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Reseña de la «Autobiografía» de Assata Shakur

Fuentes: Rebelión

Assata Shakur, nacida como JoAnne Deborah Byron en 1947, fue activista de diferentes grupos negros de liberación y objeto de una persecución implacable por parte del FBI que la llevó a la cárcel en 1973 tras un incidente en el que fue acusada de haber disparado a un policía a pesar de las evidencias existentes […]

Assata Shakur, nacida como JoAnne Deborah Byron en 1947, fue activista de diferentes grupos negros de liberación y objeto de una persecución implacable por parte del FBI que la llevó a la cárcel en 1973 tras un incidente en el que fue acusada de haber disparado a un policía a pesar de las evidencias existentes sobre la imposibilidad de este hecho. En 1979 consiguió escapar de la prisión de máxima seguridad de Hunterdon County, y desde 1984 vive en Cuba donde se le ha concedido el estatus de refugiada política. Su Autobiografía, publicada en 1987 y que acaba de aparecer en versión castellana (Capitán Swing, traducción de Ethel Odriozola y Carmen valle), atrapa al lector como una buena novela, pero contiene información preciosa y esclarecedora sobre la vida de una niña negra en la América segregada, su despertar político y su lucha por los derechos de su gente, que tuvo que enfrentarse siempre a la guerra sucia habitual en los Estados Unidos contra los grupos negros de liberación. Tras cada capítulo un poema de la propia Assata nos acerca a sus emociones de aquellos días.

El libro entrelaza dos hilos narrativos que se van desarrollando en capítulos alternantes. En el primero de ellos, Assata nos cuenta su vida hasta su detención en 1973. Nacida en Nueva York, tras la separación de sus padres, a los tres años viaja con sus abuelos maternos a Wilmington en Carolina del Norte, donde se establecen. Es su abuela la que la educa, tratando de transmitirle un prurito de progreso social que cae en saco roto. Ella prefiere elegir por sí misma sus compañías. Nos describe su vida en aquel Sur completamente segregado de los años 50. Sus abuelos tienen un restaurante en una playa para negros y ella les ayuda desde muy pequeña. Es ya una lectora compulsiva, pero le gusta sobre todo la vida, el mar, la arena, la gente, la música, comer, bailar y ver bailar, espiar a las parejas. Lo más frustrante es contemplar a lo lejos el zoológico y el parque de atracciones, paraísos imposibles para ella.

Los niños negros tenían asimilado el sistema de valores impuesto por los blancos y odiaban el pelo rizoso y los labios gruesos, marcas de fealdad. Se peleaban continuamente, y los peores insultos eran los mismos epítetos racistas con los que los negros estigmatizaban a los blancos. Después asiste a una escuela integrada en Queens (N. Y.), donde la rodean sobre todo niños blancos y mimados. Entre los profesores predominan los amantes de un orden casi militar, aunque también hay otros que saben despertar en ella la pasión por entender las cosas. Se recuerda entonces convencida de la superioridad de los blancos y tratando de imitarlos, sufriendo por cada detalle de su propia identidad. Seducida un día por un traje de primera comunión de una amiga, decide convertirse al catolicismo, lo que da lugar a páginas hilarantes en las que nos narra sus encontronazos con los rituales y el dogma católicos.

Nos describe después sus años de adolescente en Nueva York. Las continuas riñas de su madre y su padrastro la llevan a escapar de casa y termina realizando pequeños hurtos para sobrevivir. Cuando esta vida se le atraganta, vuelve con su madre. Tras la separación de ésta y su padrastro vive en South Jamaica (N. Y.), pero tras una discusión se escapa de nuevo y consigue trabajo de entretenedora de hombres en un bar. Tiene trece años pero con un poco de maquillaje casi la creen cuando dice que tiene diecinueve. Un día sufre un intento de violación en grupo de la que sólo la libra su coraje. Esto la hace más cauta. Por fin tras un encuentro fortuito con una amiga de su tía Evelyn es obligada a regresar a casa. El periplo nos permite conocer jugosos personajes de la calle de Nueva York y tomar el pulso a aquella sociedad desquiciada.

Vive tras esto con Evelyn en un pequeño apartamento en la calle 80, una zona de clase trabajadora, pero muy próxima a Central Park y calles de gente pudiente. También frecuenta la sordidez de la calle 84, donde agonizan los restos de la trituradora capitalista. Con Evelyn aprende a apreciar el arte, lee y crece como persona. Evelyn es abogada y defiende sobre todo a negros pobres, lo que explica sus altibajos de fortuna. Los viajes al sur en vacaciones para ver a sus abuelos son degradantes experiencias de segregación, cuando por ejemplo paran para echar gasolina y no se les permite usar el baño por ser negros. Se les rechaza también en restaurantes y moteles. En Carolina del Sur, sin embargo, pasa días deliciosos. Allí conoce el movimiento por los derechos civiles, pero le desconcierta la infinita paciencia que predica ante cualquier agresión. Pronto alcanza la conclusión desoladora de que «nunca nadie ha conseguido su libertad apelando al sentido moral de la gente que los oprimía». Por esa época comienza a escribir poesía.

