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¿Custodios, nada más, entre tu vida y mi vida? (Detalles en el órgano. III)

Fuentes: Cubarte

Aunque los apasionados de las preceptivas literaria y periodística me lo reprochen, no entraré de golpe en el tema: empezaré por ofrecer disculpas justicieras. Las primeras son para José María Contursi (Katunga), por trajinarle en un artículo de tan escaso lirismo el inspirado texto que él escribió, y que su compatriota Francisco Lomuto (Pancho Laguna) […]

Aunque los apasionados de las preceptivas literaria y periodística me lo reprochen, no entraré de golpe en el tema: empezaré por ofrecer disculpas justicieras. Las primeras son para José María Contursi (Katunga), por trajinarle en un artículo de tan escaso lirismo el inspirado texto que él escribió, y que su compatriota Francisco Lomuto (Pancho Laguna) convirtió en un fruto musical llegado a nuestros días en numerosas versiones. En una de ellas lo popularizó con estilo ranchero el mexicano Javier Solís, cuya alma, como la de aquellos argentinos, de ancestros seguramente italianos ambos, estará en el otro mundo custodiada por ángeles armados de guitarras y lágrimas. Esa canción está entre las que merecen respeto por su calidad, por las fibras sentimentales que ha movilizado y seguirá animando en una cursilería que le hace bien al mundo.

Las otras disculpas son para quienes en Cuba ocupan plazas de custodios. Lo que aquí se diga no debe tomarse (no lo es) como un ataque personal a ninguno de esos seres humanos. Y mucho menos debe verse en ello el cuestionamiento de su honradez, aunque a veces en nuestro entorno asomen datos que le ponen los pelos de punta a quien no sea capaz de ver o conocer en calma ciertas deformaciones que nos corroen hasta el aire.

Hace años participé en los análisis de una institución que había sufrido robos y se disponía a contratar los servicios de una empresa de vigilancia. Todo robo es repudiable, y uno de aquellos significó la pérdida, irreversible, de una valiosísima obra de arte que el ladrón, al sentirse descubierto, quemó, según se supo. No había ni hay por qué poner en duda la necesidad de la contratación, asumida por una entidad que entonces -no sé ahora- en gran parte dependía del financiamiento estatal. Pero alguien preguntó cuánto costarían los servicios de la empresa de vigilancia, y, al hacérsele saber que la cifra era (es) elevadísima, comentó: «Ya no hace falta que nos roben».

Más allá de las anécdotas que cada quien pudiera aportar sobre hechos semejantes, el paisaje cubano está punteado cada vez más por la presencia de custodios. A veces vamos a una institución y nos recibe un custodio que nos pregunta: «¿Qué usted desea?» Cuando le respondemos a qué hemos ido, nos señala hacia una compañera recepcionista -esa plaza la ocupan por lo general mujeres- y, sin extender completamente el brazo para no sacarle un ojo con el índice, de tan cerca que están, nos informa: «Debe verla a ella».

Nos habíamos acostumbrado a los centinelas que integraban un denominado Cuerpo de Vigilancia Popular, cuyas iniciales no se sabe por qué capricho de la fonética a menudo acababan convertidas en CDP. Pero es tal la presencia alcanzada por los nuevos custodios -a los cuales el país también se ve obligado a asegurarles uniformes- que nos hemos olivado de aquellos. Existan o no existan aún, van desapareciendo de nuestro imaginario colectivo, en el que los nuevos dominan con mayor distinción.

Llega uno a sospechar que, si en paralelo a nuestra isla mayor hiciéramos otra de similares tamaño y características, y se trasladaran a ella todas las personas que en el país ejercen de custodios, para que allí cumpliesen -con ganas de trabajar, claro está- tareas productivas y de servicios necesarios, esa isla artificial devendría una nación boyante. Va y hasta podría encarar con éxito la crisis sistémica mundial del capitalismo, y socorrer a pueblos que lo necesiten.

Agrupados casi todos en dúos, en la misma institución aludida líneas antes conté, hace poco, siete custodios, de ambos sexos, pues en los empleos el país intenta, por norma, suprimir la discriminación de la mujer). En el edificio donde vivo hay también custodios, que llevan en su uniforme, como los de otras partes, un emblema donde, por un raro designio cosmopolita, se lee «Seguridad / Security». Quede para otra ocasión esa arista, que, observada en otros ámbitos, ha sido y seguirá siendo objeto de numerosas páginas.

