La pasada década, emergió un renovado movimiento feminista con un carácter ampliamente anticapitalista. Este daba respuesta a una organización de la reproducción social basada en la invisibilización y devaluación de las actividades feminizadas y racializadas que sostienen la vida de la clase trabajadora.
En 2015, la respuesta popular al feminicidio de Chiara Páez en Argentina dio lugar al movimiento “Ni una menos”, marcando el comienzo de un ciclo de movilización feminista a una escala internacional. Este ciclo alcanzó su clímax político el 8 de marzo de 2017, cuando militantes feministas de diversos países llamaron conjuntamente a un “paro internacional”. Esta iniciativa, posteriormente conocida como las huelgas feministas, se extendió en el estado español hasta 2019 y marcó una transformación profunda en el programa político de los feminismos.
Uno de los eslóganes centrales del movimiento, “si nosotras paramos se para el mundo”, capturaba un giro conceptual en las luchas feministas que emergieron tras la crisis financiera: no se trataba de reivindicar meramente la igualdad formal con los hombres en la sociedad capitalista, sino de identificar la posición estratégica que las mujeres y las disidencias podíamos ocupar en y contra este orden de acumulación. Adoptando la herramienta obrera de la huelga y aterrizando los feminismos en la autoorganización de base, el movimiento rearticuló esta lucha como parte de un bloque histórico más amplio enfrentado al capitalismo racial. Así, las huelgas feministas lograron un alcance de masas, —llenando las calles de nuestras ciudades, pueblos y barrios, incorporando a numerosas mujeres históricamente excluidas de las militancias formales y convirtiéndose en un vector de politización decisivo para una nueva generación de jóvenes. Yo tuve la suerte de comenzar a organizarme políticamente en este contexto tan electrizante.
Una de las cuestiones clave de la huelga feminista fue, siguiendo la teoría de la reproducción social, su capacidad de posicionar los feminismos como portadores de un proyecto de transformación radical abierto al conjunto de explotades y oprimides. En otras palabras, si las demandas que fueron invocadas aquel 8 de marzo fuesen llevadas a sus últimas consecuencias, esto implicaría un cambio profundo en la vida de todas las personas de la clase trabajadora. Un cambio que, probablemente, requeriría enfrentar de forma directa la explotación, el racismo, la guerra imperialista, la colonialidad, la cisheteronormatividad, el capacitismo, la mercantilización y privatización de la reproducción social, la devastación ecológica, y mucho más. En definitiva, enfrentar al sistema capitalista en su totalidad. Se trataba, por tanto, de un feminismo de la totalidad.
La construcción de una fuerza feminista similar hoy implica reconocer sin nostalgias el cierre del ciclo de movilización anterior, para así enfrentar la tarea de reactualizar la potencia revolucionaria de la lucha por la liberación de género. Precisamente, los tiempos vacíos nos ofrecen un momento de reflexión colectiva sobre lo que el movimiento feminista puede ser. Aún con la necesidad de aprender de nuestros errores tácticos, afinar nuestros análisis y así desplegar todo su potencial político, seguimos encontrando en los feminismos una de las expresiones más dinámicas y genuinamente transformadoras de la lucha de clases.
Si bien la lucha feminista ha perdido foco y masividad, no ha desaparecido del plano político de la clase trabajadora. En su lugar, ha adoptado nuevas mediaciones y terrenos de lucha, los cuales deberemos seguir sembrando como militantes comunistas. De hecho, las cuestiones de género han adquirido una gran centralidad en algunas de las luchas más vivas de nuestro tiempo, tales como los sindicatos de vivienda, la solidaridad con el pueblo Palestino y los movimientos queer. Cada una a su manera, ha expandido los horizontes y demandas feministas hacia nuevos nodos de combate frente al capital. En este sentido, afirmamos nuestro compromiso con la teoría y la praxis feminista como herramientas imprescindibles para encarar la actual fase política.
Una fase marcada por una agenda profundamente regresiva a nivel internacional en lo que respecta a los derechos de las mujeres, de la justicia reproductiva y de las personas trans, queer, no binarias e intersex. Esto no es casualidad, puesto que el reforzamiento del binarismo está íntimamente conectado con la reorganización de un capitalismo en crisis. Así, la política reaccionaria de género contemporánea asume una triple forma:
– La re-familiarización de la reproducción social, a costa de los sectores feminizados y racializados de la clase trabajadora.
