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De la república al fascismo: crónica gráfica de Barcelona

Fuentes: Rebelión

Carlos Pérez de Rozas Masdeu fue un fotógrafo autodidacta que acumulaba negativos en un piso del número 23 de la barcelonesa ronda de la Universitat, donde puso, en la segunda puerta de la tercera planta, su placa de «Reporter fotógrafo», y que convirtió en un hervidero, donde se mezclaban la vida familiar y los encargos […]

Carlos Pérez de Rozas Masdeu fue un fotógrafo autodidacta que acumulaba negativos en un piso del número 23 de la barcelonesa ronda de la Universitat, donde puso, en la segunda puerta de la tercera planta, su placa de «Reporter fotógrafo», y que convirtió en un hervidero, donde se mezclaban la vida familiar y los encargos urgentes, carreras para cubrir una noticia, placas y timbrazos telefónicos. Siempre con su Leica, rodeado de los suyos (sus hijos; después, sus nietos) creó una factoría familiar que tenía en ese piso su sede, llegando a acumular el mayor archivo de fotografías de prensa que existe en Barcelona. Cuando empezó a colaborar con la Crònica Gràfica, el primer archivo de fotografía creado por una institución, que se convertiría después en el Arxiu Fotogràfic de Barcelona, era un joven sin apenas experiencia, y acabaría fundando una estirpe familiar dedicada a la fotografía. El Arxiu Fotogràfic de Barcelona ha organizado una exposición sobre él, Pérez de Rozas. Crònica gràfica de Barcelona 1931-1954 .

Era hijo de un militar que fue delegado de Hacienda en las Filipinas, y que acumuló una gran fortuna que, a su muerte, su familia vio desaparecer. La madre viuda se trasladó desde Madrid a Barcelona y los contactos familiares le consiguieron un empleo en el diario Las Noticias: tenía dieciocho años. Un año después, ya cubría como fotógrafo actos y celebraciones, como el italiano Alessandro Merletti, instalado en Barcelona, o como Josep Brangulí, los primeros fotoperiodistas de la ciudad. Su extracción social y sus relaciones hacen posible que Pérez de Rozas se case en la capilla privada del obispo de Barcelona, Reig Casanova, un rasgo que tendrá continuidad en su vida: siempre estará cerca del poder, sea el que sea, ya la monarquía de Alfonso XIII, o la II República; la CNT durante la guerra, y, después, el régimen fascista impuesto por Franco, en una sucesión que ilustra su voluntad de estar siempre bajo el sol que más calienta. Tendrá nueve hijos, y no es extraño que el mayor, José Luis, fuese voluntario de la División Azul que combatiría con los nazis contra la Unión Soviética, y que el que llevaba su mismo nombre consiguiese la «Medalla al Mérito Militar».

En 1922, con el consistorio del liberal Fabra i Puig, Pérez de Rozas se incorpora como funcionario en el Ayuntamiento para documentar los cambios que se producirán en la ciudad a consecuencia de la urbanización de la montaña de Montjuïc y de la plaza de España para la Exposición Universal de 1929, acontecimiento que también cubrirá Brangulí. Durante los meses de la Exposición se le permite montar un estudio en el recinto, con su amigo Andreu Puig Farran, y, en los ocho meses que estuvo abierto, ambos llegarían a hacer casi noventa mil retratos, que cobraban a tres pesetas: una fortuna en la época. Los burgueses hacían cola en su estudio, y hasta Alfonso XIII lo visitó. Abre después otros efímeros estudios en la ciudad, hasta que en 1932 ingresa en el Arxiu Històric de Barcelona para colaborar como fotógrafo.

