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El encuentro entre Trump y Xi saca a la luz la debilidad estadounidense

Fuentes: Rebelión

Traducido del neerlandés por el autor

Trump viaja a Pekín con la esperanza de apagar los incendios que él mismo ha provocado. Xi Jinping se sienta a la mesa de negociación con las mejores cartas.

Del 13 al 15 de mayo Donald Trump realiza una visita de Estado al presidente Xi Jinping en Pekín. La intención original era hablar sobre el conflicto comercial entre ambos países, pero ahora la agenda está dominada por la guerra en Asia Occidental, llamada eurocéntricamente Oriente Medio. Hay mucho en juego, pero es muy dudoso que esta cumbre vaya a producir resultados tangibles.

Guerra Fría

Las cosas no van realmente bien entre las dos grandes potencias. Tras la caída del Muro de Berlín y el desmantelamiento de la Unión Soviética, EE. UU. se presentó como el líder indiscutible de la política mundial. En 1992, un año después de la caída de la Unión Soviética, el Pentágono escribió: “Nuestro primer objetivo es impedir que aparezca un nuevo rival en el escenario mundial. Debemos disuadir a los competidores potenciales incluso de aspirar a un papel mayor a nivel regional o mundial”.

Treinta años después China se ha convertido en el principal “competidor potencial” que debe ser contenido. El Congreso de EE. UU. declaró en el marco de las discusiones presupuestarias para 2019 que “la competencia estratégica con China a largo plazo es una prioridad principal para Estados Unidos”. Se trata de una estrategia integral que se lleva a cabo en distintos frentes.

Washington intenta frenar el ascenso tecnológico de China impidiendo la exportación de chips avanzados y otras tecnologías de alto valor. La economía china se ve obstaculizada con aranceles comerciales y controles de inversión. Además, EE. UU. intenta aislar económicamente a China de países vecinos como Japón, Corea del Sur, Vietnam e India cerrando acuerdos comerciales con ellos y formando así un bloque conjunto.

La estrategia militar respecto a China sigue dos vías: una carrera armamentista y el cerco del país. EE. UU. gasta 13 veces más en armamento por habitante que China y Trump ha anunciado que el próximo año quiere aumentar el presupuesto nada menos que en un cincuenta por ciento.

Estados Unidos tiene alrededor de China unas 400 bases militares. También hay planes para desplegar un sistema de misiles de alcance medio en el Pacífico, con lo que China quedaría dentro de su radio de acción. Pekín responde a esta nueva Guerra Fría con inversiones y comercio exterior. Con la campaña “nuevas fuerzas productivas” China apuesta plenamente por industrias avanzadas como los vehículos eléctricos, las baterías y la biotecnología. Con una gigantesca inversión anual de 1.600 mil de millones de dólares China quiere romper la dependencia de la tecnología occidental y proteger al país contra la agresión estadounidense.

En el ámbito exterior destaca la Iniciativa de la Franja y la Ruta, o la Nueva Ruta de la Seda, que representa cientos de inversiones, concesiones de crédito, acuerdos comerciales y decenas de Zonas Económicas Especiales por un valor de 900.000 millones de dólares. Están distribuidas en 72 países, con una población total de unos 5.000 millones de personas, lo que equivale al 65 % de la población mundial.

Una posición débil

Cuando Donald Trump viaja a Pekín, no lo hace desde una posición de fuerza. Su política exterior caprichosa y la escalada del conflicto con Irán han debilitado seriamente a Estados Unidos. El intento del año pasado de imponer a China aranceles comerciales del 145% fue cancelado de inmediato cuando Pekín bloqueó la exportación de tierras raras.

Washington esperaba golpear a China con la guerra contra Irán al presionar su suministro de petróleo, pero ese objetivo ha fracasado. Es más, la inestabilidad en Asia Occidental parece jugar precisamente a favor de Pekín. Mientras EE. UU. se estanca en el estrecho de Ormuz y con ello siembra la inquietud en los mercados financieros, China se perfila como un factor estable y fiable en el comercio mundial.

El aumento de los precios de la energía debido a la guerra funciona como un impulso para la energía verde. Dado que las empresas chinas poseen el 70% de la producción mundial de tecnología verde, China ve aumentar fuertemente sus exportaciones de paneles solares y baterías.

Además, Pekín actúa como “proveedor de última instancia” de combustibles y fertilizantes, lo que aumenta su prestigio diplomático en el Sur Global.

Los intentos de EE. UU. de obstaculizar la industria tecnológica china han fracasado. Precisamente han estimulado a China a innovar más rápidamente y a hacerse menos dependiente del extranjero. La ventaja tecnológica de EE. UU. se reduce visiblemente. Los avances chinos en Inteligencia Artificial (IA) siguen pisándole los talones a EE. UU., mientras empresas estadounidenses como Nvidia presionan para obtener reglas más flexibles por miedo a perder su mercado.

