Recomiendo:
0

El investigador y escritor Juan Carlos Monedero analiza el momento actual de la crisis económica y política, así como la respuesta de la protesta

«España reclama un nuevo pacto social»

Fuentes: Revista Debate

Las principales centrales sindicales españolas ultimaban detalles para una multitudinaria movilización el jueves 19, cuando el presidente del gobierno, Mariano Rajoy, sostenía que su gestión no puede «elegir entre un bien y un mal, tiene que elegir entre un mal y un mal peor». Entretanto, la marcha de desocupados de este sábado y la previsión […]

Las principales centrales sindicales españolas ultimaban detalles para una multitudinaria movilización el jueves 19, cuando el presidente del gobierno, Mariano Rajoy, sostenía que su gestión no puede «elegir entre un bien y un mal, tiene que elegir entre un mal y un mal peor». Entretanto, la marcha de desocupados de este sábado y la previsión de un paro nacional son sólo algunas de las medidas de protesta contra el plan «anticrisis», que se suman a la de los «combativos» mineros del carbón, cuya caminata de 19 días culminó con el abrazo de los madrileños, que los recibieron en su ciudad.

En este contexto, el analista y escritor Juan Carlos Monedero alterna las aulas de su cátedra en la Universidad Complutense de Madrid, y otras actividades académicas, con su presencia en las movilizaciones que se congregan en la plaza Puerta del Sol, la meca de los indignados y el Movimiento 15-M, objeto de estudio de su último libro, Dormíamos y despertamos. El 15-M y la reinvención de la democracia. Este intelectual español habla con Debate a poco del anuncio del cuarto y más duro ajuste económico impulsado por el gobierno conservador, en vistas de recibir nuevos fondos para evitar la quiebra del sistema bancario. Monedero examina el impulso de la protesta ciudadana, que, según él, conlleva una «repolitización» de la sociedad y un cambio en las reglas de juego democrático.

Que la marcha y huelga de los mineros españoles, así como la convocatoria a la movilización por parte de los sindicatos, se encuentren en el centro de la escena, ¿expresa una madurez respecto del reclamo más disperso de los indignados?

Aquí hay dos elementos. Por un lado, cada vez se suman más sectores, conforme se van implementando ajustes que perjudican a cada uno de ellos. Por otro lado, hay un incremento de la conciencia tanto de quienes ya han sido afectados, como de los sectores que aún no, respecto de que estamos ante un cambio de contrato social y entonces deciden movilizarse. El elemento añadido es que los mineros han actualizado la idea de que la madre de todas las contradicciones, es decir, la contradicción entre el capital y el trabajo, está amenazando a toda la sociedad.

¿En qué sentido?

Así como cuando el joven Mohamed Bouazizi se prendió fuego en Túnez y activó la protesta que finalmente dio pie a la denominada Primavera Árabe, en España el peregrinar de los mineros hasta llegar a Madrid ha supuesto la conciencia de que la crisis económica necesita acabar con todo derecho laboral para poder satisfacer los intereses de unas minorías que controlan tanto el gobierno, las grandes empresas, como los organismos internacionales europeos. Entonces, se está llegando a un punto de inflexión donde la gran mayoría del pueblo español observa que se están cambiando las reglas de juego al margen de cualquier tipo de decisión democrática.

Se habla, entonces, de una repolitización de la sociedad…

Claro, sin duda. Ocurre que España y Europa han vivido muy bien en esa burbuja que creó la especulación inmobiliaria, en un contexto de sociedades saturadas visualmente, donde tu espejo de la realidad era la lectura que se hacía del propio 
bienestar, y de lo que se contaba en los medios de comunicación. La gente tenía trabajo, consumía. De alguna manera, se desentendía de la realidad de un sistema que funciona a golpes de crisis. Gran parte de la población se rehusó, un poco, a la reflexión pese a que había diversos grupos que alertaban sobre la mentira que se estaba viviendo, y es un poco lógico. Entonces, en el corto plazo se ha generado una especie de shock en la población, como plantea Naomi Klein.

¿Cuál es la singularidad del «shock» español?

Muchas veces, frente a una crisis, el capitalismo suele tener, como se sabe, una respuesta de corte fascista o bélica. Pero, en España, el movimiento de indignados, 15-M , ha supuesto un adelanto. Ellos armaron una lectura de la realidad que implica una politización o una prepolitización. Quiero decir que, de ahora en más, cuando el ciudadano se sienta interpelado a entender que está siendo víctima del sistema puede contar con la experiencia y el discurso probado del 15-M y, por tanto, será mucho menos susceptible a escuchar los cantos de sirena de posiciones de la extrema derecha racista y xenófoba.

Como ocurrió en otros países de la UE…

Sí, creo que el 15-M propuso dos premisas correctas en el momento adecuado. Primero, planteó el dilema de la representatividad de la democracia liberal, y llegó a la conclusión de que el actual sistema político no nos representaba. Segundo, analizó cuál es la inclusión social en el sistema neoliberal, y dedujo que los ricos eran cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. A partir de ahí, señaló quiénes eran los responsables de la hecatombe actual. Responsabilizó al sistema financiero, cuyos miembros más destacados trabajaban para el gobierno y, luego, para los grandes conglomerados empresariales y financieros. Entonces, en el momento en que el 15-M señaló a los responsables de esta crisis, ésta se convirtió en una estafa. Con esta comprensión de los hechos, se obtura el discurso oficial que indica que los españoles hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. E imposibilita el discurso del poder financiero que pretende justificar su latrocinio achacándole la culpa a una política abstracta, o suave, hacia los inmigrantes, los países del Sur, los sindicatos, o hacia cualquier actor contrario a los intereses neoliberales.

