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El socialismo de cada patria, hacia el confederalismo

Fuentes: Rebelión

Una de las peores consecuencias del «universalismo» consiste en creer, bondadosamente, que la Tierra es un gran estanque de aguas remansadas, y que las ideas y las personas, tanto como las mercancías y los capitales, van y vienen. Que tanta felicidad y fluidez no existen es la lección de nuestra vieja maestra de la vida: […]

Una de las peores consecuencias del «universalismo» consiste en creer, bondadosamente, que la Tierra es un gran estanque de aguas remansadas, y que las ideas y las personas, tanto como las mercancías y los capitales, van y vienen. Que tanta felicidad y fluidez no existen es la lección de nuestra vieja maestra de la vida: la Historia. La Historia no se detiene, y toda fluidez soñada por universalistas y demás apóstoles de la Santa Globalización, no es más que el resultado de una bárbara extrapolación de las propiedades definitorias del Capital a todo aquello que no es capital pero que puede y debe llegar a ser asimilado a él: personas, tierras, culturas, ideas.

Vivimos, en realidad, al borde del abismo y no lo queremos reconocer. El mundo es hoy, más que nunca, una olla a presión y, sin embargo, insistimos neciamente en posar nuestros reales encima de esa bomba. Lo hacemos, a veces amargados, resignados, o con loca despreocupación. La mayoría se encuentra en este último caso. Los economistas y demás científicos sociales positivistas, fomentan la imagen del estanque apacible, lleno de cisnes y de cánticos. La imagen es de un remanso en el que hay ondas, ciclos, migraciones coyunturales, espejismos. En realidad la tormenta se va a desatar más bien pronto que tarde.

El espejismo de la lucha de clases cederá a la realidad cruda de la geopolítica. Desde el momento en que obreros prusianos se enfrentaron, en 1914, a obreros franceses, quedó enterrado el legado universalista de Marx. La crítica interna de una formación social capitalista, en el contexto de un Mercado Global Mundial, es sólo una crítica parcial y angular. Todas las herramientas de disección proporcionadas por Marx para entrever el esqueleto de las formaciones sociales capitalistas estaban pensadas desde y para formaciones sociales «empaquetadas» a escala nacional (Inglaterra, principalmente, con ojeadas a Francia, Prusia, etc.). Igualmente, Marx entrevió las consecuencias de alcance mundial que conlleva el Imperialismo de las grandes potencias europeas: el mundo «blanco» proseguía su labor de Acumulación Primitiva en territorios aún virginales para el capitalismo, sobre razas y pueblos hasta entonces al margen de la «civilización» o dotados de culturas paralelas a la de Europa. Los puntos de contacto (salvando civilizaciones no europeas muy desarrolladas, como la china y la japonesa, por ejemplo) supusieron la destrucción de lo autóctono o al menos su subordinación a todo el entramado económico del capitalismo. El capitalismo en su fase imperialista exportó las condiciones extraeconómicas (esto es de violencia, rapiña, conquista) ya dadas en Europa desde el siglo XVI, disolviendo elementos tradicionales del feudalismo y de la comunidad campesina originaria. Y los exportó a los restantes continentes. Las colonias pasaron a ser la tabla de salvación del propio capitalismo, un modo de producción que no subsiste si no es mutando en formas cada vez más peligrosas y enemigas de lo humano. Una de las mutaciones que entrañó la creación de imperios coloniales fue, sin duda, romper para siempre la supuesta «unidad universal de la clase obrera». La clase obrera se jerarquizó, en realidad, y se fracturó para siempre. Seamos realistas. La clase obrera «blanca» se convirtió parcialmente en clase pensionada por las propias burguesías nacionales a las que decían combatir. Sin dejar de verse explotados, los obreros de las naciones desarrolladas de Europa y América del Norte consumieron (como cuando se reparte un botín), una considerable parte de la plusvalía generada en las colonias, donde pueblos enteros fueron esclavizados o ultraexplotados. Se puede afirmar, sin apartarse del marxismo más ortodoxo, que las condiciones de supervivencia del capitalismo (un modo de producción definido en realidad por categorías tecnoeconómicas) a partir del colonialismo e imperialismo, residen en última instancia en factores extraeconómicos: voluntad de poder, esclavización, conquista, rapiña, acumulación originaria de botines y presas. Sobre esto se podría hablar mucho: que en el marxismo hay contradicciones y razonamientos circulares, por ejemplo. O que el marxismo en realidad, bien estudiado en sus obras originales (y no en las vulgatas), nada tiene que ver con el economicismo. Algo de verdad hay en todo ello, a mi entender. En el fondo, todo el análisis económico de la Formación Social es el análisis de la dominación. El capitalismo es algo que va más allá de un «modo de producción» al lado de los otros (feudalismo, esclavismo, asiático). Es el modo de producción generado en la Europa moderna consistente en anular tendencialmente cualquier otro modo de producción y de dominación que no sea el estrictamente económico.

