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¿Ha jugado el zapatismo algún papel en la revaloración de la cultura maya?

Fuentes: Rebelión

En uno de sus cuentos más emblemáticos, Juan Rulfo hace decir al entrañable personaje de Macario: «estoy sentado junto a la alcantarilla aguardando a que salgan las ranas». [3] Debo confesar (mal comienzo, diría mi abuela), que a mí me pasa más o menos igual: estoy sentado junto a ustedes aguardando a que salgan las […]

En uno de sus cuentos más emblemáticos, Juan Rulfo hace decir al entrañable personaje de Macario: «estoy sentado junto a la alcantarilla aguardando a que salgan las ranas». [3] Debo confesar (mal comienzo, diría mi abuela), que a mí me pasa más o menos igual: estoy sentado junto a ustedes aguardando a que salgan las palabras; que se acomoden unas al ladito de las otras y digan, todas juntas, un mi pensamiento sobre un tema del que muchas y muchos ya han hablado y escrito por montones.

No se crean que es fácil estar aquí esta noche con ustedes. En primer lugar, porque siendo este un evento enmarcado en un festival reivindicativo de la cultura maya a contrapelo del que organizan los señores del poder y de dinero y las damas que los acompañan, la primera pregunta que puede surgir es: «¿qué hace un huach que ni siquiera puede pronunciar correctamente el nombre de nuestra fiesta sentado en esta mesa sin mesa?». En segundo lugar, porque si bien soy heredero de esa tradición un tanto cuanto juglaresca que en estas tierras se alimenta, por un lado, del balts’am maya y, por otro, del cómico de la legua español, no tengo las credenciales académicas para venir aquí y recetarles por las trompas de Eustaquio (Rockdrigo González dixit) [4] un mi chorema sobre el tema que nos convoca: el neozapatismo y su papel en la revaloración de la cultura maya.

Provocativo título el de esta mesa-panel, ¿no creen?; pues, parte de dos premisas: la una, que la cultura maya ha sido revalorada; la otra, que en su revaloración eso que Carlos A. Aguirre Rojas llama neozapatismo ha jugado algún papel. Como mero ejercicio, podría invitarles a que, para abordar esta provocación, diseccionemos la frase que nos convoca esta noche y, como dice el chiste que dice lo que dice Jack «El Destripador», nos vayamos por partes y nos preguntemos qué entendemos por neozapatismo, qué por cultura maya, qué por revaloración y si el primero ha jugado un papel en la revaloración de la segunda.

Dije: «podría invitarles»; sin embargo, de solo imaginar las expresiones en sus rostros ante lo que parece más una amenaza que una invitación, creo que por ahora (quizás después podamos armar un seminario para charlar sobre todo esto) lo mejor sería desistir de ello. No obstante, entre el titipuchal de ideas, recuerdos de notas, artículos guardados en el ordenador y necesidades personales, me vienen a la mente unos cuantos textos que hoy quiero aprovechar para compartir con ustedes.

Originalmente, la palabra cultura significaba «cultivo de la tierra»; pero, luego, por extensión, se usó como «cultivo de las especies humanas». Posteriormente, alternada con la palabra civilización, también derivada del latín, se empleó como oposición a salvajismo, barbarie o rusticidad, de suerte que alguien «civilizado» era también alguien «culto». No es sino hasta con el romanticismo que se hace una diferencia entre civilización y cultura, reservando para el primer término el desarrollo económico y tecnológico, «lo material», y, para el segundo, lo «espiritual»: el cultivo de las facultades intelectuales, dando cabida a lo que tuviera que ver con la filosofía, la ciencia, el arte, la religión, etcétera.

Sin embargo, aún se entendía la cualidad de «culto» no tanto como un rasgo social, sino como individual. Las corrientes teóricas de la sociología redefinieron el término, entendiéndolo con un sentido más amplio, refiriéndose a los diversos aspectos de la vida social. En general, hoy se piensa a la cultura como el conjunto total de los actos humanos en una comunidad dada, ya sean éstos prácticas económicas, artísticas, científicas o cualesquiera otras, determinando que toda práctica humana que supere la naturaleza biológica es una práctica cultural.

