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Impresión de un deslinde

Fuentes: La Tizza

Sin estar avalada por una investigación o estudio específico, tengo la impresión de que en el debate, tanto público como privado, sobre el proyecto constitucional es posible percibir un deslinde entre posiciones que convencionalmente podríamos llamar de «izquierda» y de «derecha.» En el primer caso encontramos posicionamientos críticos que cuestionan la presunta carencia de una […]

Sin estar avalada por una investigación o estudio específico, tengo la impresión de que en el debate, tanto público como privado, sobre el proyecto constitucional es posible percibir un deslinde entre posiciones que convencionalmente podríamos llamar de «izquierda» y de «derecha.»

En el primer caso encontramos posicionamientos críticos que cuestionan la presunta carencia de una proyección más explícitamente socialista del texto. Y que de alguna manera reaccionan ante quienes sobrevaloran el papel de las formas no estatales de propiedad, en especial de la propiedad privada.

Sin dejar de expresar preocupaciones válidas ante el temor de que en el futuro avancen ideas de quienes pretendan colocar el mercado capitalista como principio de organización de la sociedad (abogando por sus supuestas bondades frente a la estatalización dogmática), algunos de esos juicios coinciden paradójicamente con la visión doctrinaria antileninista que se satisface con una preceptiva apriorística sobre las etapas del proceso socialista. En época de la NEP, Lenin a este tipo de críticos, los catalogaba de plañideras del socialismo.

Ubicamos en el campo de la derecha a quienes no satisfechos con el lugar legítimo otorgado en el proyecto a las formas de propiedad y de gestión no estatales, esgrimen argumentos cercanos a los códigos ideológicos del neoliberalismo. No hay que ser adivinos para comprender que la estrategia imperialista que impulsa la ola neoliberal en toda la región va a mantener su presión sobre Cuba, calculando que el deseado fracaso de la «Actualización…» abrirá las puertas a la restauración capitalista. Por eso en el texto resulta importante la aseveración constitucional de que Cuba no regresará al capitalismo. La estrategia imperialista no descarta crear condiciones objetivas y subjetivas para implementar un plan específico de golpe suave para Cuba.

En estos escenarios de agudización de la lucha ideológica es deseable el debate enriquecedor, pese a las diferencias entre las distintas visiones de izquierda. La heterodoxia que supone esa diversidad debemos asumirla como riqueza para consensuar las proyecciones estratégicas de la Revolución. Llegado ese punto me parece pertinente aclarar que considero no es correcto ni justo en el plano técnico, ético y político, catalogar a todas las personas que ofrecen argumentos sobre el desarrollo y el papel del mercado como neoliberales.

Los aportes que hagamos para hacer viable el socialismo cubano ante los colosales desafíos que asumimos, para que sean congruentes con los sentidos éticos y políticos acumulados por la Revolución cubana, deben, a nuestro juicio, poner los pies en la tierra para ejecutar acciones imprescindibles en la esfera laboral-productiva y organizativo-económica en general, que hagan viable y sostenible económica y ambientalmente el proyecto revolucionario cubano en el siglo XXI.

A la vez, hay que estimular al máximo y crearle condiciones de posibilidad a los intentos e iniciativas, sobre todo de las nuevas generaciones, de sentir/pensar/imaginar/construir/impulsar otros futuros no-capitalistas. El imaginario que en ocasiones aparece como sentido común presupone la naturalización tanto del Estado como del Mercado.

Si nos encaminamos a rectificar la estatalización extrema que se conformó bajo peculiares condicionantes históricas en nuestro país, no será la absolutización del principio mercantil la solución adecuada para resolver la hipertrofia ocurrida, desde los intereses y las aspiraciones de las mayorías. Otra cuestión, que ya ha sido ampliamente fijada por las ciencias sociales y la política es que la presentación dicotómica de las categorías «socialismo» y «mercado», «plan» y «mercado» empobrece el espectro teórico y práctico de alternativas intermedias de intercambio, y de formas transicionales ajustadas a una u otra época o coyuntura cuya riqueza es del todo imposible de fijar de antemano.

La hegemonía no es el convencimiento por el discurso, es el reconocimiento de la diferenciaciones de sectores sociales que se ha producido en la sociedad cubana y que se van a seguir produciendo, a los cuales hay que amalgamar en función de los objetivos revolucionarios ajustados a las nuevas circunstancias por las que transita el bloque social popular que sustenta la opción patriótica, antiimperialista y socialista.

