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Pedro Salinas, la rabia del exiliado hecha sátira

Fuentes: Sin Permiso

La editorial Devenir publica dos textos inéditos del autor de la generación del 27 en los que denuncia las componendas de las democracias occidentales con Hitler y Franco. * La política de apaciguamiento con Hitler encabezada por Neville Chamberlain echó por tierra las esperanzas de los exiliados republicanos de volver a su tierra. Esa España […]

La editorial Devenir publica dos textos inéditos del autor de la generación del 27 en los que denuncia las componendas de las democracias occidentales con Hitler y Franco.

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La política de apaciguamiento con Hitler encabezada por Neville Chamberlain echó por tierra las esperanzas de los exiliados republicanos de volver a su tierra. Esa España peregrina -a la fuerza- tenía en Pedro Salinas uno de sus más eximios representantes. Desde Estados Unidos veía cómo las potencias occidentales se mostraban complacientes con el expansionismo nazi. Al poeta de la generación del 27 se lo llevaban los diablos cuando tenía noticia de esos políticos que, por un lado, se les llenaba la boca con palabras como libertad y democracia y, por otro, llegaban a pactos tan indecentes como el que dio carta de naturaleza a la ocupación de Austria por las tropas alemanas en el 38.

Lo mismo le sucedió acabada la Segunda Guerra Mundial, cuando los vencedores decidieron no complicarse la vida con Franco, asumiendo su régimen como parte del status quo internacional. En esas dos ocasiones la rabia le empujó hacia la máquina de escribir. Pero ese impulso primario supo destilarlo hasta extraer fina ironía e ingeniosa mordacidad. Los dos textos que escribió entonces, titulados A la sombra del paraguas en flor (1938) y Los cuatro grandes mayúsculos y la doncella Tibérica (1946), hasta ahora inéditos, han sido rescatados de la Biblioteca Houghton de la Universidad de Harvard (ahí se custodia el archivo del autor madrileño) por Natalia Vara y la editorial Devenir.

Dos prosas inéditas.

Entre la ironía y la sátira es el título del volumen que comprende ambos escritos. En el primero, Salinas lanza todo tipo de venablos verbales contra el primer ministro Chamberlain y la doblez de su labor diplomática. La variedad de denuestos que le procura evidencia la tremenda capacidad para el género satírico que atesoraba Salinas. En el segundo, teje una metáfora de la indolencia de las potencias occidentales frente al drama del exilio español: un harapiento personaje pide a cuatro caballeros para que salven a una dama de las vejaciones a que le somete un malvado personaje llamado Francacaseno, y a estos no se les ocurre otra cosa más perentoria que crear un comité para deliberar la cuestión.

«Es su manera de denunciar cómo los políticos responsables del destino del mundo lo único que hacían era lavarse las manos intentando no quedar mal. En lugar de actuar, miraban hacia otro lado. Pero si alguien les afeaba la conducta, podían defenderse alegando que estaban tratando el asunto, que estaban en ello», explica a elcultural.es Natalia Vara, experta en la obra en prosa de Salinas (su tesis doctoral se ocupa, de hecho, de su narrativa). Ella ha sido la que manejó los documentos en Harvard, la que los ha editado y la responsable del prólogo en el que cifra la importancia de ambos textos (también prologó recientemente Defensa del estudiante y la universidad, una conferencia del poeta madrileño publicada por Renacimiento). «Son un valioso testimonio de la desilusión de los exiliados españoles y completa la visión que tenemos de la obra de Salinas, porque esta faceta satírica apenas se conoce a pesar del gran talento con que la desarrolló».

Alguno podrá preguntarse por qué no fueron publicados entonces. La respuesta es sencilla. El hecho de que viviera en Estados Unidos, país que acabó apadrinando el franquismo, es clave. En una carta enviada a una amiga, Salinas cuenta la reacción de horror de una de sus compañeras del college femenino de Massachussetts donde trabajaba cuando leyó el relato de los cuatro caballeros: «¡Cómo puede escribir usted estas cosas, con lo buen hombre que parece!». Sabía que si daba a la imprenta aquellos textos su posición en aquel college y en los Estados Unidos se vería muy comprometida. Así que calló. «Pero el suceso le creó un dilema para siempre. Ya no dejó de plantearse cuál era su papel en aquel país donde no podía expresarse libremente».

Alberto Ojeda es un periodista que hace crítica cultural en el diario madrileño El Mundo.

Fuente: http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=4671