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Explotación salvaje y antihumana y hecatombe atómica en Fukushima

Fuentes: Rebelión

Los ciudadanos/as y colectivos de buena voluntad y limpios de corazón, partidarios todavía de la industria nuclear y de la energía atómica, no por pueril cientificismo, tecnofilia desinformada o por intereses ocultados sino por creencia (inadecuada) en que no hay otra solución, por pensar que es la única fuente de energía viable a corto y […]

Los ciudadanos/as y colectivos de buena voluntad y limpios de corazón, partidarios todavía de la industria nuclear y de la energía atómica, no por pueril cientificismo, tecnofilia desinformada o por intereses ocultados sino por creencia (inadecuada) en que no hay otra solución, por pensar que es la única fuente de energía viable a corto y medio plazo, que el tema de los desechos radiactivos podrá solucionarse en breve tiempo y que la seguridad de lo atómico ganará y está ganando muchos enteros tras los últimos desastres, deberían fijar su atención en una cara poco comentada que rodea a una de nuestros mayores desastres industriales. La siguiente:

Próximos a los tres años de la hecatombe nuclear más importante de la historia de la Humanidad, nuevas aristas (antiobreras, antihumanistas, salvajes, criminales, impías, mafiosas,..) de una tragedia inconmensurable van saliendo a la luz. Tomo pie en el reciente artículo de David Jiménez y Makiko Segawa [1] y recuerdo el marco de la situación: la corporación TEPCO, el gobierno japonés, están llevando a cabo la mayor operación de limpieza radiactiva jamás emprendida en la Historia de la Humanidad, realizando tareas nunca efectuadas hasta el momento. Intentan descontaminar un terreno equivalente a dos veces la extensión de la ciudad de Madrid. «Parques, fachadas, viviendas, plantas, vehículos abandonados y cada centímetro de tierra están siendo desinfectados con el objetivo de hacer habitables ciudades de las que fueron evacuadas cerca de 150.000 personas». A la vez, centenares de trabajadores siguen luchando por detener las fugas radiactivas de la central, que no ha dejado de verter agua radiactiva al Pacífico. Empero, Fukushima ha dejado de ocupar titulares. Pero sigue estando descontrolada.

Sin ingresos y durmiendo en la calle, Tsuyoshi Kaneko, 55 años, un trabajador en paro y empobrecido, recibió en 2012 la primera oferta de trabajo en mucho tiempo: 80 euros diarios por un puesto de limpieza que se encontraba en una zona altamente radiactiva de la Zona de Exclusión Nuclear. Empezó a trabajar, sin máscara ni traje de protección, «en las labores de descontaminación de la hoy desierta ciudad de Narra». Tiempo después fue destinado en un puesto de control encargado de medir los niveles de radiactividad de los vehículos que entran y salen de la central atómica accidentada (Recuérdese el caso de Shizuya Nishiyama, un indigente de 57 años. Después de una larga vida trabajando como peón de obra, las empresas constructoras habían dejado de contratarle. Viajó desde Hokkaido con la esperanza de ser contratado en las labores de reconstrucción. Tras un breve contrato temporal volvió a quedarse en la calle y terminó durmiendo entre cartones en la estación de Sendai. Pasó más tarde de reclutado a reclutador, utilizando sus contactos entre los vagabundos de la estación para captar mano de obra. Envió a algunos de sus amigos a trabajos que podían ser peligrosos. «Se llevan parte de tu salario y la situación allí es difícil», pero, añade, «es mejor ser un trabajador nuclear que dormir en la calle en pleno invierno y sin comida»[2]).

Y a Kaneko le pasó lo que tenía que pasar, la crónica de un desastre anunciado. Empezó a ver nublado, a perder la vista. Ya no puede trabajar y ha sido desechado. «Los médicos no encuentran la causa de mis problemas, pero yo sé que es la radiactividad». No es el único que ha sufrido daños. «Muchos de los que estábamos allí padecen consecuencias», asegura Kaneko

