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A cuatro décadas del día internacional de la Tierra

Fuentes: Rebelión

Hace 41 años atrás (1970), la ONU declaró el 22 de abril como día mundial de la Tierra. Desde entonces se celebraron tres cumbres mundiales sobre la Tierra: Estocolmo (1972), Río de Janeiro (1992), Johannesburgo (2002). En el año 2000, producto de varios años de debate, la ONU, aprobó la Carta de la Tierra como […]

Hace 41 años atrás (1970), la ONU declaró el 22 de abril como día mundial de la Tierra. Desde entonces se celebraron tres cumbres mundiales sobre la Tierra: Estocolmo (1972), Río de Janeiro (1992), Johannesburgo (2002).

En el año 2000, producto de varios años de debate, la ONU, aprobó la Carta de la Tierra como una guía ética y espiritual para hacer sostenible la vida en el planeta. En 2010, desde Bolivia, los pueblos del mundo plantean el reconocimiento de los derechos de la Madre Tierra. Estos documentos ya no están centrados sólo en la búsqueda del bienestar humano, sino en el cuidado y respeto de las diferentes formas de vida y de la Tierra como un gran organismo vivo.

En estos 40 años, como nunca antes, se han celebrado una diversidad de conferencias y convenios internacionales para preservar las condiciones de vida en el planeta. 16 conferencias mundiales sobre el cambio climático, 5 cumbres sobre el agua, etc. Pero, las condiciones de vida para las grandes mayorías, incluyendo a los países industrializados, son más vulnerables que en cualquier otro tiempo conocido.

Más del 40% de la superficie cultivable de la Tierra ya no produce porque ya es estéril. Pero la humanidad no para de crecer en número. Cerca de 80 millones de niños vienen al mundo, cada año, con un futuro incierto. La humanidad necesita más alimentos, pero no sólo decrecen los suelos cultivables, sino también el agua se agota a velocidades inimaginables, y las multinacionales capitalizan el hambre mundial. ¿Cómo garantizar alimentación para una población en crecimiento, si los suelos y el agua escasean de manera alarmante?

Por si esto fuera poco, los tiempos de cultivo son completamente erráticos, y los efectos del cambio climático engullen e incineran cultivos de países enteros, convirtiendo a sus habitantes en interminables columnas de refugiados climáticos. A todo esto se suman la permanente crisis financiera mundial y la incómoda noticia del pico del petróleo. ¿Imaginó alguna vez Ud. un planeta moderno en permanente bancarrota financiera, y sin hidrocarburos, ni automóviles, ni aviones?

Bosques, lagos, manglares, ríos, mares, sitios ramsar, santuarios ecológicos y ecosistemas, se despiden dejando sólo nostálgicos recuerdos fotográficos, para las siguientes generaciones, como pruebas de nuestra irresponsabilidad para con la vida de las demás especies. ¿Cuánto tiempo necesitó la Madre Tierra en fecundar la vida, en sus diversas formas?

Tres mil ochocientos millones de años del esfuerzo de nuestra Madre, por fecundar vida en el planeta, están siendo arrasados por el suicida y ecocida estilo de vida moderno, ideado en el siglo XVII. ¡Bastaron sólo tres siglos!

¿Cómo podía el hombre moderno alcanzar el desarrollo infinito con «recursos» finitos? ¿Dónde se equivocó la humanidad en su apuesta por perseguir sus sueños? ¿En qué momento el homo sapiens se convirtió en homo demens? ¿En qué momento el jardinero bíblico (Gn.2:15) se transformó en el Satán de la Tierra?

Todo ocurrió cuando el Homo (viene del latín humus, tierra fértil) sapiens renegó de su identidad Tierra y convirtió a su Madre, la Tierra, en una burda despensa inevitable para saciar sus infinitos deseos de confort. Con la ilusión de convertirse en el centro del universo, buscó la «perfección» espiritual. Se enemistó, despreció y maldijo a la materia, habitáculo de los demonios. Por eso hasta la Biblia maldice a la Tierra (Gn. 3:17). Allí comenzó el calvario para la Madre Tierra y todas/os sus hijos. La conducta ecocida del hombre moderno radica en esa ruptura identitaria. Incluso de allí viene el insuperable miedo a la muerte (incorporación al vientre de la Madre Tierra)

Necesitamos reconstruir/reconciliar nuestra identidad Tierra. Nuestro origen, destino y composición fisiobiológica nos hablan de ello. Somos Tierra que siente, que llora, que piensa, que ama, que sueña. Somos Tierra con consciencia y complejidad diferenciada al resto de nuestras y nuestros hermanos de la comunidad cósmica. Si aceptamos esta condición nuestra, entonces, el amor y la austeridad (en aras de preservar a nuestra Madre) fluirán casi instintivamente en nosotros. De lo contrario, todo esfuerzo por preservar la habitabilidad en la Tierra será siempre un intento fallido.

Podemos celebrar el día mundial de la Tierra los 365 días del año. Podemos pintar de verde todas las leyes y políticas nacionales e internacionales. Podemos cambiar el sistema capitalista y socialista. Podemos inventar un «perfecto» sistema alternativo al desarrollo. Pero el problema no es el sistema solamente, sino los sujetos del sistema. Mientras vivamos renegando y escupiendo a nuestra identidad y condición Tierra, de nada sirve.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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