A los diecisiete años decide dejar la escuela y buscar trabajo. Lo encuentra en tristes oficinas donde gana lo justo para ir tirando. Esto es a mediados de los 60 y cada día hay noticias de disturbios en los barrios negros. Assata se manifiesta a favor de los rebeldes y en breve es despedida. La conciencia política le llega poco a poco: con conversaciones en las que le hablan de las atrocidades de Vietnam y ella sólo puede responder con las mentiras de la televisión, con el prurito de saber y ávidas lecturas, con el asco que ve nacer en ella por las personas que presumen de su status. Su conclusión es clara y será el eje rector de su vida: «Quiero ayudar a liberar el gueto, no huir de él dejando atrás a mi gente.» Encadena trabajos de secretaria y contable que duran poco. Llena su vida una gran inquietud crítica con el mundo que la rodea. Al fin decide volver a la universidad.

En el Manhattan Community College, su mentalidad evoluciona rápidamente. Estudia y comprende por fin los hitos clave de la historia americana que le habían sido ocultados: las luchas de los negros por su liberación, el significado real de la Guerra de Secesión, cuando la esclavitud es abolida por motivos principalmente económicos, el papel de personajes mitificados, como A. Lincoln. Se relaciona con grupos negros y comienza a asumir su lucha como propia. «Siempre comenzábamos hablando de reformas y terminábamos hablando de revolución», nos confiesa. Se acerca primero a los hermanos de la «República de Nueva África», que pretendían crear una república negra independiente en los estados del sur. Ellos le proponen un cambio de nombre, pero sólo es años después que decide abandonar su apellido de esclava, que le repugna, y pasa a llamarse Assata (la que lucha) Shakur (la agradecida), en homenaje a su amigo Zayd Shakur. En este tiempo comienza a trabajar en un programa de ayuda para niños con dificultades en lectura y matemáticas. La enseñanza le gusta, entendida a su manera rebelde y anti-burocrática, pero nos dice: «Por mucho que me encantara trabajar con niños, sabía que nunca podría participar en el tipo de educación oficialista. No iba a enseñar a ningún niño Negro a jurar la bandera o a pensar que George Washington era genial o alguna mierda por el estilo.»

Asesinato de Martin Luther King: estupor y rabia. Tras graduarse en el Manhattan Community College, mientras asiste a clases en la City University of N. Y., decide casarse. No obstante, ella no es el ama de casa que él esperaba y «tras un año confuso e infeliz» se separan. Ella viaja a California y se establece en Berkeley, «el lugar más radical y progresista en el que he estado jamás». Visita Alcatraz y allí conoce la historia y la lucha de los nativos americanos, concentrados por aquellas fechas para protestar de las infamias que se cometían con ellos. Contacta con grupos chicanos y asiáticos, pues cree en la unidad de todas las batallas contra el poder y al fin se acerca en Oackland al Black Panther Party, con el que ya había colaborado en Nueva York. Los encuentra entregados a la lucha y receptivos a las críticas, lo que la entusiasma. A su regreso a Nueva York, pide el ingreso en el partido.

Comienza a trabajar con los panteras y acude a la convención constituyente de Filadelfia. A la vuelta, es agregada a los programas sanitarios y de desayunos para niños pobres del partido. La dura disciplina y las jornadas agotadoras de los panteras la obligan a esforzarse, sin que falten roces, pero la experiencia es muy positiva. Los desayunos la acercan a la realidad desgarradora de marginación y hambre que el programa trataba de paliar. Critica los métodos de formación políticos para miembros del partido por su poca perspectiva histórica y destaca las cualidades humanas de sus compañeros de lucha de aquel tiempo. Pronto colabora con Zayd Shakur, que se convierte para ella en un auténtico maestro. La falta de autocrítica en el partido es lo que más le preocupa. También ve problemas en el liderazgo de Huey Newton, un mal orador que se perdía en divagaciones. Del mismo modo, el principio de defender con las armas las sedes de los panteras si eran atacados le parece escasamente racional, simplemente suicida.

