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25 poetas con la España revolucionaria en la Guerra Civil

Poesía como un arma

Fuentes: Rebelión

Poesía como un arma, Ocean Sur, 2009, Selección, introducción y notas: Mariano Garrido

 Es una antología de veinticinco poetas revolucionarios españoles y latinoamericanos que lucharon por la causa republicana durante la Guerra Civil española. Poetas que pusieron su pluma al servicio de la vida: contra el fascismo, por la defensa de la causa popular y, en muchos casos, por la revolución.

En esta selección hay poesías que exaltan la batalla por la libertad, que apuestan al triunfo, que lloran a los caídos o que lamentan el destierro. Poetas que escribieron y tomaron las armas. Poesía que se escribe con la pluma, poesía que se escribe con el plomo.

Sus páginas incluyen un texto introductorio que defiende la poesía militante y de denuncia como un arma en las luchas de los pueblos frente a la poesía como «arte puro» al margen del devenir histórico.

Reúne obras de notables intelectuales como Miguel Hernández, Pedro Garfias, León Felipe, Antonio Machado, César Vallejo, Pablo Neruda, Vicente Huidobro, María Luisa Carnelli y Nicolás Guillén, entre otros.

SOBRE EL AUTOR

Mariano Garrido (Buenos Aires, 1978), joven militante de los derechos humanos en Argentina, es docente y maestro de grado. Ha coordinado talleres de literatura para niños y adolescentes y colabora en publicaciones culturales. Es autor de la biografía política Miguel Hernández, publicada por Ocean Sur.

SOBRE LA COLECCIÓN HISTORIAS DESDE ABAJO

Los monopolios de la (in)comunicación recrean día a día la hegemonía de la historia oficial. Hartos de esos discursos globalizados y apologéticos, necesitamos nadar contra la corriente y recuperar la tradición revolucionaria. ¡Basta ya de aplaudir a los vencedores! ¡Basta ya de legitimar lo injustificable! Frente a la historia oficial de las clases dominantes, oponemos una historia radical y desde abajo, una historia desde el ángulo de los masacrados, humillados y desaparecidos.

En cada acontecimiento de la historia contemporánea se esconden la guerra de clases, la lucha entre la dominación y la rebelión; entre el poder, la resistencia y la revolución. Cada documento de cultura es un documento de barbarie. Debajo de la superficie, laten y palpitan las rebeldías de los pueblos sometidos, la voz insurrecta de las clases subalternas, los gritos de guerra de las explotadas y los condenados de la tierra.

Esta colección, de autores jóvenes para un público también joven, pensada para las nuevas generaciones de militantes y activistas, se propone reconstruir esas luchas pasándole a la historia el cepillo a contrapelo. La contrahegemonía es la gran tarea del siglo XXI.

Más información sobre este libro en: http://www.oceansur.com/product/poesia-como-un-arma/

CONTENIDO

Introducción

La poesía como un arma y las razones de esta compilación

El contexto histórico de la Guerra Civil española

El alzamiento fascista y la reacción popular

Las incidencias mundiales en la guerra

El lugar de la cultura en la Guerra Civil

La contienda, el heroísmo popular y los crímenes del franquismo

Escritores y poetas bajo los bombardeos

La poesía y su difusión

Con la pluma y con el plomo

Sobre los autores y textos de esta edición

Poetas españoles

Antonio Agraz, ¡Aquí Madrid, capital de la tierra! Vengo de cuatro caminos

Rafael Alberti, Defensa de Madrid, defensa de Cataluña, A las Brigadas Internacionales, Galope, 1 de mayo en la España leal de 1938

Vicente Aleixandre, El miliciano desconocido, Oda a los niños de Madrid muertos por la metralla

Manuel Altolaguirre, ¡Alerta, los madrileños!, Madrid, 1937

Antonio Aparicio, Fusiles al frente

José Bergamín, El traidor Franco

Luis Cernuda, A un poeta muerto (F.G.L.)