Aparecen nuevos desafíos políticos y teóricos que en el plano utópico liberador tenemos el deber de asumir y resolver: cómo enrumbar la construcción económico productiva del país, y sus expresiones en la esfera político-constitucional que aporte soluciones concretas a los problemas de la vida cotidiana de las masas, subvirtiendo y superando dogmas, estereotipos y mentalidades obsoletas que afianzaron el formalismo burocrático, el paternalismo estatal y el igualitarismo improductivo y, a la vez, mantener y elevar a una nueva calidad la perspectiva antisistémica, que apueste por resignificar en esos nuevos escenarios los sentidos anticapitalista, antipatriarcal y por relaciones de producción y reproducción de la vida no depredadoras, para que, desde la cotidianidad de las luchas, Cuba siga siendo un referente de solidaridad y combate por otra civilización que deje atrás la barbarie excluyente, patriarcal, discriminatoria y depredadora del capital.

Mirando a Cuba, cualquiera de esos cambios, incluidos los constitucionales, deben hacerse para garantizar en las nuevas condiciones las conquistas alcanzadas por el pueblo, los niveles de sociabilidad humanista. De ahí no es posible retroceder, cambiar todo lo que trabe la continuidad del despliegue de la calidad de vida, el sostenimiento de la soberanía, etc. No podemos desconocer que este proceso de cambio es y será acechado por poderosas fuerzas externas (incluidas las epistémicas y culturales) que influirán en cualquier movimiento que exista para tratar de reorientar a la sociedad cubana hacia el capitalismo (no cualquier capitalismo, como sabemos).

El reto es colosal, pues nos enfrentamos a la megaindustria contemporánea de subjetividad y sus redes de distribución transnacional, que han producido modos de sujeción nunca antes vistos. La cara omnipresente del neoliberalismo, al decir de Irene León, es producida por la capacidad de transmitir grandes volúmenes de información y conocimientos en tiempo real a través de nuevas tecnologías de comunicación que facilitan la integración (homogeneización) en escala mundial.

El impacto global de esas megaindustrias ha hecho de la enajenación mediático cultural la norma de la vida contemporánea en las sociedades capitalistas, generando a la vez ilusiones y tensiones insolubles tanto en el centro como en la periferia del sistema. Es conocida la alta concentración de los medios como forma de dominio del capital sobre la sociedad, su conversión en espacios de toma de decisiones políticas y de contrainsurgencia frente a las alternativas y las resistencias populares que pongan en peligro su hegemonía. A ello se une su papel como puerta «estetizada» del mercado capitalista, antesala visual de la plusvalía, paralización del pensamiento crítico a través de la velocidad de la imagen fragmentada y del simulacro virtual, hiperrealista de las televisoras.

Cuba, como sabemos, no está al margen de enfrentar esos desafíos.

Apostamos por una construcción integral de lo político como construcción de la propia lucha y sus objetivos emancipatorios desde la cotidianidad. Lo político no como un momento que sucede a otras instancias de resistencia, lucha y creación alternativa del pueblo, sino como una dimensión omnipresente en cada ámbito (económico, social, cultural, simbólico).

La conducción y la organización política-cultural siguen siendo claves para la direccionalidad hegemónica, en este sentido debemos perfeccionar la organización política no solo como instrumento de conducción y movilización, sino como ejemplo de la propuesta de sociedad que defendemos.

Debemos repensar la estrategia de orden cubana en función del despliegue ininterrumpido de su capacidad democrática alternativa, tanto a los esquemas de la democracia liberal, como al tipo de estatalidad conformada en el socialismo histórico. En lo sucesivo se impone no solo el perfeccionamiento de la representación y la participación, sino la búsqueda de nuevas formas de representar e interesar como vía para la renovación progresiva del consenso, en correspondencia con la pluralidad del sujeto que sustenta la opción patriótica y socialista. Esto indica el camino estratégico.

A mi juicio la propuesta constitucional ofrece el marco propicio para la continuidad de la alternativa revolucionaria cubana en la hora actual de América Latina y el Caribe. Dependerá de la eficacia con que logremos implementar en el tiempo necesario sus acápites para que el pueblo se sienta cada vez más protagonista del proyecto de país aprobado.

Sin pecar de economicista ni desideologizar la idea del crecimiento económico, resulta imperioso que la gente pueda disfrutar del bienestar anhelado como fruto de su trabajo, siempre y cuando mantengamos la noción martiana de prosperidad que hoy también urge ecologizar.

Gilberto Valdés Gutiérrez. Investigador del Instituto de Filosofía y miembro del Grupo de Investigación «América Latina: Filosofía Social y Axiología» (GALFISA).

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.