El capitalismo, dicho llanamente, es el imperio de la Economía sobre la Política. En la historia de España es sabido que Carlos V y Felipe II naufragaron en su intento imperial de dominar el mundo sólo con la política (sólo con la voluntad de poderío), haciendo abstracción de las bases económicas. Ya la Guerra de Granada debería haberles enseñado a los castellanos cuán importantes eran las finanzas. La Reconquista en la fase asturiana no tenía nada que ver con la Reconquista en la fase castellana. La voluntad de poder, conquistar amplias tierras y poblarlas bajo una misma fe y cultura fue la fase puramente político-militar de los primeros monarcas medievales, los asturianos. Las finanzas ocupaban en esta misión histórica un papel exiguo. Pero en la baja edad media -en la fase castellana- y en la Modernidad, con la Monarquía hispana, un Imperio mal financiado era una voluntad de poder con los pies rotos. Los Habsburgo entraron en la Modernidad con el pie cambiado. Gran parte de sus pasos hacia la Burocracia (la «Monarquía Administrativa» en palabras de Foucault) fueron modernos, pero su superestructura ideológica claramente se anclaba en el espíritu medieval, el de los caballeros cruzados y el de la subordinación de la espada guerrera fáustica (como dice Spengler) a la teocracia. Las ruinosas finanzas, la injusta y disparatada fiscalidad, la mutilación del incipiente capitalismo castellano, todo esto y muchos otros factores económicos del momento enseñaron al resto de Europa que la Economía no se podía despreciar, que la Voluntad sin bases materiales es quijotismo, es alzar castillos sobre las nubes.

El declinar del Imperio de los Habsburgos españoles fue al mismo tiempo el auge de la Europa del Capital. El saqueo, más que la administración y civilización, del resto del mundo iba a comenzar. Desde la fase puramente comercial y acumulativa del capitalismo, hasta la fase industrial y de los grandes monopolios, Europa fue convirtiéndose en un enorme ergástulo. Las colonias periféricas fueron pasando de ser simples parques extractivos para la producción (materias primas) a ser también mercados para el consumo de los productos elaborados en el centro, lo cual frenó la posibilidad de desarrollar industrias locales autosuficientes. El centro metropolitano (Europa occidental y Norteamérica) debía producir más y más y encontrar salida a sus productos. El capitalismo del «primer mundo» desaguaba a los obreros blancos excedentes enviándolos a todo tipo de periferias, especialmente a América a la par que intensificaba y extendía la explotación de sus propios habitantes. Para ello fue preciso subordinar completamente el campo a la ciudad, «colonizar» a los campesinos europeos, domesticarlos por medio de la enseñanza reglada, la uniformidad lingüística, religiosa, moral. Fue la época del invento del «Estado-nación» exportado desde la Francia jacobina y completamente fallido como intentona en España desde 1868.

