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Entrevista José Alejandro Esteve Santos, líder universitario y activista político de la izquierda crítica cubana

«Nuestra lucha debe aspirar a la razón y a la utilidad de la virtud»

Fuentes: Sin Permiso

José Alejandro Esteve Santos es una de las voces jóvenes del espectro de izquierdas en Cuba, afiliado al marxismo crítico y militante por el socialismo democrático. En la presente entrevista establece un intercambio teórico-político con Alexander Hall Lujardo sobre la crisis sistémica en la Isla.

A su vez, reflexiona sobre las posibles salidas revolucionario-democráticas ante el actual contexto predominante de autoritarismo, profundización de las desigualdades y pobreza económica generalizada; luego de años de implementación de un modelo contradictorio, que ha suscitado grandes debates en la academia y la teoría social.

¿Cómo valoras el actual escenario político y cuáles consideras han sido las razones fundamentales que ocasionan la permanente crisis económica en Cuba?

La crisis que atraviesa Cuba es sistémica y multicausal, negarlo o reducir su dimensión en el seno de los debates socio-analíticos resulta una postura hemipléjica. Precisamente esta ha sido la proyección discursiva adoptada por los principales actores empoderados en el ecosistema político cubano.

Existen disímiles factores que inciden en este devenir histórico, pero se pueden identificar fundamentalmente a tres que atraviesan los siglos XX y XXI cubanos, a saber: la injerencia de las administraciones estadounidenses en los asuntos internos de la Isla, la ineficiente gestión de la clase dirigente que ha estado en el poder y el camaleónico contexto foráneo en el que se insertan las dinámicas nacionales.

Para transformar una realidad hay que tener una visión holística de los procesos que la modulan. Un razonamiento que parece ignorarse tanto por el actual Gobierno como por sus detractores principales. De un lado, el Partido Comunista de Cuba responsabiliza totalmente a la Casa Blanca y a los opositores de agudizar la precariedad extrema que suscitan las limitaciones económicas. Por otro lado, estos últimos alineados al lobby cubanoamericano, hacen lo mismo al señalar como único responsable al Gobierno con su errático e improvisado manejo administrativo del país.

Al tiempo que ambos justifican su implicación en la generación de la crisis, faltan a la objetividad y demuestran las distancias irresponsables que tienen con el pueblo que sufre. Su pugna los conduce a enfocarse en una guerra tan altisonante como fratricida, que nada resuelve y mucho nos agota. Es decir, dichos extremos colisionan sin producir soluciones concretas a favor de un nuevo pacto social democrático, que ofrezca estabilidad política y bienestar económico, lo que es suficiente evidencia de su incapacidad para mostrar una salida viable al trance nacional.

La convergencia de estos problemas y otros tantos, cristaliza un conflicto sin resolución aparente. Su profundidad supone una insoportable carga para las miles de personas que estamos en medio de la disputa. El inmovilismo resulta un negocio conveniente para las dos orillas. Quienes se mojan entre esas aguas, no les interesa promover cambios sustanciales.

El aumento de la pobreza, la desigualdad, la emergencia de activismos dentro de una sociedad cada vez más plural, el extremismo de algunas propuestas con su efecto polarizante; sin obviar la pérdida de hegemonía y credibilidad del Gobierno para asumir esta crisis, dan cuenta del agotamiento del modelo. Nos encontramos indudablemente en un conflicto sin precedentes en la historia posterior a 1959, donde se están cuestionando decisivamente los presupuestos ideológicos y simbólicos que imperan. Esta situación entre monstruos que se niegan a morir, sumado a un horizonte que no se acaba de vislumbrar, producen una peligrosa bomba de tiempo que puede llevarnos a un escenario de confrontación violenta.

¿Qué reflexiones realizas sobre la implementación de los denominados modelos de «socialismo real o histórico» en el pasado siglo XX y cómo valoras la herencia estalinista de esos regímenes?