León Felipe, Reparto

José García Pradas, Milicias confederales

Pedro Garfias, Los dinamiteros, Miliciano muerto, Capitán Ximeno

Juan Gil-Albert, Universidad, Lamentación

Miguel Hernández, Sentado sobre los muertos, Vientos del pueblo, Jornaleros, 1 de mayo de 1937, Llamo al toro de España

José Herrera, Petere, Cuatro batallones, Entra en Madrid

Antonio Machado ,El crimen fue en Granada, La primavera, La muerte del niño herido, A Líster, jefe en los ejércitos del Ebro, Miaja

José Moreno Villa, El hombre del momento, Frente

Emilio Prados, Ciudad sitiada, Romance del desterrado

Arturo Serrano Plaja Aquí no llora nadie, Los desterrados

Lorenzo Varela, Tengo de cantar, La flor de mayo

Poetas hispanoamericanos

María Luisa Carnelli, Puente de Vallecas

Raúl González Tuñón, Muerte del poeta, Los escombros, Ci yacet, Los niños muertos

Nicolás Guillén, Angustia tercera, La voz esperanzada

Vicente Huidobro, Pasionaria

Pablo Neruda, España pobre por culpa de los ricos, Madrid, Explico algunas cosas, Almería

César Vallejo, Masa, Redoble fúnebre a los escombros de Durango, España, aparta de mí este cáliz

Álvaro Yunque, Madrigal a las muchachas del frente popular, Espinela

Anexo

I. Sobre Federico García Lorca, Romance sonámbulo, Romance de la Guardia Civil española, La aurora

II. Ponencia colectiva

III. El poeta y el pueblo

Bibliografía —————-

INTRODUCCIÓN: Entiendo que todo teatro, toda poesía, todo arte, ha de ser, hoy más que nunca, un arma de guerra. De guerra a todos los enemigos del cuerpo y del espíritu que nos acosan, y ahora, en estos momentos de renovación y revolución de tantos valores, más al desnudo y al peligro que nunca. Miguel Hernández, en su nota previa a Teatro en la guerra, 1937 La poesía como un arma y las razones de esta compilación

Existe una vieja y superada discusión en torno al carácter del arte y la poesía. Esta discusión, no por vieja y superada, ha dejado de tener vigencia: ¿debe la poesía ocuparse de temas coyunturales, sociales, políticos? ¿Puede abordar estas temáticas, o tiene que mantenerse «pura», al margen del devenir histórico? Decíamos que esta discusión es vieja y ya debería estar saldada. Pero la propagación constante de muchos argumentos añejos y cientos de veces refutados sigue planteando la necesidad de dar respuesta. Quienes afirman que la poesía debe mantenerse indiferente a los mal llamados temas sociales (todos lo son de algún modo), excluyen con arbitrariedad un tema que es tan propio del hombre como el amor o el deseo de trascendencia: la lucha cotidiana. Para los cultores de la «pureza » en la poesía y en los peldaños más altos del mundo de las letras, la lucha social, lo habitual, resultan temas forzados y artificiales. Existe una visión estereotipada de la poesía que la define como un lenguaje hermético, inaccesible, referido solo a temas metafísicos… Ante esta postura podemos preguntar: ¿por qué algo tan humano como la lucha por la justicia debe permanecer al margen de lo poético? ¿No hay poesía en los cantos heroicos, allá por el origen de las letras, cuando los pueblos forjaron su identidad en una historia y un proyecto comunes? ¿La épica no es poesía? Cabe agregar a estas preguntas, con especial interés para quienes creen que la poesía y la vida deben marchar divorciadas, si lo que realmente les resulta irritante es la relación entre poesía y vida cotidiana. Quizás sea eso, o quizás, el hecho de que esa poesía muchas veces descalificada por la Academia sea portadora de una mirada histórica desde abajo, con una óptica plebeya y no oficial, visión contraria a la que nutría las antiguas épicas.

Para elaborar la presente antología partimos de la noción elemental de que la poesía, en tanto que actividad humana, tiene sus especificidades: es un modo particular de uso del lenguaje que aspira a una alta valoración estética. Sí, pero nunca deja de ser una actividad humana, de ser palabra, comunicación. Por lo tanto, no permanece al margen de la historia ni del devenir de la sociedad, como tampoco al margen de la evolución específica de su material: el lenguaje. Es decir, que ambos planos forman parte de la composición de la poesía: lo específico, relacionado con el campo del lenguaje; lo general, relativo a su carácter de actividad humana y social.

