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William Weitling, comunista y cristiano

Fuentes: Rebelión

Entre las grandes figuras del primer socialismo que acompañaron a Marx en la extraordinaria aventura de la Primera Internacional, es importante recordar el nombre de William Weitling (Magdeburgo, 1808-Nueva York, 1871), un   obrero comunista alemán, sin duda la figura más importante del primer movimiento obrero germano. Hijo ilegítimo de la cocinera Christiane Weitling y […]

Entre las grandes figuras del primer socialismo que acompañaron a Marx en la extraordinaria aventura de la Primera Internacional, es importante recordar el nombre de William Weitling (Magdeburgo, 1808-Nueva York, 1871), un   obrero comunista alemán, sin duda la figura más importante del primer movimiento obrero germano. Hijo ilegítimo de la cocinera Christiane Weitling y de un oficial del Ejército napoleónico. Cuando su padre abandonó a su madre, ésta tuvo que cargar con todos los problemas de una madre soltera y pobre. Wilhem después de pasar por la escuela primaria aprendió el oficio de sastre que fue su oficio durante toda su vida. En 1828 escapó de Prusia para no hacer el servicio militar y con un pasaporte falso se dedicó a recorrer Alemania siguiendo la tradición de los «compañeros» y estudió a   Fourier y Lamennais . En 1830 fue testigo de los acontecimientos revolucionarios de Leipzig y en 1835 se trasladó a París donde entró en contacto con los sansimonianos, los fourieristas y los seguidores de Babeuf.

En 1837 ingresó en las filas de la Liga de los Justos que trabajaba entonces en estrecha relación con la «Sociedad de Naciones» de Blanqui y Barbés. Pronto se convirtió en el dirigente más importante del grupo y en 1838 redactó su programa con el título de La humanidad cómo es y cómo debería de ser (1838), que significa un paso adelante en la historia del socialismo por cuanto hace una llamada revolucionaria a la clase obrera. Marx que le consideraba muy superior a «la mediocridad de la literatura política alemana» (incluso por encima de Proudhom), vio en él una «contextura de atleta»: «¿Cómo comparar, escribió en 1844, estas botas de siete leguas del proletariado en sus inicios con los pequeños zapatos gastados de la burguesía política alemana?. No se puede sino pronosticar una talla gigantesca a la Cenicienta alemana. Es preciso reconocer que el proletariado alemán es el teórico del proletariado europeo, igual que el proletariado inglés es el economista y el proletariado francés es el político». No obstante más adelante Marx situará a Weitling como el más avanzado representante del artesano, una clase que se debate entre el pasado y el futuro, lo mismo que Weitling se debatía entre el cristianismo primitivo y el comunismo basado en la acción proletaria. Luego definió su comunismo religioso en El Evangelio de un pobre pecador,   donde asegura que Jesús fue el precursor del comunismo.

Convertido en un «militante profesional» Weitling se trasladó entre verano de 1840 y primavera de 1841 a Suiza para hacer agitación y propaganda. No tuvo influencia sobre los grupos de artesanos pero sí entre los obreros y logró fundar una sección de la Liga de los Justos en Ginebra y Lausana, llegando a crear «comedores comunistas» a los que quería convertir en ensayos para la nueva sociedad que soñaba. Expulsado de Suiza y de nuevo en París prosiguió su intensa actividad organizativa y fundó diversas revistas. Una de ellas fue La joven generación y sobre ella escribió Engels: «Si bien esta publicación está escrita por un obrero y destinada únicamente a obreros, supera desde el principio a la mayoría de publicaciones de los comunistas franceses». Durante este tiempo Weitling fue el comunista alemán más influyente y temido por las autoridades. En 1842 escribió su obra principal, Garantías de la armonía y la libertad , fue definida por Heine como «el catecismo de los trabajadores» y que levantó el siguiente comentario de Marx: «¿Dónde podría mostrar la filosofía alemana –incluida sus filósofos y sus eruditos– una obra como la de Weitling?». La hostilidad policíaca llevó a Weitling a considerarse como un mártir semejante a Cristo, al que vio como un comunista que «predicó la igualdad de bienes».