El secuestro del espacio revolucionario a manos del estalinismo, produjo una deriva autoritaria en gran parte de los procesos de liberación que se originaron en países de América Latina, África, Asia y Europa del Este. La entronización y exportación programática de este sistema de pensamiento, deformó las aspiraciones que habían impulsado los movimientos obreros, campesinos y estudiantiles con sus luchas.

La consolidación de las fuerzas autoritarias con sus variantes en cada uno de estos países; incluida Cuba, logró en corto tiempo plegar bajo su dominio a todos los sectores sociales y populares, convertidos en organismos paraestatales; que al efecto funcionaron, como departamentos de los comités centrales partidistas.  Es así como la esencia revolucionaria terminó disipándose fuera de las rígidas estructuras y la disciplina militante dio paso a la desmovilización total de los movimientos que impulsaron las revoluciones.

Esta experiencia nos ofrece importantes lecturas y aprendizajes. Entre otras cosas, ratifica que la liberación es un proceso consciente de autogestión, que solo los trabajadores podrán asegurar a través de su lucha, el avance de sus intereses; que el ejercicio del poder embriaga y sostenido en el tiempo ciega hasta el más lúcido de sus líderes. Por ello, las vanguardias que se enquistan en la autoridad de mando, no tardan en traicionar el proyecto que los llevó a la cima. Por tales razones, únicamente a través de la senda democrática se pueden materializar, —sin aplastar libertades ni vulnerar derechos—, las transformaciones necesarias para alcanzar la justicia social.

Se desprenden al unísono también consecuencias negativas dadas por el incuestionable fracaso de los modelos impuestos detrás de la égida «socialista». Se asienta una confusión con los postulados del marxismo en asociación con elementos que le son ajenos; en tanto se le profieren al proyecto socialista cualidades distintivas de estos regímenes que no son tal. Como resultado, se generaliza el descrédito, el rechazo a la izquierda y el corrimiento hacia su extremo opuesto por considerables sectores sociales. En definitiva, en los «socialismos realmente existentes», no se observó una transición paulatina a la disolución del Estado [como auguraba la teoría marxista ortodoxa]; en su lugar se transitó hacia el fortalecimiento de su componente oligárquico, opresor y autoritario. La propiedad se concentró en un solo dueño, que convirtió en nueva clase política a su beneficiario directo y férreo administrador: la burocracia partidista-gubernamental.

Los dirigentes veteranizados en el ejercicio del mando levantaron las banderas del socialismo, mientras traicionaban sus postulados más elementales. Para asegurar su posición silenciaron efectivamente cualquier vía que pudiera ser foco de disenso. El acoso, persecución y asesinato público a las voces críticas están ampliamente documentadas por la historiografía. Al mismo tiempo, lograron concebir con la complicidad internacional junto a la aplicación de vergonzosos métodos goebbelianos de manipulación masiva, una maquinaria para moler cualquier iniciativa autónoma que desafiara sus edictos.

Hemos llegado a un estado tal de obliteración ideológica que se han reducido a cero las posibilidades para que los de abajo por sus propios medios hagan valer sus intereses. Un país que vio a un pueblo levantarse varias veces contra la opresión de las potencias extranjeras, las dictaduras internas y las oligarquías locales, quedó enfermizamente afectada por el Síndrome de Procusto estructural.

¿Por qué es importante la promoción de una alternativa socialista democrática y cómo lograr que ese mensaje llegue a los jóvenes ilusionados con los valores de la modernidad/capitalista/occidental frente a los desafíos globales?

El retroceso de los valores humanistas guarda relación con la expansión de la insensibilidad, la indiferencia y la naturalización de las desigualdades sociales. La desvalorización del mundo humano —nos decía el propio Marx—, crece en razón directa con la valorización del mundo de las cosas.[1] Vemos por esto que en nuestro país mientras se profundiza la miseria, se alude a discursos de dignidad falsos y se avanza hacia el enriquecimiento individual, mientras los ánimos se orientan progresivamente a la mercantilización de la vida.