Trump está contra la pared en su propio país. El bloqueo del estrecho de Ormuz dispara los precios del combustible y aviva la inflación. Por ello, su popularidad ha caído a un punto mínimo: un 62% de la población desaprueba su política. Debido a esto, las perspectivas para las elecciones de medio término de noviembre son particularmente sombrías.

Al desatar su guerra arancelaria y una contienda unilateral e innecesaria contra Irán, Trump ha alejado a sus aliados y ha creado espacio para que Xi Jinping forje un nuevo orden mundial multilateral.

En el ámbito financiero la guerra erosiona aún más la hegemonía de EE. UU. Los países utilizan cada vez más el renminbi chino para eludir los riesgos del dólar y las sanciones estadounidenses. Irán permite el paso de barcos por el estrecho de Ormuz a cambio de pagos en moneda china o criptomonedas.

Esta situación le da a Xi Jinping mucho margen de negociación. Washington ya no dicta las condiciones en esta nueva realidad, sino que incluso debe pedir ayuda al presidente Xi para mantener abiertas las vías navegables internacionales. En China reina la convicción de que el poder de EE. UU. disminuye de forma irreversible. Ahí se considera a Donald Trump como un síntoma de este declive y, al mismo tiempo, como un acelerador del mismo.

Temas de conversación

El próximo encuentro entre Trump y Xi girará en torno a tres temas importantes: la guerra en Irán, las relaciones económicas y la situación de Taiwán. Al mismo tiempo, el punto muerto sobre el estrecho de Ormuz pesará como una sombra sobre todas las conversaciones.

El bloqueo del estrecho de Ormuz amenaza el suministro vital de petróleo que mantiene en marcha la industria china, pero Pekín ha acumulado grandes reservas para unos cuatro meses. Trump insistirá firmemente ante Xi para que utilice su influencia en Teherán a favor de un alto el fuego y la liberación del estrecho de Ormuz.

La relación entre China e Irán, sin embargo, es compleja, porque China también intenta mantener buenas relaciones con los Estados del Golfo. Por ello, Pekín no puede simplemente dictar el rumbo de Teherán, aunque quisiera hacerlo.

En el ámbito económico Trump busca rápidamente éxitos tangibles de cara a las elecciones de medio término estadounidenses. Sobre la mesa hay grandes acuerdos, como la compra de aviones Boeing y productos agrícolas. A cambio, China quiere aranceles de importación más bajos y controles de exportación menos estrictos sobre la tecnología de alto valor.

La posibilidad de un verdadero avance sigue siendo escasa. Más bien parece probable una prolongación de la frágil tregua comercial. China espera más previsibilidad en los acuerdos comerciales.

Sobre la cuestión de Taiwán se camina a tientas. Pekín insiste en un rechazo estadounidense más firme a la independencia taiwanesa, de modo que Washington debería luchar contra la independencia de Taiwán en lugar de simplemente no apoyarla. Es posible, aunque no seguro, que Trump lo acepte para cerrar acuerdos, a pesar de la resistencia en Washington y Taipéi.

En resumen, para Xi son fundamentales la estabilidad de las exportaciones y una postura más estricta de EE. UU. respecto a Taiwán, mientras que Trump aspira sobre todo a acuerdos que puedan agradar a su base electoral y a un pronto desbloqueo del estrecho de Ormuz.

Miedo hegemónico

La cumbre entre Trump y Xi tiene lugar en un momento en que se están desplazando las relaciones de poder entre EE. UU. y China. Washington llega a Pekín con necesidades urgentes: una salida a la crisis en torno a Irán, precios del petróleo más bajos, calma en los mercados financieros y un éxito político de cara a las elecciones de medio término. Xi, en cambio, puede presentarse como el líder de un país que, pese a la presión sobre su abastecimiento de petróleo y sus exportaciones, parece mejor preparado para una confrontación prolongada.

¿Utilizará China su influencia sobre Irán para resolver la crisis estadounidense en Asia Occidental y qué precio tendrá que pagar Trump por ello en materia de comercio y respecto al estatus de Taiwán?

Es probable que no sea factible un gran avance. El resultado más probable es un enfriamiento temporal: acuerdos para no dejar que la guerra comercial descarrile aún más, presión diplomática sobre Irán y formulaciones vagas sobre Taiwán.

Mientras tanto se mantiene la contradicción subyacente entre ambos países. Estados Unidos quiere conservar su dominación mundial, mientras que China persigue un orden mundial multilateral. Esta cumbre no cambiará nada de eso.

Lo que China teme, sobre todo a largo plazo, es el llamado “miedo hegemónico” de EE. UU.: una gran potencia en decadencia que, por desesperación, golpea salvajemente a su alrededor, fenómeno conocido desde la Antigüedad griega como la “trampa de Tucídides”. Las acciones de EE. UU. en Irán y Venezuela, junto al bloqueo petrolero contra Cuba, demuestran para Pekín que ahora el poder prevalece sobre el derecho, lo que hace que el mundo sea imprevisible y peligroso.

Publicado originalmente en neerlandés en De Wereld Morgen.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.