En la actualidad, en la fase más tardía del capitalismo y que de manera harto confusa se quiere llamar «Globalización» (en toda fase del capitalismo hay una teleología globalizadora, desde sus inicios medievales), el llamado «Primer Mundo» ha pasado de ser centro emisor de mano de obra a convertirse en receptor de mano de obra, no siempre necesaria. La recepción de nuevos esclavos ha sido fomentada por el tipo de empresariado que podemos denominar «canallesco». En el Reino de España esa clase patronal ha sido decisiva desde la Restauración borbónica de 1978. Decisiva para garantizar que en este Estado no se instaurara una verdadera democracia ni una verdadera economía productiva. La construcción y una agricultura mediterránea intensiva fueron las prioridades establecidas por el felipismo y el aznarato. Toda la España industrial se vino abajo con las llamadas «reconversiones» (en realidad, habría que denominarlas «imposiciones» de la CEE para el ingreso en dicha Comunidad). La España verde, y en general todo el Noroccidente -que es, desde el punto de vista geográfico y étnico- la más semejante con la Europa central y atlántica, hubo de sufrir una especie de apagamiento. Quizás suene fuerte el término etnocidio (que yo mismo he aplicado en mis escritos específicos sobre el País Asturiano), pero la desarticulación del sector ganadero y de las explotaciones campesinas según el modelo «casería» (que van desde Galicia hasta las Encartaciones, y que llegan hasta la meseta leonesa y zamorana, tomado como núcleo y prototipo el asturiano) son prueba de ello. También lo atestigua la intensa castellanización de sus regiones (presente incluso en Galicia, que cuenta con su propia lengua oficial). Son fenómenos relacionados, que apuntan en una misma dirección. La dirección es la muerte programada de países y regiones en aras de un modelo uniformista y desarrollista que tuvo su geografía -particularmente siniestra y corrupta- en el Levante. Desde Cataluña hasta Andalucía, la España «visibilizada» (como ahora se dice) en Europa es la del vomitorio y prostíbulo de playa, la del chiringuito hostelero, la especulación urbanística (incluyendo los campos de golf y otras pesadillas), el atraso cultural y la degeneración moral. En la Península Ibérica no hay tanto una dialéctica norte-sur, como la que regía en tiempos franquistas (Asturies y Vizcaya industrializadas y un centro y sur atrasados y famélicos, junto a una Cataluña siempre boyante). Ahora hay una geopolítica muy diversa, que nada tiene que ver con la que se analizaba en tiempos de posguerra y de postfranquismo. Ahora tenemos una verdadera dialéctica entre occidente y levante. El desarrollismo levantino impuso a la generalidad de España un modelo caduco y pernicioso.

El Occidente coincide en buena medida con los dominios de aquel Reino Asturleonés de la Alta Edad Media. Su geografía y etnología que ahora parecen ta diversas conserva vestigios de una unidad cultural que antaño fue sólida y real. Las mismas balconadas que se observan en el Principado de Asturies y en la Asturies de Santillana o en Las Encartaciones, también pueden ser contempladas en los pueblos extremeños, tan al sur. La lengua asturiana, tan viva en contra de todos los complots políticos en su contra (robándole hasta el nombre, y sustituyéndolo por el despectivo de «bable») aún resuena lejos de su núcleo original y más vivo, junto al mar cantábrico: puede oírse todavía en Extremadura, o en las lenguas de Zamora y Salamanca que, bajo la palabra «Sayagués» Miguel de Cervantes ridiculizaba. Desde la linde con Galicia hasta Vizcaya habría uso del idioma asturiano de no haberse perdido conciencia de la unidad y de haberse recuperado algún lazo político que retomara la unidad antropológica que el Occidente, y más aún, el Noroeste siempre tuvo. Pero aquí la leche y los supermercados franceses hicieron de las suyas, se trataba de convertirnos en rehenes del mercado y en sujetos colonizados, carentes de autosuficiencia productiva y de soberanía alimentaria.

En un planeta donde media humanidad sigue viviendo en el campo y practicando una agricultura de autosubsistencia, es propio de genocidas tratar de introducir allí unas relaciones de producción y unos sistemas de racionalización propios del capitalismo bajo el pretexto de aumentar la «productividad» de los pobres. Es un genocidio transplantar los criterios de «eficiencia» y «rentabilidad» de la agroindustria capitalista allí donde los usos tradicionales se ajustan a la perfección a las condiciones del territorio..