Además, se plantea que el propio sistema político español está en crisis porque arrastra vicios desde la transición democrática. ¿Cuál es su lectura?

España está viviendo un proceso acelerado de historia. Por un lado, se esclarecen las responsabilidades que Europa en su conjunto tiene frente a la crisis, pero también se clarifican aquéllas que tienen que ver con nuestra propia idiosincrasia. Es decir, el hoy gobernante PP y el opositor PSOE, las dos grandes coaliciones que articularon el proceso de la transición que dejó atrás el régimen dictatorial de Francisco Franco, están actualmente desenmascarados. Ambos partidos tienen profundas dificultades para generar credibilidad en la ciudadanía y, por lo tanto, se están rompiendo los consensos de la transición. Por ejemplo, aquél que indicaba que todo lo que venía de Europa era positivo, o la idea que postulaba que hay que dejar la política a los políticos, de que no hay que involucrarse, etcétera. Además, se está rompiendo el consenso sobre la propia idea de consenso, es decir, se recupera poco a poco la idea de conflicto y de que las luchas de ayer son los derechos de hoy, y las luchas de hoy son los derechos del mañana.

¿Entonces?

Todo ello genera, de alguna manera, un nuevo escenario donde se están cambiando las reglas de juego, las que pueden ser, ahora, reelaboradas por parte de la ciudadanía. Quiere decir que le corresponde a ésta articular un nuevo contrato social. Precisamente, se reclama un nuevo pacto social, donde los responsables de una crisis paguen por ella. Se sabe que el Estado está «desconstitucionalizando» el primer artículo de la Carta Magna española; es decir, se está destruyendo el Estado de Bienestar, un Estado democrático y de derecho.

A propósito del liderazgo europeo de Alemania, se especula con que Berlín aprovecha la crisis para conseguir el antiguo objetivo de integrar a Europa bajo las condiciones germanas. ¿Cuál es su opinión?

Claro, el punto de inflexión de Europa tiene que ver con la reconstrucción de la economía alemana luego de la Segunda Guerra Mundial y, más tarde, con la unificación de ese país. Cuando se adoptó el euro en 1999, reemplazando al marco alemán y a otras monedas europeas, éste heredó el status de divisa de reserva que tenía el marco. Así, la condición que Alemania puso para sumarse al euro fue que el modelo del BCE (Banco Central Europeo) estuviera directamente basado en su homólogo germano, el Bundesbank. Y así fue. De ahí que la reconstrucción de la UE se hizo sobre la base del modelo del Banco Central alemán.

¿Qué implicó?

Que las claves de unificación económica del bloque europeo fueran referenciadas con parámetros que fijaron metas de déficit público, de inflación, de deuda, etcétera, y no de elementos asociados al empleo, o al crecimiento. Con todo, a diferencia de la Reserva Federal estadounidense, el BCE se concentra en controlar la suba de precios en vez de controlar la tasa de desempleo, por ejemplo.

¿Todo ello aportó a la posición dominante alemana?

Claro, porque la conclusión es que, sin duda alguna, Alemania es el país que más se ha beneficiado económicamente con la integración. Presionado también por los sectores financieros, ese país está en condiciones de completar una jugada de larga data en un escenario que ni siquiera pudo imaginar, que es volver a controlar Europa mediante criterios económicos. Efectivamente, el gran conglomerado industrial y el sistema bancario alemán están en condiciones de someter a los países vecinos sin necesidad de marchar sobre los Campos Elíseos ni de bombardear Guernica, como lo hicieron durante la Guerra Civil Española.

LA MIRADA SOBRE LATINOAMÉRICA

Usted suele reivindicar como alternativas las propuestas de algunos de los gobiernos progresistas de América Latina. Salvando las distancias, ¿qué diferencias observa con las estrategias implementadas por Europa?

Cuando los presidentes Hugo Chávez, Evo Morales, Dilma Rousseff o Cristina Fernández realizan una cumbre se generan políticas que benefician a los pueblos de América Latina. En cambio, aquí, tenemos la absoluta certeza de que cuando se reúnen François Hollande, Mariano Rajoy, Mario Monti y Angela Merkel es para acordar políticas que perjudican a los pueblos de Europa. Latinoamérica está avanzando en materia de democracia ciudadana, negada durante el período del modelo neoliberal. La región sufrió veinte largos años de desestructuración brutal del bienestar de los pueblos. Y la transición a otro modelo, es decir, la emergencia que representaron los gobiernos de Lula, Kirchner, Evo o Chávez, seguramente habría sido más beligerante o con más violencia si Estados Unidos no hubiera estado entretenido con Oriente Medio. El subcontinente ganó fuerzas suficientes como para paliar las eventuales injerencias de los norteamericanos.

¿Y en el caso de Europa?

En cambio, aquí, se tenía un cómodo marco de integración, sin conflictos políticos porque no había conflictos económicos. Pero, una vez que no se pudo sostener la tasa de ganancia europea a costa de los países del Sur, se produjo una guerra de elites, el núcleo central de la cuestión. En la actualidad, la elite gobernante alemana pelea por mantener sus privilegios y necesita hacerlo sobre las espaldas de la ciudadanía griega, irlandesa o española. Tenemos pendiente como ciudadanos no la integración de las elites, que en tiempos de crisis no es factible, sino una integración de las bases que obliguen a replantear el contrato social europeo.

Fuente: http://www.revistadebate.com.ar//2012/07/20/5670.php

0