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The Most Dangerous Game: el recrudecimiento de las violencias racistas

Fuentes: Rebelión

Observando con espanto la caza brutal de personas migrantes por parte del gobierno de Trump, de la mano del ignominioso ICE, me pregunto si los años venideros en España no tendrán un indisimulable parecido de familia con esas prácticas brutalistas, no sólo porque las fuerzas de (ultra)derecha están en franco ascenso -amenazando con obtener mayoría absoluta en las próximas elecciones (1)- sino porque el racismo y la xenofobia no han cesado de crecer en el contexto nacional, tanto por las escasas iniciativas legislativas al respecto y por un repliegue de las instituciones que históricamente han funcionado como defensoras de los derechos de esos colectivos, como por la proliferación de discursos de odio y la consolidación de las desigualdades socioeconómicas por origen o nacionalidad. 

No deja de ser sorprendente que una parte de la ciudadanía española se horrorice con razón por las actuaciones policiales racistas en EEUU y, sin embargo, apenas alce la voz contra las políticas de estado españolas y europeas que siguen criminalizando los desplazamientos forzados (2). Es cierto que ahora mismo se anuncia la aprobación de una regularización extraordinaria que podría beneficiar a más de 500000 personas migrantes, resultado de años de luchas por parte de los movimientos antirracistas y, en particular, de la plataforma ciudadana “Regularización ya” (3). Pero esa gran noticia no niega la posibilidad de un giro más regresivo en los próximos años y, simultáneamente, el hecho de que las políticas de estado español en las últimas tres décadas hayan sido inequívocas en su enfoque instrumental de las migraciones (4).

En cualquier caso, ahora mismo, las previsiones son desalentadoras. De cada 10 personas españolas, la mitad se identifica con opciones de derecha o ultraderecha. Me pregunto si esa mitad no mira con secreto beneplácito, cuando no con abierta simpatía, la caza de migrantes como deporte nacional. Podría suponerse que quienes inventan bulos racistas, llaman a detener la “invasión” (planteando los desplazamientos humanos como una forma de guerra encubierta), sostienen que las personas extranjeras copan las ayudas y roban el trabajo, que son una amenaza cultural y policial, que hay que expulsarlos de forma inmediata a sus países (salvo a los que cuidan a sus padres o limpian sus casas o recolectan en sus campos o construyen sus viviendas o atienden sus restaurantes o les preparan y llevan su comida a casa…) forman parte de esa mitad, pero tampoco eso es seguro.

Para decirlo directamente: el problema del racismo y la xenofobia es un problema político transversal. Ni siquiera la izquierda tradicional ha elaborado una crítica sistemática al colonialismo (5), base para una crítica a la violencia racista y xenófoba de carácter estructural. Es más: aunque las imágenes del ICE estadounidense resulten terribles y vergonzantes, el propio estado español desde hace varias décadas tiene su propio «ICE» (6), haciendo redadas racistas periódicas, por no mencionar su política de fronteras. Aunque sin los mismos altavoces que las actuaciones atroces del ICE estadounidense, también el estado español es corresponsable de las muertes reiteradas en el Mediterráneo, de diversos crímenes de estado y, en particular, de la relativamente reciente masacre de Melilla (7).

A nivel europeo, diferentes colectivos vienen denunciando desde hace años la permanencia de los Centros de Internamiento de Extranjeros (CIE) como auténticos campos de concentración (8). Del mismo modo, las denuncias sobre la apertura de cárceles para personas migrantes en terceros países (como Mauritania) son reiteradas, aunque con escasa repercusión mediática (9). Las preguntas en este contexto son previsibles: ¿por qué habríamos de circunscribir las prácticas y estructuras racistas y xenófobas a sujetos que se identifican con opciones políticas de (ultra)derecha? ¿Por qué la amplia mayoría social no se implica de forma abierta en las luchas antirracistas y anticoloniales?

Recapitulemos. Cinco de cada diez personas votantes, según las encuestas más recientes, alcanzarían para formar un gobierno dispuesto a alinearse con Trump y, probablemente, a replicar sus persecuciones criminales hacia personas que no han cometido ningún delito. No hay razones, por tanto, para descartar que esa violencia racista cobre más fuerza aquí mismo, incluso si su forma más brutal pueda parecer algo distante. Sin embargo, ¿qué podría alentar esa violencia institucional, sino el reclamo no tan silencioso de ese electorado escorado a la derecha y la permisividad del resto? 

