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El filme del Oscar: The Queen

Propaganda monárquica y fraude histórico

Fuentes: Rebelión

Recientemente el filme «The Queen» recibió una especial distinción al otorgársele el codiciado Premio Oscar a la protagonista Helen Mirren. Se trata, en realidad, de un descomunal operativo de relaciones públicas para blanquear la figura de la gélida reina Isabel II de Gran Bretaña y de paso arrojarle unas flores al Primer Ministro Tony Blair. […]

Recientemente el filme «The Queen» recibió una especial distinción al otorgársele el codiciado Premio Oscar a la protagonista Helen Mirren. Se trata, en realidad, de un descomunal operativo de relaciones públicas para blanquear la figura de la gélida reina Isabel II de Gran Bretaña y de paso arrojarle unas flores al Primer Ministro Tony Blair. No sería extraño que en la maniobra de promoción se haya incluido alguna presión del agradecido gobierno de Bush a la Academia en Hollywood para otorgar la estatuilla, aunque la actuación de Helen Mirren es óptima y merece el honor que le fuera otorgado.

Los hechos recientes son bien recordados. Tras el matrimonio del patán Carlos Windsor con la bella Diana Spencer, ella demostró más inteligencia, más poder de seducción, mayor embrujo sobre las masas populares que el rígido y estirado snob. Pronto se desarrolló un celo del heredero de la corona hacia su fascinante esposa, que cautivaba a modistos, fotógrafos, periodistas, noticieros y a todos los infortunados que veían en su obra caritativa un alivio a sus infortunios. Carlos Windsor, por el contrario, era conocido por sus reiteradas sandeces y su engreimiento presuntuoso. A ello se unía la continuidad de su adulterio con la deslucida Camila Parker-Bowles.

La trágica muerte de Diana demostró cuán hondo ella había calado en las emociones de sus conciudadanos. La reacción de la familia real fue de grosera irreverencia hacia los despojos de Diana, a quien detestaban por el pobre papel al que había relegado a su torpe marido. El pueblo británico no se lo perdonó y el homenaje masivo: montañas de flores, largas procesiones, obligó a los insípidos y gélidos Windsor a doblar el testuz y unirse a la exaltación popular. De eso trata la película.

La propaganda monárquica del filme nos presenta una reina humanitaria, preocupada por la suerte de un ciervo en sus dominios; un Príncipe de Gales cuerdo, sensato, en vez del incompetente necio que realmente es; un Tony Blair atento a las vibraciones de su pueblo. (Aunque sordo a la oposición a la guerra en Iraq). Solamente Felipe Mountbatten, el marido de la reina, y la Reina Madre aparecen como fueron en aquél instante: testarudos cancerberos de los privilegios de la monarquía. En el esfuerzo por blanquear a la reina Isabel y a Blair se llega a extremos absurdos: la soberana con sus perritos, Blair lavando platos. Una Isabel sensible y compasiva, un Blair hogareño, cálido, entrañable. Nada del témpano insensible o del perrito faldero de Bush que envío tropas a destruir Iraq, que fueron en realidad una y otro.

Al 71% de los británicos no le interesa la casa real de Windsor ni la institución real. El gobierno le entrega cada año trece millones de dólares a la Reina para sus gastos personales y gasta 24 millones de dólares más en el mantenimiento de los cinco palacios reales y los 1,300 criados que sirven a Su Majestad. Todo ello lo sostienen los trabajadores ingleses con los onerosos impuestos que están obligados a pagar. La institución real británica está compuesta de parásitos aristocráticos, vividores de las rentas del estado y ávidas sanguijuelas de privilegios y sinecuras. La familia real británica cultiva un altanero distanciamiento de sus súbditos. Los británicos no son considerados ciudadanos, sino súbditos, en una prolongación ilógica de una condición medieval.

El periódico The Guardian calcula el capital privado de la familia real en 4,450 millones de libras, o sea, más de siete mil millones de dólares. La Reina Isabel II tiene 115 millones de dólares en joyas, 132 millones de dólares en propiedades inmobiliarias en el centro de Londres, más las tierras del Ducado de Lancaster que están evaluadas en 330 millones de dólares.

Pese a su notoria impopularidad Carlos, el hijo mayor, recibe las ganancias de ocho millones de dólares anuales que le proporciona el Ducado de Cornualles, más las utilidades de su finca de Highgrove que produce mermeladas, tocino y chocolate. Los primos de la Reina, el Príncipe de Kent y el Duque de Gloucester participan en los consejos de administración de numerosas compañías y la Princesa de Kent cobra honorarios, desvergonzadamente, por su presencia en actos sociales. Los hijos de la fallecida Princesa Margarita también explotan su condición social. Linley fabrica muebles que vende a los edificios reales. La hija de la Princesa de Kent representa al modisto Armani.

La familia Windsor siempre ha tenido fuerte vinculación con el fascismo. Las cuatro hermanas del Príncipe Felipe, esposo de la reina, estaban casadas con oficiales nazis. Una con un alto dirigente de los SS, otra con el jefe de la inteligencia de Goering, una tercera con un gobernador nazi y la cuarta con el príncipe de Hesse, simpatizante del nazi-fascismo. Todas vivieron en Alemania durante la guerra. La abdicación de Eduardo VIII se debió, no a su amor a la divorciada Wallis Simpson, sino a sus simpatías fascistas, según asumen muchos analistas. Wallis Simpson fue amante de Joachim Von Ribbentrop, quien luego sería Ministro de Exteriores de Hitler, cuando éste era embajador alemán en Londres. Tras la abdicación el Führer los recibió en su retiro campestre de Berchtesgaden, convertidos ya en los Duques de Windsor.

La película La Reina es un intento de enaltecer una calamitosa y carcomida institución. Es lamentable que tanto talento se haya desperdiciado en una causa tan indigna