La palabra cultura se emplea frecuentemente en el lenguaje común para designar a un conjunto más o menos limitado de conocimientos, habilidades y formas de sensibilidad que les permiten a ciertos individuos apreciar, entender y/o producir una clase particular de bienes, que se agrupan principalmente en las llamadas bellas artes y en algunas otras actividades intelectuales. Pero, según esta manera de entenderla, la cultura se convierte en patrimonio de unos pocos; el común de los mortales debe «elevarse» a los niveles donde está la cultura y, en correspondencia, se hacen esfuerzos para «llevar la cultura al pueblo». Frente a esa concepción elitista de la cultura, existe otra noción, elaborada principalmente por la antropología, según la cual la cultura es el conjunto de símbolos, valores, actitudes, habilidades, conocimientos, significados, formas de comunicación y de organización sociales, y bienes materiales, que hacen posible la vida de una sociedad determinada y le permiten transformarse y reproducirse como tal, de una generación a las siguientes. A partir de esta concepción de cultura, deja de tener sentido hablar de pueblos o individuos «cultos» e «incultos»; todos tenemos cultura, nuestra propia y particular cultura. [5]

Creo que es importante remarcar el sentido reflexivo autorreferencial que tiene la definición de la cultura produciendo lenguaje, roles, símbolos, ritos, mitos e instituciones que producen la cultura; o sea, la cultura definida en términos de la red social que es definida en términos de la cultura. Como la sociedad que es «producida» a su vez por el individuo que es «producido» por la sociedad. [6] Por lo tanto, no existe «La Kultura» [7] (única, universal), sino las culturas (múltiples, diversas). Sin embargo, existen transversalmente dos grandes sistemas culturales antagónicos: la cultura institucional, oficial, dominante o hegemónica, que tiene un claro botón de muestra en el Festival Internacional de la Cultura Maya que organizan los tres niveles del poder Ejecutivo en Yucatán, y la cultura, popular y alternativa, que sobrevive y resiste, y que, entiendo, quiere expresarse en la Cha’anil Kaaj, la fiesta del pueblo, que esta noche nos convoca. A esta cultura se le denomina a menudo como cultura marginal (que está afuera de los márgenes o límites del espacio cultural o, de plano, en las alcantarillas o el subsuelo), subalterna (que no llega a cultura, es inferior, sub, y va después de la «verdadera cultura»), contracultura (que se opone o rechaza a la «verdadera cultura», pues, se caracteriza por la protesta y la reacción, no por la propuesta y la acción) [8] o popular (que, o bien se ubica sólo en las capas bajas de la población, en la tradición y en el folclor, o bien se caracteriza por sus procesos y formas de producción circunscritas a lo artesanal y lo inacabado). [9]

Rudolf Rocker sostiene que la cultura no se crea por decreto; se crea a sí misma y surge (…) de las necesidades de los seres humanos y de su cooperación social. Los valores culturales no brotan por indicaciones de instancias superiores, no se dejan imponer por decretos ni vivificar por decisiones de asambleas legislativas o por potentados de las instituciones políticas de dominio; éstos sólo recibieron una cultura ya existente y desarrollada para ponerla al servicio de sus aspiraciones particulares de gobierno. Pero con ello, continúa Rocker, pusieron el hacha en las raíces de todo desenvolvimiento cultural ulterior, pues en el mismo grado que se afianzó el poder político y sometió todos los dominios de la vida social a su influencia, se operó la petrificación interna de las viejas formas culturales, hasta que, en el área de su anterior círculo de influencia, no pudo volver a brotar una sola chispa de verdadera vida. [10]

