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El cine, los mitos del capitalismo y el poder

Fuentes: Rebelión

«Es lo divertido del poder. Los que de verdad lo tienen no necesitan pregonarlo.» (The offer, episodio 7)

Hasta donde alcanza mi memoria el cine siempre ha estado ahí. No sé si fui un niño más o menos soñador que la media, pero sí que fui un niño cinéfilo, aunque quizá fuese un atributo compartido por toda mi generación. Otra cosa es que haya sido mantenido por todos y cada uno de sus miembros. La realidad es mucha, mala y tozuda. Se impone quieras o no, y merma conforme vamos creciendo el poder de la imaginación, que es mucho en la infancia. Me temo que el adulto pierde en imaginación lo que gana en delirio. Y así vamos sin acabar de congraciarnos con la realidad en ningún momento, sin terminar por aceptarla. Si no, no se entiende que le demos la espalda al mayor problema existencial al que se enfrenta la humanidad en su conjunto —me refiero a la crisis medioambiental que ya es insoslayable— y andemos siempre enredados en estúpidas trifulcas de mayor o menor tamaño, algunas con efectos de una gravedad y una perversión moral insoportables.

Recuerdo el ritual de los domingos por la mañana al que no faltábamos nunca los niños de aquella España del desarrollismo cuyos padres empezaban a disfrutar, tras los despiadados años del horror de la posguerra, de los beneficios de una bonanza económica que había traído al régimen franquista la banda de los tecnócratas del Opus Dei. Mis hermanos y yo íbamos a la matinal del cine de los domingos recién aseados, requetepeinados y bien impregnados de aquellas colonias nada sutiles con las que las madres de los sesenta gustaban de untar a sus hijos para asistir a aquellos actos colectivos de celebración que solían tener lugar en los días festivos. Como olíamos las criaturas del baby boom en las bodas, bautizos y comuniones. También en el cine, a pesar de la peste dejada por los cigarrillos que entonces estaba permitido fumar en las sesiones de los adultos. La sala bullía con la chiquillada que la invadía puntualmente a las doce del mediodía. Los niños irrumpíamos en ella en tromba después de pasar por un infierno multitudinario para poder obtener las entradas que, casi siempre, eran un trofeo que uno ganaba tras luchar a base de codazos y empujones. Como entonces Europa acababa en los Pirineos no sabíamos hacer cola. La memoria me dice que las películas en las que uno tenía que fajarse más eran las de Tarzán, y no las versiones de producción más reciente, en Technicolor y con un protagonista que llevaba el mismo pelo que Manolo Escobar, sino las filmadas en blanco y negro en los años treinta con el simpar Johnny Weismuller como el hombre mono.

Podría seguir rememorando episodios y etapas de mi vida marcados por el cine; películas que me deslumbraron, que me hicieron pensar, que me emocionaron y me dieron la posibilidad de experimentar lo que por mis circunstancias personales se encontraba muy lejos de mi alcance. Como cuando vi por primera vez Manhattan de Woody Allen en un cine de mi ciudad que ya no existe, uno de esos cines a los que uno podía acudir dando un paseo desde su casa sin necesidad de tener que transportarse mediante algún vehículo motorizado. En aquella sala, sumido en la peculiar hipnosis que lograba el sonido del proyector en la penumbra, pude visitar un Nueva york ya extinto, impregnado del melancólico romanticismo que tan bien transmite la música de jazz. Era uno de esos cines de sala única y enorme que servía de continente a filas y filas de butacas de asiento plegable y tapizado azul o rojo en las que los gamberros siempre gustaban de pegar algún chicle. Uno de esos cines, de los cuales queda alguno superviviente, de nombre tan épico como grande en dimensiones era la pantalla en la que se proyectaban las películas. Cine Liceo o Cine Alfil. En este último me dejó fascinado 2001: una odisea del espacio la primera vez que la vi siendo un adolescente. Esta fue la película con la que su director, Stanley Kubrick, empezó a trabajar con la Warner Bros. tras su estreno en 1968. Luego la seguirían La naranja mecánica, Barry Lyndon, El resplandor, La chaqueta metálica y Eyes Wide Shut. Todas producidas y distribuidas también por la Warner entre 1971 y 1999.

Seguramente de entre todas las artes, el séptimo arte sea el que requiere de una mayor inversión, no solo económica, sino también en trabajo, creatividad y talento. Se convirtió en expresión corriente la de «industria de cine» para referirse a ese entramado en el que se necesitaban mutuamente las instancias del mercado y de la imaginación artística. Hace falta mucho dinero y mucho tiempo —una gran parte del cual se dedica a buscar el dinero— para poner en marcha un proyecto cinematográfico y hacer posible la financiación de un trabajo que requiere de tantas manos y tan diversas. Quién sabe si el cine es con lo que soñara en su día el compositor Richard Wagner; eso que llamó Gesamtkunstwerk, algo así como la obra de arte total. Desde luego en muchas de las películas encontramos esa unión definitiva de todas las formas de arte —música, teatro, poesía, danza, pintura, escultura y arquitectura—.