– La producción de masculinidades proletarizadas y excedentes para engrosar las filas de la guerra imperialista
– El señalamiento de cuerpos que no encajan o desobedecen a la norma de género como chivos expiatorios que carguen con las peores consecuencias de la crisis
Al observarlas en conjunto, estas dinámicas revelan que la actual ofensiva hacia la disidencia sexual y de género no es una disputa meramente cultural y tangencial, sino uno de los mecanismos centrales de la reproducción de las relaciones sociales capitalistas en contextos de crisis. Estas pedagogías reaccionarias cis no solo naturalizan las desigualdades estructurales y la división generizada y racializada del trabajo, sino que además nos educan como sujetos políticamente indefensos ante las clases expropiadoras. Al canalizar malestares sociales reales y legítimos (ausencia de futuros deseables creíbles, inaccesibilidad de la vivienda, alienación, inestabilidad permanente, etc) hacia soluciones individuales (no «pensar como pobres», realizar este o aquel curso carísimo para ser un macho alfa triunfador, recluirte en la esfera privada, etc) se cierra preventivamente una salida revolucionaria a la crisis. De hecho, tal y como señala Lisa Leak, militante marxista de rs21, los deseos persecutorios de la reacción antitrans solo podrían llegar a cumplirse bajo condiciones plenamente fascistas, esto es, bajo una derrota generalizada de la clase trabajadora.
El binarismo de género se vuelve así el pegamento con el que recomponer las fracturas de un presente de miseria. Ellos lo llaman ser un hombre y una mujer «de verdad», nosotres decimos que es una condena al aislamiento en la cocina y a la muerte en sus guerras.
Para poder hacer frente a los retos de esta ola reaccionaria, hemos de revitalizar las herramientas de los feminismos-marxistas. Nuestra comprensión del marxismo es totalizante. Esto quiere decir que nuestra lucha contra el orden actual se libra en todos los frentes. La realidad que buscamos transformar no es una abstracción; sino que toma forma en nuestras vidas cotidianas a través de múltiples determinaciones y relaciones sociales de dominación tales como la raza, el género, la sexualidad o la capacidad entre otras. Por lo tanto, hemos de entender nuestra opresión diaria en tanto mujeres, sujetos feminizados y disidencias como algo inseparable de las dinámicas históricas de la sociedad de clases. Es fundamental, pues, que los proyectos socialistas revolucionarios atendamos a la opresión – y liberación – de género no como una cuestión secundaria, sino como un aspecto central de nuestra política.
La necesidad de adoptar una perspectiva específicamente transfeminista en la construcción del socialismo está arraigada en cuatro razones interconectadas. 1) Primero, hay una necesidad analítica: debemos comprender el capitalismo en todas sus determinaciones si buscamos transformarlo. De lo contrario estaríamos, siguiendo a Cinzia Arruzza, tratando de entender el funcionamiento de todo el cuerpo humano atendiendo exclusivamente al estudio del corazón. 2) En segundo lugar, hay una necesidad táctica: Las luchas feministas y queer expanden el campo de la lucha de clases, empujándolo más allá del punto directo de producción y reforzando nuestro poder colectivo. 3) En tercer lugar, hay una necesidad estratégica: La unidad de clase necesaria para la organización revolucionaria solo puede construirse a través de su diversidad, mediante la lucha contra las relaciones sociales que nos reproducen de forma diferencial. 4) Por último, hay una necesidad prefigurativa: la opresión de género afecta y limita a todas las explotadas y oprimidas, mientras que la liberación feminista y queer abre la posibilidad de una vida más libre y placentera para todes. La lucha liberacionista de género no es, pues, tan solo un medio para nuestra emancipación; sino también un destello del mundo que buscamos construir.
Para llevar a cabo este objetivo, como comunistas y transfeministas ayudamos a construir movimientos autónomos queer y feministas. Diferenciamos la necesidad de una autonomía organizativa (puesto que las mujeres y las personas queer sufrimos una opresión específica somos quienes hemos de organizarnos para decidir cómo, cuándo y sobre qué demandas se articula nuestra lucha) de una autonomía política (trabajando desde dentro del movimiento por una orientación revolucionaria que lo posicione en el marco general de la lucha de clases). Se trata, por tanto, de construir movimientos en los que la lucha contra la opresión es obra de les oprimides mismes.
