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Seguir el rastro del dinero: por qué el obrero teme más a una feminista que a un fondo buitre que lo va a desahuciar

Fuentes: La Marea

La adscripción de una parte de la clase trabajadora al proyecto reaccionario no es nueva. Los fascismos de entreguerras del siglo pasado dieron buena cuenta de una cantidad considerable de obreros seducidos por el patriotismo, el antisemitismo o el fanatismo religioso de algunos de sus líderes. Un siglo después, y a pesar de saberse las consecuencias de aquellas ideologías, el malestar obrero ante un sistema que no da respuestas a sus problemas sigue en disputa. El auge de las extremas derechas en todo el planeta ha sido posible gracias a que una parte del proletariado ha comprado sus recetas, y es imperativo preguntarse por qué. 

Podemos seguir ridiculizando a quienes votan contra sus intereses como clase, a quienes compran los bulos, los odios y los miedos que vende la extrema derecha, llamarlos fachapobres y pensar que sus decisiones están atravesadas por una supina ignorancia que luego pagan caro. ‘Disfruten lo votado’, dicen algunos, cuando el gobierno derechista de turno falla a su ciudadanía o da una vuelta de tuerca más a su precariedad.

Esta habitual arrogancia no explica ni aporta nada, es tan solo un refugio moral para quien se cree a salvo de la intoxicación ultra, quien sigue pensando que tener razón y estar instalado en la superioridad moral, despreciando los enganches que usa la extrema derecha para convencer, es suficiente para vencer, y que de alguna manera mágica convencerá a quienes están equivocados. 

Entender que la conquista que ha conseguido la ultraderecha de una parte de la opinión pública no es nueva, ni responde exclusivamente a la ignorancia, es clave para realizar un diagnóstico acertado y útil para tratarlo. Hace muchos años que la derecha trata de competir por la hegemonía, hablando en términos gramscianos, y que lo primero que hizo para librar esa batalla fue leer mucho a la izquierda. Fueron los intelectuales de la Nueva Derecha francesa tras el Mayo del 68 quienes pusieron las bases de la batalla cultural que hoy tanto rédito está dando a los nuevos fascismos. Un nuevo relato, un nuevo lenguaje diseñado para los nuevos tiempos, para competir en el juego democrático, haciendo del nuevo fascismo una opción tan respetable como las demás, una opción más del menú de las democracias liberales. 

Se trata de una batalla constante, primero por los significados (democracia, libertad, derechos…), y después, por capitalizar la ansiedad, los miedos y los agravios del capitalismo sin cuestionarlo, proponiendo los chivos expiatorios habituales: migrantes, minorías, izquierdas, políticas públicas de igualdad y de justicia social, y una élite que conspira contra el pueblo, pero que no tiene que ver con quienes poseen la mayor parte de la riqueza. Esto explica gran parte de la seducción a la que se rinden algunos obreros para votarles. Pero no solo. La extrema derecha ha sabido entender que las emociones movilizan a menudo mucho más que la razón, y por esto mismo, ofrecer ‘lugares seguros’ ante un mundo en ruinas, ante la decadencia inevitable que dibujan, es siempre una apuesta ganadora. 

Estos lugares seguros poco tienen que ver con las condiciones materiales que la clase trabajadora ha reivindicado siempre para una vida digna y una sociedad que coopera, que se hace cargo del bienestar de todos sus miembros y que tiende a corregir las desigualdades. Los lugares seguros son espacios simbólicos a los que asirse ante la debacle, identidades inmutables que aportan certezas y orgullo, como las patrias, la fe, la masculinidad o la feminidad bien entendida (la de siempre), la raza o cualquiera de sus eufemismos, como la ‘civilización occidental’.

La izquierda, sin embargo, no articula sus propuestas teniendo en cuenta aspectos emocionales, sino que ofrece cálculos y soluciones materiales a las precariedades. Es por ello por lo que un obrero vota a menudo a la derecha movido por otros enganches, por aquello que le proporciona una seguridad que va mucho más allá de un techo o un trabajo digno. La ultraderecha le ofrece un lugar en el mundo, un motivo de orgullo, una sensación de pertenencia a un proyecto, a una comunidad que trasciende su posición social y amortigua su ansiedad. 

Esta batalla cultural que ha conseguido convencer a una parte de la clase trabajadora ha sido posible y, en última instancia exitosa, gracias en gran medida al presupuesto milmillonario invertido. A los múltiples artefactos creados con tal misión, y que forman parte de una red internacional que sabe muy bien lo que hace. Hay cientos de think tanks, medios de comunicación, redes sociales, universidades, influencers, empresas y gobiernos que tienen muy clara su misión. Todos los años realizan varios encuentros internacionales que sirven para compartir estrategias, promocionar políticas o batallas culturales, formar y encumbrar líderes, tejer alianzas y encontrar mecenas para los múltiples frentes de la contienda. Y hay gobiernos, como varios de los autonómicos en España gobernados por PP y Vox, que inflan a sus medios y a sus diferentes actores de dinero público. 

Es imprescindible también poner el foco en organizaciones como Atlas Network, CPAC, Political Network For Values, Foro Madrid y muchos otros nombres desconocidos por la mayoría, pero que están en el corazón de toda esta lucha por la hegemonía. Seguir el rastro del dinero nos dará pistas de quiénes están interesados en apartar a la sociedad de los valores de igualdad, democracia y derechos humanos, invirtiendo en todo un arsenal político y propagandístico para hacer que el obrero tema más a una feminista que a un fondo buitre que le va a desahuciar. Para que el odio al diferente sirva como lubricante para la exclusión, impidiendo así cuestionar la arquitectura del sistema que causa su precariedad y empujando a los obreros a competir entre ellos. 

Hay que reconocer que, si la estrategia les está funcionando, no es solo por su gran presupuesto y por las complicidades con las que cuentan, sino también entender en qué terreno se combate, cuáles son sus victorias, y qué estamos haciendo nosotros para competir por esa rabia que genera un sistema injusto que la extrema derecha no pretende reemplazar, sino reforzar cada vez más para ampliar esa fractura social y vaciar las democracias de contenido. El proyecto neoliberal sabe que la extrema derecha garantiza su supervivencia. Y la democracia, a su vez, sabe que es totalmente prescindible para ello.

Fuente: https://www.lamarea.com/2026/01/23/seguir-el-rastro-del-dinero/