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Acerca del enfrentamiento entre José Antonio Fortes y Luis García Montero. Pensar la literatura

Fuentes: HoraSur / Kaosenlared

La literatura es un lugar más dentro de los lugares ideológicos en la historia, esto es, en la lucha de clases. El fascismo, aun hoy, se transforma, muda de piel, se democratiza. Ni el consciente ni el inconsciente pueden escaparse del dominio ideológico de clase. La literatura es un lugar más dentro de los lugares […]

La literatura es un lugar más dentro de los lugares ideológicos en la historia, esto es, en la lucha de clases. El fascismo, aun hoy, se transforma, muda de piel, se democratiza.

Ni el consciente ni el inconsciente pueden escaparse del dominio ideológico de clase. La literatura es un lugar más dentro de los lugares ideológicos en la historia, esto es, en la lucha de clases. El fascismo, aun hoy, se transforma, muda de piel, se democratiza. Como un camaleón se adapta a los nuevos tiempos. La ideología fascista tiene su lugar más efectivo dentro del capitalismo globalizado en su versión demócrata. No desaparece, no se esfuma sin más. La libertad (de expresión y cualquier otra) no es una esencia en sí misma ni un pastel a repartir a partes iguales. La libertad se conquista y se hace a través de la lucha y los actos. Aquel que la detenta no puede utilizarla como arma arrojadiza. Aquel que la monopoliza no puede usarla como argumento para coartar las conquistas ajenas. La demagogia trastoca los términos. Los poderosos, hoy como siempre, se expresan libremente porque tienen el poder para hacerlo, reclaman desde su puesto y lugar social, hoy como siempre y siempre igual, que se apaguen las voces de los que, siempre como hoy, han sido silenciados. Lo hace el senador Fraga Iribarne inaugurando el curso en la facultad de Ciencias Políticas de la Universidad de Granada al tiempo que da lecciones de democracia. Lo hace el catedrático de la misma Universidad, profesor García Montero, pidiendo, en nombre de la libertad de expresión, que sean censuradas aquellas opiniones que a su sumo juicio se tornan barbaridades, perturbaciones de un idiota, que no se ajustan a su verdad establecida y oficialista y que por ello no son rentables ni comercial ni ideológicamente. Las arcas públicas no pueden permitirse la disidencia y los guardianes, en nombre de la libertad de expresión, actúan en consecuencia.

Con la artimaña periodística de sacar de contexto y tirar a matar, el profesor García Montero titula su columna (El PAÍS, 14-10-2006) con el sabroso reclamo Lorca era un fascista, simplificando los presupuestos teóricos del también profesor J. A. Fortes. Cualquiera que haya pasado por las clases del profesor Fortes o cualquiera que se haya tomado la molestia de consultar sus trabajos teóricos podrá saber que sobre Lorca el profesor Fortes dice mucho más, muchísimo más de lo que la historia oficial y oficialista ha querido decir. Todos los que de un modo u otro, como decimos, hemos escuchado sus planteamientos sabemos que el profesor Fortes, y entramos en el terreno pantanoso de la teoría, habla de Lorca no como un fascista sino como un intelectual orgánico burgués en funciones de poeta neopopulista que entre los años que van de 1920 a 1930 pertenece a la elite intelectual, en su sectorialidad literaria, cuyo dominio ideológico se denomina dominio ideológico orteguiano por estar conformado, organizado y teorizado por José Ortega y Gasset. También suele aclarar el profesor Fortes que el trabajo de esta elite dirigente -intelectual e ideológico- se encuentra limitado por la propia presión del proletariado y su propuesta revolucionaria. Así, en la correlación de fuerzas, dentro del proceso de lucha de clases en el período 1923-1931-1936, estas elites resultan inoperantes y han de reconvertir sus lugares de trabajo y buscar más efectividad, más directamente la incidencia social; es decir, hay una necesidad de clase de ideologización de las clases subalternas y una elite intelectual que ha de cumplir sus funciones para ello. En este sentido, en la obra de Lorca se efectúa tal reconversión a través de la folklorización tradicionalista de sus textos. Lorca jamás dará el salto a ser fascista. No hay un Lorca fascista. Nunca saltará a la militancia fascista, a encuadrarse en prietas las filas de los intelectuales orgánicos del fascismo. No. Aclara en sus clases el profesor Fortes. Son sus textos, su obra la que contribuyen a la formación de una ideología necesaria para el fascismo. Sus textos, no su persona. No son cuestiones personales. La reducción personalista falsifica la historia.

Dicho de otro modo; el populismo y neopopulismo como discurso de socialización ideológica del dominio orteguiano en el trabajo de Lorca se constituye en fascismo literario; id est, se trata de una literatura para el fascismo. Tal vez puedan sintetizarse así los presupuestos teóricos del profesor Fortes, pueda decirse así lo ve como así lo veían muchos de los coetáneos del propio Lorca de Díaz Fernández a Corpus Barga o el mismo Antonio Machado cuando afirmaba en la revista Hora de España (Abril, 1937): «el pueblo de Lorca nunca será el pueblo que canta la internacional».