En un proceso celebrado contra él en 1843 defendió su cristianismo diciendo: «No es una doctrina cualquiera la que puede poner en peligro la religión, sino las prerrogativas y privilegios que una minoría quiere eternizar por medio de formalismos religiosos… Cada hombre tiene el derecho de interpretar la Biblia de acuerdo con sus propias convicciones, pues su interpretación no es privilegio de una casta». Condenado en Suiza fue entregado a la policía prusiana. Una vez libre continuó su labor de militante. En 1846 entró en relación con Marx que trató de convencerlo de su programa vanamente. Weitling era reacio a los intelectuales y estaba convencido de que sólo un trabajador sabe lo que necesita la clase obrera. También lo era de cualquier intento de una sistematización científica de las ideas socialistas, y nunca dudó de Sus esquemas comunistas cristianos. Las diferencias entre ambos quedaron patentes con ocasión de la revolución de 1848, ante la cual Weitling no se planteó ningún problema teórico, ningún problema sobre la «transición» de Una revolución democrática a socialista…

Anotemos que e Alemania la forma económica capitalista se desarrolló durante la primera mitad del siglo XIX. El artesanado se vio en dificultades por la competencia extranjera, ante todo del capitalismo industrial inglés en expansión, y por el nacimiento de los talleres manufactureros que trabajaban de manera más racional. Al mismo tiempo nació un capital industrial y comercial. La situación social de amplios estratos del artesanado se caracterizaba por una creciente inseguridad existencial de la que se vieron afectados no sólo muchos maestros artesanos libres, sino también amplios estratos de campesinos. La «liberación de los campesinos», puesta en marcha por las medidas reformistas de Stein y Hardenberg, permitió a los latifundistas privar legalmente a numerosos campesinos de todo lo que poseían. Al mismo tiempo, los gremios se vieron amenazados en su existencia por la formación de una pequeña minoría de empresarios capitalistas en las ciudades que suministraban a los trabajadores las herramientas, las materias primas y organizaban la venta del producto acabado: a partir de antiguos trabajadores de los gremios, apareció un estrato empobrecido de proletarios productores que trabajaban en sus domicilios.

No obstante, las primeras sublevaciones de los trabajadores no tuvieron lugar entre los que producían en industrias familiares -los estratos más miserables y al mismo tiempo más desesperados-, sino entre los empleados en empresas de manufactura y con maquinaria; así, en 1826 protestaron los afiladores de Solingen y en 1828 los tejedores de seda de Krefeld. Su protesta se dirigía contra el inaguantable nivel salarial y contra el explotador sistema de retribución en especie. La revolución parisina de junio de 1830 originó también en Alemania nuevas acciones; así, por ejemplo, los trabajadores destruyeron máquinas y fábricas en Aquisgrán y Eupen; en Berlín los sastres protestaron delante de las ventanas del rey contra la competencia de las máquinas de coser; hubo tumultos en Leipzig y Dresde y en otros lugares. Finalmente, el ataque por parte de estudiantes demócratas contra la guardia de la dieta en Frankfurt desencadenó una ola de represión contra personas indeseadas y sospechosas para la autoridad.

Por entonces, as huelgas y tumultos aumentaron progresivamente hasta la revolución del 48. Mientras que durante los cuatro años de 1840 a 1843 sólo hubo ocho huelgas, en cada uno de los años 1844 y 1845 se produjeron trece huelgas. Pero las masas de los trabajadores se manifiestan contra la miseria reinante no sólo por medio de huelgas, sino también por medio de «tumultos» y concentraciones. Asimismo, el número de escritos sobre la situación de los trabajadores aumentó bruscamente después de la sublevación de los tejedores en junio de 1844. Mientras que en el período de 1840 a 1843 se publicaron unas cinco obras por año, en 1844 aparecieron ya 20, y en 1845 más de 30. En el año de la revolución, 1848, se alcanzó el punto más alto de las publicaciones políticas sobre la cuestión laboral, siendo su número superior a los cien tratados.

