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Feminismos: Procesos identificadores y formación de sujetos

Fuentes: Rebelión

(Comunicación al X Congreso andaluz de Sociología, Jaén, 21, 22 y 23 de enero de 2021)

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Este texto estudia las características del cambio feminista y sus tendencias y las enlaza con los procesos identificadores y la conformación de un sujeto sociopolítico feminista. Tiene tres partes. La primera, “Identificaciones y tendencias feministas”, analiza los tres niveles de identificación feminista y explica el carácter social, con un gran componente cultural, del movimiento feminista. La segunda, “Identidades y sujetos feministas”, señala dos aspectos complementarios de carácter teórico: el sentido de la pertenencia feminista como proceso de identificación y la formación de actores y sujetos colectivos, en particular el movimiento feminista. La tercera, “Sujeto feminista: ni esencialista ni posmoderno”, critica los fundamentos teóricos deterministas o esencialistas y los postmodernos o culturalistas, que predominan en las élites feministas y expone las características de un enfoque social, realista, crítico, relacional, multidimensional y sociohistórico, más fructífero para explicar la formación de los sujetos colectivos, en particular, los procesos de identificaciones feministas.

En un libro reciente (Antón, 2020), titulado Identidades feministas y teoría crítica, valoro diversas aportaciones teóricas de pensadoras feministas como las norteamericanas Judith Butler (2006), Nancy Fraser (2020) y junto con Rahel Jaeggi (2019) y Patricia Hill y Sirma Bilge (2019). Igualmente, se analizan varios libros recientes de feministas españolas, entre ellas Clara Serra (2018), Carmen Heredero (2019), María Pazos (2018) y María Martínez (2019). Aquí, parto de esa evaluación crítica y sintetizo el marco teórico de esta interacción entre procesos identificaciones y formación de los sujetos feministas, considerando una bibliografía complementaria (Amorós, 2005; Bernabé, 2018; Valcárcel, 2019).

Por tanto, junto con la explicación los procesos movilizadores e identificadores y sus vínculos con la dinámica interseccional, aquí se señalan diversas cuestiones teóricas para contribuir al desarrollo de un feminismo crítico, popular y unitario con un eje sustantivo democrático-igualitario-emancipador.

Tiene un doble plano metodológico, analítico y teórico. Valora datos empíricos de diversas encuestas de opinión y considera aportaciones teóricas de diversas personas feministas de distintas corrientes: socialista, estructuralista y posmoderna. Junto con la explicación de los procesos identificadores feministas, se señalan diversas cuestiones teóricas para contribuir al desarrollo de un feminismo crítico, popular y unitario con un eje sustantivo democrático-igualitario-emancipador, que define el enfoque del texto. El análisis se realiza desde la teoría crítica, en particular de la sociología de los movimientos sociales, la acción colectiva y el cambio social, con un enfoque realista, relacional y sociohistórico. El contexto del que parte deriva de la conformación de la nueva ola de activación feminista, su pluralidad asociativa e interpretativa y los debates surgidos para definir e influir en ese amplio conglomerado sociopolítico del movimiento feminista y su influencia política y cultural. No se entra en una valoración más amplia de la historia del feminismo y sus aportaciones sociales y teóricas, sino de su actual impacto sociopolítico y cultural, la pugna interpretativa y los recientes debates por influir en su dinámica y orientación. En definitiva, evalúa el sentido de las identidades feministas y su relación con la formación del sujeto feminista y su influencia transformadora en el contexto actual.

  1. IDENTIFICACIONES Y TENDENCIAS FEMINISTAS

El feminismo avanza en la sociedad española. Tiene un sentido igualitario y emancipatorio frente a la desigualdad y la subordinación de las mujeres. Las grandes movilizaciones feministas de los últimos tres años, en particular, en el 8 de marzo, se han centrado en dos grandes ejes: contra la violencia machista y por la igualdad en las relaciones sociales y laborales. Han conseguido una gran participación y un amplio apoyo social, tienen un relevante impacto sociopolítico y expresan una fuerte conciencia democrática.

Así mismo, el feminismo, junto con los colectivos LGTBI, ha promovido un tercer eje, controvertido: mayor libertad sexual, más tolerancia y reconocimiento hacia su diversidad y el refuerzo de la autonomía de las personas para definir sus opciones y preferencias vitales.

Existen dos tendencias de fondo en el movimiento feminista que explican la fuerte pugna sociopolítica y discursiva por su orientación y su representación. El contenido sustantivo está ya expresado en los tres grandes temas antedichos que han vertebrado la activación feminista: contra la violencia machista, por la igualdad relacional y por la libertad sexual. Pero antes de avanzar, explico los distintos niveles de identificación feminista para acercarnos de una forma más realista a la problemática de la identidad y la conformación del sujeto feminista, elementos constitutivos del cambio feminista.

Tres niveles de identificación feminista

En un libro reciente (Antón, 2020)he explicado las características de este proceso, sus implicaciones y sus bases teóricas, desde la sociología crítica de los Movimientos sociales, la acción icolectiva y el cambio social. Parto del diagnóstico sobre las identificaciones feministas derivado de varios estudios demoscópicos, en particular del CIS, 40dB y Metroscopia, comentados en el texto citado. Existen, al menos tres niveles en la implicación feminista.

Un primer nivel de miles de activistas, en los tres ámbitos fundamentales, institucional, parainstitucional -incluido el académico o el sindical, así como múltiples organizaciones subvencionadas- y el asociativo de base, muy descentralizado. Entre los tres hay conexiones y muchas personas tienen una participación mixta. Desarrollan diversas actividades culturales, reivindicativas y de denuncia, asistenciales, expresivas, de apoyo mutuo… Conforman redes reticulares con significativa coordinación y capacidad expresiva a través de grandes campañas públicas.

Un segundo nivel de personas, en su mayoría mujeres, que optan por una autodefinición ideológica y sociopolítica de feministas, que participan y comparten objetivos igualitarios y se expresan, sobre todo, en el apoyo a las grandes movilizaciones y sus demandas. Es la base social más amplia, diversa y explícita del movimiento feminista.

Para hacerse una idea más precisa y según datos del CIS sobre los electorados (en las pasadas elecciones generales del 10-N-2019), se autodefinían feministas 800.000 votantes al Partido Socialista, otros 800.000 a Unidas Podemos y sus convergencias y 100.000 al Partido Popular. El total de todos los electorados que se han pronunciado, contando con personas con derecho a voto, o sea, mayores de 17 años, e incorporando los porcentajes de abstencionismo y de origen extranjero (sin derecho a voto) tenemos una cifra en torno a tres millones y medio de personas que se sienten identificados con el feminismo, entre sus dos opciones fundamentales de su auto ubicación ideológica. Es algo más del 10% de la población, pero hay que matizar que en el caso del PP se sitúa en el 2% de su electorado, en el caso del PSOE, en torno al 12%, y en el caso de UP, el 26%. Por tanto, aunque la base social autodefinida feminista es prácticamente paritaria entre PSOE y UP (y aliados), en términos comparativos tiene un peso mucho más significativo entre los segundos que entre los primeros.