En cuanto al centenario y también aludido Francisco Ayala el profesor Fortes lo sitúa entre los ideólogos de la burguesía que trabajan en la línea de socialización ideológica del dominio orteguiano hasta la coyuntura del 1931 en la que pasa a ocupar funciones estrictamente políticas dentro del gobierno republicano hasta, incluso en el exilio. Cazador en el alba es el texto que más eficientemente escritura el programa de acción ideológico social del ideologismo burgués en la necesidad de socializar y naturalizar las relaciones del capitalismo monopolista en España. Su propuesta dirigida abiertamente al proletariado consiste en ofrecer este nuevo hombre, este hombre moderno: compro, consumo, luego existo. Ningún miembro de la elite dirigente supo escribirlo más certeramente. No obstante el proletariado español no se dejaba socializar y por ello hubo que endurecer las propuestas. En este endurecimiento en el que entran Lorca y otros, nunca entró Francisco Ayala. La relevancia de Ayala hay que tomarla cuando pasados diez años de la derrota se tenía necesidad (la clase burguesa tenía necesidad) de encontrar un lugar en el nuevo Estado que en España funcionaba. Ello suponía la aceptación de los hechos y la elaboración de un discurso sobre la Guerra Civil que hablase de locura sin sentido, de locos lobos dirigentes y el pueblo como cordero llevado al matadero, etc. Un discurso que ocultara la realidad de guerra de clases con el resultado de genocidio y matanza del proletariado. Este discurso desmemoriado se elabora desde la Argentina fascista de Perón recibiendo a antiguos dirigentes fascistas que habiendo sido derrotados en 1945 ahora reconvertían sus funciones.

Como se ve, es la fuerza ideológica de la literatura, esa fuerza ideológica de la literatura que puede llegar a matar, lo que el profesor Fortes muestra y enseña. Es ese des-cubrimiento el que funciona como eje básico en la teoría forteana. Una desmitificación continua en favor de la Historia y que, como resulta obvio, conduce a la separación forzosa del discurso oficial y establecido despertando la ira de quien lo sostiene. Como es sabido, ir contra corriente tiene un precio aunque en este caso esté aún por determinar. Por ello, no es de extrañar que el profesor García Montero utilice su lugar en la prensa para atacar al profesor Fortes acusándolo (mientras se salva a sí mismo junto con otros «ciudadanos de las letras granadinas» y nacionales) de «dogmático», «temerario», «irresponsable», «tonto indecente» «perturbado», «marxista de cuarta fila», entre otras cosas otorgándose el poder de hablar en nombre de la libertad de expresión con el objeto de liberar el discurso literario del borracho delirio de un demonio rojo. La ambigüedad metafórica del poeta no logra ocultar sus intenciones.

Entre tales acusaciones hallamos otra aún más grave si cabe, teniendo en cuesta que es un profesor quien la hace, la de llevar años lanzando contra sus alumnos «disparates». Más grave, decimos, porque en calidad de alumnos no nos sentimos respetados cuando se piensa en nosotros como en esponjas acríticas sobre las que se lanzan teorías que serán absorbidas para después ser perpetuadas hasta el infinito y más allá. Nos atrevemos a pensar y, profesor Montero, sabemos discernir lo que nos lanzan. Aquellos disparates no son sino el resultado de años de trabajo y estudio, el resultado teórico de un esfuerzo ingente para recuperar la memoria histórica en su sectorialidad literaria, tantas veces silenciada, ocultada y falseada. Un trabajo y un esfuerzo enormes para des-hacer nuestra sagrada historia de la literatura, lo cual resulta bárbaro, sin duda, dado el vacío intelectual de nuestro tiempo. Y peligroso dado que alguno de esos mitos se ha convertido en la gallina de los huevos de oro para intelectuales con tendencias necrófilas.

En última instancia y en cualquier caso, los planteamientos teóricos deberían ser rebatidos con iguales planteamientos y en igualdad de condiciones, esto es; dejando a un lado las ventajas que ofrece el sistema a los que en tantos casos le sirven de lacayos diplomados. Lo demuestran los hechos: la igualdad es una quimera que sólo rinde réditos a unos pocos. En efecto, no estamos en igualdad de condiciones lo que, sin duda, condiciona el éxito de nuestros argumentos. No es lo mismo disponer de una columna en un aparato ideológico de difusión nacional que no disponer de dicha tribuna. Como tampoco es lo mismo elaborar una teoría firme, cuanto menos coherente en su lógica interna, que tirar de teorías ajenas que se pueden dejar al margen llegada la ocasión, esto es, siempre que resulte más rentable olvidar los principios que nos sostenían o los sueños que algún día nos sirvieron de excusa.

La libertad es una tarea de todos. La conquista de libertad, también de la libertad de expresión, no debería nunca actuar como máscara de disputas personales y, menos aún, encubrir la más cruda lucha ideológica, la que enfrenta los términos pensamiento único frente a pensamiento crítico. El pensamiento crítico no espera, como no esperó nunca, el reconocimiento académico sino la reconstrucción de la historia que aún esta por hacer. En este sentido agradecemos al profesor Fortes su verdadero atrevimiento, el de pensar y, lo que, a tenor de los hechos y sin duda alguna, resulta hoy aún más peligroso, atreverse a pensar la literatura.

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