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Evolución y enmarque de la liberación sexual en la lucha de liberación vasca

Fuentes: La Haine

Presentación de la segunda edición (24/III/2005): Este texto fue escrito en febrero de 1998 con el objetivo de profundizar en un debate colectivo sobre los temas implicados en su título. A diferencia de la mayoría de otros textos sobre la misma problemática, en este se optó por desarrollar algo más las investigaciones históricas de las […]

Presentación de la segunda edición (24/III/2005):

Este texto fue escrito en febrero de 1998 con el objetivo de profundizar en un debate colectivo sobre los temas implicados en su título. A diferencia de la mayoría de otros textos sobre la misma problemática, en este se optó por desarrollar algo más las investigaciones históricas de las prácticas sexuales porque se pensaba que conocer la historia del problema a debate es uno de los requisitos inexcusables del método dialéctico de transformación revolucionaria de la realidad. La experiencia demostró lo acertado de esta decisión porque en muchos debates se destrozó el mito burgués de que la sexualidad es, primero, algo que no se altera ni cambia con el tiempo; segundo, algo que no tiene nada que ver con las circunstancias sociales, políticas, económicas, etc., sino sólo, tal vez, con algunas leyes religiosas y, en el menor de los casos, culturales; tercero, algo simple y sencillo: siempre existe una sexualidad y nunca varias sexualidades y, último, cuarto, algo que al ser siempre igual a sí mismo, no admite mejora esencial en un futuro.

Se ha vuelto a publicar siete años después porque es conveniente salir al paso de la propaganda reformista que dice que con el PSOE en el gobierno se avanzará mucho en la mejora de las condiciones de la vida sexual. Las recientes leyes en defensa de las mujeres contra el terrorismo machista parecen indicar que eso es cierto, pero, como se indica en el texto, la realidad es mucho más insufrible, dura e inquietante. Y lo que es peor, mientras sigan empeorando las condiciones de vida cotidiana como efecto de los ataques neoliberales en aumento, en esta medida cierta, el terrorismo machista y lo más tenebroso y cruel del sexismo buscarán y encontrarán otros caminos, o los crearán directamente, para expandirse socialmente porque responden a ciegas e irracionales fuerzas que emergen de los más profundo de la sociedad, pero también a la más fría y calculadora lógica del máximo beneficio extraíble de la explotación de la fuerza de trabajo sexo-económico de la mujer. Todo indica que es así, y que en estos últimos años ha empeorado la situación. Por eso se reedita esta pequeña obra, con la intención de reavivar un debate y unas prácticas liberadoras urgentes. Sólo se han hecho algunas correcciones de estilo y pocos añadidos que refuerzan el texto original.

La liberación sexual es una necesidad básica para comprender el proyecto indepen­dentista y socialista abertzale. Dicha liberación se está realizando ahora mismo en medio de grandes dificulta­des y pugnando contra otro modelo sexual que se está imponiendo desde los aparatos de poder. La liberación sexual no es la inelucta­ble superación de un viejo orden sexual, sino la lucha contra otra sexualidad emergente, destinada a llenar el vacío que deja el modelo caduco. La vieja defendía el orden sexual franquista, la nueva el del capitalismo mundializa­do. La primera fracasó en encorsetar y dirigir los avances sexuales habidos desde comienzos de los setenta; y la segunda aún no ha desplegado definiti­va­mente su aterrador poder de control, manipulación y represión.

La sexualidad, o mejor las sexualidades, en plural, no son pura biología reproductiva; tampoco son reductibles a la mecánica orgásmica. Todas las que coexisten y chocan en una época, forman un multidimensio­nal espacio en el que los poderes se alían para controlar, domesticar o exterminar las pautas sexuales de las masas oprimidas, e imponerles a la vez o más adelante otros códigos que aseguren la reproducción de esos poderes. Tales luchas no son sólo represivas y exterminadoras, aunque en caso desesperado no dudan en aplicar una brutalidad extrema, sino que también delegan minipoderes a franjas de oprimidos, los corrompen e integran en sus lógicas, y también producen saberes y conocimientos que en manos de esos minipoderes producen beneficios, placeres y ganancias que refuerzan en poder sexual dominante. Surgen así jerarquías y continuidades que explican cómo ha llegado presente y cómo podemos superarlo.

1.-

El Abate Monteuil escribió sobre la altivez de la mujer vasca en el siglo XVII, siglo de áspera batalla entre dos estrategias de construcción del cuerpo: la burguesa de la Reforma y la tardo-feudal de la Contrarreforma. Pero antes de que ambas chocaran en sus dispositi­vos sexuales, corpora­les, familiares, temporales, educacionales, etc, existía una dura pugna entre la sexualidad pervivien­te de la Alta Edad Media, de los siglos obscuros y de las prácticas paganas aún vivas, y el nuevo orden sexual inherente a los Estados en centrali­zación y a la Iglesia desde el siglo XII. En la lucha para destruir esa sexualidad anterior se formó primero el código medieval y después el burgués, inicialmente interesados en santificar la fusión de la propiedad sexual con la económica mediante el sacramento del matrimonio indisoluble. Recordemos la tenaz resisten­cia en Navarra al matrimonio indisoluble decretado en esa época. La ofensiva antisexual se endureció con el Concilio de Letrán de 1219, al anular los matrimonios realizados sin la presencia del cura. Identificar a la mujer con el mal y el pecado era tarea eclesiástica. Los francisca­nos con san Buenaven­tura como líder, destaca­ron por ese ataque desde el siglo XIII. La aparición en esa época de la prostitu­ción faci­litó la identificación en un período de empobreci­miento económico. En Euskal Herria el siglo XV está surcado por las referencias negativas de los poderes urbanos a las libertades de las muchas mujeres. Las minuciosas ordenanzas municipales muestran esa preocupa­ción de los hombres ricos. Pero existía un acoso sexual institu­cionali­zado, agresiones físicas y violaciones.