Si un proyecto quiere ser alternativa ante dicha realidad contextual, debe romper con el fetichismo al capital; ergo, a la materialidad de las cosas, sin dejar a un lado las necesidades humanas. Pues, no se puede creer que ser dignos es hacernos el harakiri de la resistencia anticolonial, en tanto se omiten los platos vacíos y los pies descalzos. La dignidad humana se alcanza con la satisfacción de las necesidades materiales. Por tanto, necesitamos una propuesta dirigida hacia la dignificación de la existencia. Una iniciativa que se plantee el horizonte socialista democrático requiere ubicar dicho propósito como objetivo principal. Algo así debe tributar positivamente a la justicia, pues tampoco se puede aspirar al monopolio representativo porque toda la diversidad de un pueblo no cabe en un solo prisma político.

Ahora bien, para conciliar a la gente con ese ideal resulta urgente renunciar a los enfoques aleccionadores, los esquemas desfasados, las teorizaciones innecesarias y las alusiones a pasados lejanos. La reformulación de paradigmas, así como la adopción de códigos comunicacionales que se parezcan más a nuestro tiempo. En la medida en que se extienda una filosofía de la protesta marxista, los estudiantes y trabajadores encontrarán sus naturales espacios de representación para defenderse en el campo movilizativo. Esto llevará tiempo, puesto que la libertad es algo que se aprende practicándola.

Una plataforma que busque representar el interés ciudadano tiene que ser espacio de amplificación. Un programa de corte socialista no requiere tildarse así para serlo, pues la meta definitiva no solo reclama de sustantividad sino de herramientas tácticas, enfoques y métodos; en definitiva, praxis edificante. Entonces, la mejor tarea que se puede realizar en ese camino es la demostración, puesto que lo efectivo no precisa de tanto escarceo o tribuna. Para lograr ser una alternativa viable, no es posible quedarse en el discurso.

¿Qué significado tiene en el actual contexto cubano, ser un joven universitario de proyección socialista y/o de izquierda crítica frente a las políticas autoritarias del Gobierno?

En un país en crisis donde los que dirigen explotan sin pudor alguno la semántica del progreso, pensar desde la izquierda te hace enfrentar en cada paso el cuestionamiento, la censura de los que te rodean y no comprenden la complejidad de la política. Hay mucho desconocimiento, saberes deformados, extremismos y poca aceptación de lo diverso. El grueso de la gente que reside en Cuba, así como de la que convive afuera, por lo general carecen de una cultura política formativa.

La polarización que vivimos, agudizada en la última década, hizo que nos cueste movernos fuera de las dicotomías binarias: o eres de derecha/opositor o eres de izquierda; por ende, estás con el Gobierno. No es difícil luego ver por dónde van los tiros. Tantos años de absolutismo doctrinal no pueden simplemente esfumarse por un decreto o vacilación cínica desde arriba. Uno pudiera pensar entonces que se poseen simplemente algunas diferencias conceptuales con el poder, pero no es así. El análisis anodino que caracteriza al gobierno cubano como «progresista» o «de izquierda», quedó enlodado en la «Guerra Fría».

La estructura del poder en Cuba es elitista, oligárquica y conservadora, si bien no de derechas propiamente, sí conviven en su arquetipo elementos que gravitan hacia ese lado. Su esencia nacionalista le confiere algunos remanentes que se entremezclan con la herencia revolucionaria del pasado. A tenor con ello, deviene en abigarrado mosaico que le permite validarse ante la izquierda internacional.