En el campo, el primer mundo ya ha dejado de buscar esa autosuficiencia de amplias masas de población que ahora vemos en los países pobres. La tierra, el paisaje, las propias relaciones humanas de los campesinos europeos y norteamericanos son valores que ya han llegado a su ocaso, todo ello se ha supeditado a los criterios del Capital. El Capital en el hemisferio norte ha convertido al campesino en una especie en extinción. Con júbilo, los economistas neoliberales celebran su «conversión» cualitativa en empresario. Pero lo que se esconde tras esta conversión cualitativa es una drástica reducción cuantitativa de la clase tradicional, una vez que se han creado las condiciones apropiadas para desincentivar su actividad rural e incluso su derecho fundamental de habitar en la tierra que le vio nacer. Es ingenuo pensar que el abandono demográfico del campo y la desigual asignación de recursos públicos en perjuicio del mismo son variables independientes. La política económica de los estados capitalistas es deliberadamente ineficaz con respecto al mundo rural, y está encaminada (de forma secreta o abierta) hacia la desincentivación de sus tradicionales formas de vida, muy reacia a la repoblación del mismo.

En Asturies tenemos ejemplos claros de esto. Hay una buena lista de conceyos que están perdiendo su población a marchas forzadas, sobre todo aquellos que destacan por su carácter rural y de montaña, ajenos a la ciudad o a la recepción masiva de turistas. Esas gentes merecen un trato de favor diferenciado para suplir los agravios comparativos que se acumulan contra ellos históricamente. Pero además su población humana ha de mantenerse dentro de unos mínimos cuantitativos, que son los que garantizan la supervivencia misma del paisaje y de la identidad del territorio. Solo dentro de esos mínimos, parando la emigración de los jóvenes y apoyando sus iniciativas de autoempleo, buena parte de Asturies podrá seguir siendo Asturies.

Estos territorios asturianos dejados de la mano de Dios, progresivamente abandonados, se degradarán. Pero se trata de una degradación deliberada, consciente y en el fondo puesta al servicio del Capital. El aprovechamiento residencial, lúdico, o de cualquier otro tipo que el Capital emprende con los territorios reducidos a una salvaje virginidad es uno de los grandes chollos de nuestro tiempo. Deja que una se desvalorice, para que luego de forma gratuita y hasta con aires caritativos más propios de una ONG que de una Multinacional, te hagas el amo de ella. Y la situación que describo de Asturies es extensible a buena parte del NO peninsular.

Desde estos territorios tan vapuleados, tan ignorados por una España corrupta, ineficiente, autista, atrasada e ignorante, desde estas periferias que -hasta la fecha- no han probado la vía independentista, y donde el nacionalismo (incluso en los sectores menos castellanizados de Asturies y Galicia) sigue subdesarrollado, no se va a poder soportar por más tiempo el invento. El invento emanado en la Transición, y consagrado en 1978: levantar un falso café para todos con 17 autonomías que, sí, son reinos de taifas y cortijos que intentaron disimular a regañadientes el problema entonces candente: qué hacer con las demandas nacionales de vascos y catalanes. Disimular dos autonomías (que sí parecían contar con más tirón identitario) con otras quince, arbitrariamente creadas, no fue un buen invento. Y ahora, desde el nuevo contexto geopolítico internacional, todo el tingladillo se va a caer y nosotros estaremos debajo. Perdemos Estado del bienestar por conservar el Estado de 17 fantásticas autonomías. No hay tantas naciones en España. Y en momentos de confusión hay que estudiar la Historia, señorías y Padrazos de la Constitución. Los viejos Reinos medievales son mejor guía que las locuras de Martín Villa, Peces-Barba, Fraga y Roca, por supuesto. Pero desde luego, la historicidad de un nacionalismo de sardana y butifarra, así como las fantasías de Sabino Arana son asuntos que no tienen nada que ver con la constitución de los pueblos ibéricos. Es esta una constitución sumamente compleja, que no merece el trato y desprecio del nacionalismo castizo del barrio madrileño de Salamanca ni tampoco la delincuencia -de sangre, o de guante blanco- con que algunos independentistas quieren arreglar España: sencillamente cortando. No señores, no huyan hacia delante. El Confederalismo es lo serio, esto es, rehacer un pacto leal entre pueblos. Como asturiano creo encontrarme en posición privilegiada entre los dos nacionalismos bravucones: el secesionista y el centralista. Ambos intentan esconder el latrocinio. El invento de «España» no funcionó, y el orgullo patrio no lo van a rescatar los aznares ni la derecha mediática que apenas puede tirar del carro. Y sus amenazas de sacar los tanques por las calles de Bilbao y fusilar a Ibarretxe (Gustavo Bueno «filosofaba» de esta manera) o de suspender la autonomía catalana, son cada vez menos creíbles. Sin las cadenas y correas, sin los «¡Arriba España!» los neofranquistas son tan impotentes como las peticiones -hechas, a menudo, por verdaderos ladrones y corruptos- a favor de un «derecho a decidir». Toda esta guerra mediática y gesticulante entre centralistas y nacionalistas periféricos se vendría abajo por medio de una reconstitución de nuestra historia.