No basta insistir en que esa mayoría simple podría no consolidarse. Aunque se insista en que se trata de tendencias sociales relativamente inestables, habría que insistir en que esta tendencia a construir al Otro como amenaza poliédrica se ha hecho hegemónica: la expansión del racismo y de la xenofobia y, de forma inescindible, del supremacismo nacionalista, amenaza con primar en la sociedad española. Aunque las políticas de expulsión y discriminación ya estén activas desde hace años, no sería sorprendente ver en la próxima década a fuerzas del estado español practicando cazas de brujas similares a las que ahora mismo se están produciendo en EEUU, no sin resistencias sociales significativas. Pero que haya resistencias no niega una posible dirección dominante: la institucionalización del estado policial para los sectores más vulnerados, propiciado por el neoliberalismo que ha abierto la puerta a la ultraderecha en las instituciones.  

No basta el espanto para detenerlos. Ni siquiera no ser racista o xenófobo. Si no desplegamos nuestras energías a nivel colectivo en combatir esas prácticas aberrantes puede que en los próximos años nos sorprendamos viendo cómo España vuelve a alinearse a lo que, a falta de una terminología mejor, cabría llamar “la internacional neofascista”.  Ya sabemos que desde hace rato es la propia Unión Europea la que ha reforzado sus (necro)políticas neocoloniales. Pero eso no niega que, a nivel nacional, podríamos traspasar un umbral más drástico, como el que se anuncia con la siniestra alianza política del PP y Vox.

Confrontar con el racismo y la xenofobia en auge no es polarización. Se trata más bien de delimitar los límites del disenso entre sujetos democráticos plurales. Porque el racismo y la xenofobia no son opiniones; son delitos, aunque le pese a esa mayoría simple que mira con cierto agrado, como si se tratara de un espectáculo cinematográfico, el peor retroceso democrático que está sufriendo EEUU –y una parte del mundo que lo secunda- en manos de un sociópata apoyado por millones de supremacistas blancos. Quien no toma partido contra la barbarie ya ha tomado partido por su continuidad.  

Frente a este pronóstico sombrío -que no es una fatalidad sino una anticipación de lo posible-, puede que trazar una línea roja con quienes legitiman esa internacional neofascista ya no baste. Quizás sea el momento de preguntarnos qué hacer ante quienes se muestran indiferentes frente a esta situación de desigualdad estructural, sin mostrar ningún interés activo por combatirla. Además de negarse a “dialogar” con los (no tan nuevos) ultras, ¿cómo actuamos ante esa parte nada desdeñable de la sociedad que se aferra a sus privilegios pretendiendo estar al margen de esta situación? Incluso, ¿qué estamos haciendo para desmontar la propia “zona gris”, lo que hay de inercial en nosotros mismos? Como ha argumentado Ángela David en numerosas ocasiones, en una sociedad racista no ser racista no es suficiente. Tenemos que ser antirracistas.

Lejos de entregarnos al derrotismo, la mejor forma de evitar que esa pesadilla sea también una realidad cotidiana en España es sumándonos a los movimientos y colectivos antirracistas presentes en territorio nacional. Precisamente porque el racismo no es una fatalidad, este devenir antirracista podría ser la mejor respuesta política que la izquierda altermundista articule como forma de luchar contra el brutalismo imperante.

Notas:

(1) https://www.publico.es/politica/partidos/encuestas-consolidan-ascenso-vox-freno-pp-desgaste-psoe-inicio-2026.html

(2) https://rebelion.org/frontex-y-la-necropolitica-en-accion-la-jerarquia-de-los-muertos/

(3) Para conocer la plataforma, cf. https://regularizacionya.com/

(4) He abordado algunas consecuencias de este enfoque instrumental en https://rebelion.org/politicas-de-la-muerte-el-desastre-repetido-en-el-mediterraneo-2/

(5) Para una crítica a la colonialidad, cf. https://rebelion.org/cartografias-de-la-desigualdad-el-colonialismo-en-el-presente/

(6) https://www.elsaltodiario.com/violencia-policial/podcast-or-ice-espanol-violencia-policial-migrantes-espana 

(7) https://www.elsaltodiario.com/opinion/operacion-masacre-notas-necrologicas-crimen-de-estado

(8) Sobre la Campaña por el cierre de los CIE, cf. https://ciesno.wordpress.com/

(9) https://www.elsaltodiario.com/fronteras/gobierno-espana-abre-dos-carceles-migrantes-mauritania

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