Historiadores, juristas, sociólogos y antropólogos analizan en ‘Policía y cultura’ cómo la institución produce, a través de mecanismos audiovisuales, todo un sistema de legitimación policial.
Detenidos esposados, derribos de puertas, detenciones con caras pixeladas, declaraciones sin preguntas de periodistas, agentes heridos en disturbios tras una manifestación. Todas esas imágenes que a diario vemos repetidas en periódicos y televisiones han sido producidas por los gabinetes de comunicación de los cuerpos de seguridad. Crean un imaginario colectivo en torno a lo policial sesgado por la propia institución. Es la visión coral de historiadores, juristas, sociólogos y antropólogos en Policía y cultura. Estudios en torno al poder simbólico de las fuerzas de seguridad (Bellaterra, 2026).
El libro, coordinado por Ignacio Mendiola y Sergio García, ahonda en cómo lo policial se inserta en lo invisible sin dejar de ser coercitivo. Primero desde una perspectiva interna, aquellas representaciones que emanan de los propios cuerpos de seguridad, y después desde la producción de otros agentes, como textos escolares y la música contestataria. En su conjunto, el ensayo supone una de las aproximaciones más completas al poder simbólico de la Policía.

Mendiola, profesor de Sociología en la Universidad del País Vasco (UPV), sintetiza el objetivo del libro: “Queremos trabajar sobre las diferentes formas de hacer, sentir y pensar que se movilizan en torno a la Policía, y hemos visto que la cultura en torno a ella tiene que ver en gran medida con los intentos de legitimación del cuerpo por parte de la institución”.
García, docente de Antropología Social en la Universidad Complutense de Madrid (UCM), firma junto a Mendiola el capítulo dedicado a la “copaganga”, es decir, esa propaganda que se origina en los propios cuerpos policiales del Estado. Esta investigación de dos años los ha llevado a entrevistar a integrantes de gabinetes de comunicación policiales y periodistas que cubren su información, ver series relacionadas como true crimes, programas empotrados y asistir a exposiciones y exhibiciones, sobre todo de la Policía Nacional y la Guardia Civil.
Más marketing que información
“Vimos una lógica casi empresarial de marketing en estos gabinetes de prensa, que intentaban vender la institución como algo fiable y eficaz y, sobre todo, cargada de valores heroicos”, comenta García. Del mismo modo, pronto se percataron de cómo su comunicación, que debería ajustarse al servicio público, traslada una forma particular de ver el mundo que pasa inexorablemente por la mirada policial. “La Policía es el organismo de la Administración Pública que más comunica y que mayor empeño pone en ello con el mayor grado de autonomía”, afirma el investigador.
El ecosistema mediático conduce a esta realidad. Periódicos, radios y televisiones demandan este tipo de material encorsetado, editado y producido por los gabinetes de comunicación policiales que empaquetan sus trabajos y los publican. “Son productos que proporcionan espectacularidad e información a un coste muy barato para los medios”, sostiene García, quien recuerda el mayor sueño que tiene uno de los responsables de la comunicación policial entrevistado: que toda intervención esté grabada. Así podría ser la misma Policía quien fabricara el producto y se lo diera enlatado a los medios, sin que cupiese otra versión posible.
Contar lo que se es a través de lo que no se ve
Los coordinadores del ensayo sitúan 15 años atrás el inicio de esta comunicación policial que enfatiza tanto su buen hacer y profesionalidad. “Según los agentes de los gabinetes, que sean una institución tan bien valorada por la ciudadanía tiene que ver con la comunicación que realizan”, añade el antropólogo. En este sentido, ni siquiera los medios juegan ya un papel determinante. La aparición de las redes sociales y su explotación directa por los gabinetes de comunicación hacen que se pueda puentear a los periodistas para hacer llegar una información policial.
En resumidas cuentas, la institución responde, y así lo confiesan sus responsables, a la difusión de una buena imagen de los cuerpos de seguridad. “Tiene que ver más con una lógica empresarial que con el servicio público al que se le presupone neutralidad”, reitera.
La comunicación policial, de esta forma, también se puede analizar a partir de sus omisiones. ¿Dónde queda la violencia policial en las manifestaciones? ¿Las detenciones en las que se aplica una fuerza excesiva? ¿Y los montajes policiales? ¿Por qué no informan de las muertes bajo custodia policial? ¿Quién da declaraciones cuando se detiene a un agente por formar parte de redes de narcotráfico cuando es el encargado de luchar contra este delito?
Una ideología tras las imágenes
Para poner las cosas fáciles, Mendiola cita un ejemplo muy gráfico que aborda en otro capítulo dedicado a Frontex, el cuerpo policial europeo que actúa en sus fronteras. Esta institución europea se esmera en llevar a cabo una gran producción mediática. “En uno de sus vídeos, aparece un agente diciendo que Frontex es como una familia, lo que conlleva el uso de términos amables. En cambio, la persona migrante queda totalmente diluida en imágenes en las que aparecen sus rostros pixelados en imágenes o como cuerpos detectados por sensores y radares”, explica.
De esa forma, a través de diferentes mecanismos audiovisuales se quiere producir simbólica y discursivamente todo un sistema de legitimación policial, en palabras del mismo Mendiola. “Deberíamos pensar más sobre las imágenes que vemos de los policías, no solo recibirlas pasiva y acríticamente, sino desmenuzarlas para ver qué tipo de ideología intentan transmitir”, añade.