La Iglesia reconoció en 1510 la fuerte pervivencia de viejas tradiciones y creencias precristianas ancladas en nuestro pueblo. Poco después se desató la caza de brujas por la Inquisición en toda Euskal Herria, ac­tiva hasta el primer tercio del siglo XVII. Hay que recordar que la Inquisi­ción española sólo se implantó en todo Hegoalde tras la ocupación militar del Reino de Navarra en 1513. La represión de la llamada brujería fue parte substancial de la represión del orden sexual popular, su cultura oral y euskaldun, su paganismo latente bajo la superficialidad del culto cristiano. Una represión también ejercida en nombre de un nuevo y superior conocimiento que se había formado en universidades que habían excluido a las mujeres. El saber expansivo que llegaría a ser la revolución científica del siglo XVII, nació misógino. Mientras que Galileo y Descartes alumbraban el racionalismo mecanicista, a la vez, se quemaban mujeres vascas, esas a las que el Abate Monteuil achacaba altivez. Aquella sexualidad resistió recurriendo a todo, desde el adulterio privado o en grupo hasta el rapto matrimonial, pasando por el matrimonio clandes­tino, concubinato, uniones libres y amanceba­miento. Resisten­cia difusa incluso al final del siglo XVIII, cuando el dispositi­vo sexo-corporal señorial retrocedía ante el burgués. Resistencia infini­tamente más arriesgada y peligrosa para la mujer que para el hombre por la enorme desproporción de castigos por la infracción del orden sexual.

Mientras en 1530 Erasmo defendía la urbanidad, la regulación de la cotidianei­dad, la nueva jerarquía mostrada en mesas y convites, la nueva privacidad doméstica y en el dormitorio, inauguran­do el refinamiento y la etiqueta, en ese momento la Reforma burguesa, especial­mente la dirigida por Calvino, defendía justo lo contrario, el trabajo y el ahorro, la austeri­dad en el gasto y la condena de la suntuosidad. Esta contradicción no rompió la unidad sexual entre católicos y protestantes o hugonotes en Iparralde, que no salieron en defensa de la mujer, como indican las persecuciones y quemas de brujas en 1576 en Lapurdi, en 1599 en Zuberoa, en 1605 en Miarritze y las 700 personas quemadas vivas en 1609 en Lapurdi, la mayoría de ellas mujeres y dos curas. El triunfo político de la Contrarreforma tridentina en Euskal Herria no garantizó aún y todo su impunidad pues tras finalizar en 1563, hasta 1591 se seguían adorando en la catedral de Iruñea imágenes sacras prohibidas 28 años antes, y todavía a comienzos del siglo XVII se protestaba por escrito en Donostia contra la obligación de escuchar el sermón dominical. Incluso en temas tan vitales para el nuevo orden como eran los concer­nientes a su propia e interna obediencia, existían fuertes resistencias colectivas.

Trento potenció dos grandes control sexuales, la confesión y el sermón. La primera permitía conocer las debilidades de la carne y aterrorizar directa y personalmente con el infierno. El segundo, adoctrinar y amenazar en público. La Virgen Maria como ideal separó aún más a las mujeres ricas de las pobres, muchas de las cuales se sumaban a las matxinadas, motines y sublevaciones populares contra la minoría acaparadora que estallaron desde comienzos del siglo XVII. Poco después aparecieron las primeras escuelas para niños ricos y con ellas la imposición de otra sexualidad: la del miedo al propio cuerpo por el pecado de onanismo, de masturbación. Esta presión se amplió en el siglo XVIII. Mujeres y niñ@s de las clases dominantes fueron adoctrinad@s para rezar sus oraciones de castidad al pie de la cama, para huir de las tentaciones nocturnas. La nueva sexualidad se imponía en castellano y francés porque el euskara estaba excluido de las escuelas. Se fue construyendo, así, una mujer e infancia dóciles, pasivas, asexuales, castas y vírgenes, obedientes, disciplina­das. La Ilustración y los revoluciona­rios burgueses de finales del XVIII fortalecie­ron esa construcción.

Existían, pues, las bases para la victoria del nuevo orden sexual más allá de las reducidas clases dominantes, pero la larga secuencia de protestas, huelgas, matxina­das, guerras e invasiones que asolaron Euskal Herria entre los siglos XVII y XIX, presumiblemente fue una causa importante del retraso de su victoria, y de la pervivencia de costumbres con rescoldos del viejo sistema sexual. Decimos presumible­mente porque habiendo pocos estudios, los que existen así lo sugieren. Además, se sabe que en los períodos convulsos y tensos, las luchas, resisten­cias armadas y guerras populares como las dos carlista­das, propician siempre un relaja­miento de las disciplinas y controles sexuales. Como, sobre todo, chocaban dos culturas, la euskaldun y la erdaldun, se puede sospechar que la continuidad de un antiguo orden sexual más o menos debilitado se logró también en y por la resistencia muchas veces violenta a las injusticias internas y agresiones externas, y por la función clave del euskara en la racionali­za­ción popular de esas resistencias. También se puede pensar que el desarrollo de un código sexual nuevo se alimentó de la dinámica interna socioeconó­mica y de las ayudas militares externas, invasoras, más el imprescin­dible apoyo del castellano y del francés.

2.-

Desde la segunda mitad del siglo XIX se vio crecer el orden sexual capitalis­ta básico asentado en cinco pilares: la medicina científica con los descubrimientos de Pasteur en 1876; la psicología que tuvo en Wundt, Lombroso y Freud sus grandes maestros expandiéndose desde los ochenta de ese siglo; el higienismo social que derivó en la seguridad social desde 1881 en la Alemania de Bismarck; la sociología de Comte y Spencer que se opuso al socialismo revolucio­nario marxista y anarquista, y, por último, la nueva pedagogía de la infancia popular que tuvo en Alemania su principal experimentación. La sexualidad burguesa, o sea, el complejo psicosomático productor de fuerza de trabajo alienada, de sumisión moral y miseria sexual en la reproducción biológi­ca, era inseparable de esos cinco pilares. La oleada revolucio­naria de 1848-49 forzó su parto y la Comuna obrera de 1871 y el inmediato ascenso socialista en toda Europa, aceleraron los ritmos de todos y cada uno de esos recursos disciplina­rios.

