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Alejo Carpentier y la Cuba Sono Films

Fuentes: Cubarte

Una noche de 1940, Juan Marinello, Pepilla Vidaurreta, Fernando Álvarez Tabío, Rita Longa y Alejo Carpentier asistían a un singular estreno. Era en la terminal de ómnibus de la Ruta 20, en La Ceiba, un arrabal proletario de Marianao donde algunos años antes había nacido -casualidades de la vida- un niño llamado Ángel Acosta León, […]

Una noche de 1940, Juan Marinello, Pepilla Vidaurreta, Fernando Álvarez Tabío, Rita Longa y Alejo Carpentier asistían a un singular estreno. Era en la terminal de ómnibus de la Ruta 20, en La Ceiba, un arrabal proletario de Marianao donde algunos años antes había nacido -casualidades de la vida- un niño llamado Ángel Acosta León, que llegaría a convertirse en uno de los pintores más significativos de la historia de las artes plásticas contemporáneas en Cuba. Era la première de El desahucio, corto de ficción producido por la Cuba Sono Films, con guión de Juan Marinello, musicalización de Alejo Carpentier, actuada por trabajadores de la terminal de ómnibus.

La historia de los avatares de la Cuba Sono Films ha sido rescatada del olvido por la acuciosa investigación sobre la presencia del cine en la vida nacional, emprendida hace años por el ya fallecido Arturo Agramonte y por Luciano Castillo. El texto va saliendo a la luz en volúmenes sucesivos, ampliamente documentados bajo el modesto título de Cronología del cine cubano. El más reciente volumen abarca el paso de la década del treinta a la del cuarenta del pasado siglo. El capítulo consagrado a la Cuba Sono Films coloca al lector, al igual que la obra en su conjunto, ante la enorme riqueza y complejidad de los procesos culturales y muestra sus vínculos con la razón económica, el contexto social y las coyunturas políticas nacionales e internacionales. Arte de masas con base técnica e industrial, germen temprano de dominios transnacionales, el cine ofrece material privilegiado para un análisis de este tipo.

El surgimiento de la Cuba Sono Films al crecimiento de las izquierdas, secuela en Cuba de la Revolución del treinta, fortalecido por la guerra civil española y por el reagrupamiento de fuerzas políticas asociado al estallido de la segunda guerra mundial. A punto de terminar la década, el Partido Comunista promovió un polémico acercamiento a Batista. La legalización del partido y su participación en la Asamblea Constituyente habrían de ser el resultado inmediato de acuerdos que abrían paso al fortalecimiento de los sindicatos y a la difusión de sus ideas a través de la prensa y la radio. Como complemento de este cambio de orientación, la organización adoptaría el nombre de Partido Socialista Popular (PSP).

En ese contexto, habrá de emprenderse una modesta aventura fílmica. Con recursos mínimos aportados por sus animadores, aspiraban en 1938 a llevar a cabo una amplia labor educativa al margen de los inaccesibles circuitos comerciales, dirigida fundamentalmente a los sectores obreros. Cardiólogo de profesión, Luis Álvarez Tabío se hizo cargo de la naciente empresa, a la que entregó su auto personal. Para seguir atendiendo las consultas de sus clientes se valió, ante la sorpresa de colegas y amigos, de una motocicleta. José Tabío se unió al proyecto como fotógrafo y cameraman. A su lado, Raúl Corrales completó un aprendizaje decisivo.

Los animadores de la Cuba Sono Films constituyeron un equipo reducido de entusiastas voluntarios. Concentraron en sus manos los procesos de creación, producción y distribución de los materiales fílmicos. Contaron con el apoyo de unos pocos escritores y artistas, militantes unos, hombres de izquierda otros. Cuentan que el musicalizador Carpentier consumía horas de la madrugada en la tarea de editar pasajes de obras sinfónicas para articular el texto musical del discurso cinematográfico. Sin poder acceder a las salas comerciales, una sábana extendida en plena calle o en los alrededores de un batey, se convertía en pantalla. Donde no había electricidad, se imponía el uso de una pequeña planta auxiliar. Con esos recursos elementales, el grupo recorrió buena parte de la isla. La producción incluyó cortos de ficción, documentales y noticieros. Para el Partido Socialista Popular, el disfrute de la legalidad duraría un breve parpadeo en el tiempo. Llegada la paz, la guerra fría se abatió con particular violencia sobre América Latina. En esas circunstancias, el imperialismo tenía que garantizar la tranquilidad de su traspatio. En Cuba, el asesinato de Jesús Menéndez, excepcional dirigente obrero y representante a la Cámara, realizado a mansalva por un oficial del ejército en la estación de ferrocarriles de Manzanillo, sacudió al país y resultó señal de lo que se avecinaba, aún bajo los gobiernos electos democráticamente por el Partido Revolucionario Cubano (Auténtico). Por otra parte, la presencia todavía novedosa de televisión anunciaba un cambio decisivo en la comunicación de masas