Por su parte, Ignacio Betancourt coincide en que la cultura es una dinámica naturalmente horizontal [que] no se puede otorgar o sustraer [porque] no es un objeto (…) ningún gobierno, por más paternalista o autoritario que sea, podrá determinarla en su totalidad (…) Se puede impedir su desarrollo, dificultar su evolución, eso sí, y las muestras de ello están a la orden del día: vaya, las y los artistas escénicos que a mediados de junio de 2013 entregaron sendas cartas al secretario de las Culturas y las Artes de Yucatán y a su jefe, el señor gobernador del estado, aún siguen esperando una respuesta formal y por escrito como lo demanda la Carta Magna que nos rige y que no sea la simulación de un diálogo que nada más buscará tenerlos tranquilos y sin hacer olas. Por ello, más que «llevarla a los ignorantes», una sana labor gubernamental consistiría simplemente en propiciar condiciones para que la implícita heterogeneidad de toda sociedad pueda desarrollarse; se trata de no estorbar, no de imponer. [11]

Para Guillermo Bonfil Batalla, el problema es un asunto de control cultural, entendiéndolo como la capacidad de decisión sobre los elementos culturales. Como la cultura es un fenómeno social, la capacidad de decisión que define al control cultural es también una capacidad social, lo que implica que, aunque las decisiones las tomen individuos, el conjunto social dispone, a su vez, de formas de control sobre ellas. [12] Todo proyecto cultural, sostiene Bonfil Batalla, requiere la puesta en acción de elementos culturales. No sólo para realizarlo: también para formularlo, para imaginarlo. Los elementos culturales hacen posible al proyecto; también fijan sus límites, lo acotan, lo condicionan históricamente. En términos etnográficos, descriptivos, la cultura es una sola, abigarrada, contradictoria, híbrida si se quiere. Al analizarla en términos de control cultural, es decir, al introducir una dimensión política (decisión, control: poder) se definen diferentes niveles de relaciones entre sociedad y cultura trascendiendo la mera descripción; aparece entonces su composición en cuatro sectores:

a) Cultura autónoma: el grupo social posee el poder de decisión sobre sus propios elementos culturales, siendo capaz de producirlos, usarlos y reproducirlos;

b) Cultura impuesta: ni las decisiones ni los elementos culturales puestos en juego son del grupo social, los resultados, sin embargo, entran a formar parte de la cultura total del propio grupo;

c) Cultura apropiada: los elementos culturales son ajenos, en el sentido de que su producción y/o reproducción no está bajo el control cultural del grupo, pero éste los usa y decide sobre ellos, y

d) Cultura enajenada: aunque los elementos culturales siguen siendo propios, la decisión sobre ellos es expropiada. [13]

Ahora bien, estos sectores o, como dijera Juan Machín Ramírez, estos grandes sistemas culturales no conforman una realidad maniquea: blanco o negro, sino todo un espectro de tonalidades, incluso de diferentes colores. La regla, más que la excepción, es la interacción no lineal (violenta o no) entre ellos y, en su interior coexisten una pluralidad de subsistemas heterogéneos, se da una dispersión de los centros, multipolaridad de iniciativas, la reorganización cultural del poder multideterminada. En este sentido, las culturas han producido algunas formas/procesos estereotipados para producir seguridad. Se trata de contextos que, en manera estable y evidente, permiten el control de la alteridad. Uno de esos procesos es la representación social. La representación social está constituida por una imagen y un significado, y tiene como finalidad asegurar el control sobre la precisión de los fenómenos sociales (incluyendo su organización). Por lo tanto, todo lo que tiende a modificar una representación social produce incertidumbre e inseguridad. Dado que su tarea es la de resistir al cambio, no promoverlo, por consecuencia ella recupera la seguridad homologando la alteridad o expulsándola. Solamente de esta manera recupera el control: ignorando/negando la alteridad/diversidad-del-otro o ignorando la similitud que reside en toda alteridad. [14]