Pich i Pon, político lerrouxista que había sido comisario de la Exposición Internacional de 1929 junto con Francesc Cambó, y que era además empresario de los periódicos El Día Gráfico y La Noche, acoge en su diario a Pérez de Rozas, en 1932. Forma, a partir de entonces, con sus hijos José Luis y Carlos, un equipo de reporteros gráficos que cubre todos los acontecimientos relevantes de la ciudad, consiguiendo un protagonismo sin rival en la prensa barcelonesa, donde, además de Merletti y Brangulí, trabajan fotoperiodistas de la relevancia de Sagarra, Gonsanhi o Centelles. Pese a su adscripción durante la II República al Partido Republicano Radical de Alejandro Lerroux, Pérez de Rozas y sus hijos colaboran durante la guerra civil con la CNT-FAI, publicando en periódicos como Umbral y Campo, además de continuar trabajando en los diarios de Pich i Pon, que fueron colectivizados, y en Las Noticias, que se convirtió en órgano de la UGT. Viaja por Cataluña, entonces, documentando las colectivizaciones agrarias, la vida de la ciudad y acontecimientos como el entierro de Durruti y las manifestaciones sobre la evolución de la guerra civil.

La noche fascista que cae sobre Barcelona el 26 de enero de 1939 trae una feroz represión sobre las organizaciones obreras, sindicatos, partidos y personas de izquierda: los militares llenan a reventar el castillo de Montjuïc, la cárcel Modelo, el Cànem de los Godó en Poble Nou, el recinto Mundet del Valle Hebrón (donde agruparán a más de quince mil prisioneros republicanos), el convento de la Diagonal (donde hoy existen unos grandes almacenes), convertido en una terrible cárcel para mujeres. Los Pérez de Rozas, aunque trabajaron para la CNT-FAI durante la guerra civil, no fueron molestados por el régimen fascista. Al contrario, pasarán a ser los fotógrafos que cubrirán todo tipo de actos franquistas, convirtiéndose en una referencia de la nueva estética fascista, dedicada a la exaltación del dictador y del nuevo régimen, y publican en La Vanguardia de los Godó, una familia fascista que recupera la propiedad del diario, hasta hoy, y que incluso cedió a la dictadura sus talleres del Cànem, al Poble Nou, para que instalasen en ellos un campo de concentración para agrupar a presos republicanos.

También ilustran con sus fotografías la Solidaridad Nacional, órgano de la Falange; y La Prensa, otro diario fascista, así como las páginas de Fotos, una revista gráfica propiedad falangista que había sido creada por Manuel Hedilla. Trabajan además para la Agencia Efe, la agencia de noticias del régimen, que fundada por Franco y Serrano Súñer en Burgos en 1939. Su entusiasmo por el régimen fascista y su colaboración en el descrédito y difamación de la II República y de sus gobernantes, es indudable: uno de los primeros reportajes que harán los Pérez de Rozas será el de las «checas barcelonesas», que se publica en la revista Fotos con el propósito de denunciar al SIM republicano y lo que el régimen calificaba de «terror rojo». Fotos era una revista hija de la «Jefatura Nacional de Prensa y Propaganda» del gobierno franquista de Burgos, que, a su vez, se había inspirado en el Ministerio de Propaganda del régimen nazi. Se incorporan con entusiasmo al régimen fascista, y Pérez de Rozas hace la maqueta y las fotografías del libro de Francisco Lacruz, El alzamiento, la revolución y el terror en Barcelona, publicado en 1943.

Los Pérez de Rozas viven la alegría y la euforia por la victoria del ejército fascista. Incluso los dos hijos mayores se alistan en la División Azul para «luchar contra el comunismo», de la mano del ejército nazi, aunque, finalmente, sólo el mayor, José Luis, irá a la Unión Soviética, y, después, será fotógrafo oficial del Auxilio Social. Ocupan un lugar de relieve en la prensa, y ocurría con frecuencia que un acto social en Barcelona no empezaba hasta que llegaba uno de los Pérez de Rozas para dar cuenta. La familia, que conseguía además muchos encargos privados gracias a sus contactos con los jerarcas fascistas, hizo un magnífico negocio con la dictadura.