¿Cómo puede ser de izquierda un Gobierno tan desconectado de la realidad y de sus bases sociales? ¿Cómo puede ser de izquierda un Gobierno que califica de amigos y aliados a regímenes autoritarios? ¿Cómo puede ser de izquierda un Gobierno que niega resortes democráticos o qué negocia de manera discrecional las riquezas del país con el capital foráneo? ¿Cómo puede ser de izquierda un Gobierno cuando una parte no despreciable de sus principales funcionarios viven como capitalistas empedernidos? ¿Acaso es de izquierda asumirnos como sujetos pasivos ante los acontecimientos que afectan a nuestra gente? No, mil veces no. La genealogía de las fuerzas que buscan el progreso es nítida, basta con interesarse en conocerlas y ser consecuentes con su desempeño histórico.

¿Qué puede ser más demostrativo para nuestra suerte que la exclusión política-institucional, hostigamiento público y difamación mediática contra reconocidos intelectuales?, entre los que resaltan los casos de Julio César Guanche, Alina Bárbara López Hernández, Julio Antonio Fernández Estrada, René Fidel González García, Mario Juan Valdés Navia, Ivette García González, Gustavo Arcos Fernández-Britto y Jorge Fernández Era, por colocar algunos ejemplos; sin obviar las incomprensiones que recayó sobre personalidades honestas que ejercieron con rigor desde un posicionamiento crítico, sus inconformidades con el Partido/Estado, entre los que destacan Roberto Zurbano Torres, Hiram Hernández Castro y Maikel Pons Giralt. Mas adquiere vital importancia resaltar que todos son portadores de una agenda cívica en favor de las libertades, los derechos ciudadanos y la justicia social.

Entonces, ser coherentes con nuestro presente precisa de un abordaje integral; es decir, abogamos por la mayor libertad posible, así como por el bienestar económico y social. A su vez, condenamos las botas que nos machucan, así provengan de Estados Unidos o se disfracen de guayaberas «comunistas». Kautsky decía algo muy importante que soporta este planteo dado el prejuicio existente: «no podemos librar batallas económicas sin derechos políticos ni la apropiación de los medios sin poder político».[2] Esa es una verdad que nos mueve y que no soportan los oportunistas que pretenden silenciarnos.

¿Qué referentes teóricos te han permitido consolidar la actual militancia política?

El ideal socialista tiene ciertas lecturas que forman parte de su tradición. Julio Antonio Mella brinda una aportación consecuente con la actitud hereje y contestataria que debe primar en el sujeto activo que nos hace falta para tomar las riendas de la República desde un anticapitalismo radical. En él habitan dos sentimientos hermosos, el amor por la libertad y la fraternidad que lo hizo abrazar el comunismo como utopía realizable.

En Rosa Luxemburgo encontramos la base democrática y el verbo radical que cortaba con cuanto era lesivo al propósito de la justicia. A José Martí hay que leerlo para aprender del hábil estratega político y del romántico que se enamoró de su Patria. Con León Trotsky, Erik Olin Wright y Tony Cliff se puede llegar a entender la verdadera naturaleza de los regímenes totalitarios de extrema izquierda; mientras que Erich Fromm, Walter Benjamin y Herbert Marcuse nos descubren al Marx amante del individuo libre como ser humano.

Se puede bregar en un mar amplio donde encallan análisis muy valiosos de Vladimir Ilich Lenin, Karl Kautsky, Otto Bauer, Karl Liebknecht, Georg Lukács, Alexandra Kollontai, José Carlos Mariátegui, Clara Zetkin, Antonio Gramsci, José Ingenieros, Antonio Guiteras, Hannah Arendt, Gregorio Marañón, André Günder Frank, Louis Althusser, Michael Foucault, Ernesto Laclau, Néstor García Canclini, entre otros. De cada lectura uno se va apropiando de lo que cree justo, pero bajo ninguna forma podemos hacer de ellos una verdad absoluta, puesto que las ideas responden a sus circunstancias. Para ser responsables hay que destilar estos conocimientos, porque nuestra lucha debe aspirar a la razón y a la utilidad de la virtud, dentro de cada contexto socio-geográfico-temporal.