En su conjunto, podemos decir que esa pertenencia feminista no es transversal o equidistante, no está distribuida por igual entre las distintas tendencias político-ideológicas. Así, aunque haya una minoría que se identifica también con las derechas, la gran mayoría (al menos el 90%) se sitúa en las corrientes progresistas y de izquierda.

Un tercer nivel son las personas que tienen cierta conciencia feminista y apoyan determinadas demandas feministas, avaladas en su mayoría por entre el 40% y el 50% de la sociedad, es decir, hasta cerca de veinte millones de personas. Aunque algunas propuestas superan ese porcentaje de apoyo ciudadano, como la igualdad en el ámbito profesional o aumentar y visibilizar la acción contra la violencia machista.

La media de identificación feminista entre las mujeres es mayoritaria, el 53%, con un incremento medio del 38% en estos cinco años, especialmente entre las mujeres jóvenes. Y en el caso de los varones la media de la autopercepción feminista es algo superior al tercio (36%) con un crecimiento también significativo (29%), particularmente entre los más jóvenes. Así, el número de personas que no se consideran feministas se ha reducido un tercio en estos cinco años, y aunque persiste una importante minoría de mujeres (47%) y una mayoría de hombres (64%) que no se pronuncian, no significa que se consideren machistas o antifeministas, sino que no se definen y caben actitudes conservadoras, intermedias, neutras e indecisas.

En definitiva, al hablar de feminismos hay que diferenciar esos tres niveles, procesos identificadores y dimensiones: primero, el activismo feminista más permanente (incluido el para-institucional e institucional), de varios centenares de miles de personas; segundo, la identificación colectiva feminista, con su participación en las grandes movilizaciones (y en la vida cotidiana) y su sentido de pertenencia a un actor colectivo sociopolítico y cultural, con unos tres millones y medio; tercero, el apoyo a medidas contra la discriminación y por igualdad para las mujeres, de cerca del 50% de la población, con cierta conciencia feminista, mayor entre la gente joven y superior a la mitad entre las mujeres y a un tercio entre los varones.

El carácter social del feminismo

El feminismo pretende cambiar una situación discriminatoria de las mujeres por unas relaciones sociales igualitarias. Persigue modificar sus condiciones de subordinación por una dinámica emancipadora. Es un movimiento social con un gran componente cultural. Su objetivo es una transformación relacional, vinculada con un cambio de mentalidades.

Se han generado grandes avances en la subjetividad, la identificación y la activación feminista de las mujeres. Pero menos en sus condiciones de desigualdad real en los ámbitos laboral, de cuidados y de estatus. Se han producido algunas mejoras normativas significativas (ley del matrimonio igualitario, ley de Igualdad y ley contra la violencia de género) en el ya lejano primer gobierno socialista de Rodríguez Zapatero.

Pero pasados casi tres lustros, la política institucional ha mostrado su agotamiento reformista real, con límites para afrontar la persistencia de desigualdades y discriminaciones hacia las mujeres. Esa pérdida de dinámica transformadora ha ido acompañada de mayores iniciativas retóricas, particularmente desde algunos sectores que pretenden conservar sus privilegios a través de una representación hegemonista de la identidad mujer, a menudo interpretada de forma esencialista, patrimonialista y exclusivista.

En estos años, sobre todo con la gestión del gobierno conservador de Rajoy, se había configurado una situación de bloqueo en el avance igualitario efectivo, con una mayor conciencia cívica de su injusticia y de los límites de la acción institucional y normativa. Es el fundamento de la amplia activación feminista, que ha reforzado las demandas de igualdad relacional, contra la violencia machista y por la libertad sexual y de género. Exige cambios estructurales igualitarios frente a los privilegios, la segregación y las dinámicas machistas del orden patriarcal-capitalista, particularmente defendido por sectores reaccionarios y conservadores.

En la historia del movimiento feminista la polarización real no ha sido entre el cambio cultural y el cambio político-estructural. Sí que ha habido cierta diferenciación en el plano discursivo, pero los dos ámbitos eran complementarios. El choque se ha generado en la sociedad, entre la amplia conciencia feminista ante una realidad discriminatoria persistente y el bloqueo estructural, con la amplia precarización y segmentación laboral y del empleo, la debilidad de los sistemas de protección social, especialmente a la dependencia y la escuela infantil, y el sobreesfuerzo en la actividad reproductiva y de cuidados, que afectan especialmente a las mujeres. Se ha generado cierta frustración por las insuficiencias institucionales, económico-empresariales y judiciales, y se ha reforzado la reclamación feminista de un nuevo impulso reformador igualitario. Es el sentido de la nueva ola feminista.

El conflicto interno en el campo progresista es entre un feminismo socioliberal y formalista y un feminismo crítico y transformador. Lo que se produce en estos momentos es una pugna político-representativa entre dos corrientes sociopolíticas y culturales, en competencia por conseguir legitimidad pública e influir en la orientación de la amplia activación feminista frente a la inercia de la desigualdad y el orden establecido. La disputa está entre un cambio real y transformador o un cambio retórico que permita la continuidad de desventajas relacionales de las mujeres (Antón, 2020).

Una acción feminista transformadora, sociopolítica y sociocultural

La acción feminista debiera ser más realista, crítica, social y transformadora que la restrictiva pugna cultural. Su tarea es mucho más amplia, práctica y teóricamente: cambiar las relaciones de desigualdad y subordinación, conformar una identidad y un sujeto transformador con una estrategia igualitaria-emancipadora y una teoría crítica.

La acción feminista no es solo ni principalmente una lucha de ideas (o de emociones). Los cambios de mentalidades y conciencia ideológico-política, con un talante progresista, son fundamentales. La tarea de la modificación de la subjetividad es muy importante. Pero, sobre todo, la tarea transformadora sustantiva es relacional, superar la desigualdad real y las situaciones de dominación. Y esa experiencia vivida, interpretada y soñada es clave para avanzar en los procesos liberadores y conformar las identificaciones feministas.

El ser humano tiene un carácter doble: individual, su cuerpo o base biológica y su subjetividad o cultura, y social: su estatus, sus vínculos e interacciones sociales. La subjetividad, ideas, emociones y aspiraciones, está interconectada con su experiencia vital, con su posición social y cívica. Por tanto, la persona, hombre o mujer (o no binario), no está conformada solo por su cuerpo y su subjetividad, sino también por sus relaciones sociales donde se integran su cultura y su identidad.