Pienso que el verdadero asturianismo, así como el galleguismo, el cantabrismo, el leonesismo y tantos y tantos «ismos» se pueden convertir en avanzadillas de esa «rebelión leal desde las periferias». No sé si la designación es adecuada. En realidad, al hilo de la Historia lo que se ha dado en llamar «periferia» respecto a una monstruosa ciudad como Madrid, agujero negro que engulló -no sé si para siempre- a las dos Castillas, este Noroeste que reivindico es el verdadero centro de un gran País confederado. Un País que se originó en las montañas cantábricas, tras una alianza inicial de dos pueblos ya hermanados desde los lejanos tiempos de la resistencia contra Roma. Todos los pueblos del norte salieron de la oscura protohistoria y se convirtieron en agentes de la civilización celtogermánica y cristiana en medio de una invasión musulmana que a punto estuvo de poner la frontera en los Pirineos, si no más allá. El símbolo de don Pelayo y de Covadonga, más allá de las leyendas y fantasías, no puede ser el símbolo de una España inexistente entonces, ni el emblema del renacer de una monarquía goda decadente. De hecho el Reino Asturiano, matriz de todo nuestro Noroeste ibérico, fue más germánico que el propio reino de Toledo: germánico y céltico, cristiano y europeo. Astures, cántabros, godos, galaicos, vascones… todos estos pueblos -bajo el signo de la cruz, pese a la existencia de algunos paganos entre ellos- se enfrentaron a la mayor máquina militar y extractora de tributaciones de aquel entonces: el Islam. Nuestros mayores, sencillamente, no quisieron ser prolongación de África, prolongación de Oriente. Esta es una realidad indubitable y, para cuando Castilla comenzó a ser hegemónica sobre los territorios peninsulares, la especificidad celtogermánica de los territorios occidentales, al norte de Andalucía, era un hecho bien notorio.

Sin embargo, el desplazamiento del poder hacia el Reino de Castilla, al terminarse en éste el periodo de guerras civiles del siglo XV puso sobre el tapete de toda la Cristiandad el carácter mestizo y dudosamente cristiano de esta sociedad. El gran historiador Elliot, en su obra La España Imperial, puso de relieve, hace ya bastantes años, cómo el Imperio Español surgido a partir de una Castilla absolutista era una verdadera anomalía en Europa. El viajero ultrapirenaico veía en esas tierras un país más bien moruno, y con gran abundancia de judíos. A los castellanos que salían fuera se les veía, a menudo, como judíos y moros conversos. La mutirracialidad castellana y andaluza era vivida como un hecho muy traumático, lo que provocaría esas expulsiones, esa intolerancia, esa Inquisición, esos Autos de Fe y ese integrismo tridentino que no es concebible en una sociedad más homogénea y relajada en cuestiones de religiosidad y de etnia. El propio Elliot cita el papel de la mujer en la España Imperial, relegada a la vida de intramuros, mascando trocitos de arcilla justo como hacían las moras de España y las mujeres del Magreb, castellanas que iban muchas veces tapadas de arriba abajo como se tapaban las musulmanas. En el NO de la Península, claramente celtogermánico, esto no era así, y su sociedad era por completo homologable a la sociedad ultrapirenaica, aunque con las peculiaridades propias que en la Edad Media ya apuntaban. La sociedad castellana vivió con una obsesión fanática el complejo de la «limpieza de sangre», lo que es propio de naciones con un grave problema de identidad y de inseguridad. Tal obsesión no se hallaba entre asturianos, gallegos, vizcaínos, cuya hidalguía universal era a menudo reconocida sin investigaciones. En el Norte peninsular no existía el factor xenófobo por la sencilla razón de que el número de judíos y de moriscos era muy exiguo. Los iniciadores norteños de la Reconquista eran, confusamente, caracterizados como «descendientes de los godos» dando a entender con ello, en realidad, que se trataba de una sociedad no mezclada con los moros y los judíos y que formaban el tronco y la raíz de la nueva península cristianizada. Pero en Castilla, como bien señaló Sánchez-Albornoz, el elemento vascón y cántabro de los orígenes, hubo de diluirse con aquellas grandes poblaciones sureñas que posteriormente se conquistaron. A la altura de la Modernidad, la nobleza (ávida de dinero) había incorporado torrentes de sangre judía, y los mismos monarcas no se veían libres de ello. En los territorios de la Corona de Aragón, el elemento judío y morisco se había integrado de muy otra manera en una sociedad mayoritariamente cristiana y es muy probable que de no ser por las presiones castellanas y por la creación de instituciones como la Inquisición (verdadero anticipo del centralismo castellano), la convivencia habría sido pacífica y económicamente saludable.