Creo que para reflexionar si el neozapatismo ha jugado o no un papel en lo que decimos es la revaloración de la cultura maya, podríamos empezar por preguntarnos si la presencia del neozapatismo (ojo: su presencia, no su irrupción pública; el llamado neozapatismo se fue construyendo a sí mismo en su interrelación con el mundo indígena que lo acunó cual caldo de cultivo desde principios de la década de los ochenta del siglo pasado y sin esa experiencia es imposible acercarse siquiera a entenderlo); preguntarnos si la presencia del neozapatismo, retomo, modificó lo que, por representación social, entendemos por cultura maya. Y cuando digo, «entendemos», me refiero tanto a quienes se autonombran mayas cuanto a quienes nos autonombramos no-mayas: los otros; los que, como dijera la Mayor Ana María, «Somos iguales porque somos diferentes». [15] Preguntarnos, pues, si el neozapatismo ha incidido en los sistemas culturales simbólicos, rituales y míticos que las mismas culturas, en este caso las mayas y las no-mayas, producen para controlar la alteridad.

En forma muy simplificada y con toda intención paradójica, podemos decir que los mitos son sistemas narrativos que explican lo inexplicable, los ritos son sistemas de prácticas para controlar lo incontrolable y los símbolos son sistemas de signos para representar lo irrepresentable. Los símbolos, ritos y mitos sirven para enfrentar, resolviendo en el plano simbólico, las contradicciones sociales que no es posible resolver de otro modo, implican valores ocultos o implícitos importantes. Permiten a la comunidad, por un lado, la elaboración de la amenaza representada por el cambio y, por el otro, la posibilidad de reforzar la estabilidad organizativa del sistema al controlar el cambio. Trabajan como procesos de «regulación»: crean una representación (símbolo) y un mecanismo de control (rito), enmarcados en un gran relato (mito) que le confiere sentido. [16]

Hace casi 20 años, la noche del 31 de diciembre de 1993, el maquillaje con el que los paladines del neoliberalismo habían intentado ocultar la miseria, el despojo, la muerte, la burla y el abandono que servían de materia prima a la puesta en escena de un país que anunciaba con bombo y platillo su entrada al primer mundo, se descorrió. Había quedado al desnudo el aprendiz de virrey que muy pronto mostraría su talante gangsteril manchándose con la sangre de sus propios correligionarios; pero no solo el neotlatoani que despachaba en Los Pinos estaba siendo evidenciado, la podredumbre toda de una nación construida sobre el saqueo y el desprecio interminables de sus pueblos originarios también, de pronto, se descubrió sin el antifaz que velaba el gesto racista.

Pasamontañas, paliacates, fusiles de madera y un torrente de tinta esbozando lo mismo posmodernos escarabajos quijotescos fumando en pipa que viejos indígenas respondiendo con milenario silencio a todo lo que se les preguntaba ocuparon los espacios donde la palabra, el sentir, el quehacer y el pensamiento de aquellos pueblos primeros siempre habían sido expulsados. No obstante, la respuesta, aunque disfrazada por los medios capitalistas de comunicación, siguió siendo la misma y a las balas, la quema de las cosechas, el envenenamiento de las aguas, el robo del ganado, la persecución hasta el corazón de la montaña, le acompañaron la descalificación de los periodistas e historiadores a sueldo que encontraban el hilo negro de la supuesta impostura, las negociaciones que pondrían la mesa a las órdenes de aprehensión, los acuerdos que se firmarían para no cumplirse nunca, los silencios cómplices del nacionalismo con todo y moñito tricolor.

La miseria, el despojo, la muerte, la burla y el abandono, agazapados en medio de los discursos políticamente correctos, asomaron la cabeza de nuevo: «yo también soy zapatista -dijo el virrey- mi hijo se llama Emiliano» y sentó las bases para que su sucesor militarizara el país y nos envolviera en una guerra de baja intensidad donde la contrainsurgencia y el combate al narcotráfico van juntitos de la mano. Sin embargo, por más miseria, despojo, muerte, burla y abandono que receten, los señores del poder y del dinero y las damas que los acompañan, precisan de montar, ellos sí, sus megalómanas imposturas, pues, con todo y las luces y el sonido con que saturan el paisaje, no consiguen acallar el silencio de quienes hoy y siempre les han puesto frente al espejo de su inocultable racismo.