Su identificación individual y colectiva, como pertenencia grupal y reconocimiento propio y ajeno, se basa en esa experiencia compartida. Depende de los lazos comunes existentes y su persistencia, así como de su diversidad de pertenencias, su combinación y la conformación de una identidad múltiple. Además, los procesos identitarios pueden ser más o menos inclusivos, densos, mixtos e interactivos, junto con otras características más universales o cívicas.

El comportamiento y la expresividad pública pueden ser variables según el momento y el contexto. Hay una interacción entre el individuo y el grupo social y, más en general, con el conjunto de la sociedad y las estructuras socioeconómicas e institucionales. Pero el individuo no solo es lo subjetivo, mientras el resto, grupo social, estructura socioeconómica o poder institucional, es mal interpretado como lo objetivo y lo material. El nexo entre lo individual y lo colectivo, en su doble vertiente subjetivo-cultural y material-estructural, es la interacción social, la experiencia común, vital e interpretada, con una dinámica transformadora en torno a unos intereses y proyectos compartidos.

En conclusión, los feminismos, como pertenencia grupal e identificación colectiva, se constituyen a través de una acción práctica y solidaria de carácter igualitario-emancipador por cambiar las relaciones desiguales e injustas que sufren las mujeres, las situaciones de desventaja que padecen. Su cultura emancipadora, en sentido amplio, incluye el cambio de hábitos, estereotipos y costumbres discriminatorios, y es consustancial a los feminismos. Conlleva la crítica y la oposición a los privilegios de género, los discursos y políticas machistas y las estructuras sociales dominadoras. Su implicación práctica democrático-igualitaria consolida una nueva subjetividad que, a su vez, refuerza sus valores solidarios y su motivación liberadora.

Considerar al movimiento feminista como exclusivamente cultural relega la prioridad por el cambio de las relaciones reales desventajosas u opresivas y dificulta una acción crítica, popular, realista y transformadora. Es, sobre todo, un movimiento social, aunque con un gran componente cultural. El cambio feminista, además de las subjetividades, debe transformar las relaciones sociales de desigualdad y dominación; debe ser relacional.

En resumen, ante las insuficiencias de la anterior gestión institucional, agravadas en el periodo del gobierno de la derecha, y la persistencia de la discriminación, se ha reactivado la acción colectiva feminista crítica. Está avalada por un sentido ético de superación de esa desigualdad injusta, muy diversa, segmentada e interseccional, pero que afecta en distintas proporciones a la mayoría de las mujeres. Desde una óptica más general, esas tendencias discriminatorias han empeorado con la crisis económica, las medidas de ajuste neoliberal, las políticas públicas regresivas sobre el Estado de bienestar y contra el empleo decente, la extensión del paro y la precariedad laboral. La actual crisis sanitaria y socioeconómica, con la debilidad de los servicios públicos y la forzada atención femenina por los cuidados, refuerza esa tendencia. Todo ello va en contra de la igualdad de las mujeres y tiende a afianzar su subordinación.

El reto para el feminismo y las fuerzas progresistas es enorme y, junto con los desafíos de la respuesta a la crisis socioeconómica, territorial y ambiental, el alcance real del cambio feminista va a definir el tipo de país a configurar, la conformación y legitimidad de las fuerzas progresistas y la consolidación del propio movimiento feminista.

2. IDENTIDADES Y SUJETOS FEMINISTAS

Se ha configurado una dinámica basada en la indignación feminista ante una situación injusta, con una experiencia compartida y unos objetivos comunes igualitario-emancipadores. Hay distintos elementos diferenciadores y aspectos que se entrecruzan en los actuales debates feministas, con diferentes sensibilidades. Existen valores de fondo interconectados: igualdad, libertad, solidaridad. Y en las trayectorias de activación y participación cívica se han generado procesos identificadores entre las mujeres, de pertenencia colectiva y reconocimiento de sí mismas y respecto de los demás actores. Todo ello, en una difícil, compleja y reticular capacidad articuladora de la pluralidad existente, junto con el refuerzo unitario por exigencias comunes.

Es preciso evaluar aspectos más de fondo, como las tendencias sociopolíticas y culturales en conflicto y los fundamentos ideológico-políticos o discursivos, igualitario-emancipatorios o conservadores-discriminatorios, que laten en este proceso. E, igualmente, analizar las identificaciones colectivas y su configuración en identidades múltiples, así como explicar la conformación de un sujeto social y cultural, llamado movimiento feminista y su impacto transformador.

Todo ello añade complejidad e importancia al sentido de las distintas posiciones discursivas y de liderazgo, más ante una realidad organizativa fragmentaria. Esta diversidad confrontativa expresa un debate vivo y plural y, al mismo tiempo, actitudes hegemonistas, sectarias y no exentas de fanatismo. Aparte de los condicionamientos externos, la crispada pugna por la prevalencia de ideas y posiciones de influencia y liderazgo refleja los propios límites del feminismo, que lastran su consolidación como movimiento social y cultural.

Me centro en dos aspectos complementarios de fuerte densidad ideológica, no siempre bien interpretados: la identidad y el sujeto feminista (Amorós, 2008; Antón, 2020; Maalouf, 1999).

La pertenencia feminista

Las identidades, frente a los esencialismos deterministas, se construyen social e históricamente; son diversas, variables y contingentes. La identidad, como pertenencia colectiva y reconocimiento público, tiene un anclaje en una realidad material, institucional y sociocultural, en su contexto histórico; encarna una dinámica sustantiva de las relaciones sociales. Las identidades se configuran a través de la acumulación de prácticas sociales continuadas, en un marco estructural y sociocultural determinado, que permiten la formación de un sentido de pertenencia colectiva a un grupo social diferenciado con unos objetivos compartidos.

Quiénes somos lo conforma, sobre todo, lo que hacemos, nuestro estatus y relaciones sociales, en los que se integra lo que fuimos, pensamos y sentimos, la subjetividad, y lo que deseamos: nuestros proyectos y aspiraciones. Resume un presente, no estático sino en marcha, condicionado por lo que fuimos, en el pasado, y lo que queremos ser, en el futuro.

La identidad feminista, que no femenina, como reconocimiento propio e identificación colectiva, está anclada en una realidad doble: subordinación considerada injusta, y experiencia relacional igualitaria-emancipadora. Por tanto, se combina y supera, por un lado, las dinámicas individualizadoras y, por otro lado, las pretensiones cosmopolitas, esencialistas e indiferenciadas.