La década de los setenta del siglo XIX fue clave para Euskal Herria porque, en Iparralde, la aplastante derrota francesa ante Alemania en 1870 multiplicó exponencialmente la presión ultracentralista y antivasca, y, en Hegoalde, la derrota militar de la feroz guerra de supervivencia colectiva de 1872-76, llamada por los españoles «segunda guerra carlista», acabó con los restos del Régimen Foral. Vayamos por partes. La burguesía francesa tuvo pánico por la fulgurante derrota ante Alemania y extrajo tres lecciones sobre el atraso económico, la débil «identidad francesa» y su fuerte movimiento obrero. La estrategia francesa posterior buscó resolver los tres peligros. Ipa­rralde sufrió, en lo económico, la extrema periferización y dependencia absoluta hacia el norte del Estado francés, generando la pobreza estructural, la migración masiva y el despoblamien­to; y en lo identitario, la presión antivasca en todos los aspectos, sobre todo en el nuevo sistema educativo, copiado precipitadamen­te del alemán, destinado a fomentar el «espíritu francés». La escuela de Jules Ferry y la máquina de alista­miento militar tenían el mismo objetivo. Una temporalidad estática y plomiza se implantó en la sociedad vasca, fortaleciendo a sus estamentos conservado­res durante décadas. El orden sexual tradicional mantuvo así su estructura patriarcal y reproductora, en una vida gris y anodina que contrastaba con el consumo exuberante y lujurioso de las clases ricas en casinos y prostíbulos de Miarritze.

En la parte de Euskal Herria bajo dominación española. la derrota militar de 1876 destrozó la Soberanía Foral e impuso rápidos cambios estructurales de largo alcance. Para 1890, cuando la primera gran manifestación y huelga obrera, respondida con el estado de guerra, la sociedad vasca sufrió un desquiciante terremoto en sus códigos sexuales. Por ejemplo, en el Bilbo de 1825 la edad media de matrimonio de las mujeres era 27,6 años bajando a 24,8 años en 1887, mientras que la edad media de los hombres se mantuvo casi la misma, alrededor de 27. Tanta reducción en las mujeres fue debida a un recorte radical de su libertad y de su capacidad para contribuir como el hombre al costo familiar. Las mujeres perdieron independencia personal y económica con la industriali­zación desatada y debieron lanzarse antes, más indefensas, al mercado del matrimonio. Las consecuen­cias de todo ello sobre la gratificación sexual eran innegables, sobre todo en una sociedad en la que el movimiento obrero generaba un nuevo machismo o asumía ferviente­mente el machismo burgués, presionando con fuerza para que las mujeres dejasen la fábrica y se enclaustrase en casa.

Cuando en las nuevas barriadas industriales el alcoholismo masivo degeneraba en peleas a puños, a navajas o con pistolas, de modo que en 1885 la patronal minera pidió al gobernador de Bizkaia que expropiara a los obreros todas sus armas. Cuando la subalimenta­ción, la pobreza y la falta de higiene pública causaban estragos como la epidemia de cólera de 1884 y el posterior rebrote de fiebres tifoideas. Cuando la norma era el endeudamiento permanentemente con los economatos patronales, como el de Gallarta, que fiaba al 95% de los trabajadores del pueblo. Cuando se malvivía así apenas había tiempo y recursos para el placer libre y emancipado. Las mujeres fueron condenadas al «dulce hogar» al perder su independencia económica y firmarse la alianza patriarcal capital-trabajo con ese fin. El higienismo social jugó un papel clave con su «nueva mujer» asexuada y sumisa destinada a ahorrar dinero al patrón con el trabajo doméstico y aho­rro económico, destinada a padecer la agresivi­dad y frustración del marido, alienada para ser ancla desmovili­zadora en casos extremos, y educada para formar la nueva fuerza de trabajo según las consignas profilácti­cas, pedagógi­cas y políticas del orden burgués. ­La derrota sexual fue imparable: si en 1825 el 45% de las mujeres activas en Bilbo eran casadas y viudas, en 1935 eran solamente el 15%. Bilbo adelantaba lo que sucedería en todo Hegoalde.

El higienismo social fue un movimiento patriarco-burgués destinado a parchear las insoportables condiciones sociales. De base cristiana, potenció el mito de la maternidad como instinto humano, creado artifi­cial­mente desde el siglo XVIII con la familia burguesa del capitalis­mo comercial. Los reformistas y los Estados se inquietaron por el descenso de la calidad y cantidad de los partos. Calidad para el trabajo y cantidad para las guerras. Lo que se ha llamado la colonización de la infancia mediante la nueva escuela y la puericultura, sumado al adoctrina­miento de las mujeres burguesas y de las obreras recluidas en casa, se logró con el paciente esfuerzo de las iglesias cristianas, colectivos médicos e instituciones estatales. Luego se sumó el patriarca­do obrero-sindical. En Hegoalde desde comienzos del siglo XIX existían ayudas forales a la alimentación de niñ@s pobres, pero desde 1902 se impulsó la acción de Diputaciones, Cajas de Ahorro y grupos reformistas, además de las leyes de los Estados ocupantes. Daban charlas, editaban folletos, visitaban casas obreras enseñando lo maligno de la masturbación, del sexo pre y extraconyu­ga­l y no reproduc­tor, de la homosexualidad, del dispendio, de la falta de decoro y de los malos modales, y de la lectura de prensa subversi­va…

El retraso de la industrialización vasca, comparada a otros países europeos, y el peso enorme de la represión religiosa, política y militar –basta repasar entre 1890-1931 la larga lista de toques de queda y de sitio, el poder eclesiástico, la influencia de la prensa, la tasa de analfabetismo, las dictaduras Primo de Ribera y de Berenguer– hicieron que las izquierdas apenas elaborasen un plan de liberación sexual. Tampoco surgió un potente movimiento feminista como en otros países. Las valiosas tesis anarquistas que tanto lograron en Catalunya, por ejemplo, casi no tuvieron eco en Euskal Herria. La misma suerte corrieron las primeras teorías liberacionistas de la revolución bolchevique de 1917 y los posteriores adelantos de la Sex-Pol freudo-marxista alemana. Las leyes de la II República española, el de­recho al voto en 1931, el derecho al divorcio en 1933, la suavización de la represión psiquiátrica de 1933-34, tan dañinas contra las mujeres, etc, fueron barridas por el golpe militar de 1936.