En esta selección se hallan reunidos poetas que pusieron su pluma al servicio de la vida: contra el fascismo, por la defensa de la causa popular, y en muchos casos, por la revolución. La palabra, y la poesía en este caso, son devueltas a manos del pueblo. Allí los poetas cantan, a veces con urgencia, a veces con más refinamiento, los problemas acuciantes en tiempos de guerra. Cantan para exaltar al héroe popular (individual o colectivo), para denunciar una injusticia, para lamentarse ante el crimen enemigo o por la ejemplaridad de una gesta del propio bando. Se trata de un ejemplo profundamente visible en el que la palabra poética se ve urgida a tomar partido. Pero aclaramos: la palabra y la poesía, se sepa o no, nunca son ajenas a lo social, nunca son neutrales, siempre encarnan una evaluación ideológica. Incluso cuando callan, incluso por cuanto omiten.

Por lo tanto, y siguiendo al poeta revolucionario Miguel Hernández, nutre esta compilación la idea de que la poesía es un arma. Y estos poetas la han usado en defensa del pueblo.

El contexto histórico de la Guerra Civil española. Durante el período que abarca desde julio de 1936 hasta abril de 1939, se desarrolló en territorio ibérico lo que se denominó Guerra Civil española. Esta contienda armada se inició con un alzamiento militar fascista en contra del Gobierno legítimo elegido por el pueblo. Francisco Franco, militar español que se desempeñaba en Islas Canarias, fue uno de los líderes del golpe de Estado contra el Gobierno republicano. España se hallaba entonces en proceso de cambio: un Gobierno compuesto por diversos sectores, entre los que se encontraban socialistas y comunistas, había accedido al poder mediante la conformación de un Frente Popular. Este frente fue el ganador de las elecciones disputadas en febrero de 1936, donde había vencido a una coalición de derecha por casi un millón de votos. En tal situación se encontraba España en 1936, inmersa en importantes reformas que apuntaban a revertir, en parte, la sumamente injusta y desproporcionada tenencia de la tierra que sólo beneficiaba a un puñado de propietarios; combatir el atraso y el oscurantismo que la Iglesia Católica venía propagando de forma milenaria; brindar la enseñanza a su población, en la cual más de un tercio de los adultos no sabían leer ni escribir. Estos intentos de cambio se producían en un país que había experimentado algunas reformas a favor del pueblo durante 1931-1933, con la proclamación de la Segunda República, durante el llamado «bienio reformador». Y en esa misma España, durante 1933-1936, un Gobierno derechista había dado marcha atrás con las conquistas del período anterior, y desatado una cruenta represión hacia el pueblo. Además, todo esto se insertaba en un contexto mundial que, por un lado, asistía al ascenso de la primera revolución triunfante de la clase obrera en la historia: la Revolución Rusa (1917), pero por otro lado, mostraba cómo las clases poseedoras y privilegiadas se preparaban para aplastar con violencia cualquier nuevo avance de las clases postergadas: en Alemania se auspiciaba al Partido Nacionalsocialista en 1920, y en Italia se creaba el Partido Nacional Fascista en 1922, como herramientas para combatir al pueblo y sus corrientes revolucionarias.

El alzamiento fascista y la reacción popular

Así se enmarcó la guerra que se inició en España el 18 de julio de 1936 con un alzamiento que tenía apoyo intelectual, económico y militar del fascismo y el nazismo ya en el poder en sus países de origen. Fue expresión de la lucha mundial entre el avance de la clase trabajadora y la reacción más virulenta de las clases propietarias: los regímenes dictatoriales de extrema derecha. La variante ibérica del nazismo alemán y del fascismo italiano la representó en gran medida el falangismo español. Por algo de mérito propio y por algo de azar, Francisco Franco fue el máximo líder de este movimiento derechista.