¿Cuáles consideras deberían ser las prioridades para consolidar una alternativa socialista democrática que materialice los ideales de equidad, justicia social, empoderamiento ciudadano y prosperidad económica en Cuba, apartada de la praxis autoritaria/estalinista?

Generar una alternativa de este tipo no será una tarea fácil porque encontrar consensos dentro de la izquierda lleva mucha discusión y concreción de acuerdos. Hay que comenzar a sumar sobre un mínimo de principios claros para no dar cabida a los acostumbrados sectarismos. Estos pueden ser: el rechazo a cualquier fuerza que sea lesiva a la integridad del pueblo cubano desde el antiimperialismo; es decir, ni Washington ni Moscú; así como el respeto a las libertades cívico-políticas, la defensa de los derechos humanos y la aspiración a una sociedad con justicia social junto al necesario bienestar económico.

En sintonía con esta perspectiva sin obviar las limitaciones jurídicas de asociación, tenemos que trabajar en la construcción de una plataforma para concertar nuestras visiones, causas y esfuerzos. Es necesario realizar fundamentalmente una labor de diálogo mediante la educación popular/colectiva, para lo que debemos desarrollar continuamente espacios enfocados en la generación de debates, exposición de análisis y comunicación masiva de ideas anti/poscapitalistas.

Hay que lograr formarnos mediante la participación en luchas concretas que busquen el avance de las agendas antirracistas, ecologistas, feministas y de la comunidad LGBTIQ+. La experiencia enriquece la teoría. No sabremos qué hacer con la libertad de consciencia si no tenemos consciencias libres. Llegar a una situación de cambio sin programa ni rumbos posibles, puede hacernos caer en un despeñadero cíclico de caos y dejarnos a merced de otras oligarquías emergentes.

La alternativa que construya la izquierda crítica debe ser un proyecto con identidad propia, alejado tanto del bipolar propósito oficialista que busca por un lado un camino «chino-vietnamita de estado autocrático/unipartidista con economía de mercado». Mientras que por otro lado, sostiene como referente al modelo ruso de «capitalismo oligárquico trasnacional»; mientras la oposición clásica proporciona la receta estadounidense, seguida por numerosas repúblicas de Europa del Este, durante las transiciones del «socialismo real al capitalismo neoliberal».

Salirse de la lógica totalitaria que nos legaron las generaciones precedentes, conduce hacia la democratización del poder constituido en la práctica del civismo, la libertad y la ética humana. Estoy convencido de lo mucho que nos resta por aprender; pues, aunque el terreno sea todavía inmaduro para empresas de gran envergadura, nos asiste el derecho y el deber de plantar las bases para erigir un nuevo pacto democrático entre todos los cubanos. Juntémonos como le dijo Martí a su amigo José Dolores Poyo, en una carta fechada el 5 de diciembre de 1891: «… sin recelos ni exclusiones… sin olvido de lo verdadero y de lo justo… sin antipatías tenaces. Es la hora de los hornos, en que no se ha de ver más que la luz».[3]

Notas:

[1] Karl Marx: Manuscritos económico-filosóficos, Alianza Editorial, Madrid, 2013.

[2] Karl Kautsky: El camino del poder, Editorial Alejandría, Valencia, 2018, p. 3.

[3] José Martí: Obras Completas, tomo 1, «Carta a José Dolores Poyo», pp. 275-276, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, p, 275.

José Alejandro Esteve Santos. Las Tunas, 1998. Líder universitario y activista político de la izquierda crítica cubana. Milita por el socialismo democrático. Es parte de la agrupación internacional Marx21 e integra el colectivo cubano Socialistas en Lucha (SeL). Ha sido dirigente estudiantil de la FEEM y la FEU.

Fuente: https://sinpermiso.info/textos/cuba-nuestra-lucha-debe-aspirar-a-la-razon-y-a-la-utilidad-de-la-virtud-entrevista