3.-

Con el franquismo la Iglesia apoyó fervorosamente al machismo asustado por el tímido feminismo republicano. El fatuo sexismo militarote de uniformes, desfiles, saludos y símbolos fálicos, sirvió hasta 1959 para excitar y unir la identidad del género masculino con la españolidad, y desacredi­tar a los «rojo-separatis­tas» como afeminados enemigos de la «hombría de la raza». Aunque la mística fálica fascista se debilitó oficialmente en 1959, pervivió en la educación, en la propagan­da y en la prensa. Con el desarro­llis­mo posterior la falocracia tuvo que adaptarse a los grandes cambios con determinan­tes efectos sexuales: el masivo traslado poblacional del campo a ciudades en construc­ción; la llegada incontenible de turistas y películas extranje­ras; las costumbres nuevas que miles de emigrantes narraban a su vuelta o en sus vacacio­nes, el rápido desarrollo posterior de la TV, etc. La censura no detuvo la avalancha de imágenes, modelos y propuestas alternativas.

Pero la masacre franquista desatada desde 1936 había sido tan terrible que las fuerzas izquierdistas y feministas no podían responder convenientemente a esos cambios. Aunque muchas mujeres lucharon en retaguardia, en los frentes y en la clandesti­nidad durante la larga guerra vasca de 1936-47, cuando el PNV desarmó su tropa en Iparralde, su heroísmo no rompió el machismo organizativo. Después, las grandes huelgas iniciadas en 1947 y las pequeñas resistencias de todo tipo hubieran sido imposibles sin su acción invisible. En los primero años de ETA la reivindica­ción feminista estaba prácticamente ausente. Pero existían fuerzas decisivas para el futuro de una estrategia de liberación sexual: la mujer que militaba o colaboraba en las crecientes formas de resisten­cia popular vasca, que en casa enseñaba el euskara a sus hij@s, que buscaba trabajo asalariado, que empezaba a organizar grupos de euskara, bailes y cultura, de guarderías populares, de mujeres para autoayuda y educación sexual, que no aguantaba el acoso machista, que comprendía las acciones de ETA y que sintió orgullo de género al ver a otras mujeres condenadas a muerte por ser de ETA.

Surgía así a comienzos de los setenta, una lucha a dos bandas: la emanci­pación sexual práctica, que buscaba ansiosamente aportacio­nes teóricas de las luchas sociales, feministas y obreras simbolizadas en el mayo’68 francés, y el orden sexual dominante en el que sobrevivía el caduco sistema nacional-católico, con su prensa, escuelas y púlpitos, más la irrupción del modelo sexual keynesiano centrado en el consumo erótico de masas, operativo ya desde hacía algún tiempo en muchas democracias burguesas europeas y en la parte «francesa» de Euskal Herria. Así, mientras en la parte «española» de nuestra nación muchas mujeres abrían nuevas reivindica­ciones, el orden patriarco-burgués se distanciaba de la estrecha represión anterior y permitía una supuesta reforma sexual simultánea a otra supuesta reforma política en el final del franquismo. En el capitalismo occidental de aquellos años, el consumo erótico de masas era la gratificación sexual funcional y adecuada a la honda larga expansiva de 1945-70. Junto a otros medios de dominación e integración, como seguridad social, servicios sociales en educación, cultura, subsunción del sindicalismo, etc, el consumo erótico de masas desactivaba la tensión ner­viosa del trabajo en cadena, en serie y taylor-fordista; hacía más llevaderos los miedos cotidianos introducidos por la propaganda sobre la guerra fría y amenaza nuclear «comunista». La parte más superficial de este orden sexual llegó muy tarde a Hegoalde, obligando con anterioridad a miles de vascos a pasar a Iparralde para acceder al mercado erótico: cines y revistas pornos, artefactos eróticos en sex-shops, condones, y sobre todo al derecho/necesidad del aborto.

Pero este orden dúctil y multifacético de control e integración sexual de masas, no tenía más remedio que aceptar mal que bien el divorcio, el aborto, los anticoncepti­vos, la homosexua­li­dad, el cambio de sexo en algunos casos, unos grados de educación sexual libre, etc., todos ellos conquistados mediante movilizaciones sociales. Muchas vascas pasaron a Iparralde a abortar, por ejemplo, pues la caduca sexualidad franquista se resistía a desaparecer incluso tras la muerte del dictador, y sólo en 1981 se legalizó el divorcio, sólo en 1983 los anticonceptivos y sólo en 1985 se despenali­zó parcial­mente el aborto. La década 1975-85 fue de fuerte actividad del feminismo vasco en general, que en 1977 tenía sus I Jornadas Feministas de Euskadi, en 1979 movilizaba mucha gente y en 1984 sus II Jornadas. Sin embargo, en realidad agonizaba. Por un lado, no supo atraer a las mujeres más jóvenes, que ya se empezaban a enfrentar a nuevas formas del sistema patriarco-burgués; por otro, el PSOE absorbió a bastantes mujeres que dejaron total o parcialmente su militancia feminista, y las escasas conquistas citadas le dejaron sin estrategia a medio y largo plazo; además, estallaron disputas entre grupos que impidieron cualquier trabajo en común y, por último, la política neoliberal implantada desde el primer día de gobierno y el incumplimien­to del programa electoral del PSOE propiciaron el desencanto de buena parte del feminismo, la misma desmorali­zación que antes desintegró a la izquierda estatal y reformista. Había muerto el feminismo formado en la escueta y estricta lucha contra el orden sexual franquista. Su apogeo llegó con la crisis de ese orden, y su muerte con los cambios adaptativos introduci­dos por el poder patriarco-burgués.