En el momento de producirse el golpe, es el pueblo español el que muestra decisión para la resistencia. El heterogéneo y caviloso Gobierno republicano no se decidía a convocar a las masas altamente movilizadas con que contaba para combatir a la derecha y su sedición. Pero las organizaciones populares, anarquistas, socialistas y comunistas de distintas vertientes, tomaron en sus manos su defensa y la profundización de sus conquistas contra los enemigos que avanzaban. Aun en ostensible inferioridad técnica y de armamentos, el pueblo y sus dirigentes conformaron las milicias para enfrentarse militarmente a los golpistas. Aunque al principio estaba temeroso de ser desbordado por los obreros y sus organizaciones, el Gobierno republicano pronto debió reconocer a estas milicias y les tuvo que brindar armas y su reconocimiento. Era la Guerra Civil, el punto más álgido de la lucha de clases que, como sintetizaron Gramsci y muchos otros teóricos del marxismo, no puede dirimirse sino en el plano político-militar.

Las incidencias mundiales en la guerra

Ante el escenario del conflicto español, el mundo miraba expectante los resultados. Italia y Alemania apostaban por la expansión de sus aliados falangistas en la lucha contra lo que para ellos era el «peligro rojo». Su apuesta se cristalizó en la intervención de la aviación alemana, que trasladó a España a catorce mil soldados de Franco varados en Marruecos en el momento de la invasión golpista del mes de julio, y que realizó infinidad de bombardeos a su favor; se materializó también en el suministro de treinta mil cuadros militares alemanes para el combate e instrucción de los facciosos, incluida la nefasta Legión Cóndor; en el aporte de ciento veinte mil soldados italianos; en la llegada permanente de armamentos, tanques, municiones y empréstitos. Además de estos aliados, los autodenominados «nacionales» contaron con la ayuda que provenía desde Portugal, donde la dictadura de Salazar brindaba un claro apoyo logístico, o la que emanaba del Vaticano, que en 1937, y faltando dos años aún para que terminase la guerra, ya reconocía ante el mundo como Gobierno legítimo de España al de los militares golpistas.

Por su parte, el heterogéneo bando «republicano», que contaba entre sus filas con liberales y burgueses antifascistas y con anarquistas, comunistas y socialistas de distintas corrientes, también recibió ayuda. En menor volumen que los fascistas, los Gobiernos de México y la Unión Soviética brindaron una imprescindible asistencia material, económica y militar, entre la que cabe destacar la presencia de tres mil cuadros militares soviéticos. Pero fue la ayuda de los pueblos del mundo la que demostró en qué medida el destino de toda la clase obrera se jugaba en ese conflicto. La asistencia de las organizaciones de trabajadores de todo el planeta no se hizo esperar. Con gran sacrificio llegaron a España por diversos medios donaciones en ropa, dinero y alimentos. Y lo más importante: cuarenta mil voluntarios que fueron a dar su vida combatiendo contra el fascismo en las denominadas Brigadas Internacionales. Este hecho de coraje y solidaridad de pueblo a pueblo quedó reflejado en centenares de poemas y canciones en homenaje a esos héroes anónimos que, en las brigadas, dejaron su vida por la causa revolucionaria.

En cuanto a los Gobiernos de Inglaterra y Francia, las llamadas potencias «democráticas», se declararon neutrales en la disputa desde el Comité de no Intervención. Pero esa neutralidad se parecía mucho al apoyo tácito hacia el nazi-fascismo: mientras desde el citado comité se impelía a la Unión Soviética a morigerar su ayuda a la República, se hacía la vista gorda ante el desembozado apoyo de Italia y Alemania a los golpistas.

El lugar de la cultura en la Guerra Civil

Para quienes defendían la causa popular, el papel de la cultura en la Guerra Civil española fue trascendental, no sólo como herramienta para el combate, sino como parte de una concepción de ser humano diametralmente opuesta a la de los enemigos. Ya con la Segunda República se había iniciado en España un conjunto de medidas para democratizar el acceso al conocimiento y a las producciones artísticas y científicas. Las Misiones Pedagógicas, emprendimiento llevado a cabo desde 1931, habían permitido acercar piezas de la cultura universal y española a los campesinos y trabajadores de distintas regiones postergadas de la Península. En estas tareas participaron docentes, artistas e intelectuales, entre los que se encontraron Antonio Machado y Miguel Hernández, por citar solo a dos figuras. De la mano de estas tareas surgieron grupos como La Barraca, que difundió de manera renovada el teatro clásico español por distintos pueblos. Allí participó como director el ilustre poeta granadino Federico García Lorca, uno de los primeros intelectuales asesinados por el franquismo.

