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Viajar a la Luna en Semana Santa: fe religiosa y fe secular

Fuentes: Rebelión

«Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.» (Juan: 3, 16)

Pasó otra Semana Santa. El cielo quiso otorgarles a sus aficionados –creyentes y no creyentes– un tiempo espléndido libre de la fastidiosa lluvia que impide la compensación de tantos afanes. Qué bien. Los que aspiramos a que nuestro país sea de verdad un Estado aconfesional tal como consta en su Constitución, tendremos que lidiar cada uno por su cuenta con el mal humor que nos produce constatar un año más que está muy lejos de ser así. En todas y cada una de las procesiones, de las que uno difícilmente se puede librar dada su omnipresencia en todo el espacio público, se burla el principio de laicidad. Representantes de instituciones principales del Estado tales como las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, el Ejército, autoridades políticas, etcétera participan todos en solidaria formación en todas las manifestaciones rituales católicas sin reconcomio de ninguna clase. En fin, nada nuevo bajo el Sol.

Ahora bien, cuando logro elevar mi ánimo por encima de ese malestar al que Fernando Savater en sus buenos tiempos denominó «dolencia laica», tengo que confesar que experimento una inevitable fascinación ante tamaño logro humano sustentado sobre la ilusión en ese universo trascendente, plasmado en la carne simbólica de Cristos, vírgenes y demás personajes de los Evangelios sometidos al sufrimiento y al dolor –la pasión como se llama– impuesta por un destino sádico que no entra en cabeza humana, pero que arrastra multitudes no solo de creyentes, sino también de agnósticos y hasta ateos. Hay que reconocerlo: cuánto trabajo, cuánto esfuerzo, cuántos recursos puestos al servicio de algo que tiene mucho de delirio, ya que –como declaró aquel– su reino no es de este mundo. Se trata de algo nutrido de un imaginario ancestral que toma por excusa la religión judeocristiana, pero que ha mutado en algo que, esencialmente, atenta contra uno de los principios fundamentales de la misma, a saber: su abominación de la idolatría. Hombres, mujeres, tiernos infantes, cofrades todos invierten mucho de su tiempo y pasan trabajos y ponen dinero y dirigen lo mejor de sus talentos creativos para desfilar por las calles de su ciudad o pueblo. Entonces –que es a lo que yo iba– pienso en todo ese talento y trabajo merecedores de propósitos mejores.

Creo que fue la madrugada del Jueves Santo cuando la nave Artemis II fue lanzada desde la superficie terrestre para emprender viaje a la Luna. Más de medio siglo después el ser humano vuelve a recorrer la distancia que nos separa de nuestro satélite. Se trata de difundir un mensaje épico (menos mal que no de «furia épica» como en Irán) que a uno le cuesta tragarse en el actual contexto internacional. La misma tecnología de propulsión que lanza a la nave espacial norteamericana más allá de nuestra atmósfera para consumar una nueva hazaña en la historia de la exploración espacial es la que hace posible que se desarrolle la demencial guerra actualmente activa en Oriente Próximo; misil va, misil viene se cumple otro fatal destino como el que supuestamente condujo a la pasión de Jesucristo en los mismos días de su conmemoración a lo largo de la Semana Santa. Sufrimiento, dolor y muerte para el nazareno como para los que en su tierra caen víctimas del fuego de los proyectiles israelíes, norteamericanos e iraníes. Como en el caso de los cofrades, recursos que merecen mucho mejor propósito. En cualquier caso, una prueba más de que las religiones mezclan mal con la política cuando no sirven directamente para justificar los más atroces crímenes de guerra –lo que nos recuerda la importancia del laicismo para la paz mundial–. Cristianos que vieron en Trump el nuevo Mesías, judíos que entienden que suya y solo suya es la tierra prometida y musulmanes que no admiten otro régimen que el de una república islámica totalitaria han convertido en las últimas semanas la cuna de las tres grandes religiones monoteístas en el infierno en la Tierra. La historia se repite desde los tiempos de las cruzadas; una historia que no deja en buen lugar a esas religiones.

Sin embargo mantienen su poder de sugestión sobre cientos de millones de personas. ¿De dónde les viene ese poder? De la propia condición humana, de su anhelo innato de trascendencia. Una categoría esta que remite a una dimensión difícil de etiquetar desde el punto de vista de lo real. Es ese algo del que se echa mano a menudo cuando a alguien se le interroga por el vigor de su fe: «hombre, no sé; yo creo que tiene que haber algo, ¿no?». En su Diccionario de filosofía abreviado José Ferrater Mora nos ofrece la siguiente explicación a propósito del término «trascendencia»: «En general se ha entendido que lo trascendente está «más allá de algo», trascender es «sobre-salir». A menudo se ha admitido que algo «trascendente» es algo superior a algo «inmanente», hasta el punto de que cuando se ha querido destacar la superioridad infinita de Dios respecto de lo creado se ha dicho que Dios trasciende lo creado e inclusive que Dios es trascendencia».