Por lo mismo, por lo tremendamente costoso que resulta hacer una película, el dinero con el que se cuenta es decisivo. Buscar el dinero que se necesita es una parte principal del esfuerzo que requiere. Uno puede asomarse a ese capítulo del mundo del cine de forma tan ilustrativa como divertida viendo la serie The Offer (La oferta) en la que se narran los avatares por los que pasó la producción de uno de los filmes más aclamados de la historia: El Padrino de Francis Ford Coppola. La figura protagonista de esta historia cuya realidad —como se suele decir— supera a la ficción es Albert S. Ruddy, el joven y novato productor por aquel entonces (1971) que trabajaba para la Paramount Pictures, una de las productoras pioneras de Hollywood, fundada en 1912, pero que desde 1966 había sido comprada por la Gulf+Western Company, una empresa australiana dedicada originariamente al negocio de los hidrocarburos. Cosas del libre mercado.

Y en esas seguimos hoy por hoy. Pero más. Precisamente las dos productoras a las que he aludido, asociadas a películas y cineastas de tan alta categoría artística, están siendo protagonistas de un proceso de concentración empresarial en el ámbito del audiovisual y el entretenimiento muy representativo de la evolución que ha seguido el capitalismo global, acelerada en las últimas décadas. Todo indica que quedó atrás el ideal de la competencia y que nos dirigimos a una creciente concentración empresarial, sobre todo en determinados sectores de la economía. En este caso, después de una de esas batallas que tanto gusta glosar a los medios por lo que muestran de épica del poder, la Warner Bros. Discovery va a ser adquirida por la Paramount Skydance. La perdedora —siempre tiene que haber un perdedor para que el asunto tenga su punto de dramatismo— es Netflix. La operación de venta ya ha sido aprobada por los accionistas de la productora dueña de la mayoría de las obras maestras de Kubrick. Si pasa los filtros pertinentes de las autoridades regulatorias y antimonopolio de EEUU y de Europa la operación es cosa prácticamente hecha. No obstante, un grupo de 34 legisladores demócratas de la Cámara de Representantes de EE.UU. instaron hace unos días a la Fiscalía de California a examinar los posibles perjuicios antimonopolio derivados del acuerdo de compra. Los congresistas representantes de California respaldaron una «revisión exhaustiva y rigurosa» por parte del fiscal de California, Rob Bonta, del acuerdo de adquisición, valorado en 110.000 millones de dólares (unos 93.600 millones de euros). Los legisladores expresan a través de una carta su preocupación por que la fusión pudiera perjudicar a los trabajadores y consumidores de California

Esta tendencia de creciente concentración empresarial ha coincidido en el tiempo con el paulatino debilitamiento de las políticas regulatorias de los gobiernos, particularmente de los de Estados Unidos de Norteamérica, que en esto —como en casi todo— marcan la pauta. En el sector financiero ese debilitamiento dio lugar en 2007-2008 a la mayor crisis que, junto con el crac de 1929, ha sufrido el mundo capitalista. Esta situación es el resultado de un trabajo ideológico llevado a cabo durante décadas. Destacados promotores del mismo fueron Milton Friedman y George Stigler. Estos dos grandes economistas, galardonados los dos con el Premio de Ciencias Económicas del Banco de Suecia en memoria de Alfred Nobel, comenzaron defendiendo las medidas antitrust para terminar rechazando cualquier intervención regulatoria del Estado. Según Friedman, «en vez de leyes antitrust que favorecieran la competencia, [el Estado] solía hacer exactamente lo contrario… Por eso he llegado a la conclusión de que las medidas antimonopolistas perjudican más que benefician, y que estaríamos en una situación muchísimo mejor si no hubiera absolutamente ninguna, si pudiéramos librarnos de ellas». Este es en esencia el evangelio económico que defiende la así llamada Escuela de Chicago, cuyos apóstoles han difundido su doctrina por el mundo entero, constituyendo la piedra angular de la ideología neoliberal que ha inspirado la implantación victoriosa del capitalismo global.

La fe en los mercados perfectos sustenta las palabras antes citadas del pope de los Chicago Boys recogidas por el investigador de la macroeconomía Jonathan Tepper en su libro El mito del capitalismo: Los monopolios y la muerte de la competencia. En él denuncia cómo crece la concentración del poder económico en cada vez menos manos provocando el imparable crecimiento de la desigualdad. Este autor tacha de «cuentos de hadas económicos» los mecanismos por los que se justifican las virtudes de la competencia en los mercados entendidos como espacios «de acceso irrestricto».

Los monopolios no deben preocupar según Friedman y Stigler, porque no son reales. La competencia hace imposible su existencia, y son tan caros y difíciles de mantener que su permanencia es imposible. Esta cita del libro de Tepper es bastante ilustrativa de tan delirante punto de vista: «Para la Escuela de Chicago, si parece un monopolio, camina como un monopolio y grazna como un monopolio, bueno, serán cosas de tu imaginación». Porque el mercado es perfecto, amigos; así que ni se le ocurra al Estado meter sus sucias manos en él. Lo que demuestren los hechos —como la crisis de 2008, consecuencia de la desregulación de los (perfectos) mercados financieros— carece de relevancia científica. En economía, si los hechos contradicen la teoría (¿o habría que decir “ideología”?), tanto peor para los hechos.