Son unilaterales los enfoques individualistas extremos, liberales, ácratas o postmodernos, así como las miradas totalizadoras o abstractas de un ser humano sin vínculos sociales ni identidad grupal. Las identidades colectivas, concepto de raíz hegeliana, no son ni buenas ni malas. Son imprescindibles, con su mayor o menor dimensión e interacción entre ellas, como expresión del estatus y el carácter individual y grupal. Su valoración depende de su contenido sustantivo y su función según el contexto sociohistórico y de acuerdo con los grandes valores republicanos de la igualdad, la libertad y la solidaridad, de la tradición del feminismo cívico por la igualdad (Amorós, 2005; Valcárcel, 2019).

El feminismo no persigue formar un nuevo grupo opresor, frente a los varones, como a veces afirman desde la derecha extrema. Busca la eliminación de los privilegios masculinos y de la estructura de poder patriarcal-capitalista para conformar personas libres e iguales. En ese sentido, el feminismo, ideas, identificación y participación, y su carácter universal, se deben reafirmar y ampliar, no reducir o infravalorar.

Otra cosa es la conformación unitaria, común o interseccional de procesos, identificaciones y movilizaciones combinadas, junto con otras dinámicas igualitarias y liberadoras. Se pueden englobar o interconectar en iniciativas compartidas y, por tanto, generar identificaciones adicionales y complementarias. Así como interactuar con la pertenencia más general, como persona o ciudadana, a un ámbito global, como la propia humanidad y la cultura universal de los derechos humanos.

A veces las identidades, o los procesos identitarios, y su diversidad se oponen a dinámicas más generales, cívicas, nacionales o de clase. La tensión se recrudece cuando se adoptan en ambos casos posiciones esencialistas, deterministas, totalizadoras o excluyentes. Pero, desde la lógica de la interseccionalidad, pueden ser complementarias en una interacción compleja y múltiple de las distintas esferas y trayectorias, muchas de las cuales afectan a las mismas personas. Las distintas categorías y su componente analítico sirven para diferenciar identificaciones parciales (de género, clase, étnico-nacional, opción sexual, edad…) pero siempre que haya una comprehensión de su conexión de conjunto, incluso de sus efectos combinatorios en una identidad múltiple que no es exclusivamente su suma.

Por tanto, en la medida que se mantenga la desigualdad y la discriminación de las mujeres, sus causas estructurales, la conciencia de su carácter injusto y la persistencia de los obstáculos para su transformación, seguirá vigente la necesidad del feminismo, como pensamiento y acción específicos. Y su refuerzo asociativo e identitario, inclusivo y abierto, será imprescindible para fortalecer el sujeto sociopolítico y cultural llamado movimiento feminista y su capacidad expresiva, articuladora y transformadora. No es tiempo de postfeminismo, sino de un amplio feminismo crítico, popular y transformador frente a la pasividad o la neutralidad en este conflicto igualitario-emancipador. Eso sí, con una perspectiva integradora y multidimensional que le haga converger con los demás procesos emancipatorios.

El sujeto, social o político, del feminismo no son el conjunto de las mujeres, y menos la Mujer con mayúsculas. Dicho de otro modo, las mujeres no son el sujeto del feminismo, y no todas se identifican con él. Igualmente, la gente trabajadora no es el sujeto político del socialismo, no adquiere automáticamente su identidad o conciencia de clase, con un soporte asociativo y relacional consistente; es un debate amplio en la teoría social desde el objetivismo mecanicista hasta el voluntarismo elitista. Yo opto por un enfoque social, relacional e histórico (Antón, 2015; Thompson, 1977; 1979, y 1995).

Así, he analizado el movimiento popular en España o las bases sociales y electorales de las fuerzas del cambio por su carácter progresista, un fuerte componente feminista y ecologista y una pertenencia a las izquierdas, con una identificación diversa y combinada de su cultura sociopolítica. Es todavía una corriente sociopolítica crítica y transformadora, con una cultura sociopolítica en formación, especialmente entre la gente joven, que se resiste a ser encajada en una definición compacta y un rasgo central que la homogeneice. La realidad no corresponde, a mi modo de ver, con la acepción tradicional de sujeto, político e histórico, en sentido fuerte, particularmente en su enfoque más esencialista. Por mi parte, le doy un sentido débil, al igual que a la identidad, ya que interesa un análisis empírico, multidimensional y sociohistórico de sectores sociales concretos (Antón, 2019b y 2019c). Y en ese marco de nuevos procesos identificadores, configurado particularmente esta última década, se inserta el actual movimiento feminista o la presente ola de activación feminista.

Formación de actores y sujetos colectivos

Sujeto colectivo es otro concepto hegeliano, ligado inicialmente a la nación (y el pueblo soberano y la etnia) y extendido a la clase social, al movimiento obrero y popular, y luego a sectores sociales amplios y específicos: movimientos sociales como el feminista, el ecologista…. Presupone una identidad colectiva, unos vínculos entre sí y con una realidad similar, unos rasgos socioculturales comunes, incluido un relato interpretativo, y la participación en un proyecto transformador compartido. Todo ello con la pretensión y la capacidad para transformar la realidad.

Puede haber participación popular en movilizaciones y trayectorias compartidas, actores o agentes sociales y políticos, corrientes sociopolíticas y movimientos socioculturales o étnico-nacionales sin llegar a la categoría más estricta de sujeto. Lo que añade este concepto, sin llegar a su carácter fuerte o esencialista, es la experiencia compartida prolongada, con rasgos identificadores comunes y una cierta cohesión interna, en torno a un proceso liberador-igualitario (u opresivo-reaccionario) diferenciado del poder. Es una formación sociohistórica, alejada del esencialismo o determinismo étnico, biológico, económico, cultural, institucional o estructural. El sujeto, siguiendo a Beauvoir (1998) se hace, no nace. La ausencia de sujetos colectivos (intermedios) refleja una sociedad atomizada e individualizada con un leve sentido de pertenencia global a la humanidad, o a un imperio-nación y su cosmopolitismo cultural.

Gran parte de las teorías deterministas, basadas en rasgos biológicos, sociodemográficos u ‘objetivos’ y justificadoras de un sujeto en sentido fuerte, compacto e inmutable, infravaloran el conjunto de mediaciones sociohistóricas e institucionales (Bernabé, 2018). No le dan suficiente importancia a las experiencias compartidas y las trayectorias comunes de los grupos humanos. Así, tiene relevancia la posición social interrelacionada con las dinámicas conductuales, culturales, interpretativas y motivacionales. Esas características relacionales y subjetivas conforman y modulan su estatus sociopolítico, su identificación colectiva, dentro de cierta diversidad.

Esos discursos esencialistas suelen ser medios de legitimación de una élite, más o menos autonombrada, para representar y liderar, o manipular y apropiarse, una base social específica, considerada receptora o pasiva. Delimitan su contorno y su estatus y expulsan de él a las personas competidoras o disidentes. No necesitan el tedioso proceso articulador e interactivo de la propia gente partícipe de esa configuración relacional, cultural y sociohistórica. Tiene que ver con una actitud elitista y prepotente y la falta de arraigo social.