En La larga travesía del dolor a la esperanza, un señor que a lo largo de estos 20 años ha convocado los enamoramientos y posteriores odios de quienes en su racismo lo adoptaron como rockstar para no mirar lo que la palabra indígena zapatista gritaba a los cuatro vientos, escribió algo que hoy, en vísperas del festival de Peña Nieto, Zapata Bello y Esma Bazán, quiero compartirles.

INSTRUCCIONES PARA SER NOMBRADO «HOMBRE DEL AÑO»

1. Acomode, con cuidado, un funcionario tecnócrata, un opositor arrepentido, un empresario prestanombres, un charro sindical, un casateniente, un finquero, un alquimista computacional, un «brillante» intelectual, una televisión, una radio, y un partido oficial. Ponga en un frasco aparte y rotule: «Modernidad».

2. Tome un obrero agrícola, un campesino sin tierra, un desempleado, un obrero industrial, un maestro sin plaza, un ama de casa inconforme, un solicitante de vivienda y servicios, lo poco de prensa honesta, un estudiante, un homosexual, un opositor al régimen. Divida tanto como le sea posible. Ponga en un frasco aparte y rotule: «Anti-México».

3. Tome un indígena. Separe las artesanías y tómele una foto al indígena. Ponga las artesanías y la foto en un frasco aparte y rotule: «Tradición».

4. Al indígena póngalo en otro frasco aparte y rotule: «Prescindible».

5. Bien, ahora abra una tienda con un gran letrero que diga:

«México. Gran liquidación»

6. Sonría en la foto. Que el maquillaje cubra las ojeras que le producen tantas pesadillas.

Nota: tenga siempre a la mano un policía, un soldado y un boleto al extranjero. Se pueden necesitar en cualquier momento. [17]

Yo, señoras y señores, caramelos y bolitas, soy solo un cómico; en el Siglo XVII a los de mi calaña les pegaban en las puertas de sus casas letreros donde se hacía saber que nuestro oficio lo repudian clérigos y soldados, enoja a políticos y usureros y abjuran de él escribanos e hidalgos, porque nuestra bolsa es endeble, nuestro verbo maligno, nos acompañamos de poetas y otros menesterosos y, por si fuera poco, queremos vivir de nuestras artes malsanas. Además, ya ustedes se han dado cuenta, soy un huach sin remedio. ¿Cómo podría decirles cuál ha sido el papel que ha jugado el neozapatismo en la revaloración de la cultura maya? Yo no puedo hacer eso. Si acaso podría contarles del chingo de obras de teatro, canciones, poemas, películas documentales y de ficción, exposiciones, coreografías, instalaciones, performances, esculturas, pinturas, fotos y choros que motivados por el neozapatismo se han montado, cantado, respirado, filmado, presentado, bailado, articulado, operado, pintado, esculpido, tomado y escrito en un titipuchal de lenguas e idiomas para hablar, más que de la cultura maya, de las y los seres humanos, sus sueños, sus miedos, sus luchas, sus fiestas… de su dignidad.

Por otra parte, más que revaloración de la cultura maya, ésa que pueden poner en el frasquito que dice «Tradición», les confieso que me interesa mucho más la revaloración de aquella o aquél a quien nombramos maya y se nombra maya, yoreme, tenek, tlahuica, tehua, tojolabal, totonaco, triqui, tzeltal, tzotzil, wixárika, yaqui, binizaa, zoque, kumiai, mayo, mazahua, mazateco, mixe, amuzgo, cora, cuicateco, chinanteco, chocholteco, chol, pericuri, guaycuri, cochimi, chontal, guarijío, coca, paipai, kiliwa, huasteco, huave, kikapu, cucapá, tepehuano, chichimeca, mame, matlatzinca, ñuu savi, nahua, ñahñu, tohono o’odham, pame, popoluca, p’uréhpecha, concaá, rarámuri, achumi, ahniyvwiya, lakota, ndee, kuma, naabeehó dine’é, aqwesasne, mohawk, salish, anisnawbe, cayuga, onondaga, ojibwa, hopi, secwepme, tuscarora, ktnuxa, creek, gitxaan, guaraní, kekchí, mapuche, tarapacá, maipú, aymar, kichwa, mam, lenca, miskito, inka…