Tengo para mí que es la búsqueda inconsciente de esa experiencia de la trascendencia la que se halla en la raíz de los ritos como el de la Semana Santa o incluso el macabro de la guerra. El ser finito de la persona trasciende sus límites en esas dos formas de catarsis. Son versiones tribales de esa búsqueda de la trascendencia que abren la puerta de acceso a ella a través de las palabras “Dios” y “nación”. A través de ellas se deja expedito el camino hacia el delirio en forma de creencia patológica colectiva de origen cultural. Nuestra innata facultad mitogenética no nos abandona desde la noche de los tiempos ni tampoco, a escala individual, deja de operar en nosotros cuando dejamos atrás nuestra infancia. Aquí sigue en el siglo XXI, bien presente y activa para alimentar el delirio de quienes desean a toda costa make America great again o quienes creen que tienen todo el derecho a practicar un genocidio con tal de hacerse con la tierra que les prometió Jehová. Homo demens le gana la partida a homo sapiens hoy por hoy.

Esa madrugada santa en la que tres hombres y una mujer se elevaban a los cielos en su tecnológicamente sofisticada cápsula Orión tuve yo la oportunidad de hacer lo propio mediante un delicioso producto de la imaginación humana. Me refiero a la película aquí estrenada recientemente bajo el título Proyecto: Salvación. Esta es la traducción escogida para el título original en inglés, que es Hail Mary. Si traducimos la expresión literalmente el resultado sería “Ave María” o también “Dios te salve María”, el saludo del arcángel San Gabriel a la escogida para ser la madre del Mesías. Pero en el registro coloquial del inglés americano, por esos juegos metafóricos que permite el lenguaje, Hail Mary viene a querer decir una «jugada desesperada» o «último recurso» de alto riesgo, similar a «quemar el último cartucho». Lástima que al traducir al castellano el título original se haya ignorado su segunda acepción, que por cierto es la que se ajusta a la historia que narra la película. Su protagonista es un Ryan Gosling que hace de un astronauta en las antípodas del anterior que interpretó en First Man: El primer hombre (2018) donde su papel era el de un cerebral Neil Armstrong, el primer ser humano en pisar la Luna. En el caso del filme recién estrenado su personaje es el de un profesor de instituto que, como científico, es reclutado por el gobierno para trabajar en un proyecto destinado a salvar a la humanidad de su aniquilación, la cual será causada, si nadie lo remedia, por un raro fenómeno cósmico. El proyecto en cuestión es un ejemplo de lo que sería un Hail Mary; es decir, consiste en viajar al sistema estelar de Tau Ceti, a casi doce años luz de distancia, para llevar a cabo un experimento que, si sale bien, puede salvar la vida en la Tierra. Algo desesperado y de éxito poco probable. El caso es que, tras el necesario proceso de hibernación dado el largo viaje, este hombre es el único que despierta. Está solo en el espacio a una distancia sideral de su casa. Pero entrará en contacto con un ser alienígena inteligente y empático de naturaleza muy diferente a la de un humano, lo que no impide que ambos robinsones estelares lleguen a convertirse en verdaderos amigos. La rara relación de amistad se hace posible por la necesidad que ambos comparten de averiguar el mecanismo que explica el extraño fenómeno cósmico que puede aniquilar la vida en sus respectivos planetas. De este modo quedan hermanados en una comunión basada en el amor y el conocimiento. El amor les ha llevado a poner la salvación de sus respectivas especies por encima de su instinto individual de supervivencia. El conocimiento que comparten como científicos los une en fraternal camaradería para cooperar generosamente con un mismo objetivo. La película ensalza lo mejor de la especie humana: la inteligencia, la lealtad, la solidaridad, la generosidad, el amor por el conocimiento, la empatía, el sentido del humor. No hay entre los dos seres desconfianza a pesar de ser criaturas tan distintas y tener orígenes tan diferentes. La comunicación, que parece un imposible cuando se encuentran por primera vez, se abre paso sobre la base de la lógica y el reconocimiento de los hechos.

