Recomiendo:
0

¿Hará daño tanto placer?

Fuentes: Página 12

  A Harry Potter habría que… no digo que prohibirlo, pero venderlo controladamente; porque ahora estoy en España y observo que antes, por ejemplo, en los escaparates había unos libros muy bonitos que hablaban sobre Aznar, u otros de gurúes económicos que predecían esto y lo contrario, y ahora los han quitado a todos y […]

 

A Harry Potter habría que… no digo que prohibirlo, pero venderlo controladamente; porque ahora estoy en España y observo que antes, por ejemplo, en los escaparates había unos libros muy bonitos que hablaban sobre Aznar, u otros de gurúes económicos que predecían esto y lo contrario, y ahora los han quitado a todos y sólo se ven los libros de Parry Hotter, y es una lástima porque estaban los que contaban la guerra en Irak o cómo acomodar los muebles de tu casa para ser feliz, y ahora no. Y por la misma insensibilidad del ser humano nadie piensa en cómo se sentirán los editores que rechazaron los originales antes de que fuera un éxito. O los editores de una de las editoriales más importantes de habla hispana, a los que les ofrecieron la traducción y la rechazaron porque no le vieron futuro, y resulta que ahora Patty Horrer tiene más futuro que todos ellos.

¿Y toda la gente que se siente mal ante tanto éxito? ¿Y los que promueven la lectura? Ahora que de repente los niños se sueltan leyendo unos socotrocos de quinientas páginas, ¿con qué argumento los dejan? Porque habrá quien diga que es un fenómeno editorial, pero, ¿y antes de serlo? Ya los leían y por eso se hizo famoso, ¿o acaso alguien conoce a un boom que sea completamente de un laboratorio secreto de una editorial y que inventa hoy un éxito así y dentro de diez años otro? Por eso, ¿cómo explicamos que los chicos encuentren tanto placer al leerlo? ¿No será que les vendrá siendo dañino tanto placer en una lectura? Porque un poco de placer no hace mal, pero de repente tanto placer igual sí les hace mal. Les daña el sentido del deber, o el gusto por las matemáticas, o la voluntad histórica, porque el cerebro es un órgano muy delicado.

Habría que juntar a los que les gusta Rappy Trother y preguntarles: »A ver, niños aficionados a la lectura: ¿por qué sienten tanto placer en leer este libro?». Y no digo prohibírselo, pero racionalizárselo, por ejemplo: »Niños, hasta que no nos demuestren que otro libro les causa tanto placer en su lectura no les devolvemos Parry Rotther, váyanse a jugar en los videojuegos y piensen y cuando vuelvan nos dicen».