Esta autonomía es crucial porque, por mucho que no nos hagamos cargo de esta realidad, la clase trabajadora internacional es internamente diversa. Dentro de la misma existen grupos oprimidos con intereses, necesidades y deseos específicos que no pueden reducirse a su condición compartida de proletarios. Intereses que pueden entrar en tensión entre sí, y que probablemente lo sigan haciendo después de una revolución. Cuando estas necesidades específicas no afloran es porque están siendo acalladas, y esto puede llamarse de muchas maneras, pero no es política revolucionaria. Por esta razón, no consideramos deseable extinguir el potencial transformador de las luchas autónomas queer y feministas, tan siquiera en un contexto socialista. Sus demandas específicas pueden profundizar, incitar y enriquecer el trabajo de les revolucionaries.
Tenemos confianza en nuestra perspectiva revolucionaria, creemos firmemente que la liberación sexual y de género requiere la emancipación de la humanidad oprimida en su conjunto y la construcción de una sociedad sin clases y libre de dominación. Pero esta conciencia no puede ser introducida de forma vertical en un movimiento. En su lugar, nuestra práctica cotidiana ha de animar a nuestras compañeras a llegar a conclusiones similares a través de su propia experiencia y actividad política. Si nuestras herramientas militantes son los medios más favorables para alcanzar la liberación, esto ha de probarse mediante experiencias y victorias tangibles. Asimismo, hemos de estar abiertas a que nuestras hipótesis se demuestren falibles al calor de la coyuntura. La confianza y la dirección política no se ganan por proclamación, sino mediante un proceso compartido de reproducir las condiciones que hagan posible el avance de nuestra lucha.
Por último, la articulación de un transfeminismo revolucionario y de la totalidad requiere la elaboración de un programa político unitario de las explotadas y oprimidas, así como de nuevos horizontes imaginativos que atiendan a nuestras especificidades. Frente a los feminismos anti-derechos, los femonacionalismos, los feminismos liberales y el resto de los feminismos enemigos, el nuestro ha de ser un programa de liberación total. No concebimos la construcción de un futuro socialista sin los presentes (en su doble sentido) de las trabajadoras sexuales, de las compañeras trans, migras, racializadas, discas, locas y demás excedentarias del orden neoliberal. Sus conocimientos encarnados forjan y amplían nuestra imaginación táctica y estratégica. En esta línea, las militantes feministas de la IV Internacional formularon en 1978 un conjunto de demandas transicionales que siguen vigentes, incluyendo: la nacionalización de la industria farmacéutica, la abolición de la propiedad legal sobre les niñes, la descriminalización de la prostitución, jardines de infancia, escuelas, lavanderías y cafeterías gratuitas, y poner fin a las aplicaciones racistas de las leyes contra el abuso sexual, entre otras.
Hoy nuestra tarea es retomar y expandir este programa. Debemos de conectarlo con los imperativos del ecosocialismo, de la liberación trans, de las políticas anti-capacitistas, del internacionalismo y el anti-imperialismo del siglo XXI, así como con los debates renovados en torno a la abolición de la familia, del género y la carceralidad en sus diversas formas. Pero, sobre todo, hemos de entender que el proceso de liberación feminista y queer no ocurrirá de forma automática tras una revolución, y que nuestro trabajo ha de comenzar aquí y ahora. Tal y como decía la revolucionaria Angela Y. Davis, un mundo comunista reflejará las luchas que lo llevaron a su fase triunfante. Por ello, hemos de llevar a cabo un combate firme frente a las relaciones sociales que sostienen la opresión de las mujeres y disidencias en el propio desarrollo actual de la lucha de clases.
Un transfeminismo revolucionario y de la totalidad ha de vincular, pues, reivindicaciones inmediatas con horizontes más amplios de transformación socialista, volviendo la liberación imaginable como un proyecto concreto y colectivo. Un proyecto capaz de recomponer a la clase trabajadora en su diversidad como sujeto político capaz de rehacer el mundo. Porque, como nos recuerda un poema obrero histórico: Queremos el pan, pero también las rosas.
Ira Hybris, militante aragonesa, de Abrir Brecha y del área confederal de disidencias LGBTIQA+ de Anticapitalistas.
Fuente: https://vientosur.info/un-transfeminismo-revolucionario-en-y-contra-nuestro-tiempo/