Desde 1974 mujeres abertzales discutían en Iparralde la necesidad de una organización específica contra la triple opresión: sexual, nacional y clasista. En 1978 se concretó ese avance en Hegoalde y desde ahí en adelante, con reorganizaciones en 1981 y 1988, surgió el feminismo abertzale. Ahora bien, asistimos a una profunda transformación en el orden sexual dominante ya que el anterior, el del consumo erótico de masas keynesiano está siendo superado y cambiado por otro más apto y funcional a las nuevas necesidades de la acumulación capitalista y del mantenimiento de la unidad de los Estados español y francés. El feminismo abertzale tiene un reto de vida o muerte.

4.-

A comienzos de los ochenta surgió el nuevo dispositivo sexual con datos estremecedores sobre su fuerza en EEUU: en 1976-84 los asesinatos de mujeres por motivos sexuales crecieron un 160% mientras descendía la tasa de homicidios; en 1983-87 aumentaron en más del 100% las acogidas en las casas de refugio contra la violencia sexual; en 1989 en una encuesta del ‘New York Times’ el 50% de las mujeres negras y el 25% de las blancas aseguraban que los hombres querían destruir las conquistas feministas de 1968-88. La contraofensiva patriarcal no cesó con la era Clinton, sino que llegó al plano ideológico y propagandísti­co. Organizaciones de hombres blancos, anglosajo­nes y protestantes, el temible Wasp, adecuan viejos dogmas sexistas y racistas al capitalismo actual. Desde mediados los noventa crece la tesis del «macho blando», «hombre débil», «retroceso de lo viril», junto a otros ataques, especialmente contra la conquista histórica de las leyes de discrimina­ción positiva.

Las motivaciones históricas de la contraofensiva y sus efectos son similares en todo el centro imperialista variando aspectos secunda­rios y ritmos expansi­vos. En Euskal Herria sintetizamos cuatro bloques interrelaciona­dos: primero, crear una fuerza de trabajo adecuada a la nueva disciplina del trabajo-tiempo flexibles. La precariedad, el paro y la pobreza pueden impulsar reacciones de resistencia y, para frenarlas, es necesario reforzar la alienación social con nuevos dispositivos sexuales; las nuevas tecnolo­gías en el trabajo generan ansiedades y desgastes psicosomáticos nuevos que deben ser subsanados con gratificaciones sexuales más fuertes; los cambios urbanos y sociales introducidos por estos factores también exigen cambios en el espacio-tiempo de la oferta de sexual, etc; estas y otras transformaciones imponen inevitablemente una vida desestruc­turada, incierta e insegura, en la que se multiplican las frustraciones, agresiones, . El consumismo erótico de masas de la fase keynesiana y Taylor-fordista ha quedado pequeño porque estaba pensado para satisfacer la sexualidad masculina relativamente tranquila y rítmica impuesta por los horarios y contratos laborales fijos, por la monotonía de los ciclos productivos y reproductivos, con sus horarios para la misa, el trabajo, la televisión, el fútbol, el orgasmito dominguero y el aburrimiento. Pero los cambios globales introducidos por el agotamiento del viejo modelo originaban nuevas y más graves situaciones problemáticas, lo que explica que el sistema patriarco-burgués tenga y quiera lanzar al mercado del opio erótico dosis más fuertes y baratas de sexo industrializado y deshumanizado: tv, video, multimedias, cine, prensa, publicidad, presentan un cuerpo hipersexuado que demuestra que el sujeto se prepara para la feroz lucha del sálvese quien pueda.

La reacción machista es el segundo bloque. Pese a lo negativo de esos cambios, los hombres ven a la mujer y la juventud avanzar, ven que están mejor preparad@s que ellos, y tienen miedo. El sistema capitalista logra reestablecer la vieja alianza de finales del siglo XIX entre el machismo obrero y sindical y el machismo de la patronal, alianza de intereses de sexo-género reafirmada periódicamente en respuesta a las periódicas recuperaciones de la conciencia militante de las mujeres. Sin mayores precisiones, contraofensivas machistas similares se produjeron al poco de triunfar la revolución burguesa francesa en 1789; al acabar la guerra mundial de 1914-18; en la segunda mitad de los años ’20 en la URSS en proceso de burocratización stalinista; cada vez que triunfaba un fascismo o militarismo en el período de entreguerras; después de la guerra mundial de 1939-45 y, por último, desde finales de los ’70 y comienzos de los ’80 luchamos para detener la actual contraofensiva patriarco-burguesa que tiene en el machismo obrero-sindical uno de sus aliados más efectivos. Esta alianza se basa tanto en los intereses del máximo beneficio capitalista como en los intereses del máximo beneficio material y simbólico que los obreros obtienen con la explotación de sus mujeres en todo el proceso sexo-afectivo y productivo doméstico y público. El aumento de las luchas feministas y sus conquistas ha repercutido negativamente en esas ganancias, y el sistema contraataca para recuperarlas manteniendo bajos los salarios de las mujeres, echándolas del trabajo antes que a los hombres, reduciendo o congelando sus derechos y, ataca en fábricas, oficinas, trabajo sumergido o doméstico, cierra guarderías, centros asistencia­les, de autoayuda, juveniles, culturales, etc, tan decisivos en la lucha sexual.