Volviendo al hilo, creo que es precisamente la marginación de los países del Norte y del Oeste de la península la que tiene que ver con esta historia truculenta de una Castilla mestiza y un levante (territorios de la antigua Corona de Aragón) multirracial y multicultural. Son territorios los del País Astur (el N.O.) donde el sentimiento de identidad es muy fuerte y no viene muy marcado por el tópico herderiano de «una nación, una lengua». Antes al contrario, tanto el idioma gallego como el asturiano (y éste en todas sus variantes que comprende, bajo rótulos localistas, al leonés, al cántabro, a las lenguas salmantinas o extremeñas), casi nunca se ha explotado como arma de separatismo, como ariete contra la unidad española. Y ello no se debe a una supuesta impotencia intrínseca de estas lenguas. Como asturiano estoy muy harto de escuchar el tópico -gastado entre mis propios paisanos- de que «el asturiano se entiende muy bien y es casi como el castellano». Que haya cercanía lingüística no implica que también no haya diferencias de registro muy notables, y los no nativos castellanohablantes pueden experimentar mayores dificultades con ciertas variantes de la lengua asturiana que con el gallego, lengua también «próxima» al castellano. No: la reivindicación lingüística siempre es un pilar de la reivindicación identitaria, pero no el único ni necesariamente un arma con fines independentistas. El modelo vasco y catalán ha fracasado estrepitosamente en el ámbito más radical del BNG gallego y de la Andecha Astur del Principado. La lengua nos recuerda que somos nación, que lo «hispano» no se nos aplica de forma recta a los periféricos, sino sólo de forma oblicua y que es tan fuerte o más el sentimiento de rechazo a los toros, al flamenco, al gitanismo o la latinomanía. Todos los países del N.O. peninsular nos sentimos, casi hasta la raya con Andalucía, muy ajenos estéticamente al mundo sureño, moruno, «romano». La incompatibilidad de carácter es notable si nos centramos en el ámbito rural. Pese a los últimos esfuerzos del franquismo y del PSOE por colonizar las últimas aldeas con canciones de Manolo Escobar y con espectáculos taurocidas, el poso celtogermánico de ellas suele ser tan hondo, que al final toda esta oleada hispanizadora pasará como una moda efímera. Pues la Historia se cuenta en siglos, y la tierra conserva una especie de «memoria». A sólo diez kilómetros de Xixón o de Uviéu, el nativo puede reencontrarse con su raíz más ancestral, y la propia naturaleza le recuerda de dónde procede su alma y su sangre. Esto, y no el eslogan artificial del grupúsculo independentista, es lo que la ciencia no puede ahora explicar, y es el germen de un despertar nacional futuro. Lo repito: la tierra tiene memoria.