Al oficial de sastre Wilhelm Weitling se le ofreció una rica paleta de experiencias: por ejemplo, fue testigo de los acontecimientos revolucionarios del año 1830 ocurridos en Leipzig, donde estaba empleado. Esta fue, según dijo más tarde él mismo, una revolución en la que nadie sabía con certeza lo que quería y de qué se trataba, de tal forma que el pueblo pudo ser engañado por el gobierno. A Weitling podría llamársele, con bastante razón, el Blanqui alemán. Es el representante más importante del naciente socialismo alemán, en cuyas obras se manifiesta la explosiva mezcla de las escuelas francesas del período que precede a la revolución de febrero de 1848. Nacido en Magdeburgo en 1808, hijo natural de una cocinera alemana y de un oficial francés, llevó la vida ambulante propia de un oficial de sastre que huye del servicio militar. Durante su estancia en París entre 1835 y 1841 experimentó las principales influencias que determinarían su formación: como miembro activo de la Liga de los Justos, filial alemana de la secreta Sociedad de las Estaciones, dirigida por Blanqui, publicó en 1838 La humanidad tal como es y tal como debería ser que podría considerarse como la predecesora del Manifiesto Comunista y en cuyas palabras de presentación afirma:

Los nombres República y Constitución tan bellos como son, no bastan por sí solos;

el pobre pueblo tiene el estómago vacío, no tiene nada sobre su cuerpo y siempre debe trabajar; por eso la próxima revolución debe ser, si es para mejorar, una revolución social .

La siguiente obra de Weitling, El Evangelio del pobre pecador, le comportó la detención durante diez meses en una prisión en Suiza y la extradición a Prusia. Después Weitling se fue a Londres y en Bruselas se encontró con Marx y Engels. Sin embargo, diferencias estratégicas y tácticas les llevaron pronto a la ruptura: «Mientras que aquellos opinaban que el proletariado debería apoyar primero a la burguesía en su lucha contra la monarquía y el feudalismo, éste esperaba de la revolución venidera la realización inmediata del orden comunista».

Nuestro hombre desconfiaba de la estrategia marxista, porque temía que -al igual que ocurrió en Francia- después de la consecución de la república burguesa en Alemania el proletariado se vería privado del goce de los frutos de la victoria sobre la monarquía. Por eso, el objetivo de la Liga de los Justos, aceptando la táctica de Babeuf, consistía en intervenir directamente mediante la propaganda y las acciones revolucionarias para realizar por fin la anhelada revolución social. Weitling, como Blanqui y sus compañeros de lucha, esperan de la revolución lo que Fourier esperaba de los ricos para la realización de su sistema, lo que Proudhon deseaba cambiar en el ámbito de la sociedad burguesa, lo que Louis Blanc aspiraba alcanzar con la administración estatal.

Weitling ve la causa de todos los males en la propiedad privad: y en el medio de su mantenimiento, el dinero. Su programa culmina en la reivindicación de la abolición «de cualquier dominio, basado en la violencia y en el privilegio, en cuyo «lugar debe, ponerse una simple administración que organice los distintos sectores de trabajo y distribuya sus productos». A causa de las poco desarrolladas condiciones alemanas, su concepto de clase todavía es relativamente estático: distingue, por una parte, los ociosos «los que comen gratis», sin hacer diferencias entre señores feudales y propietarios del capital y, por la otra, las masas trabajadoras los que carecen de propiedad, ya sean artesanos, campesinos o proletarios. El elemento aglutinador de las masas populares es sólo la miseria padecida en común; hacerla consciente, añadir la agudeza de la conciencia: aquí es donde Weitling ve su misión. En contraposición a los comunistas utópicos anteriores a Weitling, la sociedad comunista ya no aparece como un simple sueño, sino como el resultado de las acciones revolucionarias de las masas populares. La revolución es, para él, el único medio eficaz para la realización del progreso en la historia. También en este punto se distingue de los demás socialistas primitivos.

Mientras que Saint-Simon quiere eliminar la miseria por el dominio de la industria y la ciencia. Fourier espera la llegada de un poderoso que realice sus planes. Owen lo intenta mediante empresas modelo dentro de un ambiente capitalista. Proudhon sueña en conseguir la felicidad de la humanidad por medio de una banca nacional con créditos libres de pago de intereses para los trabajadores. Louis Blanc quiere desplazar a la vieja sociedad con talleres nacionales. Cabet se aferra a los principios del convencimiento pacífico y del ejemplo. Weitling por el contrario, espera del mismo modo que los neobabeuvistas en Francia, que la transformación comunista en Alemania venga por la revolución. Entiende por revolución la sublevación armada de los oprimidos que, aunque ciertamente debe ser preparada por una amplia agitación, no puede en cambio ser sustituida por ésta. La eliminación de la propiedad, objetivo principal de la revolución, exigiría el empleo de medios violentos, ya que no se podría contar con que los poseedores renunciasen libremente a su propiedad en favor de la mayoría: «Toda revolución social comenzará de una forma distinta a las realizadas hasta ahora…Si el pobre pueblo está harto del yugo y quiere acabar de una vez para siempre con esta situación, entonces no debe declarar la guerra a las personas, sino a la propiedad.