Aquellos «héroes», aquellos voluntarios de Fukushima que recibieron el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia por su «valeroso y ejemplar comportamiento», han sido reemplazados: el capitalismo nipón ha entrado en el puesto de mando y ha usado su ejército industrial de reserva: los ha sustituido por «mendigos, desempleados sin recursos, jubilados en apuros, personas endeudadas o jóvenes sin formación». Estos últimos trabajan en ocasiones por el equivalente a cinco euros a la hora (menos del salario mínimo en la prefectura de Fukushima). Por los demás, aquella voluntariedad tiene sus caras menos heroicas. El Príncipe de Asturias de la Concordia de 2011 ha sido uno de los más anónimos. Aunque Japón mandó una representación a recogerlo, la mayoría de los trabajadores que salvaron Fukushima de un desastre mayor no viajaron a España, no querían desvelar sus nombres. El jurado del Premio los describió como un representantes «de los valores más elevados de la condición humana, al tratar de evitar con su sacrificio que el desastre nuclear provocado por el tsunami multiplicara sus efectos devastadores, olvidando las graves consecuencias que esta decisión tendría sobre sus vidas». Retórica peligrosa ocultista. Algunos de ellos llegarían a declararse «pilotos kamikazes», dispuestos a morir por salvar a la patria del peligro. Un momento crítico de la situación: cuando Yoshida, el director de la central, hoy fallecido, rompió la cultura corporativa de obedece y calla y desobedeció a sus superiores que desde Tokio le pidieron que dejara de enfriar los reactores con agua del mar porque temían que produjera más pérdidas económicas. ¡Más pérdidas en esos momentos! «Su decisión de ignorarles fue crucial para evitar una fuga radiactiva que habría puesto en riesgo a cientos de poblaciones, desde Fukushima a la capital»).

Hay más nudos, todos horribles por supuesto: la obligación de deshacerse de quienes han recibido el tope de radiactividad permitida obliga a renovar las plantillas. Constantemente, sin fin. Las empresas de reclutamiento contratadas por la corporación, subcontratas pues, subcontratan a su vez y «han delegado la captación de mano de obra barata», el negocio siempre es el negocio, en la que dicen que es la única corporación japonesa capaz de facilitarla: los yakuza. La mafia, dicen, «más adinerada y secreta del mundo, han pasado a controlar el suministro de empleados, beneficiándose de parte de los 75.000 millones de euros que serán invertidos en recuperar la zona en los próximos años». ¿Ignoran la situación TEPCO y el gobierno japonés? ¿No saben nada? ¿La vida de un trabajador indigente vale lo mismo que la de un ciudadano cualquiera?

No es un caso único en la historia reciente nipona. «El hampa controla desde hace décadas el mercado laboral clandestino en Japón. Las familias yakuza tienen la capacidad de movilizar a muchos trabajadores en poco tiempo y a menudo se convierten en la solución para empresas que emprenden grandes proyectos. Las redes criminales se encargan de cobrar los salarios y dan una pequeña parte a los empleados». En el caso de Fukushima pierden hasta el 80% del extra de peligrosidad que les corresponde.

Los trabajadores sin techo sólo cobran los días que trabajan. No tienen seguro médico. Son obligados a pagar su propia comida. No reciben formación. Una vez enferman, como en el caso de Kaneko, son desechados, sin ninguna compensación. El sueldo de Takashi ha caído a la mitad después de que «sus amos mafiosos» decidieran cobrarle hasta su máscara de protección. ¿Libertad de la ciudadanía trabajadora nipona? ¿Qué libertad?

Los indigentes son conducidos a los reactores y otras zonas sensibles de la planta con engaños. Recibían dosis de radiactividad superiores a las permitidas sin llegar a saber siquiera que se encontraban en una instalación nuclear. Varios de ellos han muerto o enfermado de cáncer. Las familias siguen esperando una compensación. No será fácil conseguirla: se enfrentan a algunas de las corporaciones más influyentes de Japón y del mundo. La explotación de los esclavos nucleares se ha agravado. Obsolescencia de los seres humanos trabajadores. Según crecían las necesidades de Fukushima, la explotación ha aumentado. Más de 50.000 empleados han pasado ya por la Zona de Exclusión Nuclear. Las previsiones apuntan a otros 11.000 anuales. Muchos trabajadores nipones están desesperados. «Carteles en las ciudades cercanas solicitan empleados, ofreciendo «ingresos adicionales» en comunidades que desde el tsunami ha visto como el desempleo se disparaba». Tepco, a pesar de la situación, solo consigue cubrir dos tercios de sus necesidades. Ha anunciado que doblará la paga, hasta 140 euros la jornada, la ley de la oferta y la demanda, que construirá un complejo dedicado a mejorar la vida de los obreros. ¡Suena a risa trágica! La empresa, en todo caso, admite que el dinero extra seguirá yendo a las empresas de subcontratación e, indirectamente, a las redes criminales que las controlan [3]. El mando es el mando.