Este docente de la UPV también se refiere a las numerosas exposiciones y exhibiciones que los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado realizan a lo largo del año para que la ciudadanía pueda ver sus materiales, coches, acorazados e, incluso, armas. “Quieren que no se les vea como algo extraño y lejano, por eso activan estos mecanismos de acercamiento. Su publicidad funciona como un sistema de marketing que simbólicamente te hace sentir la necesidad de tener a la Policía cerca”, reitera.
Policía como solución a conflictos sociales
García también firma el capítulo titulado de forma elocuente El uniforme trabaja solo. El poder mágico de la policía. El antropólogo sostiene que la presencia policial se ha ido entendiendo como solución a numerosos problemas relacionados con las desigualdades sociales, la pobreza y la injusticia, pero que se abordan desde una perspectiva securitaria típica del contexto neoliberal.
La idea de este capítulo parte de una situación concreta que vivió el investigador, asentado en Carabanchel, un barrio obrero de Madrid. Un chico robó el móvil a una chica. Entre los vecinos consiguieron que devolviera el móvil y la chica se tranquilizara. Sin embargo, uno de los allí presentes sintió la necesidad de retener al chico hasta que llegara la Policía. ¿Por qué alguien tuvo esa necesidad cuando la situación de emergencia ya se había resuelto?, se pregunta García.
Se basa en el conceto de “eficacia simbólica”, desarrollado por el antropólogo Lévi-Strauss, para centrarse en cómo sólo alguien entendido como autoridad puede activar los resortes necesarios para hacer que una situación termine de una manera concreta. “En el caso de la Policía, esa construcción de autoridad se granjea en las visitas a los colegios o en la colaboración con asociaciones vecinales, además de la autoridad que se le otorga a nivel legal para hacer uso de la fuerza física”, explica.
Por eso, ante un mínimo incidente puede no ser extraño ver cinco coches de Policía alrededor. “Esa es la hiperintervención que realizan en el espacio público”, apunta García. Por otro lado, en ocasiones, ni siquiera los agentes son conscientes del poder que portan con ellos, invisible, sibilino. “Uno de ellos me dijo que podía enfrentar situaciones que le asustaban únicamente con el efecto simbólico que produce en el otro al ver el uniforma policial”, comenta el profesor de la UCM.
“Yo invito a reflexionar sobre cómo la Policía se ha ido colocando como una especie de fetiche a nivel social, como un poder mágico, para la solución de no pocos problemas cuando estos tienen que ver con soluciones mucho más complejas y sociales más allá del ámbito policial”, subraya García.
Conclusiones “sesgadas” en los delitos de odio
El aumento de los delitos de odio, aún en gran medida infradenunciados, es otro de los aspectos que aborda Policía y cultura. La doctora de Antropología y Sociología e investigadora postdoctoral de la UPV Laura Escudero ha estudiado el papel que ha jugado el Ministerio del Interior en la (re)producción de la narrativa y la gestión del odio en el Estado español. Bajo el título de Fabricar la lucha contra el odio, esta especialista en la materia determina que la combinación de los datos recogidos en los informes anuales del ministerio junto con la retórica utilizada en su construcción desemboca en unas conclusiones “un tanto sesgadas”.
Tras estudiar los informes de la década comprendida entre 2013 y 2023 a través de la teoría del análisis crítico del discurso, Escudero dilucida que estos informes no solo producen y reproducen una realidad estadística en relación con la discriminación y el odio, sino que también “crean un relato específico sobre lo que se considera como tal”.
Del mismo modo, construyen un perfil de víctima y autor de los delitos de odio que no siempre concuerdan con lo que en un primer momento se podría pensar. Por ejemplo, el perfil mayoritario de víctima que se desprende de los datos es un hombre de 16 a 40 años de nacionalidad española. Mientras tanto, la categoría más denunciada es racismo y xenofobia. “La construcción de estas estadísticas, aunque sea una herramienta supuestamente concebida para proteger a colectivos vulnerabilizados, tiene muchos sesgos que llegan a reproducir desigualdades estructurales como el racismo”.
El odio, tratado como un problema de orden público
Según refleja en su investigación, se identifican dos momentos a la hora de enfrentar esta realidad por parte del Ministerio del Interior. Al inicio de las estrategias contra los incidentes de odio, estos se reportaban en los informes con un discurso marcado de excepcionalidad. “Lo acompañaban con el relato de que España es un país multicultural y tolerante junto a los datos recogidos, que eran muy pocos, entre otras cuestiones porque para que un incidente discriminatorio llegue a consolidarse como delito de odio hay muchos filtros que se deben pasar”, desarrolla.
A partir de 2019 se aprecia un cambio cuando el discurso adopta una perspectiva más prudente. “Se dan datos más precisos y se deja de lado esta idea de la escasez al admitir que los datos son una pequeña muestra de una problemática más grande”, apunta Escudero. Sin embargo, critica que hasta el día de hoy esta realidad sigue tratándose como casos aislados y problemas de orden público. “El enfoque prioriza esa prevención securitaria y el castigo, lo que impide abordar estos casos de discriminación como una cuestión estructural”, finaliza la investigadora.
Fuente: https://www.lamarea.com/2026/03/03/policia-y-poder-simbolico/