Como último recurso del alzamiento de las masas, Weitling aconseja una estrategia de conflicto no muy distinta de la guerrilla y de la guerra popular llevadas a cabo en los países en vías de desarrollo. En caso de que la explicación y la propaganda no conduzcan por sí solas a la revolución, y los estratos sociales oprimidos no lleguen a descubrir las causas de la pobreza de forma libre, aboga por llevar hasta las últimas consecuencias el desorden existente, es decir, debe incrementarse todavía más la miseria de las masas: Cuando, a pesar de todos los argumentos razonables, los gobiernos no toman medidas para mejorar la situación de las clases más numerosas y pobres, sino por el contrario se incrementa el desorden, entonces todos los que además de la comprensión de la situación todavía poseen valentía, deben dejar de oponerse a este desorden y, por el contrario, deben intentar llevar este desorden hasta las últimas consecuencias de tal forma que el pobre pueblo se alegre de este creciente desorden, como el soldado disfruta de la guerra, de manera que los opresores tengan que sufrir igual que los ricos durante la guerra.

Al parecer de Weitling, el «pobre pueblo» estará maduro para una acción revolucionaria cuando su desesperación haya alcanzado el punto más alto. Según él, el medio último y más seguro de agudizar el desorden hasta los últimos límites consiste en el robo organizado. Weitling busca el potencial necesario para esta operación en el lumpenproletariado urbano. Para estos estratos desarrolla una doctrina de justificación del robo, concebida como la moral de una anarquía social. Su pensamiento básico es: el robo del rico a los pobres es un crimen; sin embargo, el robo de los pobres a los ricos es una acción justa: «Quien roba y hurta a un rico para ayudar con lo robado y hurtado a los pobres, es un ladrón noble, judío; por el contrario, el rico que reduce el sueldo de los trabajadores mediante la especulación para dejar una rica herencia a sus descendientes es un ladrón despreciable y vulgar, un bandido sucio y egoísta»

La teoría revolucionaria de Weitling acaba pues en el «bandido generoso» que establece una «redistribución» a su manera, sangrando a los ricos para ayudar a los pobres. En consonancia con ello, sueña con un Mesías que se ponga al frente de los desesperados, como igual entre los iguales, para dirigirlos a la revolución. No obstante, no quiere esperar pasivamente su llegada, sino que desea ayudar activamente con su acción revolucionaria. El objetivo de que la tiranía de los poseedores y los dominadores sea abolida y de que se construya una nueva sociedad sobre las bases de igualdad y justicia es lo que une estrechamente a Weitling con Babeuf y Blanqui.

A Weitling le corresponde el mérito de haber elaborado una teoría original de la revolución con ayuda de los estímulos recibidos de los pre-socialistas durante su estancia en París. Por eso no es de extrañar que, cuando se hablaba de la contribución para la construcción de un socialismo independiente, proletario, Marx y Engels le alabaran, a pesar de todas las reservas que sentían frente a Weitling. Así, después de la aparición de la obra de Weitling, Garantías de la armonía y la libertad , Marx hace notar en sus Glosas críticas al margen  del año 1844: «Por lo que respecta al nivel de formación o de capacidad de formación de los trabajadores alemanes, recuerdo los escritos de Weitling que en el aspecto teórico sobrepasan incluso a Proudhon, a pesar de ser inferiores en cuanto a su realización. ¿Dónde podría mostrar la burguesía?.contando a sus escritores y filósofos- una obra igual. . .que hiciera referencia a la emancipación de la burguesía, la emancipación política? Si se compara la mediocridad evidente y tibia de la literatura política alemana con ese grandioso y brillante debut literario de los trabajadores alemanes, si se comparan estos gigantescos comienzos del proletariado alemán con la pequeñez de la escuela política alemana de la burguesía, entonces debemos profetizar a la cenicienta alemana una figura atlética».

