco contexto histórico, no saben situar de dónde venimos y tienen la sensación de que no van a tener futuro. La ultraderecha saca partido a esto, juega a la desconfianza en la política en general y por eso los chavales se creen todo lo que dice un influencer en Tik Tok, que se presenta no como un político, sino como una persona normal, un tío guay que tiene un canal», explica.

Fernández es vicedirectora y docente del área de inglés en el IES Jacarandá, en Brenes, un pueblo de Sevilla de unos 13.000 habitantes con un alto porcentaje de población dedicada al campo y con un elevado número de inmigrantes. Su experiencia en este instituto, el único centro de secundaria obligatoria y postobligatoria en la localidad, confirma que la polarización que se vive en España se refleja, cual mundo del revés, en las aulas a diario: «Nos encontramos con el rechazo de mucho alumnado cuando proponemos talleres, actividades, cuando hablamos de feminismo –“ya está otra vez la pesada esta con el rollo”– o de medio ambienteY escuchamos eso de que con Franco se vivía mejor, que es ya un mantra para ellos», prosigue. 

Herramientas éticas y democráticas

El Jacarandá, con un claustro de casi 100 profesores, es un centro muy implicado socialmente, muy activo, que intenta, más allá del contenido curricular, dotar al alumnado de herramientas éticas y democráticas para la vida. Ana pasa largos minutos de la charla citando todos los proyectos en los que está embarcado, desde los que dicta la administración hasta los que organiza el propio instituto. No es extraño oír todo eso desde la calle Diamantino García, el cura obrero, símbolo de la lucha jornalera en Andalucía. Profesora combativa, sindicalista de USTEA, dice también Ana que cuando llegó aquí, hace ya siete años, supo que era su lugar: «No sabría trabajar en otro centro».

La profesora Ana Fernández. cedida por la entrevistada
La profesora Ana Fernández. Cedida por la entrevistada

Las cosas han cambiado desde entonces. Y, desde su punto de vista, hay varios factores que han influido en la derechización de la sociedad y de la juventud en particular: por un lado, las redes sociales y la consecuente expansión de los bulos de la mano de pseudoperiodistas; y, por otro, y asociado a lo anterior, el consumo rápido de información –o desinformación–, que no les permite pensar. «De ese modo –analiza Fernández–, la ultraderecha les mete la información errónea, es la línea de actuación por la que está entrando en este grupo que, como decíamos, es fácil de convencer. Disfrazan sus mensajes con humor, con memes, con estrategias que casan con su perfil adolescente, ridiculizan el feminismo, el cambio climático… Simplifican problemas complejos y ofrecen culpables, que es todo lo que viene de fuera. ¿Y qué hacen los jóvenes? Pues pensar que les toca ser jóvenes, ser rebeldes y esa rebeldía ahora se manifiesta yendo en contra de los derechos humanos». Hasta tal punto, asegura esta profesora, que el discurso de odio se normaliza: «Y te dicen: ‘Maestra, yo no soy racista, pero…’. Ya no es que no te dé vergüenza decir que eres racista, es que hay orgullo al decirlo». 

En este contexto, Fernández menciona otro factor importante: el profesorado. «Hay docentes que optan por no participar en determinadas iniciativas, como las actividades del 25-N o la defensa de los derechos LGTBIQ+ por motivos personales». Ella enmarca esta situación en un contexto más amplio en el que la defensa de los derechos humanos tiende a abordarse «desde posiciones diversas, tanto en el ámbito educativo como institucional».

Desmontar las mentiras

En el aula, mientras tanto, «hay que explicar conceptos básicos, como que el feminismo no es igual que el machismo, qué significa una dictadura, qué pasó realmente con Franco… Porque se les desdibuja dónde está el límite entre lo aceptable y lo que no se puede aceptar, se blanquean discursos extremistas y se les inculca la idea de que no se puede hablar, que esto es una dictadura. Muchos alumnos, además, creen que las mujeres tenemos más derechos que ellos». Según el informe Juventud en España 2024, publicado por el Ministerio de Juventud e Infancia el pasado verano, el 23% de los chicos considera que la violencia de género es un invento ideológico. La cifra es casi el doble que en 2019 y, además, aumenta del 6% al 13% en el caso de las chicas.

¿Cómo se combate todo esto? La docente del IES Jacarandá explica actuaciones que parten de una base: desmontar las mentiras. «Tratamos de echar abajo las fake news, los bulos, todos los engaños generados con la IA», insiste Fernández, que destaca unas jornadas de orientación profesional y académica: «Porque ahora quieren ser influencers o futbolistas, llevar un Jaguar, zapatillas Dior. Y cuando les dices ‘bueno, no está mal, pero hay que estudiar’, ellos te responden: ‘Pero, ¿para qué, maestra? Si el tipo que sigo ¡no ha terminado la ESO y factura millones y no tiene que pagar impuestos, maestra!’».

No obstante, lo más importante, aclara la docente, es crear espacios de diálogo, donde se puedan expresar sin ser ridiculizados ni atacados, que sientan que los proyectos son suyos: «Hay que tener mucha calma, yo he aprendido a escuchar barbaridades, que debes desmontar después con tono conciliador». El lenguaje es clave. «La semana próxima iremos a un curso a Ámsterdam sobre la potenciación y la reivindicación del lenguaje democrático», explica. En el instituto también están preparando estos días unas jornadas filosóficas, en las que se plantean varios temas controvertidos para poder argumentar y reflexionar: «Lo preparan mis compañeros Mariló y Luis, dos cracks, y se pretende generar el pensamiento crítico. ¿Es lo mismo opinar que desinformar? ¿Somos libres o vamos detrás de un algoritmo? ¿Es responsable compartir bulos?».

Ahora sí va espóiler. Diez años después de los primeros tintineos de luces en la casa de Winona Ryder, su hijo Will consigue dominar a Vecna con algo muy sencillo y muy complicado a la vez: la superación de su propio miedo, en este caso, el miedo al rechazo por ser homosexual. Solo cuando Will se arma de valor y comprueba que es libre siendo él mismo y que sus amigos lo quieren de la misma manera; solo cuando los niños de It se liberan de sus traumas ya mayores, el monstruo, el payaso, el mal, se esfuma. «Estamos en eso, en acabar con los miedos, el miedo que da ver este ambiente de odio, y tirar para adelante», concluye la profesora.   

Este artículo forma parte del dossier ‘Obreros de ultraderecha’. Puedes conseguir la revista y suscribirte en el kiosco de ‘La Marea’.

Fuente: https://www.lamarea.com/2026/02/10/maestra-yo-no-soy-racista-pero/