En la historia de los grupos políticos de izquierdas, desde hace más de dos siglos, básicamente, existen dos tendencias estatales fundamentales, con una relación ambivalente entre ellas. Por una parte, de colaboración, con intereses y trayectorias compartidos. Por otra parte, de competencia, con pugnas por la primacía en la orientación estratégica y de alianzas o por el liderazgo dentro (o fuera) de una convergencia político-electoral. Me voy a detener en ello, en relación con la reconfiguración actual de la izquierda alternativa.
Las relaciones unitarias, normalmente, son proclamadas como necesarias y positivas para mejorar la capacidad transformadora progresista frente a las derechas y los bloques de poder, al mismo tiempo que para mejorar el estatus político y de legitimidad del conjunto de formaciones y de cada una de ellas.
No obstante, también en la tradición de las izquierdas, aparece la dinámica de buscar cada grupo particular, en el proceso unitario, en la actividad política o con relación a la influencia de actores externos, alguna ventaja comparativa respecto del resto de fuerzas coaligadas. Es decir, cada grupo político y, específicamente, cada núcleo dirigente, pretende mejorar su posición, avanzando en su primacía estratégica y orgánica, a veces, con prepotencia y sin la suficiente transparencia, negociación respetuosa y actitud integradora. Es cuando aparece la desconfianza, la instrumentalización del relato común y la lucha fratricida de las formaciones y dirigentes políticos que imponen sus mayorías o se consideran en desventaja relativa.
Además del talante unitario y democrático, que se asienta en el respeto, el reconocimiento, la deliberación compartida y, sobre todo, en una práctica sociopolítica unitaria y de arraigo social frente al adversario común, el componente fundamental es la orientación estratégica y política de esas izquierdas. Y ahí, también en la historia, aparecen las dos tendencias principales, una más moderada y otra más radical. Sin detallar las tradiciones ideológicas y los dilemas estratégicos en los que se han conformado esas dos tendencias, con numerosas derivaciones y posiciones mixtas e intermedias, solamente voy a entrar a precisar sintéticamente algunas características de la reciente experiencia española, centrándome en la izquierda alternativa.
O sea, dejo fuera del análisis al Partido Socialista y la particularidad del sanchismo, como reafirmación socialista para diferenciarse de las derechas y contener y pactar con su izquierda y el nacionalismo periférico para articular un proyecto reformador limitado, bajo su hegemonía política y gubernamental.
La configuración del espacio sociopolítico y electoral hay que contextualizarla con la pugna política clave que se desarrolla en el ciclo político de estos quince años sobre dos cuestiones fundamentales. Una, la consolidación (o el debilitamiento) de una amplia corriente sociopolítica transformadora diferenciada del Partido Socialista, con reflejo en una significativa influencia socioelectoral e institucional y el condicionamiento efectivo de la gobernabilidad y las políticas públicas progresistas, principalmente de la reforma social y la democratización. Otra, el reequilibrio y la disputa entre sus dos tendencias dominantes por la primacía en la orientación estratégica, su firmeza transformadora y sus liderazgos respectivos, sin suficiente capacidad o voluntad real para articular, de forma estable, un acomodo unitario, plural y democrático del conjunto.
La situación más conflictiva ha sido el proceso de conformación de Sumar (desde el pistoletazo de salida del acto de mujeres líderes en Valencia, en 2021, hasta el de Magariños, como confirmación de la alianza electoral en abril de 2023), y su gestión gubernamental, con un relanzamiento político y una renovación formalmente unitaria, pero con el objetivo del desplazamiento del anterior papel dirigente de la dirección de Podemos, sustituida por una dirección más moderada, encabezada por Yolanda Díaz, que lidera una nueva mayoría política.
La pugna era por la primacía dirigente y la dinámica estratégica, con ganadores y perdedores, sin posibilidad contractual de mediación y búsqueda de acuerdos, más o menos intermedios o mixtos, y con soporte democrático. Se trataba por la nueva mayoría dirigente de corregir el supuesto rumbo izquierdista de la dirección morada, que pretendía continuar como motor ideológico predominante.
Los déficits de procedimientos democráticos -primarias- y de negociación consensual de la estrategia política y la imposición por la nueva mayoría de la distribución del estatus de cada parte, no equilibrada según los morados, terminaron en su resentimiento y la división correspondiente. Con ese proceso asimétrico en sus responsabilidades, de recomposición de mayorías y minorías sin indicadores claros y consensuados de la representatividad de cada cual, con un fuerte poso de desconfianza mutua, se justifica, en ambas partes, la polarización discursiva y la competencia política, hoy difícil de revertir, sin una seria reconsideración realista, democrática y unitaria de sus direcciones.
Tras el intento fallido de Pablo Iglesias, en 2021, de impulsar cierta remontada político-electoral mediante un continuismo estratégico y de poder, con su propuesta del liderazgo de Yolanda Díaz, que decide tomar un camino autónomo, se abre la etapa de transición del cambio de hegemonía, con el proceso de configuración de Sumar, hasta las elecciones generales de 2023 y la constitución del nuevo gobierno de coalición. La vicepresidenta utiliza su nuevo poder institucional, cuenta con suficientes tendencias políticas afines y el apoyo externo socialista y del poder mediático y, junto con cierta legitimidad -proceso de escucha- de una parte de la base social compartida y de los demás grupos políticos, configura esa nueva mayoría dirigente, imponiendo la subalternidad de la dirección de Podemos y una actitud más colaborativa en el gobierno de coalición progresista.
Y hasta ahora, que en la refundación de la coalición Sumar se prefigura la continuidad de esos ejes básicos indiscutibles, estratégicos y de primacía dirigente, con cierta renovación procedimental y discursiva y de reequilibrio hacia un liderazgo más colectivo. Pero, por otro lado, se reafirma la estrategia de la dirección de Podemos, de apostar por su desarrollo autónomo y diferenciado, como izquierda valiente y con una estrategia confrontativa.
Por tanto, sigue sin resolverse la convergencia del conjunto alternativo, con un proyecto reformador relevante, y seguirá la pugna interna, quizá más virulenta, por incrementar las ventajas comparativas para ejercer la primacía de uno u otro liderazgo, en un escenario posible de gobernabilidad derechista, involución social y democrática que puede afectar a las mayorías sociales y el debilitamiento de las fuerzas progresistas.
Estamos a tiempo de evitarlo. No será suficiente la pugna por el relato y la legitimidad parcial de cada cual, sino la efectividad operativa para ganar a las derechas, mejorar las condiciones de la gente y ampliar la credibilidad del conjunto de la izquierda alternativa. Los liderazgos que sean capaces de articular la reconstrucción unitaria ganarán legitimidad cívica y capacidad representativa.
Antonio Antón. Sociólogo y politólogo.
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