Como decía, lo relevante es la práctica relacional común y acumulada ante una situación discriminatoria y con una finalidad igualitaria-emancipadora. No es una simple unidad propositiva o de demandas de derechos. Exige compartir problemáticas similares y experiencias reivindicativas y de apoyo mutuo comunes y prolongadas, vividas e interpretadas. El componente social de la interacción humana es el principal para forjar el reconocimiento y las pertenencias grupales e individuales y dar soporte a la acción colectiva. En ese sentido, hay varones feministas, es decir, solidarios con la causa feminista, que al igual que otras personas, participan en ese sujeto feminista.

Desde ese punto de vista, al igual que necesitamos más y mejor identificación feminista, precisamos más y mejores sujetos feministas; por supuesto, abiertos, plurales y en formación. En este caso, la identidad o el sujeto feminista, como partícipes de un proceso igualitario-emancipador, se diferencian de la identidad de género, que expresa la realidad diversa de las mujeres y sus específicos y variados estatus sociales y culturales.

Pero el concepto y la realidad de los sujetos colectivos es complementaria a los del sujeto individual. No obstante, se enfrenta a la versión del individualismo extremo, ahistórico, abstracto y libre de vínculos sociales, concebido como única realidad a la que se añade, cada mañana, el correspondiente traje o la máscara representadora de su estatus e imagen. Según esa posición individualista radical la pertenencia colectiva supondría una constricción a la libertad individual. Es la idea unilateral de las versiones más rígidas del liberalismo y el pensamiento postmoderno que definen toda relación social e interpersonal como contraproducentes para la libertad individual y, por tanto, indeseable. Se rompe el contrato social y la cooperación; solo cabría la instrumentalización de lo colectivo y lo público en beneficio del individuo. La identificación colectiva no facilitaría o complementaría la acción y la personalidad individual, sino que sería su freno o su distorsión. Solo existiría el individuo y el poder (Foucault, 2005).

Pero el ser humano tiene un carácter doble, individual y social; la formación del sujeto está mediada por el conjunto de vínculos, instituciones y acciones colectivas. Su posición social, su comportamiento y sus costumbres en común, constituyen su perfil identificador y encauzan su participación en la exigencia de derechos, estatus y condiciones. Las ideas y aspiraciones, por sí solas, no son suficientes; necesitan encarnarse en una práctica colectiva, vivida, soñada e interpretada. Su interacción, duración y consistencia es lo que genera el actor que se constituye en sujeto.

En definitiva, el feminismo, con sus distintos niveles de identificación y pertenencia colectiva y su pluralidad de ideas y prioridades, es un movimiento social, una corriente cultural, un actor fundamental que, en una acepción débil, se puede considerar un sujeto sociopolítico en formación, inserto en una renovada corriente popular más amplia que califico de nuevo progresismo de izquierdas, con fuertes componentes ecologistas y feministas.

3. SUJETO FEMINISTA: NI ESENCIALISTA NI POSMODERNO

El sentido del feminismo es combatir el sometimiento de las mujeres, superar su situación impuesta de desigualdad y opresión para que puedan ser personas libres. La situación y la identidad de género mujer conlleva una posición de subordinación derivada de la desigual división sexual del trabajo productivo y reproductivo, público y privado, que el feminismo pretende superar mediante un proceso igualitario-emancipatorio que configura la identidad feminista de las mujeres. Se replantean las feminidades y las masculinidades y su interacción.

Por tanto, la clave del feminismo es conseguir la igualdad de género o entre los géneros, superar las desventajas relativas y la discriminación de las mujeres. Dicho de otro modo, el objetivo es que la diferenciación de géneros y su construcción sociohistórica no supongan desigualdad real y de derechos y, por tanto, no tengan un peso sustantivo en la distribución y el reconocimiento de estatus y poder.

En ese sentido, se rompen los géneros como funciones sociales desiguales impuestas por el orden establecido, patriarcal-capitalista, que se ve favorecido por esa segregación por sexo. Supone un largo y persistente proceso individual y colectivo para superar las profundas causas estructurales y de dominación en que se basa esa segmentación. Igualdad y emancipación están entrelazadas frente a una realidad de género ambivalente.

A partir de esa posición compartida mayoritariamente en los feminismos, en el contexto de la polémica suscitada estos meses en torno al proyecto de ley gubernamental sobre la libertad sexual y los derechos de las personas transexuales, desde la sociología crítica expongo algunas reflexiones sobre las insuficiencias teóricas esencialistas y posestructuralistas y su influencia en la concepción de la identidad y la formación del sujeto feminista. Además, en continuidad con la sección anterior destacaré el carácter social, no solo cultural, del movimiento feminista y el sentido del debate actual.

En el movimiento feminista, al igual que en la sociedad, confluyen diversas corrientes de pensamiento, desde las estructuralistas, más o menos anticapitalistas, hasta las posestructuralistas, más o menos voluntaristas, pasando por ideas socioliberales y deterministas o esencialistas (biológicas, económicas, étnicas, institucionalistas, culturalistas), así como por posiciones más realistas, relacionales y sociohistóricas. Todo ello con mezclas distintas y con pragmatismos eclécticos. Dejo al margen la inadecuación de las doctrinas funcionalistas, liberales y conservadoras (Antón, 2020).

Desde mi punto de vista, la diferenciación principal en el seno del feminismo hay que plantearla en función de su actividad y capacidad transformadora de las relaciones de desigualdad y subordinación de las mujeres. Así, respecto del avance real en la igualdad y la emancipación, existen dos grandes corrientes: el feminismo crítico, popular y transformador, y el feminismo socioliberal, retórico y formalista. No obstante, el debate de ideas es importante y se entrecruza con las alternativas y las prácticas sociopolíticas y culturales del movimiento feminista.

En primer lugar, intento clarificar el conflicto entre determinismo esencialista y posestructuralismo que está detrás de las polémicas actuales. En particular, desde una crítica global a esas posiciones esencialistas y deterministas, me detendré, dada su mayor complejidad y matización, en la crítica al enfoque postmoderno o constructivista radical, con sobrevaloración del discurso, asociado a una posición postestructuralista.

De entrada, avanzo mi posición (Antón, 2015; 2019a; 2020): el estructuralismo, determinista o esencialista, y el posestructuralismo, voluntarista o subjetivista, dominantes y en conflicto en los grupos progresistas en estas décadas, no son una buena forma de enfocar los procesos de emancipación e igualdad de las mujeres y, en general, de las capas subalternas. Ambas corrientes tienen componentes idealistas y se alejan del imprescindible realismo analítico; sobre todo, las versiones más deterministas, biológicas o económicas, en el primer caso, y las tendencias más culturalistas, al mismo tiempo que deterministas político-institucionales, en el segundo, como Foucault (2005) y Laclau (2013). Por supuesto, los dos tipos de pensamiento han aportado aspectos concretos de interés, particularmente, las posiciones intermedias vinculadas a Antonio Gramsci, así como intelectuales con posiciones realistas y comprensivas más o menos eclécticas.