La industria falocéntri­ca, ter­cero, impone un modelo corporal inalcanza­ble a la inmensa mayoría porque hasta la imagen inconsciente del propio cuerpo ha sido convertida en un nuevo mercado de venta de productos relacionados con el contenido sexo-afectivo del valor de cambio de la mercancía humana. La necesidad del capitalismo en su conjunto por encontrar nuevos negocios que compensen las dificultades globales de la tasa de beneficios, esa necesidad de mercantilizarlo todo en la medida en que crecen las dificultades de la acumulación, también ha llegado al conjunto psicosomático humano, mercantilizando no sólo su fuerza física e intelectual de trabajo sino también su capacidad sexo-afectiva e imagen corporal externa. La mercantilización sexo-afectiva impuesta por la industria falocéntrica baja la autoestima e imagen incons­ciente del propio cuerpo, mientras hace crecer el miedo al rechazo y fracaso relacional. En la juventud las anorexias y otros problemas se multiplican por la angustia irracional ante el temor a no poder cumplir con los cánones de belleza impuestos por el terrorismo simbólico, y en los adultos aparecen la resignación y el miedo a nuevas exploracio­nes por los mismos motivos. Además, refuerza la exclusión de la tercera edad de los placeres sexuales. La menopausia aterra más que antes no ya por la infertilidad biológica sino porque supone la expulsión del universo del gozo. Bajo estas presiones, el hombre se preocupa cada vez más por el tamaño de su pene y su tasa media de penetraciones, y al no poder cumplirlas se las imagina e intenta chulearse de lo que no puede ni tampoco tiene. Es así que, cada vez más, la frustración y la envidia sexuales alimentan recelos, odios y autoritarismos, dependencias para con el líder macho símbolo del triunfo sexual absoluto, multiplicándose la violencia sexista frecuentemente asesina, la misoginia y la homofobia, y reforzándose con ello la autorepresión y autoculpabilidad por la natural bisexualidad humana. Ni la infancia queda libre de la agresión pedófila. La industria falocéntrica encuentra en este universo de miseria humana un mercado inagotable de producción y venta de sexualidad violenta, machista, sado-masoquista, pedófila y jerarquizada sexualmente.

Quién más se beneficia de esta miseria generalizada, cuarto bloque, es el Estado que culpabiliza directa o indirectamente a quienes luchan y crean espacios de libertad. La juventud y las mujeres libres son objeto de satanización no sólo por lo que hacen, grave para el nuevo conservadu­rismo sexual, sino además porque lo integran en una praxis democrática, independentista y socialista. Hay que tener en cuenta que en lo relativo a las resistencias contra el sistema patriarco-burgués, el Estado, además de mantener sus características comunes, desarrolla otras específicas para la mejora de la explotación de la mujer como «instrumento de producción» dotado de un valor de uso cualitativamente diferente y superior al de todos los restantes componentes que entran en el proceso entero de realización del beneficio capitalista. Muchas de estas específicas estructuras estatales son nuevas pero algunas, y no las menos efectivas, son adecuaciones de disciplinas, normas y códigos anteriores, patriarco-feudales, patriarco-esclavistas y patriarco-tributarios. Es por esto que debemos hacer un análisis especial del papel del Estado capitalista en su defensa del sistema patriarco-burgués, análisis que desborda obviamente las limitaciones de este corto texto.

Sin embargo, tenemos que decir que en lo relativo a la explotación de la mujer el Estado burgués se caracteriza por buscar siempre una efectiva y ágil interacción entre sus propios instrumentos y los poderes paraestatales y extraestatales. Si bien semejante interacción es común en todos los asuntos, en el que nos ocupa busca la máxima efectividad posible en respuesta a la larguísima complejidad de las concretas fusiones del patriarcado con los sucesivos modos de producción. Más aún, dado que la explotación sexo-económica es a la vez de afectiva y amorosa, también y sobre todo productora y reproductora, por todo ello adquiere en su globalidad un valor referencial básico en la construcción social de las identidades colectivas. Ningún Estado puede arriesgarse a no intervenir con todos los recursos necesarios en este crucial universo de la creación de identidades colectivas machistas, estructuras psíquicas de masas alienadas y sumisas. En los Estados que oprimen nacionalmente a otros pueblos, este problema es especialmente importante porque su nacionalismo imperialista se refuerza mediante la imagen patriarcal de la «madre patria» que debe ser engrandecida con el expansionismo estatal. El Estado sigue con su intervención estratégica y estructurante al margen de los cambios de gobierno, que introducen cambios accesorios, incluso algunos de ellos llegan a ser beneficiosos a las mujeres en opresiones concretas, pero esos logros siempre son inciertos e inseguros porque dependen además de las relaciones de fuerza entre el sistema patriarco-burgués y la emancipación sexual, también de otros cambios políticos.

5.-

Hay una guerra social de sexualidades antagónicas que se libra en todos y cada uno de los recovecos y escenarios de la vida cotidiana, política, económica, cultural, etc. En este conflicto permanente las victorias y avances son posibles porque la sexualidad emancipada tiende hacia la aparición de nuevas luchas liberado­ras o hacia la recuperación de viejas reivindicaciones por su naturaleza multiplicado­ra y contagiosa de alegrías de vivir y gozar. Es una lucha con un innegable efecto sinérgico. Incluso bajo la peor represión patriarcal surgen actos de placer y fiesta clandestina pese a prohibicio­nes y castigos. La historia de las sexualidades es la de sus luchas permanentes. Múltiples son las formas de tales resistencias, desde la negativa a cumplir con el «débito conyugal» hasta el divorcio, por poner un caso, pasando por toda clase de excusas, pequeños «sabotajes domésticos», etc., sin olvidar la práctica de relaciones sexuales libres extramatrimoniales, eso que denominan «adulterio». El patriarca­do las conoce de sobra y su historia es la de las adecuaciones o brutalidades para frenarlas. Si a la experiencia gratifi­cante y al deseo de mejorar la resistencia cotidiana en la llamada «vida privada», le se unen la intervención de organizacio­nes de varios tipos, recursos teóricos y comunicati­vos, objetivos a medio y largo plazo, entonces, el orden sexual dominante lo tiene difícil. Pero son posibili­dades, o sea, se puede perder o no conquistar todo lo que necesitamos y deseamos.