Es la época de las divisiones entre los panteras: Huey es criticado por vivir en Oackland con un lujo excesivo y comienzan las expulsiones de sus oponentes más señalados. El ambiente es opresivo y los proyectos de Assata están siendo paralizados, con lo que opta por abandonar el partido. Luego se supo que todos estos conflictos eran en gran parte provocados por el FBI con cartas falsas. Un día la avisan de que la policía la espera en su casa y decide no volver a ella y pasar a la clandestinidad. Aunque no había cometido ningún delito, eso no significaba nada a su favor si caía en manos del FBI.

Assata nos revela su conmoción cuando lee que dos policías han sido ametrallados en Riverside Drive. Lo siente por las viudas y niños, pero por otro lado la alivia que muera alguien más que la gente negra perseguida cada día. Sin embargo, su sorpresa es mayor cuando ve su foto en los periódicos y lee que se la busca para interrogarla por las muertes de los policías. Como muchos otros acosados por su lucha política por la emancipación de la comunidad negra en aquel tiempo, Assata decide participar en la lucha armada y se une al Ejército de Liberación Negro. Siguen años de clandestinidad sobre los que Assata no se extiende.

El segundo hilo narrativo del libro arranca con las experiencias de Assata tras su detención en 1973. Herida en el pecho, es hospitalizada e intentan hacerla hablar con amenazas y torturas, pero ella aguanta bien y no logran sacarle nada. En unos días, su estado mejora y en el mismo hospital un juez le lee los cargos contra ella: posesión ilegal de armas y disparar a agentes de policía. También la visitan su madre, su hermana y su tía Evelyn, que es además su abogada. Tiene una bala aún en el pecho y un brazo que tal vez no pueda volver a usar, pero sabe que va a sobrevivir.

Trasladada a la cárcel, se la mantiene en aislamiento al principio y se le niega tratamiento para su brazo enfermo. Aunque recibe correspondencia de todo el país, apenas puede responder hasta que se las arregla para usar la mano izquierda. Es entonces cuando, para contestar al acoso mediático, con la ayuda de Evelyn graba una cinta que se emite en la radio, un emocionado llamamiento recordando la terrible realidad de la gente negra, su miseria y postración, y la inalienable justicia de su la lucha. «A mi gente» impresiona porque rezuma sinceridad y coraje; es el grito de un alma noble que no puede renunciar a darlo todo por la emancipación de la América negra esclavizada.

Nos describe después su vida en la cárcel: normas estúpidas y solidaridad de las otras presas, mujeres humildes cruelmente encerradas por pequeños hurtos o infracciones absurdas (muchas de ellas por participar en una lotería paralegal de la que se lucraba la propia policía), mujeres condenadas en fin por ser pobres y negras. Mala comida y maltrato, pero resiste con valor. Un día traen a Sundiata, el compañero detenido con ella y juntos trabajan en la estrategia de defensa. Verlo la anima mucho. Además la recuperación de sus heridas avanza.

A finales de 1973 es trasladada a Nueva york para un juicio por atraco e internada en Rickers Island. Es una cárcel moderna, con micrófonos y puertas automáticas. Los viajes a la corte revelan el rostro de una «justicia» racista y miserable como la sociedad que la sustenta. Cuando el juez Gagliardi apresura el juicio sin que Evelyn tenga tiempo de preparar la defensa, montan un buen escándalo en la sala y hasta varios espectadores son detenidos. Mantiene por entonces una relación sentimental con Kamau, el compañero acusado con ella en este proceso, y de ella nacerá la hija de Assata, Kakuya Shakur. El juicio tiene que ser repetido y al final Assata y Kamau son absueltos de unos cargos que se revelan como un montaje policial.

Tras el veredicto de inocencia, Assata regresa a N. Jersey, donde se empieza a seleccionar el jurado para el juicio por asesinato. Son escenas que nos permiten conocer el profundo racismo de ese estado, llamado a veces «up south» (el sur de arriba). Pronto se descubre que Assata está embarazada, y ante el peligro de un aborto se consigue que sea hospitalizada. El juicio continúa para Sundiata, el otro acusado. El nacimiento de Kakuya Shakur está lleno de episodios penosos: aislamiento, maltrato. Assata quiere ser atendida por su propio médico y eso es demasiado para el sistema. La niña le es arrebatada a los pocos días de nacer.

Sigue el relato de los juicios en Nueva York, uno por atraco y otro por secuestro de un traficante de drogas, con Evelyn tratando de pilotar la nave en el piélago proceloso de la justicia americana. En el segundo juicio, Assata actúa como abogada adjunta y lee un emocionado alegato sobre la marginación de las comunidades de color y el sentido de la lucha del Ejército de Liberación Negro. Manifiesta su inocencia y se dispone a probarla. El montaje urdido para incriminar a Assata y Ronald Myers en el supuesto secuestro se cae por su propio peso durante el juicio y el 8 de diciembre de 1975 son absueltos.