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Durante las primeras décadas del siglo XX, los obreros aparecen en las fotografías como mero paisaje, o asociados a escenas caritativas o pintorescas, como en la imagen de Tomás Carreras Artau, Botiga de plats i olles i altres objectes, tomada en 1922 en el barrio de Horta, donde vemos al joven dependiente posar ante la tienda «El siglo XX». En esos años, el etnólogo Carreras, miembro de la Lliga Regionalista, mostraba el tradicional paternalismo burgués hacia los trabajadores (no exento de dura represión cuando la patronal necesitaba acabar con las protestas y huelgas), pero, diez años después, la proclamación de una «república de trabajadores», como se denominó a sí misma la II República, cambia el tratamiento que reciben los obreros, y su relación con el poder y su presencia pública, aunque subordinada, pasa a ser más relevante.

La II República cambia muchas cosas, y la fotografía se convierte en un instrumento que acerca los dirigentes políticos a los ciudadanos, y, al mismo tiempo, da fe de la importancia de quienes ostentan cargos de representación y de poder, que les ponen a la misma altura que la burguesía que controla los resortes económicos. Cuando, tras la gran guerra, aumentan las exigencias democráticas y los sectores populares empiezan a ocupar áreas de representación y de protagonismo en la vida ciudadana, mientras el espacio urbano y las tribunas de discusión social pasan a ser ocupados con más frecuencia por el desafío de las demandas obreras, el naciente fotoperiodismo recoge esa realidad: sus imágenes informan, pero el foco se ha desplazado desde los salones del poder a las calles, consciente de que, aunque no se implique en el despertar de las muchedumbres y en la huella tempestuosa que reclama la dignidad del ser humano y que está forjando otra sociedad, no pueden ya ignorar su voz. Ello se refleja en las imágenes de Pérez de Rozas, quizá inadvertidamente. El tratamiento de la vida en la ciudad, donde se desarrolla el combate político, la lucha de clases, las huelgas y manifestaciones, y, después, la guerra y su impacto en la retaguardia, cambia. La imagen informativa sigue presente, pero las multitudes obreras, el empeño en forjar una sociedad nueva, una visión revalorizada del trabajo obrero y campesino que, aunque venía desde las profundidades del siglo anterior, desde antes de la llegada de la fotografía moderna, con la pintura de Courbet o Daumier, ha adquirido ahora un papel central, insoslayable.

Robert Capa insistía en la necesidad de aproximarse a la escena que se quiere fotografiar, de estar lo más cerca posible del objetivo, y los años de la II República muestran la aparición en España de ese fotoperiodismo moderno que, como en Pérez de Rozas, se une al objeto de interés, compone una forma de acercarse a la actualidad que no tiene ya nada que ver con los rituales del pasado: se ha mezclado con los nuevos protagonistas, informa desde dentro y, por momentos, los ojos del fotógrafo parecen convertirse en la mirada de quienes desempeñan un papel en la historia.

La indudable calidad de las fotografías de Pérez de Rozas, su originalidad y sus novedosos puntos de vista, entroncan con lo mejor del fotoperiodismo moderno, como en los fotorreportajes, que pasan a ser habituales, como el que realiza con ocasión del homenaje a Durruti en 1937, en la plaza Antonio Maura y la Vía Layetana, que ilustra el protagonismo de la clase obrera, de los anarquistas que levantan sus puños ante el edificio de la vieja patronal, convertido en sede de la CNT. Esa fotografía de los años treinta de Pérez de Rozas, captura también los interiores, la vida cotidiana, los encuentros familiares, como en esa escena donde se ve a quince miembros de la familia Pérez de Rozas, en la mesa del comedor-estudio de su casa, con el brasero a sus pies, y con las paredes empapeladas de flores donde cuelgan minúsculos cuadritos.