Para ampliar sus posibilidades, la liberación sexual debe dar un paso decisivo. El feminismo ha demostrado que lo personal es político, que lo privado es público y que en la costumbre o tradición más inocente se esconde la fiera patriarcal. Hay que recuperar esta lección pero hay que organizar y crear grupos alternativos, colecti­vos capaces de enseñar cosas, explicar leyes, hacer autodefen­sa, montar justicia popular, presionar en la calle e institucio­nes, etc. El machismo se envalentona cuando ve indefensas a sus víctimas. Impregna y pudre tanto la burocracia estatal y los poderes para y extraestatales que logra que multitud de propuestas e iniciati­vas progresistas y denuncias por abusos machistas de todo tipo se archiven y se pierdan por desidia, indiferencia o solidari­dad sexista con el acusado. Lo mismo sucede con la prensa, educación, trabajo, domicilio, ejército, etc. En la liberación sexual disponer de poderes alternati­vos es mucho más importante que en el resto de luchas reivindi­cativas porque la libertad suscita miedos, angustias, odios y rechazos irracionales y furibundos en quienes se ven expropiados de sus ganancias y beneficios sexuales: «la maté porque era mía».

Después debe abarcar como campo de lucha toda la capacidad de gozo creativo de la persona. De entrada, tres pasos imprescindibles; uno, explicar la sexualidad infantil y juvenil, estudiarla, exigir su enseñanza en escuelas, a los padres. Mientras a la infancia y a la adolescencia se le niegue la autoexploración placente­ra, se criminalice el juego erótico y la normalidad corporal y afectiva en su entorno; mientras se le maleduque en el sexismo, en su lenguaje soez y autoritario, en sus desprecios misóginos y homófonos, en su desconoci­miento de la bisexualidad, mientras siga siendo así se seguirá fortaleciéndose el sistema sexual machista en lo más profundo de la estructura psíquica de masas. Hay que luchar en el sistema educativo, en la familia, prensa y TV para que se den cursos con estos temas. Otro, hay que independizar la sexualidad de la religión. No hay liberación sexual allí donde impera el terror moral y el miedo al pecado, allí en donde se impone la castidad y la virginidad, rechazando los anticoncep­ti­vos y el condón. Religión y placer creativo son irreconciliables. Por último, criticar la institución familiar. Bien es verdad que la familia abertzale tiene un gran mérito en el manteni­miento del euskara y del independentis­mo, en la incondicio­nal solidaridad con l@s prisio­ner@s y exiliad@s, con l@s parad@s, etc. Pero la familia es, en el plano sexual sobre todo, la primera fábrica de miedo al placer y producción de obediencia, además del campo de concentración de la mujer emancipada.

No hay que esperar ningún avance significativo a largo plazo, que son los determinantes, si no se interviene en estos tres campos básicos que, por eso mismo, son los más protegidos por el sistema patriarco-burgués actual. Las reivindicaciones clásicas, no menos prioritarias, pueden obtener logros inmediatos y mantenerse según la correlación de fuerzas a medio plazo, pero indefectiblemente serán barridas si la infancia y la adolescencia siguen atemoriza­das, castradas mental y físicamente. La infancia y la adolescencia hoy dejada en manos machistas será mañana el verdugo de la libertad sexual en una Euskal Herria indepen­diente y socialista, y sobre esa dictadura castrante tomarán impulso otras fuerzas reaccionarias y hasta contrarrevolucionarias. La experiencia histórica, en este sentido, es amarga y apabullante. En la lucha entre sexualidades no hay nada irreversible. La capacidad de adaptación del patriarcado a los cambios políticos, socioeconómicos y culturales es impresionante, también lo es su adaptabilidad a los modos de producción, aliándose con las clases dominantes, prestándoles su apoyo, reforzándose a la vez con esas alianzas. Es por esto que, a simple vista, parece que la opresión, explotación y dominación de la mujer por el hombre ha cambiado tan poco a lo largo de los siglos.

La denuncia de las cadenas básicas del orden sexual dominante -infancia, religión y familia- no agota el problema. A grandes trazos, hay otras cuatro que debemos considerar. Una cadena también de decisiva importancia, es la crítica y superación prácticas del estereotipo sexual y corporal de la mujer, del principio de dependencia y secundariedad con respecto al hombre que lo domina, y que oculta, en realidad, el mecanismo de explotación y extracción de beneficio sexo-económico patriarcal. El hombre obtiene con esa explotación no sólo un beneficio material cuantificable en horas de trabajo, productos materiales, orgasmos falocéntricos, hij@s, acumulación de propiedades, etc; también obtiene un beneficio simbólico, una gratifica­ción en su autoestima de macho dominante, de sexo fuerte, de propietario de una «buena hembra, madre ejemplar y trabajadora rentable». Es decir, el capital material y simbólico que el hombre tenía antes de la relación de dominación sobre la mujer, se ha incrementado a lo largo de esa relación. Una incrementado una especie de «plusvalor» que se convierte en plusvalía cuando aumenta el prestigio público del hombre y su comodidad privada. Y el estereotipo sexual y corporal de la mujer, «su» mujer, es una pieza elemental en el proceso de reproducción ampliada del capital simbólico machista. En el área más concreta de las disciplinas de control personal, toda la técnica orgásmica falocéntrica está pensada para ampliar el capital material y simbólico masculino y, a la vez, aumentar la dependencia de la mujer. No existirá, por tanto, liberación sexual mientras sobreviva la lógica del beneficio sexo-económico patriarcal.