Dos mujeres feministas prestigiosas están próximas a esas tendencias contrapuestas: Nancy Fraser (2019, y 2020), a la estructuralista en la versión anticapitalista, y Judith Butler (2006), a la posestructuralista en su versión culturalista. Ambas, desde una actitud renovadora, aportan muchas y sugerentes cuestiones a la teoría feminista, entre ellas, la conveniencia de una alianza interseccional y global del movimiento feminista. Pero expresan límites y unilateralidades condicionados por esos esquemas teóricos. Es necesario un enfoque más complejo, relacional, social, interactivo, multidimensional y sociohistórico, en particular para interpretar las identidades y los sujetos individuales y colectivos con una perspectiva crítica, igualitaria y transformadora. Todo ello lo he analizado en profundidad (Antón, 2020).

Parto, por tanto, desde la tradición de la teoría crítica, superadora a mi modo de ver del bloqueo producido por la prevalencia y la polarización entre dichas corrientes. Solo cito dos autores, especialistas en movimientos sociales en el marco más general del cambio social: E. P. Thompson (1977, 1979, 1981, 1995) y Ch. Tilly (1991, 2007, 2010). En otro libro (Antón, 2015) tengo una explicación más amplia de las diversas interpretaciones sobre los movimientos sociales, la conformación de las identidades y sujetos colectivos y el cambio sociopolítico, así como una valoración crítica del discurso populista de Laclau. Así mismo, en Antón (2019a) evalúo, junto con otros análisis concretos y estratégicos, los fundamentos teóricos de las ideas postestructuralistas, en particular el idealismo discursivo de la teoría populista. En ambos, desarrollo un enfoque crítico, realista, relacional, multidimensional y sociohistórico, para superar el estructuralismo y el posestructuralismo o, si se quiere, el marxismo economicista y el populismo culturalista.

El error determinista o esencialista es el mecanicismo que supone creer que la realidad de opresión genera automáticamente la conciencia y la acción alternativa; y el error voluntarista o culturalista es el que comete quien piensa que con una buena doctrina, programa o discurso se construye el movimiento popular. A veces, las dos deficiencias coexisten. En el primer caso, se defiende un gran sujeto ahistórico, con una base biológica, estructural o étnico-cultural, con una identidad inmutable y rígida; habría una determinación de esa base material, supuestamente unificada y estable, que se opone a la diversidad existente. En el segundo caso, se señala la fragmentación de múltiples y pequeños sujetos, e incluso se anuncia su desaparición y la inconveniencia de una identificación colectiva: quedaría el individuo, también frágil. Cualquier vínculo social, pertenencia colectiva y proyecto común sería contraproducente para la libertad individual. Son los fundamentos del individualismo radical liberal y postmoderno.

La interacción entre ambos planos, el de la realidad material y estructural y el de las ideas y la subjetividad, debe establecerse a través de la experiencia relacional, las costumbres comunes y el comportamiento colectivo. Valorar esas mediaciones y la integración y equilibrio entre los tres componentes es fundamental para un enfoque crítico, social, multidimensional e interactivo, necesario para impulsar el feminismo y, en general, la acción colectiva igualitaria-emancipadora. Por tanto, no comparto las dos versiones extremas: el gran sujeto estructural o esencialista; y el no-sujeto postmoderno, escondido tras el individualismo radical.

La formación del sujeto feminista

El nuevo lenguaje (transfeminismo, postfeminismo, interseccional), adecuado para señalar algunas experiencias parciales o compartidas, es polisémico y, a veces, no aporta mucha claridad a los problemas articuladores de fondo del movimiento feminista como actor que actúa para la igualdad y la emancipación femenina. Es necesario aclarar su sentido.

La palabra trans admite una doble acepción: estar al lado y estar más allá como forma superadora. El transfeminismo no sustituye al feminismo, lo debe complementar. Así, ampliar el feminismo a las personas trans que se sienten mujeres tiene fundamento. Ya he dicho que la pertenencia al feminismo se debe reconocer por la práctica relacional y solidaria en la igualdad y la emancipación, no por las características biológicas, de género, estructurales o de opción sexual. Es decir, desde el punto de vista inclusivo, pueden identificarse como feministas incluso varones heterosexuales solidarios con la causa feminista. Por tanto, ese debate tiene poco recorrido, salvo para élites esencialistas que defienden sus privilegios de representación de lo que consideran ‘mujer’.

No obstante, transfeminismo como superador del feminismo tiene el riesgo de difuminar los perfiles principales del movimiento feminista, cuando tiene un peso social relevante. Me centro en ello desde el ámbito sociopolítico: la convergencia del conjunto de movimientos sociales en un movimiento popular global. El transfeminismo (o el postfeminismo), como discurso aparentemente superador del feminismo, pretende construir un marco interpretativo y de demandas que permitan integrar las de otros actores y conformar un movimiento popular interseccional (Hill y Bilge, 2019). Hasta ahí, no habría problemas.

Pero hay que aclarar su alcance y sus medios. El peligro es hacerlo con propuestas más ambiguas y abstractas (con significantes vacíos) que cada cual puede rellenar a su gusto, a costa de la contundencia de los objetivos feministas específicos y sus apoyos sociales. O bien, con la ilusión de que el tener un enemigo común (el neoliberalismo, el poder establecido o el capitalismo patriarcal) resuelve la unificación de las luchas parciales de carácter inmediato y las convierte en procesos revolucionarios de conjunto. El carácter idealista, en ambos casos, genera en los distintos actores su falta de conexión con las realidades concretas de cada grupo social y debilita su capacidad movilizadora, normativa y transformadora.

Una confluencia o plataforma transversal debe facilitar la convergencia e integrar los procesos sociopolíticos de fondo, conectados con los problemas específicos de los distintos grupos y movimientos sociales, especialmente, de género, clase social, etnia-nación y ecologistas (Fraser, 2019). El proceso o dinámica resultante sería ‘trans’ o ‘post’ en su acepción literal de estar más allá de cada movimiento o actor particular.

La movilización feminista, amplia e inclusiva, está conectada y ha integrado elementos de todos esos actores sociales. Pero configurar un movimiento popular democrático o una corriente social crítica supone un proceso complejo de interacción y de suma, no de dilución o de subordinación a una problemática o sujeto supuestamente central con aspiraciones hegemonistas. La historia está llena de enseñanzas sobre ello.

