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Terremoto

Fuentes: Rebelión

Un terremoto suena como si los Titanes y los Gigantes, cautivos en el Tártaro por la poderosa mano de Zeus, ansiaran escapar de esa prisión tenebrosa. El subterráneo bramar de la Tierra, semejante al rugido de miles de fieras salvajes, es terrorífico y paralizaba no sólo el cuerpo sino, incluso, el intelecto. Sucede cuando menos […]

Un terremoto suena como si los Titanes y los Gigantes, cautivos en el Tártaro por la poderosa mano de Zeus, ansiaran escapar de esa prisión tenebrosa. El subterráneo bramar de la Tierra, semejante al rugido de miles de fieras salvajes, es terrorífico y paralizaba no sólo el cuerpo sino, incluso, el intelecto. Sucede cuando menos se lo espera, en cualquier instante de un día soleado o cuando se descansa profundamente en el reino de Morfeo, y rara vez se tiene alguna profética corazonada que permita ponerse a buen resguardo, que tampoco existe.

Apenas comienza, se escucha un crujido atroz que emerge de las entrañas del planeta y se siente el brusco remezón inicial. En un santiamén se forman turbas humanas, que atropellan y aplanan a quien encuentran, hacerse a un lado y dejarlas pasar es el mejor remedio. La locura colectiva es lo más impactante, todos corren sin brújula ni norte y en sus actitudes no hay la mínima lógica, algunos se dirigen hacia los lugares de los que otros huyen y mientras unos maldicen a Dios por no detener el infernal suplicio en otros cunde el miedo al extremo de confesar a grito pelado sus pecados o suplicar con humilde unción por la suprema ayuda Divina. Mantenerse en pie se torna muy difícil y quienes pierden el equilibrio caen al suelo, donde toman la posición de una cruz, en el intento deevitar que la Tierra se los trague, pues cuando ella se abre engulle lo que encuentra en fracciones de segundo.

Se piensa que un temblor no puede ser tan fuerte, que ya llegó a su límite, que es imposible que se incremente más aún y, no obstante, sube de magnitud y las casas se derrumban como señaladas por la Parca Átropos. No existe preparación ni manera de eludir el pánico, porque el crujir y el temblor de las entrañas de la Tierra multiplica por mil las debilidades humanas. Y no hay cómo controlar a la turba que huye, presa de la ofuscación más absoluta, en busca de refugio en los escondrijos más insólitos. Mantenerse impávido es única protección contra la enajenación desenfrenada, en un momento cuando nadie puede hacer nada.

Desalienta la inmensidad del cataclismo y se advierte lo perecederos que somos. Lo efímero de la existencia humana se hace patente en un momento en el que apenas un microsegundo separa la vida de la muerte, el presente de la eternidad, la serenidad de la cobardía. El terremoto da paso a momentos de debilidad y cobardía, aunque también de grandeza y espíritu de sacrificio; transforma la sociedad en tabla rasa.

La impotencia paraliza, no se puede hacer nada y nadie es nadie, aun los hombres más fuertes manifiestan sus debilidades y la tragedia iguala a todos. La calma posterior hermana a los sobrevivientes, que comparten lo poco que lograron salvar y se apoyan mutuamente. Es algo para tenerlo presente en cada instante del resto de la vida.

Después vienen las réplicas, son muchas. La gente se atolondra cada vez que suceden y se asusta incluso del tambaleo que produce un perro al subir por las escaleras. La tranquilidad tarda en llegar, pero llega. Y con ella renace la esperanza en el hombre.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.