Otra, la segunda, unida a ella, es la intervención crítica en el conjunto de relaciones prácticas «normales», habituales, dentro de los parámetros de la sexualidad oficial actual, incluso con sus versiones progres. La prepotencia machista está actuando de muchas formas dentro de las relaciones de dominación sexual en pareja con o sin el fantasma del triángulo amoroso, del/la tercer@ en discordia; en los sueños, fantasías y fantasmas sexuales no comentados y vividos con culpabilidad, en la imaginación erótica inconfesa­ble, en sus secretos y vergüenzas, sean hetero, bi u homosexuales, sean en grupo o en solitario, con ambigüedades y límites borrosos o nítidos sobre prácticas sado-masoquistas, zoofilia, pornogra­fía, fetichismo, etc; es decir, lo que la doble moral oficial llama «aberraciones», para luego ser ella la primera en practicarlas en la comodidad secreta de los grandes salones obligando a sus víctimas mediante pago o por la fuerza. Estas prácticas caracterizadas por sus jerarquías internas de poder y privilegio han sido vividas de otras maneras por sexualidades anteriores o diferentes a la actual, lo que debe llevarnos a enriquecer la historia crítica de las sexualidades. Hay un inmenso campo de debate teórico revolucionario e intervención de masas sobre estas cuestiones que las izquierdas dejan siempre en manos de moralistas baratos, curas cínicos e hipócritas y supuestos especialista en sexología oficial. La mercantilización de la sexualidad, su supeditación al principio del poder falocéntrico y el recurso más o menos directo a la violencia impositora para lograr comportamientos complacientes, son requisitos necesarios para estas prácticas. Se trata de superar históricamente las estructuras sociales que las generan para abrir paso a otras prácticas libres y conscientes.

La tercera, es la potenciación de otras sexualidades, es decir, mientras que el punto anterior plantea la necesidad de combatir el dispositivo sexual oficial, hay ya fuera de él otras sexualidades que no podemos dejarlas en manos de la versión progre del orden dominante. La guetificación y neutralización de las homosexualidades es un ejemplo de cómo el sistema, si lo necesita, puede integrar en sus propaganda legitimadora prácticas y reivindicacio­nes que nacieron antagónicas. La guetificación, la codificación del gay y de la lesbiana con una imagen precisa, logra su aislamiento del entorno y la aparición de un glacis protector del orden dominante y, además, permite que sectores suyos descarguen sus fobias y odios sobre ese gueto ya identificado e indefenso. Muchas izquierdas piensan que los derechos gays y lésbicos se han obtenido ya y se materializan en los guetos, en los círculos cerrados, o lo que es peor, en la imitación de los roles y jerarquías patriarcales heterosexuales.

Cuarta, e­xiste una contradicción irresoluble entre el trabajo asalariado y la libre sexualidad. Cuando el cuerpo se agota en ir al puesto de trabajo, trabajar y volver a casa. Cuando el desgaste psicosomático se multiplica por la producción flexible y la precarización. Cuando decrece alarmantemente el tiempo propio, libre, el único verdaderamente apto para la sexualidad creativa. Cuando el modelo falocéntrico hipersexuali­zado margina y desprecia a la inmensa mayoría. Cuando la mujer ha de multiplicarse para atender al trabajo doméstico, al asalariado fuera de casa, a las necesidades familiares nuevas causadas por la destrucción de los servicios sociales y por la carestía de la vida. Cuando la angustia por el paro, o el paro mismo, cansa, gasta y desilusiona, crea tensiones y nervios, alcoholismo, agresividad. Cuando empeoran las condiciones de trabajo, los riesgos de accidente, las tensiones por las nuevas disciplinas laborales y el competitivismo…cuando estos y otros factores se suman al cabo de las horas, como cadenas de hielo sobre el corazón y el deseo, entonces de­crecen proporcio­nalmente las capacidades, ganas y deseos creativos, novedosos, explorado­res de las sexualidades. Hay que debilitar drásticamente la dictadura del salario, primer paso para su extinción histórica, base de otra sexualidad ahora inimaginable. La dictadura del tiempo asalariado, sea con contrato o sin él, esté en ejercicio laboral o deambule a la desesperada pidiendo, implorando a la patronal algunas horas de explotación para poder cobrar un salario de miseria, esta dictadura es enemiga mortal de la libertad sexual.

Quinta, dado que malvivimos en una sociedad enferma, drogada, sometida a múltiples peligros para la salud psicosomática colectiva e individual, la socializa­ción de una sexualidad sana exige la simultánea transformación del orden médico que surgió, como hemos visto, en el mismo proceso de surgimiento del orden sexual capitalista. No se puede superar el segundo sin superar a la vez el primero. Y la medicina del cuerpo va unida al aparato psiquiátrico y psicológico, piezas básicas de la normali­dad falocéntrica. Esta urgencia es tanto más imperiosa cuanto que nos encaminamos a la proliferación de enfermedades crónicas cuando no mortales de transmisión sexual directa o indirecta; al aumento de crisis psicosomáticas que desbordan los decrépitos talleres de reparación sanitaria de la fuerza de trabajo social, y a la masificación de las drogodependencias sean de la legalizada industria farmacológica o de la industria de la droga ilegal. Además, la industrialización mundializada y la privatiza­ción del orden médico en detrimento de las masas oprimidas y carentes de recursos económicos para atender a su salud, este proceso, recrudece la necesidad de mejoras inmediatas en y para la salud pública. Disponer de buena, veraz, contrastable y aplicable información sobre los problemas sexuales, de salud y de la vida, es prioritario, pero es una parte de la reivindicación porque ha otra es definir otro concepto de salud humana, es decir, de un desarrollo vital no sometido a la fetichización.

Sexta, por último, la sexualidad libre ha de plantar cara en el nivel político duro, directo y elemental: ¿quién manda?. Toda sexualidad es una construcción social y contiene dentro suyo, en toda sociedad opresiva, una fuerza de poder. Todo depende de qué poder se trata, para qué se usa y cómo se planifica su autoextinción en cuanto ya no sea necesario. Por ahora, la cuestión es más simple: la liberación sexual tiene como objetivo ampliar las fuerzas de emancipación, de libertad, de crítica, de construcción revolucionaria individual y colectiva, de modo que se acelere, se acorte, se facilite la destrucción de las cadenas sociales, sexuales y morales que nos aplastan. La independencia y el socialismo, junto al avance majestuoso y celérico en otra sexualidad facilitado por la conquista del poder popular, serán sólo los primeros pasos, bellos y excitantes pero transitorios, hacia otra humanidad.

1998-II-10