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La alta velocidad ferroviaria y la vida no se llevan bien

Fuentes: Naiz

El calor de los trágicos y dramáticos accidentes ferroviarios en Adamuz y en Gelida (Barcelona), y del colapso de la red de «Rodalies» en Cataluña, se ha avivado el debate sobre la alta velocidad en el Estado español, y han aflorado datos y límites del modelo ferroviario actual lo suficientemente graves cómo para hacernos algunas preguntas: ¿De verdad necesitamos construir trenes que no son sostenibles social y económicamente? ¿Necesitamos trenes con velocidades de 300 km/h o superiores?

A su vez, en este 2026 se cumplen 20 años del inicio de la construcción del corredor ferroviario vasco de alta velocidad, la conocida como «Y vasca», por ser la forma en que se conectan las capitales, Bilbao, Donostia y Vitoria-Gasteiz.

La Comisión Europea declaraba 2021 como el año europeo del ferrocarril. La promoción de modos más sostenibles de transporte ha sido una de las prioridades de la política europea desde finales del siglo pasado. El objetivo ha sido reconciliar un crecimiento imparable del transporte de pasajeros y mercancías con unos crecientes efectos perjudiciales para la sociedad, el medio ambiente e incluso la propia economía.

En el caso estatal, el ferrocarril central en esta nueva política de transporte, ha adquirido un protagonismo especial en forma de inversiones masivas en alta velocidad ferroviaria. Este 2026 se cumplirán 34 años desde la puesta en marcha de la primera línea de alta velocidad en el Estado español, Madrid-Sevilla. Los argumentos sociales, económicos y ambientales favorables al modelo español de alta velocidad ferroviaria se han desvanecido a la luz de la evidencia científica acumulada.

El AVE (Alta Velocidad Española) es una ruina económica. La deuda acumulada de ADIF asciende a 25.000 millones de euros. Hasta la fecha se han gastado 57.000 millones de euros en el Estado español para construir 3.993 kilómetros: cada kilómetro cuesta 16 millones de euros y su mantenimiento anual es de más de 150.000 euros. Sin olvidar los sobrecostos: el último conocido es el de la «Y vasca» que acumula ya 2.200 millones, y qué a principios de 2026, el coste total previsto se estima en 9.000 millones de euros, mientras que la finalización completa de la obra (incluyendo accesos a las capitales) se pospone con horizontes temporales que oscilan entre 2030 y 2035.

En el caso de Navarra, las obras del TAV está mucho más retrasadas que en Euskadi, siendo, además, los tramos en construcción totalmente inconexos y corresponden solo al trayecto Castejón-Iruña. Según la Cámara de Comptos, los 214 kilómetros que tiene esta infraestructura del Corredor Navarro de Alta Velocidad costarán entre 3.000 y 4.000 millones de euros, sin contar la estación de Pamplona y la conexión de la Y vasca, que está aún por decidir, si por Gasteiz o por Ezkio/Itsaso, en su llegada a Iruña. Mientras tanto, en el período 2015-2025 la única inversión recogida en los Presupuestos de Navarra para fomentar el transporte público ha sido de una media anual de entre 10 y 15 millones dedicados en su totalidad a subvenciones.

En Navarra, el transporte público ferroviario está empeorando, con la eliminación de servicios, en especial lo referido al transporte de personas, mientras se sigue apoyando el Tren de Alta Velocidad (TAV). Tal y como ha señalado en repetidas ocasiones la Fundación Sustrai Erakuntza «el TAV no vertebra el territorio navarro, además de otras cuestiones, y desvía fondos de un Tren Público y Social necesario para la ciudadanía, la movilidad sostenible y el desarrollo local». En el caso de Euskadi, el sistema ferroviario presenta una red convencional que ha sufrido una fuerte desinversión y tampoco vertebra el territorio.

Una cuestión muy importante, es que mientras el AVE lo utiliza apenas el 5% del total de personas viajeras, el de Cercanías lo hace el 90%. Sin embargo, la inversión en el AVE es 15 veces superior a la de Cercanías. Todos estos datos y más deberían servir para cuestionar la idoneidad de lo que se está haciendo en Navarra y en Euskadi, y rectificar y promover un modelo ferroviario más racional en lo económico, más eficaz en lo social y más ventajoso en lo ambiental: un tren púbico y social.

Otro tema importante a reflexionar, es sobre la apuesta constante por aumentar la velocidad, incluso cuando esta tensiona los límites de la seguridad. Hoy hablamos ya de trenes capaces de circular a velocidades de 500 km/h, como el Maglev japonés −el tren bala más rápido del mundo−, aunque el AVE circula a 300 km/h en el Estado, pudiendo hacerlo a más velocidad. A mayor velocidad, menores márgenes de error e impactos más destructivos, mayores daños materiales y, fundamentalmente, lesiones mucho más graves o mortales para las personas.

Cuanta mayor velocidad, se precisan más medidas de seguridad e infraestructuras que son cada vez más costosas. El coste de mantenimiento de un kilómetro de TAV es de algo más de 150.000 euros al año, pudiendo llegar a 500.000 en tramos complejos. La seguridad extrema tiene un precio, y también límites prácticos.

Velocidad y vida no se llevan bien, y, sin embargo, el discurso dominante en la sociedad sigue uniendo progreso con rapidez. Reducir minutos se presenta como un éxito incuestionable, mientras que aceptar límites se percibe como una renuncia.

No se trata de superar récords de velocidad, sino en atrevernos a decidir hasta dónde queremos llegar antes de que sea la realidad la que nos imponga el límite con todas sus consecuencias, en forma de accidentes, colapso de sistemas o consecuencias imprevistas, que suelen ser mucho más severas.

Julen Rekondo es el presidente de Fundación Clima y Premio Nacional de Medio Ambiente.

Fuente: https://www.naiz.eus/es/iritzia/articulos/la-alta-velocidad-ferroviaria-y-la-vida-no-se-llevan-bien