Sin embargo, en el corto interregno de legalidad, el PSP atendió el ámbito de la comunicación por varias vías. Colocó en primer término el sostenimiento de un diario impreso destinado, en primer lugar a los militantes de la organización. Concentró los escasos recursos disponibles en el sostenimiento de un equipo de redacción y en la adquisición de una imprenta. Teniendo en cuenta las posibilidades que le ofrecía el medio, la emisora radial 1010 se proyectó hacia un público más amplio. Concebida para no romper los hábitos de la audiencia, la programación seguía el esquema de sus competidores comerciales, con la alternancia de música y dramatizados, aunque ponía especial cuidado en preservar la calidad. Contó con excelentes artistas y conquistó un público que desbordaba los límites de la militancia partidista. Paco Alfonso protagonizaba los personajes de Salgari y, al mismo tiempo, consolidaba su Teatro Popular, orientado en los fundamental a los sindicatos, sin desdeñar los espacios públicos y las instalaciones tradicionales.

Para valerse de la intersección entre política y cultura, el Partido Socialista Popular concentró sus escasos recursos en el periódico y en la emisora radial. No brindó similar apoyo a otras iniciativas complementarias. La Gaceta del Caribe resultó un brevísimo intento de situar una vía de irradiación hacia círculos intelectuales. A cargo de Nicolás Guillén, Mirta Aguirre y Ángel Augier, su perspectiva resultaba cercana a una convergencia de las ideas de izquierda. Carpentier colaboró en la revista, como lo hizo también con Orígenes, de vocación más trascendentalista. En su empeño por preservar un diálogo y un puente hacia la vanguardia, el proyecto, acogido con beneplácito, no pudo subsistir.

Sin embargo, a la vuelta de los cuarenta del pasado siglo, la prensa plana, la radiodifusión y las revistas culturales eran fórmulas bien probadas. La Cuba Sono Films se inscribía, en cambio, en un terreno más utópico y, por tanto, menos hollado. En aquel entonces, el cine se había convertido en la industria cultural más importante, requerida de significativas inversiones de capital y del dominio del mercado mediante el control de las empresas distribuidoras. En ambos aspectos, totalmente subordinada a la línea del Partido, la aventura iniciada por Luis Álvarez Tabío tenía que operar con fórmulas artesanales. Filmadas con equipos poco sofisticados, las producciones disponían tan solo de los sindicatos como canal para convocar a sus espectadores. La pobreza y la semiclandestinidad hacían inviable el propósito de la Cuba Sono Films. Fue un empeño romántico por llegar a las masas con la intención de vertebrar, con el desarrollo de la conciencia, el reconocimiento de los mecanismos de explotación. Escritores y artistas de izquierda dedicaron horas de trabajo a la realización de filmes, con la clara percepción del poder creciente de la comunicación audiovisual. No podían advertir entonces que sobre la industria del cine se encimaba, inminente, la fuerza expansiva de la televisión con su incomparable capacidad de entrar a los hogares, permear la vida cotidiana y forjar modelos enraizados en zonas íntimas de los seres humanos. El contexto de la guerra fría, con su componente represivo, completaría el panorama.

Carpentier era portador de una experiencia de la radio y la publicidad que lo había entrenado para vincularse, de manera creativa, a las nuevas tecnologías. Participó en la musicalización de El desahucio y de algunos documentales exitosos, como Azúcar amargo, que recorrió los bateyes de los centrales. Pero, llegado a la cuarentena, su vocación de escritor se tornaba apremiante. Estaba en vísperas de producir obras mayores. Marchó a Caracas, donde, tras un duro batallar, logró conquistar el tiempo necesario para hacerlo.

Fuente: http://www.cubarte.cult.cu/periodico/letra-con-filo/alejo-carpentier-y-la-cuba-sono-films/24311.html

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