Y he aquí en qué situación lamentable se encuentra el Reino de España. Se trata de un Estado-nación fallido, donde la dimensión «Bienestar», que nos haría homologables con Europa ha colapsado, y en donde la dimensión «Federal», que debería corresponderse con su historia, su pluralidad étnica y lingüística, también ha sucumbido. Son legión los jacobinos intransigentes que se agazapan tras las siglas del PSOE, PP, IU y UPyD, pero a ese jacobinismo madrileño hemos de sumar el pensamiento egoísta y «ombliguista» de los catalanistas de sardana y butifarra, así como el del aranismo vasco. Carecen de toda visión geopolítica, ignoran qué papel les correspondería en Europa como estados independientes ubicados en unas coordenadas geográficas objetivas. En general, todos los que vivimos en esta península nos encontramos sometidos a una realidad aplastante: África está demasiado cerca, y el Islam, especialmente la versión más dura e inasimilable del Islam también está muy próxima. Todo esto influye en las cuestiones comerciales y económicas. Hay una competencia objetiva entre los productos agrarios del Magreb y los sureños y levantinos de España. Como las potencias oscuras del integrismo islámico huelen el miedo, y al oler el miedo se les excita la sed de sangre, todos los regímenes corruptos del norte de África ejercen el chantaje descarado a Occidente, con el pretexto de controlar a sus propios exaltados y proteger así a Europa de sus bombas. Sus bombas detonantes y sus bombas migratorias. Tratos de favor en política migratoria y en exportación de sus productos hacen que el Reino Español esté en clara desventaja en comparación, sobre todo, con el otro Reino del Sur, el alauita. Un Estado Español débil, corrupto, oligárquico, ineficiente en todos los aspectos (productivo, educativo, moral) va camino de convertirse en un nuevo Marruecos. Si desde el aznarato se estimuló de forma completamente irresponsable la emigración masiva con el fin de disponer de esclavos baratos, ahora será España la que -como dice un reciente anuncio televisivo- el lugar desde el cual se «exportarán» seres humanos, normalmente jóvenes con alguna cualificación. En las aulas y en los mercados de trabajo de este Estado fallido ya estamos observando un proceso de sustitución: nuestros mejores jóvenes (voluntariosos y cualificados) se tienen que ofrecer como mercancía barata a otros países, mientras que aquí dentro se quedan los más haraganes y parásitos de todos, junto con una masa considerable de emigrantes que no van a volver a sus países nunca porque no van a renunciar a las sustanciosas subvenciones oficiales a fondo perdido: matricúlate en este centro y cobrarás, aunque lo suspendas todo y hagas el gamberro. España es un Reino fallido como nación y un estímulo considerable para el parasitismo social: expulsamos a los mejores de dentro, y acogemos y subvencionamos a los peores de fuera.

Estamos sobre el polvorín. Esta España que se hunde es muy despreciada por Europa, con tanto despilfarro de fondos «de cohesión» que sólo cohesionaron a la hedionda casta político-sindical y al empresariado parásito de los mismos. Esta España fallida es la risión de la mayor parte de las repúblicas americanas «hermanas», que siempre echaron a correr cuando se les quería abrazar desde Madrid con el discurso de la «Hispanidad» y que ahora bien pueden ver la ocasión de la revancha. España está sola y la fracción centesimal de ciudadanos que viven de las rentas y del tinglado centralista madrileño no ofrece una alternativa querida ni creíble. Un nuevo Marruecos o una Nueva Turquía, corruptos, canallescos, complacientes con una minoría integrista foránea que se aprovecha de una sociedad débil, gelatinosa, a la que la casta política y sindical ha ido laminando: por esa senda va España. Por la senda de meras formas huecas de democracia, de una democracia no real en la que todos aparecen salpicados: desde el ordenanza que enlazaba una baja tras otra para no dar golpe, hasta el monarca que se va a matar elefantes en plena crisis. Y con un campo despoblado, con una territorialidad a la que estamos ciegos, pues tan sólo se nos quiere hablar de los vascos y de los catalanes, y de lo malos que son. La redención de los países olvidados (hablo de Les Asturies, el mío, pero hablo de todo el N.O. de la Península) tiene que llegar. Tiene que darse una nueva reconquista y repoblación de nuestras propias patrias. Yo convoco, con mi débil voz, a todas esas minorías de asturianistas, leonesistas, galleguistas y cantabristas, a todos los que no somos Castilla y les insto a que recuperemos una idea del socialismo que, al poco iniciar su andadura en el siglo XIX, quedó relegada a un triste olvido: que el socialismo no es un molde universal y homogéneo, que cada pueblo tiene su propio camino y su propio destino para llegar al Socialismo. El mito universalista se derrumba. Debemos cobrar conciencia del suelo que pisamos y del campo al que damos la espalda. Yo lo he defendido en mi libro Casería y Socialismo.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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