En la tradición marxista era la clase trabajadora o el bloque social histórico quien articulaba el conjunto popular; en los proyectos liberales era el Estado y la nación (o el pueblo soberano) quien representaba, a través de sus élites, el interés general. Estamos, pues, ante la cuestión tradicional de la configuración y la denominación del sujeto colectivo global de progreso, así como de la pugna hegemónica (y contrahegemónica) por la prevalencia y el dominio de cada sector social para representar y gestionar lo común.

La formación de un sujeto unitario superador de los sujetos o actores parciales va más allá de un liderazgo común (simbólico y legítimo), un objetivo genérico compartido (la democracia y la igualdad) o un enemigo similar (el poder establecido patriarcal-capitalista). Es un proceso sociohistórico y relacional complejo que necesita una prolongada experiencia compartida y una identificación múltiple que debe superar las tensiones derivadas de los intereses corporativos y sectarios de cada élite respectiva, con su rigidez doctrinal legitimadora.

Por otra parte, los programas, los discursos y las propuestas de derechos sirven para orientar la acción colectiva, pero son insuficientes para conformar la movilización social o la activación cívica. Su operatividad depende de su conexión con las mayorías sociales y con el poder real y la legitimidad de cada élite.

En la medida que sectores significativos viven una situación de subordinación, percibida como injusta, y sin expectativas de reformas institucionales progresivas, la gente indignada, junto con su articulación asociativa y su experiencia relacional y cultural, participa en la exigencia colectiva de sus demandas. O sea, las propuestas reivindicativas y de nuevos derechos deben estar conectadas con una situación discriminatoria y un agente transformador. El trípode es imprescindible. Es la experiencia del movimiento feminista en su conformación sociohistórica y relacional como sujeto de cambio.

Identidad feminista no es identidad de género

En la identidad feminista influye el sexo (mujer) y el género (femenino). Pero no de forma determinista, sea biológica o estructural. Sí tiene importancia la realidad vivida, sentida y percibida de una desigualdad injusta, es decir, la pertenencia a un grupo social discriminado y con desventajas concretas, o bien con suficiente sensibilidad y solidaridad respecto de su situación.

Pero, sobre todo, el elemento sustantivo que configura ese proceso identificador feminista es la acción práctica, los vínculos sociales, la experiencia relacional por oponerse a esa subordinación y avanzar en la igualdad y la emancipación de las mujeres. La identificación feminista deriva del proceso de superación de la desigualdad basada en la conformación de géneros jerarquizados. Se trata de la actitud transformadora respecto de las funciones sociales, productivas y reproductivas desventajosas para la mitad de la población. Supone un cambio de su estatus vital subordinado.

En ese sentido, el feminismo es inclusivo para todas las personas que comparten esa dinámica igualitaria y, por tanto, ligada a la disconformidad con una realidad discriminatoria y la participación en un proyecto emancipador. El triple plano, situación desigual, experiencia social y aspiración de cambio, está entrelazado.

Tratándose de un proceso activador y desde un enfoque crítico y relacional, el aspecto principal es esa vinculación práctica, convenientemente valorada, esa experiencia compartida conectada con los otros dos componentes. Por un lado, la realidad vivida, percibida e interpretada desde un juicio ético. Por otro lado, las demandas y los proyectos de cambio. Ambos son imprescindibles para complementar la actitud transformadora, pero por sí solos no forman los sujetos y los procesos democrático-igualitarios.

En consecuencia, para formar el sujeto sociopolítico, el llamado movimiento social y cultural feminista, es relativa la condición de la pertenencia a un sexo, un género o una opción sexual determinada, aunque haya diferencias entre ellas. Lo importante no es la situación ‘objetiva’ estática y rígida, sino la experiencia vivida y percibida como injusta de una situación discriminatoria y la actitud solidaria y de cambio frente a ella.

La polémica de quién conforma el movimiento feminista derivada de esa posición ‘objetiva’, estructural y biológica o por la opción sexual y de género, está mal planteada. No es la condición de mujer (discriminada) la que determina la identificación con el feminismo y su acción liberadora, excluyendo a los hombres o las mujeres trans. Igualmente, es insuficiente el compartir algunas ideas o propuestas para adquirir una identidad y constituir el sujeto feminista. Falta la característica principal: la participación duradera en una acción individual y colectiva para superar la desigualdad de género y avanzar en la emancipación femenina.

O sea, la pertenencia colectiva se deriva, sobre todo, de una actitud sociopolítica y cultural transformadora, de una práctica relacional solidaria, de una interacción humana que forja vínculos comunes en torno a un proceso igualitario-emancipador frente a una estructura segregadora patriarcal-capitalista.

Por tanto, la pregunta a responder es qué personas y grupos sociales participan y forman, por sus implicaciones prácticas y subjetivas, esa corriente social feminista. Y la respuesta exige un análisis empírico y realista de los distintos niveles de identificación y participación en la acción sociopolítica y cultural feminista. Los rasgos objetivos, biológicos y estructurales, y/o las características subjetivas, emocionales o discursivas, son complementarias. Su interacción con el comportamiento real configura, social e históricamente, el sujeto de cambio feminista en el que obviamente predominan las mujeres, como las personas más afectadas, interpeladas y dispuestas.

Aunque los procesos identificadores y de acción colectiva son una realidad empírica evidente, para su interpretación existe poco uso de metodologías cualitativas, más complejas que las simples categorías cuantitativas. Así mismo, hay limitada claridad conceptual sobre las correspondientes categorías para explicarla, empezando por los propios significantes de identidad, sujeto y feminismo. Pero este enfoque relacional y comprehensivo tiene la ventaja de poder interpretar la realidad en su complejidad y multidimensionalidad y, por tanto, favorecer su transformación efectiva.

¿Del sujeto feminista al no-sujeto posmoderno?

Existe el movimiento feminista y el movimiento LGTBI (a su vez, un conglomerado diverso), aliados y con posiciones comunes, por ejemplo, respecto de la libertad sexual. Pero se gana poco instituyendo un super movimiento que sume los dos, trans-feminista y trans-LGTBI, con una nueva denominación o una simple asimilación nominal del uno en el otro. Además, en algunas posiciones se da otro paso: englobar desde el movimiento feminista y los colectivos LGTBI al resto de los movimientos y grupos sociales, incluidos los mixtos con varones. Por tanto, en esa amalgama se integrarían los movimientos de clase, nacionales-étnicos, ecologistas…, aunque sea bajo el paraguas del anticapitalismo patriarcal o el anti-neoliberalismo, conceptos que facilitarían la identificación del conjunto popular en función del adversario común, pero con difuminación de las partes y sus identidades parciales (Fraser, 2019).