Con el triunfo del Frente Popular trataba de imponerse la concepción de que un ser humano debía tener pleno desarrollo de sus capacidades, y que el acceso a la cultura universal era un derecho. Esas nociones alimentaron la política cultural que aun durante los peores momentos de la contienda jamás dejó de tener como preocupación la elevación intelectual del pueblo y de los combatientes. En las trincheras y sus alrededores había múltiples actividades educativas para los momentos en que no se peleaba en el frente: representación de obras teatrales, recitado de poemas, trabajo en aulas para alfabetizar a quienes lo necesitasen, creación de bibliotecas, confección de periódicos locales. Grupos como «Teatro para el Frente», o el dirigido por María Teresa León, «Las Guerrillas del Teatro», tuvieron una notable importancia en la democratización de la cultura durante todo el conflicto. «Guerra al analfabetismo. El gobierno antifascista ha presupuestado 10 millones de pesetas para combatirlo», dice un afiche que el Ministerio de Instrucción Pública y la U.G.T. (Central Sindical de los socialistas) difundían en 1937. Así, en el bando popular se luchaba en dos frentes paralelos: contra el fascismo y contra la postergación cultural, herencia del influjo oscurantista sobre España.

La contienda, el heroísmo popular y los crímenes del franquismo

Durante los dos primeros meses de la guerra se registraron alrededor de cincuenta mil muertos. Por sí solo, este dato resume lo encarnizado de la batalla. Múltiples enfrentamientos frontales; cargas de infantería repelidas con armas precarias o con herramientas de labranza; bombardeos sobre poblaciones civiles; combates cuerpo a cuerpo, casa por casa; ejecuciones a granel. En todo este sangriento panorama el pueblo llevó la peor parte. La aviación fascista se caracterizó por su ensañamiento con la población civil durante este conflicto. Estos hechos de bestialidad de la derecha estaban meticulosamente concebidos: se orientaban a minar la moral del pueblo para debilitar su resistencia. Las crónicas de la guerra testimonian que, en noviembre de 1936, Madrid recibía un promedio de dos mil obuses por hora. La barbarie reaccionaria quedará también inmortalizada en el fusilamiento de Federico García Lorca, tantas veces cantada por los poetas del mundo, consternados ante su asesinato. Se añade a este hecho otro que es un buen exponente de la moral del bando «nacionalista»: el 17 de abril de 1937, la ciudad de Guernica es arrasada por bombas incendiarias que provienen del aire. La Legión Cóndor alemana experimentaba sus métodos de exterminio, que pronto pondría en práctica y a mayor escala sobre países europeos vecinos. El resultado: más de dos mil setecientos civiles muertos o mutilados por la aviación nazi.

La crueldad en la guerra fue una constante de la que el pueblo no quedó al margen. En más de una ocasión, el ejército popular que reemplazó a las milicias debió disuadir a civiles para evitar los fieros linchamientos que se producían contra los enemigos, seculares explotadores y opresores de toda laya. Incluso en casos tan extremos como el de esta guerra, la diferencia en el ejercicio de la violencia debía ser marcado. La violencia revolucionaria estaba regida por otros códigos morales que excluían la tortura y la violación, prácticas sistemáticas en el bando nacionalista. Además, estaba orientada por intereses diametralmente opuestos a los de los fascistas. Es erróneo y falaz igualar el uso de una violencia que busca la liberación y la independencia de un pueblo con otra que desea aterrorizar, humillar y subyugar al prójimo.