Entre esa monumental colección de ochocientos mil negativos, Pérez de Rozas deja imágenes memorables. Captura la escena de Alfonso XIII presidiendo la inauguración del estadio de Monjuïc en 1929. El monarca y miembros del gobierno, todos con sombrero de copa, están de espaldas al fotógrafo, seguros de su dominio. Es la imagen de un poder acartonado, rancio, insensible, que reina sobre los ciudadanos y les impone un poder arbitrario y corrupto, pero que no teme por sus posesiones. El poder republicano tiene legitimidad, y, a diferencia del monarca caído y de sus ministros, siempre rodeados de personas de su mismo origen social, ahora, los dirigentes republicanos aparecen entre el pueblo, rodeados del calor popular, como muestra la escena de Macià, tomada por Sagarra-Torrents, sentado en un automóvil sin capota, en la confluencia de las calles Pau Claris y Aragón, rodeado por la gente, que sonríe, tranquila, mientras uno de los presentes estrecha la mano del presidente del gobierno provisional de la Generalitat. Pérez de Rozas documenta la llegada de Companys y de los consejeros de la Generalitat (que habían sido encarcelados por los hechos de octubre de 1934) a la plaza de Sant Jaume, el 1 de marzo de 1936, tras la victoria del Frente Popular en las elecciones del mes anterior: capta, desde un balcón del palacio de la Generalitat, la entrada del coche, entre guardias, mossos, entre la gente que se agrupa ante el Ayuntamiento, y un par de motociclistas que parecen despistados, seguidores y curiosos.

La vida cotidiana en la ciudad está muy presente en sus fotografías, forzado por la actualidad y por los encargos que recibe, como esa vaca muerta en la calle Diputación, que no ha podido llegar al matadero cercano a la Exposición, en febrero de 1933; o la expectación de los curiosos ante los sorteos de lotería, como en esa administración de la Rambla donde la gente se agrupa bajo los números premiados, en 1933; o la rifa navideña de 1935, también en la Rambla, donde capta a los desocupados atentos a las pizarras que anuncian los premios, mientras el fotógrafo es observado de reojo por un chaval de bata blanca. Las escenas son variopintas: un accidente de un autobús en la plaza de España o los restos del avión militar Breguet XIX, que cae en el tramo de Santa Mónica de la Rambla, en septiembre de 1934; y concursos de pesca, las chicas de revista de Los Inseparables, carreras de motos, carnavales, fiestas populares, incendios y bombas que estallan en la ciudad. Las calles de la vieja Barcelona, con los vendedores de fruta sentados ante sus cestos, captadas desde un balcón, en una imagen que ahora nos lleva a Marraquech o Estambul. Y los cambios urbanos: el incendio de los Almacenes El Siglo, a finales de 1932; y, ya con la revolución en marcha, el derribo de la cárcel de mujeres de la calle Amalia, en octubre de 1936. Dos meses antes, durante el verano, Pérez de Rozas había fotografiado algunas dependencias de la prisión, como esa celda desolada donde se ve un botijo, un vaso y un nombre escrito en la pared: Margarita Blasco García. Y el derribo de la estatua del general Prim: toma una imagen de su pedestal vacío en el parque de la Ciutadella, en agosto de 1937.

También, los conflictos políticos: fotografia a Ivan Resnikoff, en la cama de un hospital, entre dos guardias, herido por la policía durante la rebelión anarquista de enero de 1933; y el cadáver de Pere Rodríguez, el sargento Mala-Cara, muerto por la Guardia Civil, durante esa insurrección, en un primer plano escalofriante, con hilos de sangre que escapan de la nariz y de la comisura de la boca. Y la bomba en la plaza Pedró, en diciembre de 1933, donde se aprecia una persiana metálica con agujeros de metralla, en una sastrería popular que anuncia «Trajos a plassos»: ha optado, otra vez, por acercarse a los detalles, en vez de tomar una imagen general, como hace Sagarra, cuya imagen, con la gente agrupada en el centro de la plaza, ocupa toda la portada de La Vanguardia.