Cuando en el prólogo inglés a la edición alemana del Manifiesto Comunista se dice que la «emancipación de los trabajadores debe ser obra de la misma clase trabajadora», esta frase programática hace referencia al propio sentido de la teoría comunista de Weitling. Pues para éste está fuera de duda que la clase proletaria no puede seguir yendo a remolque de movimientos pequeñoburgueses, sino que precisa de una organización independiente para prepararse para aquella lucha que Weitling llama revolución social.

La aparición de la obra Garantías y armonías de la libertad de Weitling constituyó también para otros contemporáneos de éste una importante experiencia intelectual. Así, por ejemplo, para Ludwig Feuerbach, quien en el mismo año en que Marx alaba la obra de Weitling, en 1844, reconoció en una carta a Friedrich Knapp: «¡Cómo me sorprendió el modo de pensar y el espíritu de este oficial de sastre! ¡Es un verdadero profeta de su estamento social…! ¡Cómo me sorprende la seriedad, la actitud, la formación de ese muchacho artesano! Cuál es la impedimenta de nuestros muchachos académicos frente a este muchacho¡». También Feuerbach acumula, después de esta alabanza, nuevo valor que desemboca en un pronóstico de la futura revolución social: ..

Ciertamente pronto -pronto en sentido de la humanidad, no del individuo, pronto cambiará la cosa, poniendo lo de arriba abajo y lo de abajo¡, ¡arriba, los que dominan sentirán y los que sirven dominarán. Este será el resultado del comunismo; no el que espera. Nacerán nuevos linajes, nuevos espíritus y nacerán igual que antiguamente nacían de las rudas tribus germanas, de las masas humanas incultas, pero ansiosas de cultura. y ya actualmente tenemos ante nuestros ojos los comienzos teóricos y religiosos de esta inevitable metamorfosis. Mientras los príncipes se convierten en beatos y pietistas, los artesanos se hacen ateos, y ciertamente en ateos. . . en sentido. . . del ateísmo moderno, positivo, enérgico, religioso. Esto lleva a Engels a afirmar en 1885 en su obra Historia de la Liga de los Comunistas , que Weitling quería reducir el comunismo al cristianismo primitivo, no da en el núcleo de las intenciones de Weitling (1).

En la concepción de Weitling el cristianismo y la Biblia siempre fueron más un arma para el uso táctico, que él sabía utilizar a nivel de la formación de los artesanos para propagar la futura revolución proletaria y, lo que es más importante, para da! su justificación. Parece estar fuera de duda que precisamente con esta retórica teológica ejerció influencia no sólo sobre sus compañeros sastres que, como él, vagaban por toda Europa porque el clima político y filisteo de su patria, Alemania, los rechazaba. Lo que Engels criticaba no era tanto el velo teológico de las obras de Weitling, sino más bien la falta de matices de su teoría revolucionaria. Junto a esta razón fundamental quizá pudieran mezclarse también motivos triviales de competencia entre ellos, pues para Marx y Engels no fue fácil implantarse entre los «Straubinger» del comunismo artesanal, y mucho menos de hacer retroceder la influencia de las corrientes procedentes de Weitling, en favor de la suya propia.

Hay pues una teoría revolucionaria en Weitling que no es ni puramente blanquista, ni está influenciada por la cautelosa táctica de Marx. Es el resultado de experiencias amargas. Weitling está convencido de que con reformas no se puede cambiar nada de forma decisiva. Está convencido de que las reformas no tienen sentido hasta que se consiga una revolución social y que sobre esta base se pueda realizar un trabajo reformista. Del mismo modo no cree en el sufragio universal ni en las libertades burguesas para los trabajadores: «Primero, aquellos combatientes que hacen la revolución conquistan el derecho al voto provisional revolucionario, yen asambleas armadas eligen un gobierno provisional revolucionario y árbitros revolucionarios para establecer el nuevo orden. Sólo tiene derecho a voto aquel que esté ocupado en una actividad útil a la sociedad y dé pruebas de laboriosidad, capacitación y amor al orden. Estarán excluidos del derecho a voto: los capitalistas, comerciantes, sacerdotes, abogados, lacayos y otros elementos parasitarios…