Si bien el pueblo padeció las bombas y contribuyó con la mayor parte del casi medio millón de muertos en esa guerra, también dejó escritas páginas de heroísmo. Sucesos que pronto entraron en la épica popular, esa que tanto molesta a ciertos poetas refinados, se sucedieron con regular presencia durante el combate: la toma del Cuartel de la Montaña, que atestado de militares sediciosos y falangistas fue conquistado por el pueblo mal armado pero decidido; la incansable defensa de Madrid, ciudad que Franco había presumido ocupar en pocos días y a la que le llevó casi tres años entrar; el cruce del río Ebro, acción con la que se puso en jaque transitoriamente a posiciones de los facciosos basándose en la estrategia y la osadía.

En España el pueblo peleó decididamente, padeció limitaciones técnicas ante la monstruosa maquinaria bélica del nazismo y del fascismo, y en esa desigual pelea debió enfrentarse además a dolorosas divisiones en su seno; finalmente sufrió una dura derrota militar. Soportó la inclemencia de la dictadura triunfante, con sus cárceles y sus pelotones de fusilamiento; sus persecuciones y destierros. Pero antes dejó escrita una página heroica que los poetas cantaron.

Escritores y poetas bajo los bombardeos

Julio de 1937; fue este un año de pelea en condiciones desventajosas para el pueblo, pero repleto de gestas memorables. Un pueblo en guerra que pelea en el frente y también en la retaguardia, donde soporta las privaciones y los bombardeos. En medio de ese panorama, en Madrid se pueden encontrar diecinueve salas de teatro y nueve cines funcionando; algo similar ocurre en Barcelona, donde las salas de cine que mantienen su actividad son cerca de cincuenta. En estas se pueden ver películas de guerra del cine soviético, pero también comedias de los Hermanos Marx. También allí circulan periódicos y revistas, muchos de ellos editados ahora por los obreros sin patronos, como también se leen publicaciones en el frente de batalla. Esas publicaciones de la época en el bando popular se cuentan en más de quinientas, y a las de los partidos y sindicatos de cada región se añadían las de las brigadas, que solían tener una propia. Fue en ese mismo año cuando, tal como estaba proyectado desde antes de la guerra, se realizó en España el 11no. Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura. Desde principios hasta mediados de julio, decenas de intelectuales de todo el mundo se reunieron en Barcelona, Madrid y Valencia, pese a los bombardeos fascistas. Allí se realizaron ponencias sobre el papel del arte y de los intelectuales que aun hoy son en extremo revolucionarias. Algunos de los que asistieron y presentaron trabajos fueron los franceses Julien Benda, André Malraux, Tristan Tzara y Louis Aragon; los alemanes Bertolt Brecht y Theodor Balk; el inglés Stephen Spender; los soviéticos Ilya Ehrenburg y Alexis Tolstoi; el estadounidense Langston Hughes; el mexicano José Mancisidor; los cubanos Nicolás Guillén y Juan Marinello; el peruano César Vallejo; el chileno Pablo Neruda; el argentino Raúl González Muñón, y los locales María Teresa León y Antonio Machado. Así cobraba fuerza el apoyo de los intelectuales hacia España, y hacia la representación local de su sector: la Alianza de Intelectuales Antifascistas.

Al mencionado desarrollo, que como veremos más adelante incluyó en gran medida la poesía, podemos sumar la caracterización del fascismo como enemigo del arte y la cultura. Esta respuesta ante el avance embrutecedor del nazismo y el fascismo ya se atisbaba desde momentos previos en el movimiento de intelectuales. Así lo definían los escritores:

[…] esta lucha pone en juego la cultura, y con ella la libertad, la independencia, la dignidad humana, condiciones de toda creación. […] Ayudar a los españoles contra el fascismo es querer el éxito de este pueblo […] y es querer además que con esta victoria sean salvados el destino humano de la cultura, la libertad y la independencia de todos los hombres y de todos los pueblos. [Citado en L. M. Schneider: Inteligencia y Guerra Civil Española.]