Las dificultades para encontrar personal en un país con una tasa de paro del 4% son buenas noticias para los yakuza. A la capacidad de reclutar a miles de trabajadores suman lo sabido: la intimidación criminal para evitar que abandonen sus puestos. Ni siquiera la enfermedad sirve de excusa. «Empleados de una empresa subcontratada por la constructora Shimizu, una de las concesionarias, aseguran a Crónica que trabajan obligados y bajo la constante amenaza de Yamaguchi, la más poderosa familia de la mafia japonesa». Sus jefes fijan horarios superiores a los permitidos, amenazan de muerte a los que tratan de escapar y en ocasiones agreden directamente a los empleados. «¡Estamos esclavizados, no recibimos comida o máscaras protectoras! El trabajo de descontaminación es como un gran campo de concentración», asegura un empleado de la ciudad de Mito.

Las autoridades anunciaron poco después de la crisis nuclear que las labores de descontaminación serían completadas este año. La fecha se revisó hasta 2017 el pasado mes de diciembre. Antes deberán solucionarse problemas que incluyen qué hacer con la tierra, las plantas o el agua que ha sido removida y que todavía no tiene destino. «Incluso si se logra volver a hacer habitable las 12 ciudades de la Zona de Exclusión Nuclear, los trabajos de desmantelamiento de la central de Fukushima Daiichi llevarían todavía tres décadas más».

Una obra para la que Japón ya no podrá contar con sus héroes. Muchos de ellos se sienten engañados después de que su sacrificio quedara en el olvido. Tepco, vale la pena recordarlo, «ha enviado cartas a algunos pidiéndoles que devuelvan las indemnizaciones que recibieron. Los jefes amenazan a los que tratan de escapar». La mayoría ha tratado de ocultar su identidad: «viven en la zona devastada por el tsunami y temen ser discriminados por su asociación con la empresa a la que se culpa del hundimiento de la región.»

Nagi fue forzado a exponerse a la radiactividad para pagar una deuda que había contraído con un prestamista. Comparte un piso de dos habitaciones con otros ocho trabajadores nucleares en la ciudad de Iwaki, a una hora en coche de la planta. «El salario que debía recibir se ha reducido a la mitad después de que los yakuza decidieran cobrarle incluso el alquiler de la máscara de protección». Los hay «que tras los recortes que se les aplican no cobran nada», afirma el pastor Aoki. Los héroes de Fukushima han pasado a ser esclavos.

Noticias, negras noticias, del capitalismo atómico realmente existente. Y en Japón, la tercera economía del mundo. ¿Esta es la civilización capitalista, la aportación a la cultura y la sociedad humanas de la tercera potencia económica del mundo? ¿Una de las barbaries sociales más criminales que podamos imaginarnos? ¿Es eso?

Fue Hyman Rickover, el padre de la marina de guerra nuclear-atómico, quien ya advirtió que era una forma de suicidio elevar los niveles de radiación en los sistemas vitales de la Tierra, y que iba intentar «hundir» todos los reactores atómicos que él mismo había ayudado a desarrollar. Lo ha recordado reiteradas veces otro gran científico antinuclear, el republicano franco-barcelonés Eduard Rodríguez Farré.

PS. Absolutamente recomendable: «50 Reasons To Fear the Worst from Fukushima» Harvey Wasserman [primera parte de una serie de dos entregas]

http://ecowatch.com/2014/02/02/50-reasons-fear-fukushima/

Notas:

[1] http://www.elmundo.es/cronica/2014/02/02/52ecb785268e3ec34f8b456b.html

[2] Nishiyama desapareció hace dos semanas tras hablar con la prensa. Nadie ha vuelto a saber de él. El pastor Yasuhiro Aoki, que tiene un refugio para víctimas del tsunami en la ciudad de Iwaki, «teme que haya sufrido represalias después de que hablara con la prensa y su foto apareciera en una información de la agencia Reuters en la que se denunciaba la conexión entre la mafia y las agencias que reclutan empleados para Fukushima». El propio Aoki asegura haber sufrido el acoso de gánsteres por sus constantes denuncias de una situación que las autoridades y gran parte de la prensa japonesa prefieren evitar. Las compañías creadas por los yakuza se hacen pasar por empresas normales que registran utilizando el nombre de graduados universitarios. Aoki recientemente recibió «la visita» de tres miembros del crimen organizado.

[3] Una investigación de Reuters localizó hasta 733 empresas ejerciendo como subcontratas en la zona.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.