Ustedes perdonen si no he podido a lo largo de este mi chorema responder a una sola de las preguntas que hice al principio y que así, con este cinismo, sin responderlas, me despida; no sin antes decir, copiándole a Javier Sicilia, que exijo justicia para Juan Francisco Kuykendall, la aparición con vida de Teodulfo Torres Soriano, la liberación de todas las presas y todos los presos políticos, por conciencia o injustamente, el castigo a todos los culpables por acción u omisión de feminicidio (empezando por el Estado mexicano) y que se respeten los Acuerdos de San Andrés… Aunque, bien mirado, sí puedo responder a una de ellas: «¿qué hace un huach que ni siquiera puede pronunciar correctamente el nombre de nuestra fiesta sentado en esta mesa sin mesa?» Nada, no hace nada; es solo un intruso que se coló porque se veía que la fiesta estaba buena y se antojaba y que, aprovechando que le invitaron, no le queda sino decir en la lengua de sus abuelas guachichilas: tlasokamati/muchas gracias.



[1] La presente ponencia se presentó en la mesa-panel «El neozapatismo y su papel en la revaloración de la cultura maya», llevada a cabo el 15 de octubre de 2013 en el marco del Festival Maya Independiente «Cha’anil Kaaj».

[2] Sebastián Liera es actor y director de teatro, docente y promotor sociocultural; en tanto adherente de la Sexta Declaración de la Selva Lacandona emitida por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional en junio de 2005, se articula en torno al proyecto La Sexta Chilanga y, recientemente, a la unidad organizativa de trabajo La Sexta Uayé, en el estado de Yucatán.

[3] Rulfo, Juan. «Macario», en Pedro Páramo. El llano en llamas . Planeta-De Agostini, 1985.

[4] González, Rodrigo. El profeta del nopal . Pentagrama, 1986.

[5] Bonfil Batalla, Guillermo. «Nuestro patrimonio cultural», en Pensar nuestra cultura . Alianza Editoral, 1992.

[6] Machín Ramírez, Juan. Calacas, chamacos y chinelos, fiestas tradicionales y promoción juvenil. Cedoj-Cultura Joven, A.C., 1999.

[7] Para Bonfil Batalla, ésta concepción sobre la cultura implica la jerarquización de las manifestaciones culturales dentro de un orden universal, o que se plantea como tal; de suerte que la cultura propiamente dicha se considera como un conjunto breve de temas y prácticas que pueden no formar parte del horizonte de preocupaciones de un individuo o una colectividad. («La querella por la cultura» , en Pensar nuestra cultura ).

[8] Machín Ramírez, Juan. Op. Cit.

[9] Varas, Alejandro; Betancourt, Fernando; Betancourt, Ignacio; Huerta, María Raquel. Una experiencia cultural de la sociedad civil. Unión de Vecinos y Damnificados «19 de Septiembre», 1995.

[10] Rocker, Rudolf. Nacionalismo y cultura . Alebrije, 1949.

[11] Varas, Alejandro. Et. Al. Op. Cit.

[12] Bonfil Batalla, Guillermo. «Lo propio y lo ajeno: una aproximación al problema del control cultural», en Pensar nuestra cultura . Alianza Editoral, 1992.

[13] Ibíd.

[14] Machín Ramírez, Juan. Op. Cit.

[15] Ana María, Mayor Insurgente. «Discurso inaugural del Primer Encuentro Intercontinental por la Humanidad y contra el Neoliberalismo», en Chiapas, 3 . Era, 1996.

[16] Machín Ramírez, Juan. Op. Cit.

[17] Marcos, Subcomandante Insurgente. «La larga travesía del dolor a la esperanza», en EZLN. Documentos y comunicados , 2. Era, 1995.