Esto declaraban en octubre de 1936, entre otros, José Bergamín y Rafael Alberti como miembros del Secretariado de la entonces Asociación Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura. La quema de libros, los campos de concentración y la persecución a intelectuales, prácticas luego repetidas por las dictaduras proyanquis en toda América, hacían enormes méritos para que se considerase a los nazis y fascistas como enemigos del arte y la cultura. De manera análoga, los republicanos tenían el deber de defenderla.

La poesía y su difusión

La producción poética durante el conflicto tuvo rasgos sobresalientes. Por un lado, decenas de poetas consagrados de España y de todo el mundo produjeron composiciones en homenaje a la República y sus héroes y en contra del fascismo. Por otro, se produjo el fenómeno de que soldados, campesinos, obreros y escritores anónimos se volcaran masivamente a expresarse en verso. Ocurría entonces aquello de los soldados vueltos poetas y los poetas vueltos soldados que comentara, entre otros, Antonio Machado. Así, se cuentan en cerca de veinte mil los poemas impresos durante la contienda desde el bando popular. Muchas veces se publicaban en periódicos locales, en revistas o en simples hojas volantes. Otras, formaban parte de antologías.

Dentro de la enorme tradición poética de la España contemporánea no se pueden obviar al menos estas tres publicaciones que en diversos formatos difundieron la poesía, las letras y la cultura. La revista literaria Octubre fue la primera publicación del estilo identificada de lleno con la izquierda (1933, fundada por Rafael Alberti). La segunda fue El Mono Azul, surgida de la sección española de los intelectuales antifascistas (1936, también creada por Rafael Alberti en compañía de José Bergamín). Luego apareció Hora de España, vinculada a un espectro más amplio de la cultura (1937, con Antonio Sánchez Barbudo y Manuel Altolaguirre, entre otros, como responsables).

En cuanto a la edición de antologías, proliferaron varias, la mayoría romanceros. Esta forma popular y tradicional fue la más empleada en las composiciones de la época. La musicalidad del romance y sus ocho sílabas por verso, su ritmo y su arraigo en el pueblo, su visión plebeya y su herencia centenaria, lo hicieron la forma más recurrente. Además, la estructura narrativa que muchas veces se despliega en este tipo de poemas permitía que se escribieran lo que según Alberti eran verdaderos partes de guerra en verso. Se destacan en este género los libros Poesía de Guerra (Madrid, 1936); el Romancero de la Guerra Civil (Madrid, 1936) editado por M. Altolaguirre, que recopiló treinta y cinco composiciones de veinte autores; el Romancero General de la Guerra de España (Madrid-Valencia, 1937) que editó Emilio Prados con más de trescientas composiciones; o la antología de ese mismo año que editó Hora de España: Poetas en la España Leal. Cabe preguntarse por el bando fascista, o «nacional», como se autoproclamaba. Pocos, poquísimos poetas cantaron a ese sector: Manuel Machado, hermano de Antonio; Gerardo Diego; Dionisio Ridruejo; Leopoldo Panero; Luis Felipe Vivanco, entre otros. Con distintos grados de adhesión y énfasis, estos últimos pusieron su pluma al servicio del fran quismo, de la España dictatorial, y en muchos casos hasta ensalzaron la figura del propio Franco. Pero poco se puede hablar de poesía en el fascismo. Como dijera al respecto Rafael Alberti en su prólogo al Romancero General de la Guerra Española reeditado en Buenos Aires durante 1944:

De aquella España, de aquel pueblo español enmudecido hay testimonios tristísimos, pero no canciones. El privilegio de haber enriquecido el Romancero pertenece íntegramente a la España republicana.