A menudo se alude al cine como una “fábrica de mitos”. Los mitos son a menudo un recurso del poder dado que la base principal de este consiste en que la gente crea que las cosas son como a la élite poderosa le interesa que sean de acuerdo con sus intereses. Así sus decisiones no encontrarán la siempre fastidiosa resistencia del común de la ciudadanía. Recordemos a este respecto una de las muchas memorables frases de El Padrino, esa obra maestra, todo un tratado cinematográfico sobre el poder y, como ya hemos dicho, propiedad de la Paramount. Esta la he sacado de su tercera y última parte: «Las finanzas son un arma. La política es saber cuándo apretar el gatillo». Y qué soberbia prueba de la verdad de esta aseveración es la operación en ciernes entre Warner y Paramount. No hay que perder de vista que el artífice de la misma es el CEO de la segunda de las compañías, a saber, David Ellison, hijo del magnate milmillonario Larry Ellison. Este campeón del negocio del audiovisual seguirá siendo el presidente y director de la compañía resultante de la transacción. Él es quien lanzó la oferta pública de adquisición hostil por Warner Bros. Discovery. Es de dominio público que es un aliado del presidente Donald Trump. Realizó cambios favorables a los conservadores en CBS News después de que la segunda administración de Trump aprobara la fusión de Skydance y Paramount Global en 2025. Y ha asegurado al presidente Trump que hará cambios radicales en CNN si la fusión con Warner Bros. Discovery sigue adelante.

La industria del entretenimiento en general, y del audiovisual en particular, tiene una dimensión política que no se puede soslayar. Su poder de penetrar en las mentes de los consumidores y —por ende de influir en la percepción ciudadana de la realidad— no es en absoluto despreciable. Ello es bien sabido por quienes forman parte de las élites siempre vigilantes ante la dirección que toma la política y siempre dispuestos a tutelarla en defensa de los intereses de su clase. Cómo en concreto el cine es un arma de primera magnitud en la guerra ideológica quedó de sobras demostrado por el siniestro ministro de propaganda del gobierno nazi de Alemania, Herr Joseph Göbbels. El triunfo de la voluntad y Olympia, películas realizadas bajo su patrocinio y supervisión por la cineasta Lenni Riefenstahl en 1935 y 1938 respectivamente, son soberbias pruebas de ello.

Quienes se opusieron a las políticas del New Deal en los años treinta y cuarenta del siglo pasado en Estados Unidos también fueron conscientes de ese poder del cine. El Consejo de Movilización Espiritual (Spiritual Mobilization) fue una de las organizaciones norteamericanas que más se opusieron a dichas políticas de corte socialdemócrata, consideradas comunistas por los sectores más conservadores de la sociedad de entonces (véase la excelente película de Tim Robbins de 1999 titulada en castellano Abajo el telón —Cradle Will rock—, en la que se retrata esa coyuntura política a través de los avatares de una compañía pública de teatro). El Consejo de Movilización Espiritual se fundó en 1935 con la intención de movilizar a los líderes religiosos protestantes en contra de lo que ellos dieron en denominar «estatismo pagano» con el que identificaban el New Deal de Franklin D. Roosevelt. La organización alcanzó su cenit de influencia en las décadas de los cuarenta y los cincuenta del siglo pasado. Fue precisamente en 1946 que se colocó al frente de la Asociación Norteamericana de Cine un tal Eric W. Johnston, antiguo miembro del Consejo de Movilización Espiritual. Su intención fue clara y evidente desde el primerísimo momento en que tomó posesión de su cargo: había que reorientar la maquinaria de fabricación de mitos de Hollywood, que en la década de los treinta, con la aparición del cine sonoro, producía mensajes favorables a las políticas progresistas y se atrevía a mostrar la plutocracia como un problema que debía ser solucionado y no como un hecho que tenía que ser aceptado.

En su libro El gran mito, los historiadores Naomi Oreskes y Erik. M. Conway recogen las palabras del citado Johnston en una reunión con guionistas de Hollywood: «No tendremos más películas que traten al banquero como un villano», en referencia a la magistral Las uvas de la ira (estrenada en 1940) del genial John Ford; a lo que apostillan Oreskes y Conway: «Adiós a la crítica social, hola al fundamentalismo de mercado».

El mundo en el que actualmente vivimos es el producto de décadas de políticas que han tomado por una verdad incuestionable la creencia de que el libre mercado es la única forma de libertad y que la intervención del gobierno es intrínsecamente mala y destructiva. La compra ahora en curso de Warner Bros. Discovery por parte de Paramount Skydance no es una mera operación empresarial sino un acto que abunda en la concentración de poder, algo enormemente perjudicial para cualquier democracia.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.