Quede también para otro momento el destino comercial de las meriendas asignadas durante años a los custodios para evitar su desplazamiento en busca de alimentación en el horario de servicio. Una merienda requiere elaboración, envase y transporte, y aquellas alcanzaron tal identidad que a menudo se les llamó, genéricamente, «merienda de custodio». Solían convertirse en una mercancía que elevaba el salario de ese personal por encima del que se recibe en otros muchos empleos, sean productivos o de servicios, quizás hasta científicos.

No hay que menospreciar el importantísimo quehacer de los custodios, llamados a impedir robos y otros actos vandálicos, obra de delincuentes que, al margen de la voluntad de quienes la ejecutan, o por ella, es aliada objetiva de la contrarrevolución. Quizás el robo sea lo que más estragos cause a los bienes del pueblo, patrimonio cuya administración, como sus cuidados, son responsabilidad estatal, pero debe serlo igualmente de la sociedad en su conjunto. Los robos generan hábitos y criterios funestos contra la mentalidad que se requiere para proteger los bienes mencionados.

Si los custodios fueran innecesarios, y bastase una resolución administrativa para prescindir de ellos, la solución del problema sería fácil, y menor el problema mismo. La mayor gravedad estriba en que la aparición y la proliferación de esos trabajadores respondieron, o responden aún, al crecimiento de la actividad delictiva. Enfaticemos: del robo en sus diversas expresiones. No tengo a mano datos estadísticos para darla por válida, pero hay una creencia extendida, y, al parecer, no contradicha por los hechos, según la cual el número de los otrora llamados rateros ha disminuido, sin que hayan menguado los robos.

Explicaciones de ello habrá variopintas, pero a una parece corresponderle sitio relevante. No es rentable correr los riesgos de asaltar a personas en las calles o robar en domicilios, aunque ambas cosas sigan haciéndose. Es menos peligroso, y asegura dividendos, participar en una red de tráfico ilegal de mercancías que ciertos malversadores -ladrones de cuello blanco- ponen en circulación por medio de vendedores que actúan a la vista de todos, incluso a la entrada de establecimientos estatales donde ellas se venden a un mayor precio.

Nada quita que en esa trama, donde la marginalidad se confunde con el centro de la población, cerca de los vendedores «clandestinos» haya porteros, custodios y otros encargados de mantener el orden y evitar la impunidad de la delincuencia. Ellos son también parte de una población donde el término robo ha desaparecido, mientras la actividad ilegal e inmoral que debe nombrarse con él se enmascara como resolver y luchar.

La reordenación que le urge al país lograr incluye componentes lingüísticos, inseparables del pensamiento. Los cambios en esa esfera no deben limitarse a erradicar la perniciosa chabacanería que pulula, y el culto innecesario a la lingua franca imperial, el inglés. También necesitamos librarnos de la tendencia a escamotear con palabras la realidad.

Para respetar la propiedad social será necesario poner las cosas en su sitio, y llamar al pan pan y al vino vino: entre otras cosas, para ver si llegamos a tener más del uno y del otro; y robo al robo, para que esta calamidad decrezca. Ello también será necesario para cuidar el patrimonio de las cooperativas y otras formas de propiedad privada, ya sea colectiva o individual. Pero es probable que la privada se autodefienda con mayores arresto y eficacia.

El pueblo cubano no es un colectivo de holgazanes, pero en su seno tiene vagos y carencias de cultura laboral que reclaman sacudidas. Tampoco es una caterva de ladrones, pero en él hay quienes roban. Sobre todo con respecto a la propiedad social pululan hábitos que en muchos órdenes de la vida demandan una transformación a fondo, difícilmente alcanzable sin normas severas, y sin modos de vida basados en la solvencia del salario y en la posibilidad de adquirir legalmente lo que se necesita para vivir con decoro.

En Cuba, como en cualquier otro país, siempre ha habido ladrones; pero en su mayoría distintiva el pueblo prefería la pobreza antes que robar, y rechazaba a quienes robaban: no entraba en trato con ellos. De prejuicios clasistas y voluntad de decencia nació una expresión que merece recultivarse: pobre, pero honrado. Si fue un escudo que benefició a la propiedad privada, hoy necesitamos que sirva también, no menos, a la social.