Durante la guerra civil, Pérez de Rozas consigue imágenes notables, como la de esas actrices de la compañía Vila-Davi, a quienes vemos muy aplicadas cosiendo uniformes para los milicianos, en octubre de 1936; y la de los niños del Ajut infantil a la rereguarda, cantando con el puño levantado en la residencia creada en el Palacio de Pedralbes, o el gesto tierno de la madre con su bebé en la residencia Nadeida Krupskaia de la calle Amigó, que toma en diciembre de 1936. Y la del mitin de la CNT-FAI, en el Teatre Circ Olympia, celebrado el sábado 20 de noviembre de 1937 con ocasión del aniversario del asesinato de Durruti: se aprecia la platea repleta, inmersa en una extraña tranquilidad, en un preocupado silencio que ilustra la desazón de los militantes anarquistas ante la marcha de la guerra, escena que contrasta vivamente con la alegría de las militantes anarquistas de Mujeres Libres, en una fotografía captada dos meses antes. Y una rara imagen de Dolores Ibárruri, la Pasionaria, quien habla, ante los micrófonos, en una reunión del comité central del PSUC, en febrero de 1937, donde Pérez de Rozas registra un inesperado gesto ensimismado de la dirigente comunista, que contrasta con la expresión agresiva de Companys durante su alocución del 11 de septiembre del mismo año. Y los reportajes sobre los bombardeos, en la Barceloneta o el Poble Sec, que dan cuenta también de los peligros de la retaguardia y de la voluntad de resistencia y de vida de los barceloneses.

En cambio, las imágenes de posguerra que toma Pérez de Rozas están dirigidas a la exaltación del régimen fascista. Así, como si fueran los registros de un coro ciudadano unánime, registra las fotos del desfile en Barcelona del ejército franquista, el 22 de febrero de 1939, cuando no hacía ni un mes que había caído la ciudad, y que fueron publicadas en la Solidaridad Nacional; y la portada de La Vanguardia, con Franco y Dávila (el general del Ejército del Norte), en coche, durante el desfile en la Avenida de Pedralbes, donde Pérez de Rozas muestra a los dos generales fascistas con el brazo en alto; o la muchedumbre en la plaza de Sant Jaume, el 16 de julio de 1939, en un acto religioso, y fascista, donde una gran cruz blanca reina en el centro de la plaza. Otras imágenes dan cuenta de las escenas de alegría callejeras, en Barcelona, por la caída de Madrid en manos del ejército fascista; y otras, que producen repugnancia retrospectiva por la rastrera adulación que denotan hacia el régimen franquista, como la de los Colmados Simó, una gran tienda de alimentación de la calle Gran de Gràcia, que ha adornado con una instalación luminosa todo el edificio, alrededor de una imagen de Franco, con la leyenda «Al glorioso ejército de la Victoria«; al igual que la fotografía de la verbena de Sant Joan, con un numeroso grupo de niños apilando maderas para la fogata, imagen seleccionada por Pérez de Rozas porque el amasijo está coronado con un cartel donde pone «Resistir. Negrín«: el recuerdo de la II República y de sus gobernantes merece la hoguera, la destrucción, la muerte; y, una década después, la del «Día de la Victoria«, el 1 de abril de 1949, con la Guardia Civil desfilando por el Paseo de Gracia, y las mujeres de negro con mantillas, y la devoción religiosa, los saludos fascistas y las misas de campaña, como en esa escena donde vemos a Franco arrodillado en un cojín, en el Bruc, el 9 de junio de 1952.

Cuando impresionó esa escena del dictador, el artífice de la estirpe de fotógrafos ya estaba cerca del final. La última placa que hizo Pérez de Rozas la tomó desde Montjüic: era el barco Semiramis entrando en el puerto de Barcelona, que llegaba desde Odessa, en la odiada Unión Soviética, con centenares de falangistas de la División Azul. Hizo aquella fotografía, y bajó andando hasta la Rambla, su última caminata por la Barcelona fascista, y, en la calle Ample, entre la gente, junto a la basílica de la Mercé, le falló el corazón.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.