Alcanzada la victoria, el ejército revolucionario anuncia que los principios del Movimiento de Liberación son aplicables a la administración del país. El proletariado es armado; los ricos malvados y los contrarrevolucionarios son desarmados; tribunales y policía son abolidos; el pueblo con derecho a voto designa a las personas que merezcan su confianza para ocupar los puestos que hayan quedado vacantes. Se proclama por ley la obligación universal al trabajo; se castiga como crimen el derroche y la ociosidad. Como dinero se utilizan certificados de trabajo: certificados del tiempo y calidad del trabajo que son canjeados en los almacenes públicos de mercancías por bienes del mismo valor. Toda la población capacitada para trabajar se agrupa en organizaciones por ramos y, para representar sus intereses, elige comités de ramo, cámaras de ramo, y un parlamento social de la Liga familiar democrático comunista. Estos comités determinan en todos los lugares el valor-trabajo de los diversos productos según su naturaleza y su cantidad. El gobierno provisional permanece en el poder tanto tiempo como dure la guerra social…Pero la guerra social durará mientras en algún rincón de la tierra gobiernen las coronas y los sacos de dinero y, con sus cómplices, emboben al pueblo para poder explotarlo mejor .

Weitling esboza aquí algo que se puede llamar una teoría de la dictadura del proletariado como gobierno de transición para llevar a cabo la revolución social. Aquí, por primera vez, un socialista alemán considera la fase de transición dictatorial al comunismo. Weitling parte de que a la dominación popular debe corresponderle, como fundamento social, la igualdad económica. Sin ella, cualquier intento de practicar la democracia estará condenado al fracaso. Detrás de este programa se oculta la duda en torno al esquema de Marx y Engels, quienes en el mismo período en que Weitling defendía la dictadura del proletariado propugnaban la táctica de que no debía hacerse propaganda secreta para la revolución en Alemania ni aspirar directamente a una dominación popular revolucionaria. Según ellos, en un país en el que la burguesía era todavía muy débil, se la debía apoyar primero a llegar al poder para, sobre la base de la república burguesa, ganar un punto de partida mejor para la revolución social del proletariado.

Antes de esta revolución Weitling se fue a Nueva York donde prosiguió su labor proselitista fundando la Liga de la Liberación, y publicando en inglés su Evangelio de un Pobre pescador . En 1848 regresó inmediatamente a Alemania participando en el Congreso de los Demócratas como delegado de la Liga que había fundado en el otro continente. Al fracasar la revolución volvió de nuevo a los Estados Unidos donde permaneció hasta su muerte fiel a sus premisas corporativas que le llevaron a combatir el sindicalismo obrero y la idea de un partido socialista. Decepcionado por sus fracasos se alejó del movimiento obrero en la década de los 60. Se casó ya mayor y tuvo varios hijos. Su honestidad fue proverbial. Pasando necesidades extremas se negó a seguir trabajando de escribiente en una oficina gubernamental en la que se animaba a los jóvenes alemanes a hacer el servicio militar. Cuando el consorcio Singer le plagió un intento para coser y quiso indemnizarle, Weitling rechazó el dinero.

Según el historiador Heleno Saña (Guillermo Weitling, en Líderes obreros (ZYX, Madrid, 1974), Weitling murió pobre y olvidado.

 

Notas

1) Friedrich Ludwig Weiding, socialista cristiano de Hesse (1791-1837), pastor protestante, rector del seminario de Butzbach y antiguo miembro de las Bunschenschaften. Era un erudito en temas italianos, escribió su doctorado sobre Vittorio Alfieri. Aunque hombre de carácter templado y moderado, sensible a las ideas socialistas, había comprendido que la lucha contra los gobiernos locales y contra la propia Confederación de Francfort, a la sazón dominada por Austria, sólo tenía sentido por los métodos revolucionarios. Colaboró con Becker y con Büchner en la organización de grupos secretos en las Universidades de Giessen y Darmstadt, así como entre los campesinos más pobres. Publicó un pequeño periódico, El Candelero y el Iluminador para Hesse y escribió numerosos opúsculos en los que utilizaba un lenguaje biblizante. Detenido en 1834, acabó suicidándose en la cárcel tras pasar tres años terribles.