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Carta a Francisco Ferrer i Guardia

Fuentes: El viejo Topo

Nota de edición: Tal día como hoy [9.12.2018] en 1842 nacía en Moscú el gran pensador anarquista Piotr Kropotkin. Lo recordamos mediante la interesante y poco conocida carta que le envió a Francisco Ferrer Guardia con motivo de la publicación de la revista L’École Rénovée.         Sr. D. Francisco Ferrer. Querido compañero […]

Nota de edición: Tal día como hoy [9.12.2018] en 1842 nacía en Moscú el gran pensador anarquista Piotr Kropotkin. Lo recordamos mediante la interesante y poco conocida carta que le envió a Francisco Ferrer Guardia con motivo de la publicación de la revista L’École Rénovée.

 

 

http://www.elviejotopo.com/wp-content/uploads/2018/12/Piotr-Alekseievitx-Kropotkin-.jpg

 

 

Sr. D. Francisco Ferrer.

Querido compañero y amigo:

Veo con placer que lanza usted a la publicidad L´École Renovée y siento no poder dedicar a esta publicación todo el apoyo que desearía prestarle.

Todo está por hacer en la escuela actual. Ante todo en la educación propiamente dicha, es decir, la formación del ser moral, o sea el individuo activo, lleno de iniciativa, emprendedor, valiente, libre de esa timidez de pensamiento que caracteriza al hombre educado en nuestra época, y al mismo tiempo sociable, igualitario, de instinto comunista y capaz de sentir su unidad con todos los hombres del universo entero, y por tanto, despojado de las preocupaciones religiosas, estrictamente individualistas, autoritarias, etc., que nos inculca la escuela.

En todo esto, no hay duda que la obra de la escuela más perfecta será dificultada siempre mientras la familia y la sociedad obran en dirección opuesta; pero la escuela ha de reaccionar ante estos dos factores. Y puede hacerlo, por la influencia personal de los que enseñan y por el modo de enseñar. Para esto se necesitan evidentemente crear poco a poco nuevas exposiciones de todas las ciencias concretas en lugar de los tratados metafísicos actuales, societarios -«asociacionistas», permítaseme la palabra- en lugar de individualistas; y de los tratados «populares» hechos desde el punto de vista del pueblo, en lugar del punto de vista de las clases acomodadas, que domina en toda la ciencia actual y sobretodo en los libros de enseñanza.

Respecto a la historia, y a la economía social, es evidente, nadie lo duda. Pero lo mismo sucede respecto a todas las ciencias, la biología, la fisiología de los seres vivos en general, la psicología y hasta respecto a las ciencias físicas y matemáticas. Tómese, por ejemplo, la astronomía: ¡Qué diferencia cuando se enseña desde el punto de vista geocéntrico, del que resulta concebido y enseñado desde el heliocéntrico, y de la que será enseñada desde el punto de vista de los infinitamente «pequeños» que recorren los espacios, cuyos choques en números infinitos producen a la larga las armonías celestes! O bien tómense las matemáticas cuando se enseñan como simples deducciones lógicas de signos que han perdido su sentido original y no son más que signos tratados como entidades, y cuando se enseñan como expresiones simplificadas de hechos que son la vida infinita e infinitamente variada de la misma naturaleza. Jamás olvidaré la manera con que nuestro gran matemático Tchebycheff nos enseñaba en la universidad de San Petersburgo el cálculo integral. Sus integrales, cuando al escribir los signos convenidos decía: «Si tomamos, en tales límites, la suma de todas las variaciones infinitamente pequeñas que pueden sufrir las tres dimensiones de tal cuerpo físico, bajo la influencia de tales fuerzas». Cuando hablaba así sus integrales eran signos vivos de cosas vivas en la naturaleza, mientras que para otros profesores esos mismos signos eran materia muerta, metafísica, y carecían de todo sentido real.

Ahora bien; la enseñanza de todas las ciencias, desde las más abstractas hasta las ciencias sociológicas y económicas y la psicología y fisiología del individuo y de las multitudes, exige ser reconstruida para ponerse al nivel de lo que impone ya la misma ciencia actual.

Las ciencias han progresado de una manera inmensa durante el último medio siglo [1], pero la enseñanza de estas ciencias no ha seguido el mismo desarrollo.

Han de marchar al mismo paso, y esto, de una parte para que la instrucción no sea un obstáculo al desarrollo del individuo, y también porque el ciclo de la instrucción necesario en este momento se ha ensanchado de tal modo, que con el esfuerzo de todos es preciso elaborar los métodos que permitan la economía de las fuerzas y de los tiempos necesarios. En otro tiempo, los que se dedicaban a una carrera de cura, de sabio o de gobernante, eran los que estudiaban, y no reparaban en emplear en sus estudios diez o quince años. Ahora todo el mundo quiere estudiar, desea saber, y el productor de las riquezas, el obrero, es el primero que lo exige para sí. Pues sí; puede estudiar, debe saber.

No debe quedar un solo ser humano a quien el saber -no el semi/saber superficial, sino el verdadero saber- se le niegue por falta de tiempo o de medios.

Hoy, gracias a los progresos inauditos del siglo XIX, podemos producir todo lo necesario para asegurar el bienestar de todos. Y al mismo tiempo podemos dar a todos el goce del verdadero saber. Más para esto han de reformarse los métodos de enseñanza.

En nuestra escuela actual, formada para hacer la aristocracia del saber, y dirigida hasta el presente por esa aristocracia bajo la vigilancia de los clérigos, el derroche de tiempo es colosal, absurdo. En las escuelas secundarias inglesas, al tiempo reservado para la enseñanza de las matemáticas se le cargan dos años para los ejercicios sobre la transformación de los yards, perches, poles, miles, bushels y otras medidas inglesas. En todas partes la historia en la escuela es tiempo absolutamente perdido para aprender nombres, leyes incomprensibles para los niños, guerras, mentiras convencionales… Y para cada materia, el derroche del tiempo alcanza proporciones vergonzosas.

En último término habrá que recurrir a la enseñanza integral; la enseñanza que por el ejercicio de la mano sobre la madera, la piedra y los metales, habla al cerebro y le ayuda a desarrollarse. Se llegará a enseñar a todos el fundamento de todos los oficios lo mismo que de todas las máquinas, trabajando sobre el banco y el tornillo, modelando la materia bruta, haciendo por sí mismo las partes fundamentales de todas las cosas y máquinas, lo mismo que los mecanismos y las transmisiones de fuerza a que se reducen todas las máquinas.

Se deberá llegar a la integración del trabajo manual con el trabajo cerebral que predicaba ya la Internacional, y que se realiza ya en algunas escuelas, sobre todo en Estados Unidos, y entonces se verá la inmensa economía de tiempo que se realizará con los jóvenes cerebros, desarrollados a la vez por el trabajo de la mano y del pensamiento. De este modo, en cuanto se piense seriamente en ello, se hallará el medio de economizar el tiempo en toda la enseñanza.

El campo del cultivo en la enseñanza es tan extenso, que se necesita el concurso de todas las inteligencias libres de las brumas del pasado, inclinadas hacia el porvenir. Todas hallarán en él una inmensa tarea que realizar.

Mis vehementes deseos de éxito a L´École Renovée.

Saludo fraternal.

Fuente: http://www.elviejotopo.com/topoexpress/carta-a-francisco-ferrer-i-guardia/