A principios de 1976 es trasladada al centro correccional de Manhattan, controlado por los federales. Se la va a juzgar por el robo a un banco en Queens. Su abogado es en este caso Stanley Cohen, blanco, pero ex miembro del partido comunista y amante de la lucha jurídica, un gran tipo. El juicio viene precedido por una intensa campaña de falsas identificaciones que deja pocas posibilidades, pero batallan duro (Assata como abogada adjunta), y consiguen desmontar todas las trampas tendidas, bastante burdas en general. Assata es declarada inocente.

Tras la absolución, vuelve a N. Jersey, donde es internada en aislamiento hasta el fin del juicio por asesinato. Un nutrido grupo de abogados colaboran en la defensa sin recibir honorarios. Los problemas de ésta consistieron sobre todo en la imposibilidad de encontrar expertos en balística, medicina o química dispuestos a asumir los riesgos de desmontar la versión de la policía, sin que faltaran tampoco roces entre los defensores. Por otro lado, la movilización social a favor de Assata fue formidable. Cuando prepara un alegato bien cimentado, Stanley Cohen es asesinado en circunstancias misteriosas y sus papeles son confiscados por la policía. Aparte de esto, la estrategia del juez Appleby es un continuo hostigamiento a la defensa. El 17 de enero de 1977 comienza el juicio con la farsa de la selección del jurado y en marzo concluye como era de prever con un veredicto de culpabilidad para Assata. El análisis de todos los indicios pone de manifiesto que Assata fue disparada mientras tenía los brazos en alto y que las heridas recibidas la imposibilitaban para manejar un arma de fuego. Tampoco se encontraron rastros de pólvora en sus manos, ni huellas suyas en las armas. Se la condenó «por estar allí».

El final de la Autobiografía se concentra en momentos clave de su vida tras recibir la condena. En el que es probablemente el fragmento más emotivo del libro, Assata nos describe una visita de su hija Kakuya, que tiene entonces cuatro años y se obstina en no creer que su madre esté internada contra su voluntad. No comprende nada y culpa a Assata de su ausencia. Al fin descubre allí mismo con sus manitas la rigidez de los barrotes que la separan de su madre. En otro capítulo, su abuela le dice en una visita a la prisión que la ha visto libre en sueños. Eso la estimula al límite. Los sueños de la abuela siempre se cumplían.

En el epílogo, Assata nos habla desde Cuba, donde vive actualmente. Nos cuenta sus experiencias en esa isla en la que, para su sorpresa, no consigue detectar rastros de racismo. Nos revela su vergüenza al tener que identificarse como estadounidense ante latinoamericanos, africanos o asiáticos que han sufrido en su carne los crímenes del imperialismo. Y nos habla también del calvario de su familia, acosada por el FBI hasta límites inhumanos. Con su hija, su tía y su madre logra reunirse al fin en suelo cubano, un proyecto largo tiempo acariciado.

La obra viene introducida por un prefacio y un prólogo. En el primero, Angela Davis nos describe el ambiente de acoso policial que vivían los miembros de la comunidad negra más comprometidos con la lucha pacífica por los derechos civiles en los años 70. Respirar esta atmósfera es imprescindible para comprender la biografía de personas como Assata, víctimas del racismo judicial y policial de los Estados Unidos de América, con síntomas tan claros hoy mismo como el encarcelamiento masivo de la población de color. Por su parte, en el prólogo, el abogado y profesor Lennox S. Hinds se centra en dos momentos clave de la vida de Assata, emblemáticos de la actitud de la «justicia» y la prensa americanas ante los activistas negros más destacados: el linchamiento mediático que sufrió mientras estaba en la clandestinidad, con imputaciones gravísimas que judicialmente resultaron siempre simples montajes, y el incidente de su detención, que le valió una acusación de asesinato y aunque en el juicio se demostró que ésta era absurda sirvió para condenarla.

Assata Shakur emerge de esta autobiografía con una imagen muy alejada del monstruo que dibujaron los medios más reaccionarios. Sus rasgos son los de una mujer que sufriendo en su carne la segregación y el racismo de la sociedad americana decidió dedicar su existencia a combatirlos. La brutalidad de los medios empleados contra la militancia política que desarrollaba, la llevó como a muchos otros a una lucha armada que tenía muy pocas posibilidades de éxito. Perseguida por el establishment con mentiras y manipulaciones, su defensa es contar la verdad de su vida.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.