Con la pluma y con el plomo ¿Cabe el tono aséptico cuando una España crea poetas y otra los asesina? ¿Debe ser neutral la poesía? ¿Puede serlo? Creemos que en todos los casos la respuesta es negativa. Por eso en esta selección hay poesías que exaltan la batalla por la libertad, que apuestan al triunfo, que lloran a los caídos o que lamentan el destierro. Poetas que escribieron y que tomaron las armas. Poesía que se escribe con la pluma; poesía que se escribe con el plomo. Decía el cubano Juan Marinello que durante la Guerra Civil, entre una y otra labor, los escritores habían preferido ser hombres. Podemos agregar que esa era la única forma de poder seguir siendo escritores. La poesía revolucionaria, tanto en la Guerra Civil española como en cualquier contexto, posee la importancia que le brinda su potencial: el ser una elevada manifestación estética forjadora de conciencia. No cabe aquí aquello del desmerecimiento que degrada a una obra acusándola de panfletaria: un panfleto también puede ser una obra de arte, y una aristocrática versificación puede disputarse el lugar con los desechos. El arte revolucionario es arte porque posee un trabajo estético sobre su material, además de su perfil liberador. Surge desde una visión de mundo opuesta a la que apuntala la sociedad dividida en clases, pero su meta no es la propaganda. Decían los intelectuales reunidos en Valencia en 1937 en su ponencia colectiva: «en tanto que la propaganda vale para propagar algo que nos importa, nos importa la propaganda […] sin olvidar que el fin no es, ni puede ser, el camino que conduce a él».

Probablemente la Guerra Civil española y su poesía revolucionaria sean elementos dignos de ser conocidos por su sola importancia para España y el mundo, por su trascendencia. Pero además de su carácter específico, se pone de relieve su ejemplaridad. La vigencia de la Guerra Civil española radica en que las luchas y los intereses en juego en aquel episodio siguen expresándose en distintos escenarios; la actualidad de este conflicto armado perdura álgido, sobre todo en el plano ideológico. En el mundo, los sectores que en ella se enfrentaron no han resuelto aún sus conflictos.

Por eso, a más de setenta años de aquella defensa heroica que aglutinaba a los sectores revolucionarios, la Guerra Civil continúa siendo cardinal, y su poesía sigue siendo un arma.

Sobre los autores y textos de esta edición Los poetas aquí seleccionados son preferentemente españoles; se halla luego una breve sección de poetas hispanoamericanos. Por cuestiones relacionadas con la extensión y propósitos, muchísimos buenos escritores han quedado al margen de esta antología, hecho que se enmarca en las limitaciones propias de todo recorte. Pero lo que puede afirmarse con plena certeza es que aquellos que sí forman parte de la selección son de los mejores. Del vasto repertorio vinculado con la guerra se incorporaron al libro poetas relacionados con tres de las llamadas Generaciones literarias: la del 98, como es el caso de Antonio Machado; la del 27, como es exponente Rafael Alberti; la del 36, como se asocia a Miguel Hernández. No fueron incluidos en cambio muchos excelentes poetas vinculados personal o temáticamente con la contienda, dado que sus desarrollos literarios fueron posteriores. Tal es el caso de Blas de Otero, Marcos Ana, Jesús López Pacheco, Luis Alberto Quesada, o Gabriel Celaya, Ángela Figuera Aymerich y José Agustín Goytisolo, por ejemplo. Así también, varios poetas consecuentemente republicanos que mantuvieron una postura estética refinada y que colocaron al margen de la contienda su obra tampoco fueron incorporados; es el caso de los cultores de la «poesía pura» Luis Salinas y Juan Ramón Jiménez. Fue excluido del cuerpo central de la antología, en rigor a ser fieles a los criterios de selección, el extraordinario poeta Federico García Lorca. Pese a nuestra admiración hacia su obra, debemos señalar que no encontraremos en ésta un solo verso que se refiera temáticamente a esta guerra: su aciago asesinato no le permitió abordar la contienda. No obstante, en reconocimiento a su imprescindible labor literaria, y en homenaje a su noble actitud en la defensa y difusión de la cultura, forma parte del anexo una selección de poemas de su autoría.

Con fines prácticos, se incluye al pie de cada poema el lugar de publicación original, o bien el volumen más accesible para localizarlo en la actualidad. De esta forma, quien desee profundizar el conocimiento sobre la obra de los poetas citados tendrá un punto de referencia de fácil acceso.

Por último, cabe expresar que esta modesta compilación intenta ser, además de una herramienta, un homenaje a todos los poetas soldados y soldados poetas que en busca de cambios revolucionarios se comprometieron en su integridad de seres humanos peleando con la pluma en la mano y con el fusil en el hombro.

Ocean Sur www.oceansur.com [email protected]