Proyecto: Salvación nos coloca imaginariamente en una coyuntura ante la que en realidad ya nos hallamos. Cuando el piloto de la misión Artemis II, el astronauta Victor Glover, describió desde las alturas de los cielos –símbolo del ámbito trascendental religioso– a nuestro planeta como un «oasis frágil y único» en medio de la nada, valorándolo como nuestro hogar común y enfatizando la necesidad de unidad humana, estaba implícitamente haciendo profesión de fe secular.

Sobre este concepto de fe secular, opuesto al de fe religiosa, teoriza el filósofo sueco Martin Hägglund en su libro Esta vida: por qué la religión y el capitalismo no nos hacen libres. Publicado originalmente en 2020, el ensayo es un alegato a favor de la vida como algo esencialmente finito, que por lo mismo merece nuestro compromiso y nuestro cuidado. Hägglund rechaza esa fe religiosa basada en el deseo de eternidad –versión en la dimensión temporal de esa trascendencia a la que nos referíamos antes– que nos desliga necesariamente de la vida y nos lleva a perder la conciencia de nuestra condición de seres limitados, con todo lo que eso implica de consecuencias negativas para nuestra existencia, que es terrenal. Proclama el autor escandinavo: «La necesidad de esta perspectiva crítica y emancipadora resulta más necesaria que nunca. Vivimos en una época en la que la desigualdad social, el cambio climático y la injusticia global se entrecruzan con el resurgimiento de formas religiosas de autoridad que niegan la importancia última de estas cuestiones». La fe religiosa, que es una forma de delirio defensivo frente a la realidad problemática, nos priva de esa visión secular que nos permite entender que todo depende de lo que hagamos con nuestro tiempo, que no hay un sentido trascendente para la vida, sino que esta vida es un fin en sí mismo; por eso debemos hacer lo que los personajes de Proyecto: Salvación, dejarnos inspirar por el amor y guiarnos por el conocimiento.

Habrá que combatir entonces esa especie de teología política que se adueña como un tumor maligno del cuerpo de la democracia, que debiera ser territorio libre de creencias que trascienden la realidad de la vida en común. Son instancias trascendentes a ella tales como la nación, Dios, el dinero, esencias abstractas –animales meta-físicos al fin y al cabo– que vacían de valor la vida misma y relegan a la irrelevancia la necesidad prioritaria de cuidarla.

¿Para qué ir a la Luna entonces? No puedo evitar pensar lo mismo que ante las procesiones de Semana Santa: todo ese esfuerzo, todo ese talento científico y tecnológico, toda esa inversión económica, ¿no sería de mejor provecho para la humanidad si se pusiera al servicio de la causa por el cuidado de la vida terrestre? Ese es el objeto de la misión narrada en la película protagonizada por Ryan Gosling a la que antes me he referido: salvar la vida, la nuestra. Por contra, el halo trascendente con el que se envuelve mediáticamente a la Artemis II me resulta impostado cuando todos sabemos, si no jugamos a ser ingenuos, que el propósito que ha motivado este nuevo impulso al programa lunar es el de competir con China por la posesión estratégica de nuestro satélite. Se trata de correr a ver quién llega antes para plantar su bandera en una base permanente que daría una ventaja, no ya geoestratégica sino cosmoestratégica, a la potencia ganadora de esta nueva versión de la carrera espacial que tuvo su cenit en los sesenta del año pasado con la Unión Soviética como contrincante del gigante norteamericano. El resultado de aquello que nos entusiasmó a los niños boomers de aquel entonces –empezando por mí mismo– y nos llenó la imaginación de mil y una aventuras cósmicas y de un futuro brillante para una humanidad capaz de trascender sus fronteras terrestres y crear una civilización de paz y justicia de dimensiones galácticas (véase Star Trek, la serie estrenada en 1966, en lo más intenso de la carrera espacial) es un montón de basura que rodea como un cinturón de chatarra la órbita de nuestro planeta.

Como en el caso de este regreso a la Luna, la Semana Santa pretende ser una cosa, pero es otra bien distinta. La muerte de Jesús en la cruz se presenta desde la fe religiosa como la expresión del amor puro de Dios, pero en verdad es un sacrificio brutal que al Padre no le conmueve puesto que Él por esencia es eternamente igual: ¿cómo podría preocuparse y cuidar al ser amado alguien que no entiende lo que significa la pérdida? «Solo alguien finito puede permitir que el mundo importe y solo alguien que sea finito puede responsabilizarse de los demás», afirma Hägglund.

Las procesiones –que tienen por excusa conmemorar la pasión, muerte y resurrección del judío crucificado hace más de dos milenios– tienen poco que ver con la verdad teológica, igual que la aventura de la Artemis II tiene poco que ver con la causa del progreso de la humanidad.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.