El pueblo cubano merece disfrutar una cultura de soltura cotidiana que nuestra sociedad ha necesitado supeditar a la urgencia de defenderse contra un poder imperialista: el que en 1898 le frustró su liberación nacional, y desde 1959 intenta derrocar la Revolución que lo emancipó. Es probable que uno de los logros perversamente buscados por la potencia enemiga sea generar una paranoia inevitable en organismos vivos que sufren agresiones, incluido en nuestro caso un bloqueo que tiene trazas e intenciones genocidas.

Muchas causas justifican la multiplicación de los custodios. Pero, según datos, hay organismos que en su fuerza laboral -a veces «fuerza laboral» quizás- tienen, a despecho de su cometido, más asalariados para vigilancia que para producción y servicios. Además, siguen ocurriendo robos, y en no pocos de ellos se han visto envueltos custodios, lo cual no implica que sean corruptos en su mayoría.

En cuanto a cifras, mucho habrá que valorar y modificar, tal vez de manera altamente significativa. Recientemente necesité tomar fotos de la escultura Alma Mater en la Universidad de La Habana para un artículo a propósito del aniversario 283 de esta última. Anduve por allí alrededor de las 3:30 de la tarde del jueves 6 de enero, pero me percaté de que era mejor tomar las fotos en horas de la mañana, con una iluminación natural más favorable. De paso, noté que ahora la Colina Universitaria está rodeada no solamente por sus viejos muros, sino además por cercas que no tenía cuando hace más de treinta y cinco años recibí allí mi diploma de graduado de la Escuela de Letras y de Arte; y que en distintos puntos del área hay una cantidad de vigilantes que no hubiéramos imaginado en aquellos años.

«Volveré el fin de semana para no interferir con los desplazamientos de alumnos en horarios lectivos», me dije, y lo hice. El domingo 9 fui cámara en mano hasta la histórica Escalinata y, como encontré allí una cuerda que impedía el paso, y un custodio sentado junto a ella, me dirigí a él, le mostré mis carnés de miembro de la UPEC y de fotorreportero de la revista Bohemia, y le expliqué mi propósito. Amablemente me contestó que los fines de semana se entra por un costado de la Universidad, por la calle J, y hacia allí marché.

En aquella puerta, por donde tantas veces en mi vida he pasado, encontré otra cuerda y no uno, sino dos custodios. Ambos me recibieron también con corrección, y me dijeron que debía entrar por la Escalinata. Como le respondí que desde ese punto me acababan de mandar a la puerta que ellos cuidaban, uno se dirigió con su mejor voluntad a hacer las debidas averiguaciones, y volvió con la información de ley: los fines de semana está prohibido caminar por la Escalinata. No obstante mi identificación como profesional de la prensa, debía volver entre lunes y viernes, en un horario determinado del día -creo recordar que entre 8 de la mañana y 5 de la tarde- para poder desplazarme por la Escalinata y tomar las fotos (lo que ya hice cuando finalizo este artículo).

Quise expresarles mi disgusto, pero ellos, amables, me ahorraron ese trago. Se expresaron inconformes con una medida que les acarrea la incomprensión de visitantes, cubanos y de otros países, que también en fines de semana quieren caminar por allí, como se hizo durante décadas, desde que en los años 20 del siglo pasado se construyó la Escalinata, donde en 1927 se inauguró la célebre escultura. Y conste que la topografía del lugar propicia hacerlo sin penetrar en áreas interiores de la Colina. Parece asimismo que no harían falta grandes recursos en función de esa medida, aunque no hubiera tantos custodios como he visto.

Antes de abandonar aquel hermoso lugar, tan lleno de historia y de cultura, de vida de nuestra nación -y al que ninguna fuerza hostil a la patria debe darse el gusto de lograr que se limite innecesariamente el acceso-, pasé por el puesto de mando operativo, o como se llame, que controla el trabajo de vigilancia al pie de la Escalinata (en el recinto donde antes estuvo la generosa Librería Alma Mater). Sumando los dos custodios de la puerta de J, los tres que se hallaban en la Escalinata -el uniformado que hacía guardia, y dos que conversaban aparte, vestidos de civil-, y los otros tres que había en el mencionado puesto de mando -otro hombre sin uniforme, y dos mujeres uniformadas-, conté en total ocho trabajadores de vigilancia y protección. No sé si habría más; pero me fui tarareándole para mis adentros al Alma Mater: «¡Custodios, nada más, entre tu amor y mi amor!»

Fuente: http://www.cubarte.cult.cu/periodico/letra-con-filo/17065/17065.html

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.