Para la teoría queer (Butler, 2006), el sujeto feminista no serían solo las mujeres sino también las mujeres trans y los hombres trans, así como las personas homosexuales, intersexuales, bisexuales y transgénero. El núcleo inicial lo constituyen las personas no heteronormativas y transgénero. Pero, desde una perspectiva inclusiva, según la versión postfeminista, podría alcanzar al conjunto de mujeres y hombres, incluidos los heterosexuales.

Interpreto esta teoría como el cuestionamiento del binarismo del sexo y el género y la defensa de la construcción social de la propia identidad y preferencia sexual. No entro en ello, ya he hecho algunas alusiones. Me detengo en su conexión problemática con las posiciones posestructuralistas, en particular las más idealistas (Antón, 2020).

La lógica de la teoría queer, en su versión más posmoderna, hace hincapié en la deseabilidad de unos géneros fluidos e inconsistentes. Su construcción dependería de la voluntad de cada cual, y serían variables y líquidos. La identidad de género, como reconocimiento propio y ajeno de un estatus, con una mentalidad y una relación social duradera, no tendría sentido. En estos fundamentos entronca con el pensamiento posmoderno más radical. Ofrece un atajo, la voluntad y la determinación de cada cual, para superar la desigualdad de género y garantizar la emancipación de las mujeres y todos los seres humanos. Su carácter voluntarista la hace atractiva para generar expectativas sobre su operatividad inmediata, pero se infravaloran las realidades y dinámicas estructurales e identitarias, así como una acción colectiva transformadora, más allá de la actividad discursiva considerada la función central.

Así, hay un salto desde cierto determinismo biologicista inicial, con la idea de la pertenencia al sujeto por el sexo, el género y la opción sexual, hasta un constructivismo derivado de la reunión de sujetos diversos en torno a una acción política, pensada como acción discursiva. No se pone el acento en lo relacional y la experiencia práctica y cultural, tal como defiendo. La interacción sociopolítica igualitaria y solidaria genera identidades y sujetos específicos con dinámicas transformadoras concretas y con dinámicas mestizas, comunes y unitarias. Por tanto, hay que superar la tendencia a una identidad excluyente y fija, separada de otros procesos identificadores o de pertenencia más global a la ciudadanía y la humanidad.

Pero también es idealista la idea de una ausencia total de identificaciones parciales (de género, clase, étnico-nacionales…), con la participación indiferenciada a un conglomerado difuso. Conlleva la visión de una sociedad amorfa, sin interacciones ni identificaciones; sólo se conformaría el sujeto (pueblo) por los deseos y el discurso de una élite (Laclau, 2013). Es una posición idealista y voluntarista, que no valora suficientemente la experiencia relacional, percibida e interpretada, con sus contextos sociohistóricos, institucionales y culturales.

De ahí que, con esa perspectiva posestructuralista, se llega al transfeminismo como un sujeto superador y más allá del feminismo, que incorporaría luchas combativas antirracistas, de clase y transfeministas. Pero, entonces, ese sujeto sería similar a los convencionales pueblo, unidad popular o bloque social histórico; sería un gran sujeto (interseccional) donde se integran o subsumen los sujetos particulares y cuya argamasa la constituyen los deseos y aspiraciones… de cualquier persona. Pero un sujeto donde está todo el mundo, de forma indiferenciada, puede terminar en el no-sujeto postmoderno, es la humanidad compuesta de individuos. Sobre todo, si se mantiene la ambigüedad de qué realidad o conflicto se pretende superar y qué proyecto de sociedad y de relaciones sociales se quiere establecer.

Un sujeto relacional y sociohistórico

Por tanto, hay que considerar qué interacciones de las distintas situaciones y dinámicas sociopolíticas se producen, qué jerarquía de prioridades existen en cada momento y circunstancias, así como qué estrategias a medio y largo plazo se adoptan para impulsar la igualdad y la emancipación de los grupos sociales subalternos. No obstante, el pensamiento posmoderno es ‘situacionista’ o episódico, infravalora las realidades estructurales o las tendencias sociales de fondo, los procesos sociohistóricos y la constitución de fuerzas sociales duraderas y sus equilibrios y alianzas.

La versión posmoderna supondría que las características del nuevo sujeto a construir serían abstractas o no sustantivas, o sea, sin unos rasgos identitarios comunes y sin constituir sujetos colectivos enraizados. Acaba en el no-sujeto y en la no-identidad feministas.

En definitiva, la articulación de ese sujeto emancipador es compleja. Solo se puede abordar a partir de la experiencia de los procesos sociopolíticos, sus dinámicas asociativas, de representación y liderazgo y sus teorías críticas, sin esencialismos ni determinismos, y menos desde élites autonombradas que dicen representar a un determinado sujeto o sector social.

Lo específico de ese enfoque postmoderno sería que no hay referencia a una realidad estructural y sociohistórica concreta, a una conexión de las distintas opresiones o desigualdades, o bien a un proceso social y relacional prolongado de compartir experiencias desde una realidad similar y una solidaridad para avanzar en la igualdad y la emancipación. Por tanto, hay una sobrevaloración del discurso, las ideas o las emociones en la formación del sujeto, y una infravaloración de las prácticas sociales compartidas tras el objetivo de la igualdad/libertad. El posestructuralismo no es una buena superación del estructuralismo. Ambos, con combinaciones distintas y mezclas eclécticas, son dominantes entre muchas élites de movimientos sociales, incluido el feminista. Para superar ambos es necesario un enfoque crítico, interactivo, relacional y sociohistórico.

El movimiento feminista y sus procesos identificadores tienen motivos estructurales y sociohistóricos para afirmarse. En la configuración de un movimiento popular o un amplio sujeto transformador, la articulación de los diversos movimientos, corrientes, proyectos y temas es compleja. Está unida a una identificación múltiple con una dinámica mestiza e intercultural y un proyecto de conjunto o universal. Está acompañada por la experiencia histórica de no estar sometido a los intereses y demandas grupales e identitarios más relevantes (étnico-nacionales, de clase, de género, ecologistas…) junto con elementos más universales (derechos humanos, ciudadanía…) o representaciones unitarias, sociales y políticas.

En definitiva, el feminismo, como comportamiento y cultura igualitario-emancipadores contra la opresión femenina, tiene unas bases estructurales y sociohistóricas duraderas y específicas; y más allá de la convergencia en procesos democrático-populares, sujetos globales e identidades múltiples va a tener una fuerte autonomía e identificación propia. No se puede diluir en un proyecto difuso de exigencia de derechos y menos con una élite autonombrada, cuya legitimidad, en ausencia de un auténtico arraigo social, se persigue en forma de pelea discursiva y sectaria. El no-sujeto posmoderno, el individualismo radical e irrealista, no tiene futuro. El gran sujeto esencialista, tampoco. El feminismo, en el marco de una amplia corriente social de progreso, tiene unas bases sólidas.

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